El ataque de Venezuela al ELN y el nuevo orden fronterizo

“Nos ayudó gente de la CIA y el FBI. Esto fue una orden de Estados Unidos”

La frontera entre Colombia y Venezuela opera con criterio político. Los objetivos contrainsurgentes son prioritarios para Washington. Si un líder de la ultraderecha como Flavio Bolsonaro necesita huir por territorio venezolano, encontrará la manera, pero el ELN ya no tiene cabida en el nuevo arreglo

La madrugada del 30 de octubre, helicópteros artillados y drones del ejército venezolano atacaron un campamento del Ejército de Liberación Nacional en Buena Vista del Meta, estado Apure, cerca de la frontera con Colombia. El balance inicial fue de al menos diecinueve muertos, según la ONG Fundaredes y fuentes vinculadas al operativo. “Nos ayudó gente de la CIA y el FBI. Esto fue una orden de Estados Unidos”, reconoció una fuente anónima al medio francés AFP. Los preparativos, según esa misma fuente, llevaban un mes.

El ataque tomó por sorpresa a los guerrilleros, quienes no tuvieron tiempo de reaccionar. Los cuerpos fueron trasladados primero a Puerto Páez, luego a la morgue de San Fernando de Apure y finalmente enterrados en Camaguán, en el estado de Guárico. Según los documentos hallados, entre los fallecidos había venezolanos, colombianos y mexicanos.

La defensora de derechos humanos venezolana Rocío San Miguel señaló que el bombardeo refleja un cambio de doctrina en las fuerzas armadas venezolanas, que durante años “se habían mantenido neutrales ante la presencia del ELN y otras guerrillas que operan en varios puntos de la frontera”.

La nueva estrategia venezolana

En septiembre, la presidenta encargada Delcy Rodríguez intervino en la Asamblea General de la ONU y agradeció a Donald Trump “su disposición a retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación”. En este giro desatado tras el bombardeo del 3 de enero sobre Caracas y el posterior secuestro de la familia Maduro-Flores, Venezuela pasó de denunciar el imperialismo estadounidense a alinearse con sus objetivos estratégicos en el Gran Caribe.

El hombre designado para gestionar esa relación es Oliver Blanco, nombrado canciller la semana pasada. Tiene treinta y cuatro años, una maestría recién terminada y ninguna carrera diplomática. En 2016 fue director de Comunicaciones de la Asamblea Nacional durante la presidencia de Henry Ramos Allup, a quien el expresidente Maduro solía llamar “Mister Allup” por su estrecho vínculo con la Embajada de Estados Unidos. Blanco militó en Acción Democrática, de corte antiizquierdista. Delcy Rodríguez lo incorporó en febrero como viceministro para Europa y América del Norte, y en julio le crearon el cargo de viceministro primero. Su ascenso se presenta como la cara presentable ante Washington.

El nuevo canciller venezolano Oliver Blanco con el secretario de Estado de USA, Marco Rubio.
El canciller venezolano Oliver Blanco se reunió este lunes con el secretario de Estado de USA, Marco Rubio. Foto @OliverBlanco

El lunes 2 de noviembre, Blanco se reunió con el secretario de Estado Marco Rubio en Washington. Fue el primer encuentro formal entre jefes de diplomacia de ambos países desde junio de 2016. La reunión duró cuarenta y cinco minutos. No hubo declaración conjunta ni preguntas de la prensa. Según el comunicado del Departamento de Estado, Rubio reafirmó el plan de tres fases del presidente Trump para Venezuela: estabilización, recuperación económica y reconciliación política, y transición democrática. También instó al gobierno de Rodríguez a seguir liberando presos políticos. Blanco, al salir, dijo que había “una agenda diplomática exitosa entre dos países que tienen muchas coincidencias” y evitó responder cuando le preguntaron por las elecciones.

La frontera, en este contexto, es un criterio político. Los objetivos contrainsurgentes son prioritarios para Washington. Si un líder de la ultraderecha como Flavio Bolsonaro necesita huir por territorio venezolano, encontrará la manera. Pero el ELN ya no tiene cabida en el nuevo arreglo. El gobierno venezolano necesita demostrar que controla su territorio y que puede cumplir con las exigencias de su nuevo tutor.

Las oportunidades perdidas del ELN

El ELN tuvo, durante el gobierno de Gustavo Petro, oportunidades que ningún otro grupo armado había tenido en décadas. Se sentó a la mesa con un presidente que había sido guerrillero, se le ofrecieron estatus político y participación, y desperdició esas oportunidades una tras otra.

