Se va doña Olga, la de las arepas

Un barrio tiene olores, sabores, colores, aceras, antejardines, casas y gente que las habita. Son los vecinos. El próximo, ese a quien le sabés el nombre y saludás y él te responde, nombrándote. Tiene también gente como doña Olga, que hace las mejores arepas de Medellín; bueno, por lo menos las mejores del barrio Prado, que tiene algunas fábricas de arepas.

Las hace a mano, de modo tradicional, de maíz puro, con amor, con sabiduría ancestral. Por eso le quedan tan buenas. Únicas. Claro, se dirá, que la arepa sabe a lo que uno le eche o le unte. Pero las de la señora Olga, una mujer delgada y afable, son buenas por sí mismas.

Son buenas porque sí.

En una de las ventanas de su casa, sobre la carrera Venezuela, hay un aviso pequeño: “Arepas caseras”. Solo eso. Suficiente. Qué exquisitez. La conocimos hace unos doce años o trece años, cuando caminábamos por esa calle y el anuncio nos convocó.

La señora Olga, de manos de prodigio, se va del barrio. Se va con sus arepas y su calidad humana a otra parte, a un lugar rural. Nos deja un vacío culinario, una especie de angustia existencial y de nostalgia anticipada, producida por el maíz y la máquina de moler y la pericia de la doña para hacer arepas inigualables.

La Mona, mi compañera, ya le envió una carta de pesares y una declaración de amor a doña Olga, la flaca, además de decirle sobre el doloroso vacío que dejará en el barrio.

A partir del domingo, el barrio Prado sentirá una ausencia. Por esa calle no habrá aroma de arepas, arepas auténticas… Se va Olga, se van sus hermanas. Y nosotros quedaremos solos, con el recuerdo y con la consternación por un vacío sin remedio.

Chau señora de la risa fácil y las mejores arepas en muchos metros y kilómetros a la redonda. Ah, y adiós a un avisito que nos abrió el apetito hace doce o trece años: “Arepas caseras”. Las de doña Olga. Olgarepas.

Reinaldo Spitaletta, 6 de agosto de 2026