El regreso de quemadores de libros y otras inquisiciones

El régimen abelardista-laureanista, que además resucita aspectos apestosos del llamado “Monstruo” de los tiempos de la Violencia liberal-conservadora, va instalando sus fichas clave en todos los puestos: ahí están los censores, los recortadores de derechos, los represores, los que gustan de prohibir lecturas, los que imponen dietas y visiones unilaterales del mundo…

Los ecos noticiosos, como transportados por el viento, decían que vuelve el inquisidor. Uno creía que esos días de autos de fe, hogueras y torturas para los considerados herejes estaban clausurados en la historia. No es así. Las nuevas inquisiciones se restauran, con amenazas de quemas de libros y otras barbaridades. La certeza es que los tiempos de oscuridad están de vuelta, o, peor, jamás se han ido.

Esos ecos de ventarrones estaban diseminados por la comarca que parece, ahora, una extensión de dominio de un señor feudal. Hay un inquisidor mayor, que nombra seres oscuros, que saben de quemas y otras fogatas de obras de arte, de prohibiciones y amenazas.

Ya, desde antes de su posesión con gritos de combate como “¡viva Cristo rey!” (tan usuales en días de desangres y “cortes de franela”), se presentía que el país, que ahora hace parte (y no solo en heráldicas) del Escudo de las Américas, iba a ser una prolongación, un solar con TLC, con eslabones encadenados al FMI, que sería así, sin remedio, una mercadería más del pederasta que se cree dueño de América Latina y la ha puesto, con sus tierras raras y minerales críticos, petróleo y hasta aceites de ricino, a su servicio.

Los vientos de las noticias anunciaron, con velas infladas en barquitos de papel periódico (ya tan poco usado), que el inquisidor estaba ahí. Tenía y tiene un pasado de tenebrosas manías, apegadas a censuras, a evocaciones carlistas, al lefebvrismo y a otros dogmas que, como se sabe de antaño, no admiten otras versiones del mundo.

El anuncio, que a la larga no fue tan sorpresivo, advertía del retorno, no tanto de los brujos sino de un repugnante quemador de libros. Y, por si había dudas, de un peligroso laureanista pura sangre. El monstruo ha regresado, con cristos que a veces se derrumban y parten cráneos de curas en otras tierras, con censuras e imposiciones de una educación retrógrada. Nada de ciencias reveladoras, ni de experimentos, ni de libertades para pensar en otras posibilidades de interpretar (o transformar) el mundo.

Con un presidente que se cree reencarnación de su Excelencia el gran Burundún, el territorio (que por lo demás es ya una extensión solariega de Trump, que a su vez es un monigote de utilería de unos cuantos dueños del mundo) es, otra vez, sede de rituales oscurantistas. Hay que tener en los puestos clave a proclamadores del atraso, a entibadores de lo retrógrado y, claro, a algún encargado de tormentos inquisitoriales.

El retorno (jamás se había ido) del nefasto Alejandro Ordóñez hizo recordar un cuento cruel de Villiers de L’Isle-Adam: La esperanza, que es, en esencia, el relato de la tortura a un rabino condenado a los fuegos “purificadores” de la Inquisición. La magnífica (y terrorífica) narración pone a esa “virtud teologal” que llaman la esperanza como una parte fundamental del suplicio, aleve y destructivo. Y curativo, según los verdugos.

La vuelta al país (o paisito desesperanzador y desesperanzado) del ultragodo exprocurador a fungir como ministro del Interior es otro movimiento de fichas de un ajedrez pervertido: el de la imposición de un régimen en el que, cada vez, y como si se tratara de una macabra puesta en escena, se advierte el recorte de libertades, la puesta en marcha de la censura, el tropel de los jinetes del terror y sus caballos apocalípticos. Es la apertura desdichada a un sistema de arbitrariedades y otros despropósitos.

Dicen por ahí—y no es en charlando— que hay que empezar a cuidar las bibliotecas. Aunque, como se sabe, cada vez son menos en las casas y tampoco es que en este gobierno caricaturesco se les dé mucha importancia a las bibliotecas públicas. Es posible que reaparezcan, como en tiempos de antidemocráticos estatutos de seguridad, las operaciones “rastrillo” y nada raro sería que vuelvan a ponerse en vigencia las caballerizas castrenses como lugares de tortura y encarcelamiento.

Quizá estos sean tiempos de imposiciones de una sola visión del mundo, de represión de otros puntos de vista que no estén de acuerdo con la feudalización de la cultura y de la vida ciudadana. Puede ser, por qué no, un momento para reflexiones como las que se podrían desprender de obras de Brecht, como La resistible ascensión de Arturo Ui, una sátira contra Hitler y contra el poder mafioso, extorsivo y criminal.

El régimen abelardista-laureanista, que además resucita aspectos apestosos del llamado “Monstruo” de los tiempos de la Violencia liberal-conservadora, va instalando sus fichas clave en todos los puestos: ahí están los censores, los recortadores de derechos, los represores, los que gustan de prohibir lecturas, los que imponen dietas y visiones unilaterales del mundo…

De todos modos, con el regreso del “perseguidor de herejes”, el llamado a cuidar los libros no está de sobra. Quizá haya que memorizarlos, como en Fahrenheit 451. ¿Arde Colombia?

Reinaldo Spitaletta, Sombrero de Mago, 27 de octubre de 2026