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Trágate esta…

Trágate esta…

La conclusión es simple: el lucro, o sea la remuneración del capital, puede seguir subiendo. Los salarios, aun cuando no tuvieron ninguna responsabilidad en este incendio inflacionario, deben seguir siendo bajitos, bajitos, para no correr el riesgo de provocar aun más inflación..Queda por saber si el personal podrá tragarse esta rueda de carreta. En una de esas… con un poquito de represión…

Mario Marcel y sus homólogos de otros países cuentan chascarros a propósito de la inflación. François Mitterrand, eminente socialdemócrata que fue presidente de Francia durante 14 años, contó la firme: «La inflación, un impuesto para los pobres y un premio para los ricos, es el oxígeno del sistema». Lo demás… es pitorrearse del personal dice Luis Casado.

Puede que el nombre de Jean-Claude Trichet no te diga nada. Es comprensible. Sus hazañas no han inspirado nada parecido a La Ilíada o a La Odisea, ni siquiera una saga costumbrista en plan Cachetón Pelota o Chicago Chico, obras del renombrado Armando Méndez Carrasco.

Después de haber sido Director del Tesoro, Jean-Claude Trichet fue Gobernador del Banco Central de Francia, y culminó su carrera como Presidente del Banco Central Europeo (2003-2011). Con este currículo uno supone que JCT entiende algo de economía.

Entrevistado en una radio parisina, JCT criticó a sus sucesores por su errada gestión del fenómeno inflacionario: “Se convencieron de que la estabilidad monetaria y la ausencia de inflación eran para siempre”, aseguró. “Perdieron de vista que el largo plazo no es sino una sucesión de cortos plazos, y no vieron venir la crisis actual, por lo que tardaron en tomar las medidas necesarias”.

Tales medidas se resumen en general a subir las tasas de interés de los Bancos Centrales y al aumento de algunos impuestos, lo que tiene por objeto “ralentizar” la actividad económica reduciendo la demanda. Como cualquier hijo de vecino tú conoces la celebérrima Ley de la Oferta y la Demanda, suerte de sistema de vasos comunicantes: cuando baja la demanda, bajan los precios. Tal benéfico efecto –la baja de los precios– también puede obtenerse aumentando la oferta, que crece –la oferta digo– precisamente cuando los precios suben. Si no has comprendido nada no te inquietes: los presidentes de los Bancos Centrales tampoco.

Los “expertos” enunciaron otras razones, tan eminentes como las de JCT, para explicar el errático comportamiento de los Bancos Centrales: “Las autoridades pensaron que el fenómeno inflacionario fue gatillado por las anticipaciones del mercado” (sic). Dicho de otro modo, el “mercado” piensa el futuro, “anticipa” lo que viene, y en su volada hacia el porvenir previó que los precios subirían. En esas condiciones, el comportamiento del “mercado” es de una sencillez bíblica: ¡Maricón el último!, lo que genera la inflación. Luego, constatando que la subida de precios no fue sino una “volada”, el fenómeno inflacionario se calma a medida que en el torrente sanguíneo del “mercado” bajan el cortisol, las catecolaminas y la prolactina. Simple como una de tus manos.

Mientras tanto nadie recordó que durante décadas los Bancos Centrales emitieron dinero como que había, para salvar a los especuladores: cientos de billones de dólares y otras monedas tan apañadas como el dólar, a pesar de que los “monetaristas” siempre predicaron lo contrario.

En pocas palabras: dada una cantidad de bienes, si la emisión monetaria es de 100, esos 100 representan el valor de la cantidad de bienes disponibles. Si emites el doble, o sea 200, los 200 representan el valor de la misma cantidad de bienes, lo que quiere decir que la moneda pierde el 50% de su valor. El aumento del dinero disponible –si la cantidad de bienes no aumenta– está en el origen del fenómeno calificado de depreciación monetaria. Para pagar la misma cantidad de bienes necesitas el doble de cantidad de moneda. La depreciación monetaria es otra denominación de la inflación.

Toda esa cháchara hizo que quedasen en el olvido los análisis de David Ricardo y/o de Karl Marx relativos a la ‘formación de los precios’. Dicho en p’tit nègre’ –el idioma de los ignorantes–, el precio de un bien depende del precio de los elementos necesarios a su fabricación: materias primas, mano de obra y el costo de la energía. Los genios de ahora, con sus “anticipaciones”, se limpian el culo con los elementos que intervienen en la producción de un bien de consumo.

Sin embargo, fue evidente que durante las últimas décadas los EEUU y la Unión Europea crecieron gracias a una mano de obra mal pagada, a una energía abundante y barata proveniente de Rusia y otros sitios, y a materias primas a precio de huevo, muchas de ellas originarias de América Latina y el Tercer Mundo. Los Bancos Centrales no lograban ni siquiera alcanzar la tasa de inflación que se fijaban como objetivo: un magro 2% (si no lo sabías entérate ahora: un poquito de inflación siempre es buena cosa).

