Este escrito, reacciona a un momento de la crisis institucional del Estado y la sociedad en Colombia que, según mi trayectoria como ciudadano, califico de excepcional.
Las ideas expuestas para pensar el contexto político desde ángulos y perspectivas abiertas a una conversación no exclusiva con simpatizantes y militantes del Pacto Histórico y sus aliados, compromete puntos de vista que no son del agrado de los políticos tradicionales en cualquiera de sus vertientes.
Están expresados en la consideración de que existe un asunto excluido de la política siendo el más esencial e imprescindible: la naturaleza, principio fundamental de la vida, a la cual, reconozco el carácter de la tecnología primaria de todas las sociedades humanas.
Para comprender lo anterior, es digamos que un imperativo, superar la interpretación de bando en la política y aceptar que la sociedad mundial requiere de una pluralidad de interpretaciones, incluidas las que hoy nos dividen en los dos grandes bandos de derechas e izquierdas.
Pero recomponer el accionar político con perfiles basados en el reconocimiento de la naturaleza como tecnología primaria, probablemente facilite un giro en los pivotes más valorados de la sociedad actual: la economía y los partidos amurallados en el Derecho y la política.
Esta cuadratura que ha reclamado ser soporte de los principios de la racionalidad y la lógica y, con sus componentes argumentales concebidas como ciencias, han demostrado lo contrario; pese a todos los sufrimientos, se han constituido de hecho en un mecanismo de aherrojamiento de las ciencias, las tecnologías, las artes, las humanidades y los saberes en todos sus ámbitos y, por consecuencia del sistema productivo planetario.
La confusión creada con el lugar y el rol de la economía centrada en el fortalecimiento de la empresa privada no evidencia resultados comprobables; permite observar la generalización de conductas sustentadas en el todo vale, en la vulgaridad y la incultura cívica.
Al abandonar las reglas biosociales del deber y la responsabilidad cognitiva, reemplazándolas por normativas acomodadas a intereses de grupos privilegiados, ha hecho que la moral sea usada por las instituciones más como un expediente para juzgar que como un principio transversal de la vida.
Pero el desvío institucional centrado en normas, diseñadas para inhibir la sociedad, desdibujó el valor de la profesión como detentadora de saber y rigor cognitivo.
El sistema de producción de títulos académicos, ha agrietado a prestigiosas universidades sumiéndolas en las incertidumbres por presiones políticas implicadas en el chantaje financiero premeditado.
La consigna de Kant la de dejar que los sabios se gobiernen y piensen a sí mismos, tuvo una prematura muerte; especialmente en los confines de un país como el nuestro, expuesto a las confabulaciones disfrazadas de democracia o investidas de un ánimo dictatorial, abiertamente contrariado con las libertades propias de los campus cognitivos.
La cuestión del deber ser en una sociedad —entre relajada y acongojada por los miedos― se ha constituido en un relativismo variopinto que pasa por encima de la indigencia y del despojo como si fuera paisaje; y ni siquiera percibe el aire enrarecido ni la molicie mental que campea en la propia piel, en la mirada enceguecida.
Nada espanta el asombro, porque el asombro escabullido en la ignorancia, ignora la ignominia.
Desde estos lugares desvanecidos en la agonía de los protagonistas de la política que han gobernado a Colombia, refulge la confianza en un hombre, el incomprendido Gustavo Petro, su voz solitaria plena de aciertos y equívocos, quien con acciones estremeció las instituciones del mármol de Carrara, desmintió la imagen de populista propalada por sus adversarios y salpicó la elegancia vestida de imposturas.
Las gramáticas y los gramáticos forjadores de un Estado hecho en mármol romano, que imaginaron la eternidad de sus actos y omisiones; presienten en la perplejidad del arribo de las otras gramáticas de la vida, que nada es eterno en la existencia.
Un repaso de los hechos más notorios con los cuales iniciamos este año 2026, corroboró el despiste mental de gente en Colombia que sin el menor rubor intelectual justificaron la invasión militar de Estados Unidos a Venezuela, calificándola como un gesto inevitable y altruista de defensa y recuperación de la libertad.
