El racismo: ni regresión hacia el instinto, ni odio y miedo, sino instrumento de poder

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Desde hace al menos treinta años,  l@s investigador@s italian@s, que han situado el tema del racismo en el centro de su trabajo intelectual y político para combatirlo, lo han analizado y descrito como un fenómeno eminentemente histórico, social y político, más precisamente como una particular construcción histórica que, nacida en Europa en los tiempos modernos, reaparece y/o se reactiva en contextos y situaciones específicas.

La publicidad para sudaderas de la marca sueca H&M que fue retirada después de muchas protestas. Izquierda: “El mono más cool de la selva”. Derecha: “Manglares, jungla. Experto en supervivencia”. Sin comentario.

Desde un tiempo igualmente largo ell@s sitúan su mecanismo central en la tendencia a etologizar lo social y lo cultural, a racializar las diferencias reales, presumidas o totalmente imaginarias, de los que se consideran como otros: los racismos antisemita, anti eslavo y anti albanés constituyen algunos de los innumerables ejemplos del hecho de que el racismo no tiene necesariamente como blanco a quienes son diferentes, sino más bien aquellos que son considerados, representados y  tratados como tales.

Esta escuela del pensamiento, que debe mucho a las corrientes francesas, así como también a la teoría crítica de Fráncfort, intentó sustraer el análisis del racismo de las pseudo teorías que lo interpretaban a partir del innatismo, es decir como efecto de la agresividad “natural” de la especie humana, sobre todo hacia los que no pertenecen a nuestro grupo.

Y es así que el 16 de abril pasado aparece en las páginas del Manifiesto un editorial con un título sin equívoco: “Cómo escapar de los espíritus animales para seguir siendo humanos”. El autor, el periodista y escritor Guido Rampoldi, afirmaba – citando al primatólogo Robert M. Sapolsky, y haciendo eco, quizás inconscientemente, a tesis al estilo Konrad Lorenz – que los que tienen la “costumbre de atribuir esas animosidades a causas económicas y sociales” cometen un error monumental : el racismo es “una regresión hacia las estructuras más antiguas del Nosotros/Ellos”, nosotros lo hemos heredado de los primates, en particular de los macacos, que serían particularmente agresivos en relación a sus semejantes que no pertenecen a su grupo. 

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Es por ese motivo que cuando Calderoli osó tratar a la ministra Cécile Kyenge de orangután, deberían haberle enfatizado que “en él, hay mucho macaco”, escribe Rampoldi. De esta forma invierte, paradójicamente y tal vez inconscientemente, el célebre aforismo de Theodor W. Adorno (Minima Moralia, 68): “La afirmación recurrente según la cual los salvajes, los negros y los japoneses parecen animales, o monos, contiene ya la clave del pogromo”.

Además, si la aserción del periodista tuviera algún fundamento, ¿cómo conciliarla con la exhortación muy frecuente a “seguir siendo humanos”? ¿No sería más coherente con el lugar común de nuestra agresividad innata hacia los otros afirmar que deberíamos ir más allá de los instintos heredados de los primates? El autor del artículo sale al paso banalmente recurriendo a “nuestra incapacidad para corregir el instinto a partir de procesos cognitivos”.

Así se cierra el círculo del biologismo y del innatismo, y también el del especismo – y de una manera para nada brillante. Entre otras cosas, porque nuestro autor parece ignorar que “los procesos cognitivos” no son una cualidad exclusiva del homo sapiens. Además omite otra categoría de homínidos (desafortunadamente en riesgo de extinción a causa de los humanos) que habría desmentido esta tesis somera.

Me refiero a los bonobos, principalmente vegetarianos, cuya sociedad – según Frans De Waal y otros primatólogos – se caracteriza sobre todo por la coexistencia pacífica, la igualdad entre machos y hembras, casi un matriarcado, una actividad sexual exuberante, incluida la homosexual, que contribuye a aligerar tensiones y conflictos en el seno del grupo, así como la empatía hacia los otros, incluso con los de especie diferente. Por lo tanto,  si estuviéramos buscando un eslogan original para gritar durante las manifestaciones, podríamos imaginar algo como “Convirtámonos en bonobos”.

Esta propuesta –se habrá comprendido– es una broma. Muy seria, por el contrario, es esta pregunta: ¿por qué pues, en las manifestaciones antirracistas italianas (sobre todo en esas contra la masacre de los refugiados en el Mediterráneo), abundan las pancartas y banderas que exhortan a seguir siendo humanos, haciéndole eco a la frase del desafortunado Vittorio Arrigoni, pronunciada en otro contexto? Sin embargo, nuestra especie es probablemente la única capaz de programar y de llevar a cabo de manera deliberada torturas y matanzas en masa, masacres y genocidios.

Es preciso observar también que, en gran parte del discurso antirracista corriente (ya sea estructurado o espontáneo, pronunciado por un estudioso o transpuesto en eslóganes) tienden a predominar  categorías éticas, o mejor dicho moralizadoras, en lugar de categorías políticas: afirmar que el racismo sería el fruto del odio o del  miedo provocados por los otros pone de relieve esta tendencia. Por el contrario, las categorías políticas como lucha de clases, neoliberalismo, capitalismo, neocolonialismo, imperialismo, neofascismo son, si no abandonadas, en todo caso muy poco presentes en las consignas.

Y es por esta razón que en general somos incapaces de comprender la matriz de las agresiones y pogromos hacia los roms y las personas inmigradas y refugiadas que languidecen en los barrios urbanos populares –agresiones casi siempre instigadas por formaciones de extrema derecha. No son el miedo y el odio que las provocan, sino la incapacidad o la imposibilidad para actuar en un conflicto de clase, cuya responsabilidad le incumbe, entre otras, a una izquierda política que ha abandonado lo que  antes se llamaba el trabajo de masas. De esta manera, la frustración y los rencores provocados por las condiciones sociales vividas se desvían (como lo escribí en repetidas ocasiones) hacia los chivos expiatorios, los más vulnerables.

Para concluir: en la época del gobierno facho-estrellado, que ha hecho del racismo y la autocracia sus estandartes, se necesitaría algo más para tratar de detener una deriva que ahora parece girar a la catástrofe. Etologizar o moralizar en relación a lo que es puramente político, además de social y cultural, no aporta gran cosa, si queremos frenarla. 

Annamaria Rivera

Original: Il razzismo: né regressione all’istinto, né odio e paura, ma strumento del potere

Traducciones disponibles: Français

Traducido por Cristina Santoro

Editado por María Piedad Ossaba  –  Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Fuente: Tlaxcala, 26 de abril de 2019