Desafortunadamente para los EEUU y su Protectorado europeo, el planeta no se resume en ellos. China, Rusia, India, Brasil, Indonesia, África del Sur y otros países comienzan a contar cosa mala. Se dice que en el año 2030 la región Indo-pacífico representará el 60% del PIB planetario. El Imperio, que pierde influencia política un día sí y el otro también, se inquieta. De ahí su movida militaroide: la extensión de la OTAN para controlar el patio.

Las primeras víctimas fueron Rusia y China. La OTAN –organización del tratado del atlántico norte– rodea a Rusia y sitúa misiles atómicos hasta debajo de los meaderos moscovitas. No satisfechos, los EEUU intentan apoderarse de Taiwán, la isla china en la que se refugió Tchang Kaï-chek luego de ser derrotado por Mao Tsé-tung en la guerra civil que terminó el 7 de diciembre de 1949.

Como dos precauciones valen más que una, los EEUU le prohibieron a la Unión Europea la utilización de energía rusa (gas, petróleo), y ofrecieron la suya que cuesta tres o cuatro veces más cara, y es terriblemente contaminante. Para ello, los EEUU utilizaron el pretexto de la guerra desatada gracias al neofascismo ucraniano a sus órdenes.

Rayma Suprani, Pelosi en Taiwan

Confrontada a una extraordinaria subida de los precios de la energía, la industria de la Unión Europea no podía sino constatar un incremento de sus costes de producción, úsease* (o sea) el retorno de la inflación. Solo le queda transferir sus unidades de producción a países en los que el coste de la energía es bajo. Rusia y China no califican en razón de la prohibición yanqui, pero queda una posibilidad: los EEUU.

La Unión Europea se ve pues confrontada a una crisis inédita, y constata que los intereses políticos, económicos y militares de sus integrantes no son necesariamente coincidentes. Mientras tanto, la inflación progresa que es un primor. Todo lo que precede explica algo muy simple: para los currantes, para los pringaos, para los millones y millones de hogares que viven de un salario… la inflación es una condena a la miseria. Si la cifra oficial gira en torno a un 10% en la UE, lo cierto es que para quienes consumen solo productos básicos la inflación alcanza y supera el 15%. En Francia la previsión de aumento de los salarios no llega a más de un 3,7%, trayendo consigo una significativa pérdida de poder adquisitivo para los currantes.

Sin embargo, los mismos economistas y “expertos” citados más arriba tienen una sola inquietud: cómo hacer para que el fenómeno inflacionario no genere efectos que ellos llaman “de segunda vuelta”. ¿Késako?

Visto que los salarios ya no resuelven, los currantes piden un aumento. Si los salarios suben… sube el costo de uno de los elementos que concurren a la formación de los precios –versión David Ricardo y/o Karl Marx– de los bienes de consumo. Y por ende, dicen los economistas, se produce otro fenómeno inflacionario, esta vez alimentado por el incremento del coste de la mano de obra, o sea una inflación de “segunda vuelta”.

Estas almas pías, cuya vida está dedicada integralmente al bienestar de la humanidad, sufren. Por esa razón utilizan lo mejor de su tiempo y de su ingenio en buscar fórmulas que permitan mantener los costes de producción –salarios, materias primas y energía– tan bajos como sea posible.

Mientras tanto la distribución de dividendos bate record tras record, y hasta Joe Biden se pregunta si no convendría cobrarle impuestos a las multinacionales que están haciendo su agosto gracias a estas imperceptibles alteraciones del clima de los grandes negocios:

“Los analistas prometen que 2022 será aun más generoso (que el 2021. N del T). La masa de los dividendos que le serán pagados a los accionistas superará la barra de los 2 billones de dólares, según IHS Markit.”

Para estos privilegiados no existe el riesgo de la “segunda vuelta”: la distribución del lucro nunca ha provocado un fenómeno inflacionario, a pesar de que la remuneración del capital también es uno de los elementos que entran en la formación de los precios. Curioso, ¿No?

La prensa anuncia que “La zona euro se prepara para entrar en recesión” precisando que durará seis meses (octubre 2022 – marzo 2023), y que el Reino Unido ya está en ello, a pesar de haber abandonado la UE.

Para combatir la inflación, –ya se dijo–, los Bancos Centrales suben las tasas de interés (elemento que, evidentemente, entra en la formación de los precios) y los gobiernos aumentan algunos impuestos, lo que profundiza los riesgos de una recesión. Joseph Stiglitz, pseudo Premio Nobel de economía 2001, asegura que esto equivale a desangrar un enfermo que se está muriendo para terminar de matarlo.

La conclusión es simple: el lucro, o sea la remuneración del capital, puede seguir subiendo. Los salarios, aun cuando no tuvieron ninguna responsabilidad en este incendio inflacionario, deben seguir siendo bajitos, bajitos, para no correr el riesgo de provocar aun más inflación.

Queda por saber si el personal podrá tragarse esta rueda de carreta.
En una de esas… con un poquito de represión…

* Uséase: Deformación lingüística de oséase y esta de o sea se y esta de o sea, equivalente a es decir, esto es.

Luis Casado para La Pluma

Editado por María Piedad Ossaba

Publicado por Politika, 19 de noviembre de 2022