En mayo de 2023, la delegación del ELN en La Habana anunció que el proceso entraba en “pausa” y “crisis” porque Petro había dicho que el grupo seguía vinculado al narcotráfico. “Tenemos al ELN negociando, pero no significa que se bajó la guardia contra su economía ilícita. Hay que destruirla”, había declarado el presidente Petro. El jefe negociador del ELN, Pablo Beltrán, respondió que el grupo “ha practicado el deslinde categórico” del narcotráfico y calificó las palabras de Petro de “irrespetuosas”.

La ruptura definitiva llegó en enero de 2025. Tras una serie de enfrentamientos en el Catatumbo entre el ELN y las disidencias de las FARC que dejaron más de cincuenta muertos y miles de desplazados, Petro suspendió los diálogos. “Lo que ha cometido el ELN en el Catatumbo son crímenes de guerra. Se suspende el proceso de diálogo con este grupo, el ELN no tiene ninguna voluntad de paz”, escribió en su cuenta de X. El entonces ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, aseguró que “los señores del ELN son unos bárbaros y son ellos quienes han tomado la decisión unilateral de romper los diálogos”.

El informe del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC) de julio de 2024 ya documentaba que, desde el inicio del cese al fuego bilateral en agosto de 2023, el ELN lo había incumplido en cuarenta y cinco ocasiones. En ese periodo, el grupo mató a cinco personas, secuestró a cincuenta y dos y dejó a doce en su poder. Las zonas más afectadas fueron Arauca, Chocó, Cauca, Norte de Santander y Santander.

En septiembre de 2026, el gobierno de Abelardo de la Espriella dio por terminados todos los procesos de paz heredados. Para el ELN ya no habría mesa de negociación, ni estatus político, ni contemplaciones. La única salida sería la rendición. Y el ELN, que lleva seis décadas existiendo, se pudre sin saber rendirse.

La enfermedad infantil y las rutas del narcotráfico

En esta ocasión, vale la pena recordar de Lenin su tono irónico. En La enfermedad infantil del izquierdismo  fustigaba a quienes se negaban a todo compromiso político y confundían la pureza revolucionaria con la esterilidad. Lenin escribía contra los izquierdistas que rechazaban los sindicatos y el parlamento por considerarlos contaminantes. El ELN rechazó la paz porque exigía desmontar el negocio y abrir rutas de diálogo de cara a la sociedad, pero su interés se centra en otro tipo de rutas.

Desde la desmovilización de las FARC-EP en 2016, el ELN pasó de tener unos mil ochocientos integrantes a más de seis mil cuatrocientos. Es decir que creció llenando el vacío que dejaron las FARC-EP, pero también compitiendo con las disidencias que se negaron a firmar y el paramilitarismo. En el Catatumbo, en Chocó, en Arauca, en la frontera con Venezuela, la disputa se centra en el control de los cultivos de coca, los laboratorios, las trochas y los puertos fluviales. El informe de la Defensoría sobre Chocó denunció que la quebrada Munguidó es “llave” para las rutas del narcotráfico hacia el Pacífico. Por esa llave, el ELN y las disidencias se matan.

Crisis de legitimidad

Queda la pregunta que el ELN debería hacerse mientras cuenta sus muertos: ¿para qué sirvió tanta guerra? Pasó de ser la guerrilla más antigua de América Latina a un grupo armado con vocación de cartel; de tener una mesa de negociación con un gobierno dispuesto a escucharlo a ser bombardeado por el Escudo de las Américas, una tapadera de narcotraficantes de cuello blanco.

El ELN traicionó la posibilidad de una salida política cuando tenía todas las puertas abiertas y ahora muere como lo que sus enemigos siempre dijeron que era: un grupo de narcos. Ahora bien, la Casa Blanca no bombardea campamentos por convicción moral, sino porque el nuevo administrador de Caracas necesita demostrar que puede ordenar la casa.

En Apure, los cuerpos fueron enterrados en Camaguán, lejos de la frontera. La guerrilla que no quiso ser Estado ni opción de poder popular terminó siendo un problema de seguridad resuelto con una llamada desde Washington. En esa caída no hubo ni habrá juicio, verdad ni reparación. Solo helicópteros artillados y, probablemente, un comunicado que nadie leyó.

Diana Carolina Alfonso, Diario Red, 3 de noviembre de 2026