Y para sustentar el adefesio, incurrieron en el malentendido que la soberanía sin libertad es un andrajo. Como si la libertad en sus términos existenciales pudiera calcularse y medirse, así como la Fe o como el libre albedrío de los nuevos libertarios de la derecha, equiparable a la ley del talión o a la parábola del rico epulón.
El mentís de que se actúa bajo la presunción de proteger con independencia los principios y criterios jurídicos del Estado y del bien común, cayó cuando la denuncia de la amenaza de intervención del gobierno de Estados Unidos en Venezuela, justificada por los medios de la “derecha ilustrada” como una defensa ilegítima pero necesaria de la democracia, tropezó con la afirmación de su principal protagonista, la de que se trataba de recuperar el territorio venezolano como suyo.
Es decir, la acción de facto desmintió la intención “benévola” de la acción.
Y cuando el alegato publicitado de recuperar la soberanía territorial ―así fuera falso en su fundamentación—, indicó que lo importante no era el gobierno, sino el petróleo; entonces la quejumbrosa crítica de los expertos al incumplimiento de las autoridades políticas venezolanas de los tratados internacionales, dejó a la vista un nuevo estilo de realismo y pragmatismo político de los halcones del Pentágono.
El hábito periodístico de narrar sin templanza, deja lecciones, la principal es que sus voces amanecen y anochecen excitando tempestades y borrascas con jergas apasionadas y jeringonzas que dicen no entender lo que el otro (el presidente Petro) hace sin consultarle a los amos, a los líderes del planeta, a los jefes instalados en los partidos políticos, en los gremios empresariales, en los estrados judiciales, todos hermanados en una democracia confabulada que se auto/reproduce en endogamia.
El ánimo de este escrito no es el de hacer una apología de lo que los detractores le han negado al gobierno del cambio y ocultado a las multitudes. Es su propósito provocar entusiasmo por poner en práctica otros métodos y otras metodologías de gobierno que por sus características vanguardistas están evidenciando un nuevo estilo de gobernar, presentado por los publicistas tradicionales como puras improvisaciones del presidente.
Los vanguardismos del pasado prescindieron de los liderazgos, aunque tuvieron su vínculo totémico con personajes que teatralizaron sus emociones. Los del ahora consumen sus tótems y los recrean sin escarnio.
En la política tradicional, los caudillos han sido imprescindibles. El último de los tiranos avejentado igual a émulos tribunos envejecidos de nuestra decadente Roma, busca reencarnar en las pieles de púberes despabilados y anidar en los odios centenarios de genocidios inconclusos y acallados.
Este escrito plantea a las nuevas vanguardias unos interrogantes, amalgamados en una crítica que convoca a tirios y troyanos a repensar la existencia con la política, pero más probablemente sin ella.
Los liderazgos que se han reclamado indestronables, son expertos en la premonición. Anticipan la continuidad de su poder moldeando al Derecho como una bola de cristal adivinatoria.
Por el Derecho, transformado en ars adivinatoria, han llegado al trono de mármol romano, los predestinados desde antes que fueran gestados, engendrados en una matriz nada democrática.
Pero en los tiempos de la expansión informática ya son otras las matrices y otros los protagonismos. Porque en la nueva era, el androginismo de la especie humana, parece indicar en los síntomas de sus amores disidentes que ya no hay lugar para los pares opuestos, para los bipartidismos, ni para los patriarcas ni las matriarcas del otoño de la soledad.
Todo lo sólido se desvanece en el aire, es la premonición de un personaje que también habló de fantasmas. Ya el tiempo cibernético gira los gradientes geométricos de la monetización planetaria a la tierra viva, hacia una síntesis abisal celeste donde las distinciones no son más que un bostezo prolongado en noches que perdieron su horizonte infernal.
Quizás valga revisitar unas frases del escrito de Thomas Mann cuando en sus Consideraciones de un apolítico, dejó esbozadas ideas e invitaciones tal vez más comprensibles para estos tiempos de malestar de la especie homo sapiens con nuestra condición de humanidad.
