Política
Al parecer, mediante el espionaje informático sobre el electorado, la fábrica de falsedades y de promesas contradictorias y su difusión saturativa por emisores ficticios y por esos nuevos partidos políticos sin calle que son las redes sociales, se tiene la fórmula mágica para hacer que las masas voten contra ellas mismas y quitarle a los progresismos su arma principal: el respaldo popular.
En todo, incluso en la infamia, hay límites. El de Camilo Catrillanca fue el crimen de más. La gota que desborda el vaso, la que sensibiliza a futbolistas profesionales de dos naciones que se abrazan para rendirle homenaje. Un Estado fallido, con un ministro del Interior que comulga con ruedas de carreta. Como una policía que cree actuar para una serie de Hollywood. Con un presidente que no se entera, y no tiene en qué, ni en quien, apoyarse. Todo eso es lo que sobra. A Chile le hacen falta todos sus hijos. No sobra ninguno. Ni chileno ni mapuche
En las movilizaciones populares «hay un cambio de tono ante el monarca», constataba en octubre el periodista independiente Reda Zaireg en el diario digital ‘Yabiladi’. «(…) La crítica es ahora más directa y adquiere proporciones inéditas, lo que constituye un rechazo del Estado y de sus símbolos», añadía. Concluía con un pronóstico arriesgado: «La monarquía ya no aparenta ser inexpugnable».
Todo apuntaba a MbS como el máximo responsable de la operación Jashoggi: Erdogan lo dejó claro, lo mismo que Qatar, el Washington Post, la CIA, en resumen, sólo queda Trump que dice que es demasiado pronto para prnunciarse, añadiendo: «Si golpeamos a los saudíes, van a aumentar el precio del petróleo que nos venden. »