Existe una vieja receta del poder: cuando ya no se pueden ofrecer resultados, se ofrece un enemigo.
A esta mecánica se refiere el concepto de «extorsión identitaria» (identity racketeering), elaborado por los politólogos Ben Rich y Benjamin MacQueen a partir, entre otros, de los trabajos de Charles Tilly sobre la extorsión de protección y de Catarina Kinnvall sobre la seguridad ontológica.
La idea es simple: fabricar o mantener una amenaza contra la identidad colectiva y, a continuación, presentarse como el único baluarte capaz de proteger a la comunidad. El miedo se convierte así en un recurso político.
Bastan cuatro operaciones: definir un «nosotros» auténtico; señalar aquello que lo amenaza; erigir al poder en protector; transformar esa protección en legitimidad.
La Túnez de Kaïs Saïed ofrece hoy un terreno especialmente revelador para observar este mecanismo.
Siete años después de su elección en 2019 y cinco años después de su concentración del poder el 25 de julio de 2021, ha llegado el momento de confrontar el relato con aquello que ninguna retórica puede ocultar indefinidamente: la mesa del tunecino, el grifo de su casa, su factura de electricidad y el futuro de sus hijos.
El pueblo puro y los demás
Desde 2019, Kaïs Saïed ha ido redibujando progresivamente la comunidad política tunecina en torno a una oposición elemental: de un lado, el «pueblo», auténtico e inocente; del otro, la «clase corrupta», responsable de sus desgracias.
«El pueblo quiere» ha ido sustituyendo progresivamente al ciudadano, a la Constitución y a las instituciones.
En este relato, los partidos del período posterior a 2011, los parlamentarios, los magistrados, los opositores y, cada vez más, los periodistas se convierten en miembros intercambiables de un mismo sistema hostil al «verdadero pueblo».
A esta fractura interna responde otra línea divisoria: la que separa a la nación del mundo exterior.
El FMI, las organizaciones de defensa de los derechos humanos, la financiación extranjera e incluso las críticas procedentes del exterior se integran fácilmente en el relato de una soberanía sitiada. Una crítica dirigida contra una política pública deja de ser una opinión discutible y pasa a convertirse en una afrenta a la dignidad nacional.
El mecanismo se cierra entonces sobre sí mismo:
fabricar al «verdadero pueblo» → identificar la amenaza → presentar al presidente como su protector → concentrar el poder.
La Constitución de 2022 y el gobierno por decreto constituyen la traducción institucional de esta lógica.
El enemigo sin rostro
Pero el sistema de Kaïs Saïed tiene una particularidad: su enemigo ni siquiera necesita existir de forma claramente identificable.
Está en todas partes y en ninguna.
«Cámaras negras», especuladores, monopolistas, traidores, conspiradores: el enemigo cambia de rostro según las necesidades del momento. Su principal ventaja política reside precisamente en su carácter inasible.
Porque, ¿cómo refutar una conspiración cuyos contornos nunca se definen?
Este mecanismo despliega toda su fuerza cuando las dificultades económicas irrumpen en la vida cotidiana.
En pleno verano, el agua se corta durante horas en las regiones del interior e incluso en algunos suburbios de Túnez. Los embalses se agotan. Se repiten las restricciones nocturnas. El agua embotellada desaparece a veces de los estantes o se encarece.
Se podría hablar del cambio climático, de décadas de falta de inversión, de una red de distribución envejecida, de fugas o del retraso acumulado en materia de desalinización.
El relato del poder prefiere a los «especuladores» y las «cámaras negras».
Lo mismo ocurre cuando falta la electricidad durante una ola de calor: en lugar de plantearlo como una cuestión de capacidad de la red, inversiones y planificación energética, el apagón puede ser absorbido por el gran relato del sabotaje y la hostilidad.
Es aquí donde la extorsión identitaria abandona los manuales de ciencia política y entra en la cocina.
El agua, la electricidad, el pan y los medicamentos dejan de ser cuestiones de política pública. Se convierten en piezas de una conspiración.
Y si la escasez es una conspiración, la respuesta ya no consiste en exigir cuentas al gobierno.
Consiste en cerrar filas en torno a quien promete combatir a los conspiradores.
Del migrante al magistrado: fabricar la amenaza
La cuestión de los migrantes subsaharianos ha llevado esta lógica a su punto culminante.
Un problema migratorio complejo, que implica a Túnez, a sus vecinos africanos, a Italia y a la Unión Europea, ha sido reformulado como una amenaza existencial: se trataría de modificar la «composición demográfica» del país y transformar su identidad.