“No! Lo admito, no soy un caballero de la época; tampoco soy un «líder», ni lo quiero ser. No me gustan los «líderes», ni tampoco los «maestros», como por ejemplo los «maestros de la democracia». Pero quienes menos me gustan y a quienes menos aprecio son a esos seres pequeños, nulos, husmeadores, quienes viven de estar al tanto y de tener pistas, esa ralea de lacayos y criados de librea de la época, que en su trotar marginan al nuevo entre incesantes manifestaciones de desprecio por todos cuantos sean menos móviles y listos; así como también los dandis y hombres a tono con la época, esos swells y elegants intelectuales que usan las últimas ideas y frases tal como usan su monóculo —por ejemplo «espíritu»,
«amor», «democracia»—, de modo que hoy en día ya resulta difícil oír esta jerga sin repugnancia. Todos estos, tanto los que aúllan como los esnobs, gozan de la libertad de su nulidad. No son nada, como he afirmado en el texto, y por lo tanto son totalmente libres de creer y de juzgar, y ello siempre a la última hechura y à la mode.
Los desprecio sinceramente. —¿O es que mi desprecio es solo envidia embozada, ya que no soy partícipe de su casquivana libertad?
Pero así como, en cuanto escritor, me siento en realidad un derivado (naturalmente que no perteneciente) del arte de la narrativa burguesa alemana del siglo XIX, que llega desde Adalbert Stifter hasta el último Fontane; así como —según digo— mis tradiciones e inclinaciones artísticas apuntan retrospectivamente hacia ese mundo nacional de la maestría alemana que me arrebata y fortalece en virtud de una confirmación idealista de mí mismo toda vez que entro en contacto con él, de ese mismo modo también mi centro de gravedad intelectual se encuentra allende la mutación del siglo. El romanticismo, el nacionalismo, el civismo, la música, el pesimismo, el humor, son elementos atmosféricos de la era ya transcurrida que constituyen, en lo esencial, también las componentes impersonales de mi propio ser. Pero es sobre todo un estado anímico fundamental y una disposición mental, un rasgo de carácter, lo que diferencia al siglo XIX, a grandes rasgos, de la centuria precedente y —cosa que se torna cada vez más clara— también del siglo presente. Nietzsche fue quien primero y mejor expresó esta diferencia de carácter en palabras críticas.
«Honesto, pero sombrío» es la calificación que aplica Nietzsche al siglo XIX, en contraposición al siglo XVIII, al cual, aproximadamente lo mismo que Carlyle, considera femenino y mendaz. Sin embargo, este, en su humana sociabilidad, habría poseído un espíritu al servicio de lo deseable, desconocido para el siglo XIX. Más animal y feo, hasta más plebeyo y precisamente por eso «mejor», «más honesto» que aquel, el siglo XIX sería más sumiso a la realidad de toda índole, más verdadero. Por cierto, que al mismo tiempo sería falto de voluntad, triste y oscuramente codicioso, fatalista. No habría revelado temor ni respeto ante la «razón» ni ante el «corazón» y, por intermediación de Schopenhauer, inclusive redujo la moral a un instinto, más exactamente a la compasión. En su carácter científico y despojado de deseos se habría liberado de la dominación de los ideales, buscando instintivamente por doquier teorías apropiadas para justificar un fatalista sometimiento a los hechos. El siglo XVIII trataba de olvidar cuanto se sabe acerca de la naturaleza del hombre, de adecuarlo a su utopía. Superficial, blando, humano, entusiasmado por «el hombre», utilizó el arte con fines de propaganda de reformas de naturaleza social y política. En cambio Hegel, con su modo de pensar fatalista, su creencia en la mayor razón del victorioso, su justificación del «estado» real (en lugar de la «humanidad», etc.), habría significado fundamentalmente una victoria sobre la sensibilidad. Y Nietzsche habla del antirevolucionarismo de Goethe, de su «voluntad de endiosamiento del universo y de la vida, para hallar la paz y la dicha en su intuición y penetración». Su crítica, que no está exenta de simpatía por doquier, se torna extremadamente positiva, circunscribe en verdad la religiosidad de toda una era al circunscribir la naturaleza de Goethe como un fatalismo «casi» alegre y confiado «que no se rebela, que no desfallece, que trata de conformar una totalidad a partir de sí mismo, en la creencia de que solo en la totalidad todo se redime, aparece como bueno y justificado».

Beethoven Zuleta Ruiz (Itagüí, 1957) es doctor en Etnología y antropología social de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París-Francia y profesor titular jubilado de la Universidad Nacional de Colombia. fazuleta[at]unal[dot]edu[dot]co