América es el campo de batalla, pero no es una guerra ganada. A pesar de las dolorosas derrotas electorales en el campo popular y las izquierdas institucionales, hay gobiernos que le han plantado cara al imperio en decadencia.
Dice Álvaro García Linera que estamos viviendo en tiempo liminal, “la manera subjetiva y colectiva con la que todos los actores sociales experimentan la dirección del tiempo histórico de sus vidas en momentos de transición de un régimen mundial de acumulación económica y legitimación política, a otro”.
No es un tránsito gradual, sino una desesperante incertidumbre. Un corte abrupto en la experiencia del sentido del tiempo que nos deja sin sustituto imaginado y que se compone de cuatro elementos: la crisis del modelo económico, la divergencia entre las élites (empresariales y políticas) que provoca la crisis económica prolongada, la suspensión del tiempo histórico y el desplome lento de los sistemas de legitimación vigentes y, finalmente, una disponibilidad cognitiva social en la que se materializa un nuevo sistema de creencias “que viene acompañado de un nuevo modelo de acumulación económica que dé verosimilitud a sus expectativas”.

¿Cuándo tardará eso? No lo sabemos. El problema de nuestro tiempo liminal es que está gobernado por un constructor de caos y su grupo de locos producidos por la fantasía de la televisión y las perversiones más nefastas de los reality shows.
Este 2025, el magnate Donald Trump regresó a la Casa Blanca y a la presidencia del país con el aparato militar más poderoso del planeta. El hombre-espectáculo se autoproclamó rey (sin corona, ni súbditos, ni reino) y, con el argumento de Hacer a América Grande Otra vez (Make America Great Again) actualizó la Doctrina Monroe para hacer, no la América para los americanos sino la América para Trump.
Inició una guerra de aranceles, persiguió migrantes, paralizó su gobierno, militarizó su país, desplegó la mayor flota naval en el Caribe, ejecutó a más de 100 personas sin juicio ni pruebas, intervino abiertamente en las elecciones de otros países, y se robó, literalmente, dos buques petroleros de Venezuela.

El giro hemisférico del imperio estadunidense ha vuelto los ojos del mundo miren a América Latina y el Caribe, convertida en este cierre de año en el epicentro de la disputa entre China y Estados Unidos.
América es el campo de batalla, pero no es una guerra ganada. A pesar de las dolorosas derrotas electorales en el campo popular y las izquierdas institucionales, hay gobiernos que le han plantado cara al imperio en decadencia: el Brasil de Lula, la gran potencia económica de la región; la Colombia de Gustavo Petro, la voz más fuerte contra el genocidio en Gaza; la Venezuela de Nicolás Maduro, que ha resistido el acoso militar; y el México de Claudia Sheinbaum, la mujer que tiene el enorme reto de compartir fronteras y vecindades, pero que así le ha desafiado, por ejemplo, manteniendo el envío de barcos petroleros a Cuba.
La espada de Bolívar se ha levantado este año en oposición a la triste y patética instalación del águila calva -símbolo nacional de Estados Unidos desde 1782- en el logo de la policía federal de la Argentina de Milei.

América Latina busca salidas, mientras Estados Unidos enfrenta a su propio Frankenstein. El monstruo neoliberal creado después de la Guerra Fría debilitó a los estados y los hizo interdependientes. Cuarenta años después, descubren que, oh, los estados sí tienen una función. Y ahora buscan regresar a los proteccionismos nacionales cuando China lleva tres décadas de ventaja y ha ganado la partida completa. Pero Estados Unidos no solo parece volver a los tiempos previos al monstruo, sino a mucho atrás, a los siglos de la Inquisición y de los reyes, y con un gobernante de caricatura.
Trump se asemeja cada vez más al rey envidioso de la película de Robin Hood de Disney, ese que se enojaba porque su pueblo no lo adoraba y que exprimía los impuestos, empobrecía a sus súbditos y cuando las cosas no salían como querían hacia berrinche y se chupaba el dedo.

El rey pelele, le cantaba la gente.
El hombre caricatura que está destruyendo a los Estados Unidos en su batalla por el mundo que ya perdió. La pregunta es cuanto daño hará antes de terminar este tiempo liminal.