El migrante deja entonces de ser una cuestión de política migratoria.
Se convierte en una amenaza contra lo que somos.
El mismo desplazamiento se produce dentro del país. Opositores, magistrados independientes, periodistas y activistas pueden ser remitidos a un mismo léxico: conspiración, traición, atentado contra la seguridad del Estado.
A partir de ahí, el desacuerdo político se vuelve casi imposible.
Con un traidor no se debate.
Se lo neutraliza.
Pero el grifo no entiende de propaganda
Toda política del miedo acaba chocando, sin embargo, con un límite: la realidad.
Desde hace varios años, Kaïs Saïed dispone de una concentración de poder que vuelve cada vez menos creíble el argumento de que las instituciones impedirían que su proyecto prosperase.
Y, sin embargo, los problemas persisten.
Elevada deuda pública, crecimiento anémico, dificultades de financiación exterior, desempleo masivo entre los jóvenes y los titulados, inflación, escasez periódica de alimentos y medicamentos, cortes de agua y electricidad: a medida que pasan los años, aumenta la distancia entre el relato de la salvación nacional y la experiencia cotidiana.
Existe, no obstante, un indicador todavía más brutal que las estadísticas económicas.
Los tunecinos se marchan.
Unos por mar.
Otros por avión.
Los primeros se suben a las embarcaciones de la harga. Naufragio tras naufragio, los cuerpos de jóvenes tunecinos devueltos por el Mediterráneo han dejado de ser una excepción.
La tragedia de Ben Guerdane, donde quince jóvenes de la región perdieron la vida, resume este drama: no buscaban una aventura. Buscaban una salida.
Y aquí aparece la contradicción más cruel: mientras el poder presenta la llegada de migrantes subsaharianos como una amenaza existencial contra Túnez, es incapaz de impedir que los propios tunecinos huyan de su país.
Los demás se marchan con pasaporte, título universitario y billete de avión.
Médicos, ingenieros, universitarios, profesionales: quienes pueden irse, se van.
Dos migraciones aparentemente distintas cuentan, por tanto, la misma historia.
La migración de la desesperación por mar y la migración de las competencias por el aeropuerto son dos formas de votar con los pies.
Un poder sin renta
La extorsión identitaria puede funcionar durante mucho tiempo. Pero la experiencia histórica demuestra que funciona mucho mejor cuando va acompañada de una compensación material.
La vecina Argelia puede mantener un discurso soberanista, denunciar las injerencias extranjeras y movilizar la memoria colonial. Al mismo tiempo, dispone de una renta gasística y petrolera que le permite financiar subvenciones y políticas sociales.
La Venezuela de Chávez también combinó la movilización del «verdadero pueblo» contra el imperialismo y las élites con una considerable renta petrolera, capaz de financiar amplios programas sociales.
Incluso allí, sin embargo, la renta no hizo eterno el sistema. Se limitó a retrasar la confrontación con sus contradicciones.
La Túnez de Kaïs Saïed ni siquiera dispone de ese lujo.
No tiene petróleo ni gas en cantidades suficientes para financiar de forma duradera la promesa de una fortaleza nacional sitiada.
Por tanto, solo queda el relato.
Y un relato no llena un embalse.
No repara una tubería.
No crea un empleo.
No vuelve a colocar una botella de agua en el estante de una tienda.
Cuando el miedo se agota
Es ahí donde el mecanismo alcanza su límite.
Un enemigo imaginario puede explicar una escasez durante un tiempo. Un conspirador puede explicar un apagón. Un especulador puede explicar la subida de los precios. Un traidor puede explicar un fracaso.
¿Pero durante cuánto tiempo?
El miedo funciona mientras la amenaza siga siendo abstracta.
Funciona mucho peor cuando el ciudadano abre el grifo y no sale agua.
En ese momento, la extorsión identitaria cambia de función.
Ya no protege al poder de la realidad.
Revela su impotencia.
Tal vez sea así como deba entenderse hoy el sistema de Kaïs Saïed: como una forma de populismo conspiracionista en el poder, que consume metódicamente el capital de miedo de la sociedad sin conseguir sustituirlo por un capital de confianza.
Pero el miedo es un recurso agotable.
Y cuando se agota, queda una pregunta de una sencillez devastadora:
Después de siete años, ¿qué han hecho con el país?
Original : هندسة الخوف: كيف تحوّلت “الهوية” إلى بديل عن الخبز والماء في تونس اليوم
Traducido por Soraya Ben Qumran para La Pluma