Bibi o Tibi: el futuro de Israel depende de sus ciudadanos árabes

Aquí no hay ninguna amenaza, sino una gran promesa. Tras ochenta años de exclusión y trato desigual, sin que se haya fundado casi ninguna ciudad ni aldea árabe, cuando hablar árabe en público se considera reprobable y la «judaización» sigue siendo un valor sionista, se presenta una oportunidad única.

Ahora sí que es Bibi o Tibi: o Ahmad Tibi —un nombre que representa a todos los demás— o la perdición.

El futuro de Israel depende ahora de sus ciudadanos árabes y de la actitud de sus ciudadanos judíos hacia ellos. Ochenta años después de la Nakba y de la creación del Estado judío, los palestinos de Israel podrían decidir su destino. ¿Cabe imaginar una justicia histórica mayor? No es ninguna exageración.

Los resultados electorales han colocado a los israelíes ante una disyuntiva: un gobierno encabezado por Benjamin Netanyahu o uno que incluya a los partidos árabes. No parece perfilarse ninguna otra opción. Los votantes del «bloque del cambio», incluidos los racistas que hay entre ellos —y no son pocos—, deben preguntarse quién ha causado más daño al país, ¿Bibi o Tibi? ¿Y quién le hará más daño en el futuro, Yousef Jabareen o Itamar Ben-Gvir, Bezalel Smotrich o Mansour Abbas?

Pero no se trata solo del próximo gobierno. La realidad que quedó al descubierto hace dos días es que no hay alternativa al gobierno de la derecha en Israel sin incorporar a los árabes al bloque del cambio. Guste o no, sin los árabes aquí no habrá cambio.

Israel ha dado un brusco giro a la derecha y ese es el precio, si es que puede llamarse así. En ese sentido, los resultados electorales son motivo de alegría. Han situado a Israel ante dos opciones muy claras. Aquí no se formará un gobierno de centroizquierda sin los partidos árabes, sin una verdadera alianza como la «histórica» con los ultraortodoxos, que duró décadas y garantizó el gobierno ininterrumpido del Mapai.

Los ciudadanos árabes de Israel se han convertido, por primera vez en su historia, en parte del Estado de Israel y en un componente inseparable de la coalición del cambio. Queda por ver si este campo es capaz de superar su racismo visceral y aceptarlos, sin rechinar los dientes, sin acuerdos bajo la mesa, sin apoyos «externos» ni miradas de repugnancia, sino a plena luz del día, como socios de pleno derecho, con alegría y orgullo.

Si los dirigentes de la oposición rechazan a los árabes, dejarán claro que en realidad son iguales que Netanyahu, que prefieren incluso al demonio de Netanyahu antes que refrenar su racismo. Si dejan pasar este momento, todo el mundo sabrá que el racismo es el valor supremo de este país, en todos los bandos y por encima de cualquier otro valor.

Qué bueno que hayamos llegado a este punto y que se acabe la mascarada. ¿Existen de verdad dos campos distintos, los «hijos de la luz» y los «hijos de las tinieblas»? ¿O son todos «hijos de las tinieblas»? Cuatro años más de Netanyahu, como se ha repetido tantas veces, serían casi una catástrofe existencial. ¿Acaso la participación de los árabes israelíes supondría un peligro mayor?

Aquí no hay ninguna amenaza, sino una gran promesa. Tras ochenta años de exclusión y trato desigual, sin que se haya fundado casi ninguna ciudad ni aldea árabe, cuando hablar árabe en público se considera reprobable y la «judaización» sigue siendo un valor sionista, se presenta una oportunidad única.

Los árabes pueden ahora tender la mano a Gadi Eisenkot y a sus socios para ofrecerles una alianza. No solo con el dirigente árabe «domesticado», Mansour Abbas, sino con todos. Esta alianza tendrá un coste, por supuesto, como debe ser. También cambiará el rostro de la sociedad judía. Quizá gracias a ella nos ahorremos uno o dos genocidios más, así como pogromos y asesinatos en las comunidades beduinas. Sin duda saldremos ganando.

El mundo también estará encantado. Costará menos que comprar el favor de los jaredíes y pondrá menos en peligro el futuro del Estado que las inmensas sumas entregadas a los colonos. A cambio de una oferta digna, cabe suponer que incluso Balad, un partido más radical, podría sumarse.

Amit Segal, analista del Canal 12, ya ha lanzado una amenaza: en el «bloque del cambio» hay seis familiares de rehenes y, según él, no hay ninguna posibilidad de que acepten sentarse con los árabes. Dudo que lo hayan autorizado a hablar en su nombre. En cualquier caso, ¿por qué no iban a hacerlo? ¿Ha cometido Jabareen algún asesinato? ¿Ha violado Sami Abu Shehadeh a alguien? No miréis atrás; dejad descansar a quienes se han ido, como dice la «Canción por la paz», himno oficioso del movimiento pacifista israelí.

Qué bueno que el bloque del cambio no tenga una mayoría sionista.

Gideon Levy, Haaretz, 29 de octubre de 2026

Traducido por Tlaxcala

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