Lo ocurrido en Qusra no debe reducirse a un debate sobre una bandera izada aquí o allá.
Un ciudadano palestino, que también posee la nacionalidad estadounidense, regresó expresamente desde Estados Unidos a su pueblo para proteger su vivienda y sus propiedades. Ante la ausencia de una protección palestina efectiva, decidió izar la bandera de Estados Unidos.
Esto no es motivo de crítica. Al contrario: lo que debe indignarnos no es la bandera que levantó, sino la realidad que lo llevó a hacerlo.
Porque, después de más de tres décadas de Oslo y de un número incontable de declaraciones, acuerdos, conferencias y resoluciones internacionales, seguimos enfrentados a la misma pregunta:
¿De qué Estado hablamos cuando ese Estado es incapaz de proteger a un ciudadano dentro de su propia casa?
Palestina cuenta con el reconocimiento internacional de una amplia mayoría de los países del mundo. Tiene el estatus de Estado observador no miembro en las Naciones Unidas y es miembro de numerosas organizaciones internacionales.
Y, sin embargo, todo ese reconocimiento parece quedarse en el papel cuando se trata de proteger a los palestinos sobre el terreno.
¿Dónde está la soberanía?
¿Dónde está la protección?
¿Dónde está el Estado cuando un palestino es amenazado en su propia tierra?
¿Dónde está cuando un ciudadano se ve obligado a recurrir a otra nacionalidad y a la bandera de otro Estado para obtener la protección que, en principio, debería proporcionarle su propio Estado?
Y hay algo todavía más humillante: que un policía palestino pueda ser sometido a inspecciones, vigilancia o restricciones impuestas por una fuerza militar extranjera, mientras el discurso oficial pretende que esa fuerza no ejerce autoridad sobre el Estado palestino.
Eso no es soberanía. Es exactamente lo contrario de la soberanía.
Debemos decirlo con claridad: han pasado más de treinta años desde Oslo y, sin embargo, aquel proceso no produjo un Estado palestino soberano.
No puso fin a la ocupación.
No garantizó la libertad del pueblo palestino.
No detuvo la expansión de los asentamientos.
Y no creó mecanismos capaces de proporcionar una protección efectiva a los palestinos.
Por eso, cuando Mahmoud Abbas habla de soberanía, de Estado y de derecho internacional, es necesario confrontar esas palabras con la realidad.
Porque un Estado que no puede proteger a su pueblo, que no controla sus fronteras, que no ejerce control pleno sobre su territorio y cuyos ciudadanos continúan sometidos a una ocupación militar, no puede presentar la soberanía como si fuera una realidad existente.
La realidad contradice los discursos.
Qusra lo demuestra una vez más.
El problema no es que un palestino haya izado la bandera estadounidense.
El problema es que Palestina continúa sin poder garantizar que la bandera palestina, por sí sola, sea suficiente para proteger a quienes viven bajo ella.
No podemos normalizar esta situación ni tratarla como si fuera algo natural.
El pueblo palestino no necesita una soberanía sobre el papel, ni un reconocimiento que no se transforme en derechos, ni acuerdos que mantengan la realidad de la ocupación indefinidamente.
Necesita algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo:
libertad, dignidad, seguridad, justicia y el derecho real a decidir su propio futuro.
Un palestino debe poder vivir en su casa sin necesitar la bandera de otro Estado para sentirse seguro.
Debe poder caminar por su tierra sin tener que pedir permiso a una fuerza de ocupación.
Debe poder elegir libremente a sus representantes y construir sus instituciones sobre la base de una verdadera soberanía nacional.
Debe poder decidir su futuro, como cualquier otro pueblo del mundo.
Después de décadas de ocupación y de un proceso de Oslo que prometió una solución, pero que terminó convirtiéndose en una estructura política sin soberanía efectiva, ya no basta con administrar la ausencia de libertad.
Palestina necesita libertad.
Y debemos decirlo sin ambigüedades:
No hay paz sin justicia.
No hay justicia sin libertad.
No hay Estado sin soberanía real.
Lo ocurrido en Qusra no es un acto vergonzoso por parte del palestino que izó la bandera estadounidense.
La verdadera vergüenza es que, después de más de tres décadas, Palestina siga sin tener la capacidad de protegerlo.
Unión Palestina de América Latina (UPAL), 19 de agosto de 2026