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Madeleine Albright: La Primera en el infierno

Madeleine Albright: La Primera en el infierno

Saquemos, si queremos, a colación esa frase atribuida a Simone de Beauvoir, que dice algo así como “El opresor no tendría éxito si no tuviera cómplices entre los oprimidos”.

Prestó inapreciables servicios al imperialismo estadounidense

En estos días, si se pone en los buscadores de Internet el nombre Madeleine Albright, aparecerán de manera reiterada los titulares de diversos medios, donde, unánimemente, se la señala como “la primera mujer Secretaria de Estado en EE.UU”. Esta circunstancia ha servido para ocultar su apabullante historial como señora de la guerra, las extorsiones, los chantajes y las injerencias en varias partes del mundo.

Acaba de fallecer una de las figuras de mayor peso en la alta política estadounidense y el panorama geopolítico mundial del último medio siglo: Madeleine Albright.

 En estos días, si se pone en los buscadores de Internet su nombre, aparecerán de manera reiterada los titulares de diversos medios, donde, unánimemente, se la señala como “la primera mujer Secretaria de Estado en EE.UU”, circunstancia a la que asimismo han hecho referencia políticos como el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez Castejón, en su cuenta de Twitter:

Gran tristeza por el fallecimiento de Madeleine Albright. Primera mujer Secretaria de Estado de los EE.UU. e incansable defensora de la democracia [sic]. Dedicó gran parte de su vida a transmitir su inmenso conocimiento a las generaciones más jóvenes. Un sentido abrazo a su familia”.

Ha habido algún medio que se ha atrevido incluso a calificarla de “precursora feminista”, y otros, como El País -en su complemento S-Moda– han destacado la colección de broches semióticos (esto es, con valor comunicativo además de crematístico), que Albright lució en su solapa durante su carrera activa (ahora expuestos en un museo).

Originaria de Checoslovaquia, en EE.UU Albright fue, en efecto, la primera de una serie de mujeres de la burguesía que llegaron a lo más alto de la política. Esta circunstancia ha servido para ocultar su apabullante historial como señora de la guerra, las extorsiones, los chantajes y las injerencias en varias partes del mundo: Irak, Ruanda, Yugoslavia y un largo etcétera.

«En EE.UU Albright fue, en efecto, la primera de una serie de mujeres de la burguesía que llegaron a lo más alto de la política. Esta circunstancia ha servido para ocultar su apabullante historial como señora de la guerra»

Buena escuela no le faltó. En 1978, durante el mandato de Jimmy Carter, el entonces consejero de Seguridad Nacional, Zbigniew Bzrezinski, que había sido profesor de Albright, la eligió para servir en el Consejo de Seguridad Nacional. En ese mismo año, Bzrezinski -de origen polaco- ya había iniciado un plan -conocido como “Doctrina Carter»– para reclutar y entrenar muyahidines afganos, con el objetivo de derrocar al gobierno socialista de la República Democrática de Afganistán.

Fue poco después, en 1980, bajo la administración de Ronald Reagan, cuando Albright se dedicó de lleno a la labor de desestabilizar los países europeos de la órbita soviética. Bajo capa de un proyecto de investigación otorgado por el Instituto Smithsoniano de Washington D.C., se trasladó a Polonia para “entrevistar” -léase llenar de subvenciones- a periodistas disidentes involucrados en el movimiento Solidaridad.

A su vuelta a EE.UU, se colocó en la Universidad de Georgetown, en Washington, D. C., donde se especializó, no por casualidad, en estudios sobre la Europa del Este. Diez años después, en 1992, Bill Clinton le encarga de dirigir la transición de la nueva administración en el Consejo de Seguridad Nacional. Y en enero de 1993, la designa para su primer puesto diplomático: embajadora de EE.UU en la ONU.

En esa calidad, presionó al Consejo de Seguridad de la ONU -con el matonismo que ha caracterizado también a más recientes colegas embajadoras en esta institución (Nikki Haley y Samantha Power, por ejemplo)-, para que impusiera brutales sanciones a Irak, supuestamente para castigar a Sadam Husein, a quien EE.UU, sin embargo, había apoyado en 1990 durante la invasión de Kuwait.

«Como he dicho en otras ocasiones, aunque las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a ocupar cargos de responsabilidad, la política no es cosa de gónadas sino de los intereses de clase que uno o una defienda»

 Según informe de la misma ONU, entre 1991 y 1995 murieron unos 576.000 niños iraquíes debido a esas sanciones. En 1996, durante una entrevista en la cadena CBS, preguntada sobre si había merecido la pena la muerte de ese medio millón de criaturas iraquíes, Albright contestó secamente: “El precio merece la pena”. Más tarde pidió disculpas por haber parecido que justificaba ese genocidio, diciendo que le habían hecho “una pregunta cargada” . La “carga”, de todos modos, ya iba en la respuesta.

Una vez elegida como Secretaria de Estado durante el segundo mandato de Bill Clinton, cargo que ocupó entre 1997 y 2001, Albright tuvo un papel decisivo en el desmembramiento final de Yugoslavia, país inmerso en un conflicto inter-étnico, y en la expansión de la OTAN hacia la Europa del Este.

Entre el 6 y el 19 de febrero de 1999, se llevaron a cabo las negociaciones de Rambouillet entre representantes de la OTAN -su entonces Secretario General, Javier Solana– la etnia albanesa de Kosovo, y Yugoslavia -por el presidente de Serbia, Milan Milutinovic.

La delegación yugoslava había declarado su intención de conceder muchos de los puntos propuestos, excepto la independencia de Kosovo. Pero los yugoslavos no vieron el borrador final del acuerdo hasta el último día de las conversaciones, pocas horas antes de que terminara el plazo para la firma. Y descubrieron que dos tercios de la redacción eran puntos nuevos agregados, en particular uno que estipulaba el destacamento, sin restricciones, de las tropas de la OTAN no solo en Kosovo, sino en toda la República Federal Yugoslava, incluido el espacio aéreo y las aguas territoriales.

Durante un descanso de esa reunión, la Secretaria de Estado Albright, presente en la misma, dijo:

Hemos puesto el listón muy alto intencionadamente para que los serbios no lo puedan cumplir. Necesitan un bombardeo y eso es lo que van a tener”.

La delegación yugoslava no admitió esa condición. Ninguna nación lo habría hecho. El resultado fue que el 24 de marzo de 1999, la OTAN emprendió una ofensiva (en la que se emplearon bombas prohibidas de racimo y uranio empobrecido), que duró 78 días.

Esta fue una operación que nunca obtuvo la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU. El bombardeo de la OTAN destruyó decenas de fábricas, puentes y otras infraestructuras, además de hospitales, escuelas, guarderías, iglesias y monasterios. Murieron más de 2.000 civiles y 10.000 sufrieron heridos graves.

Javier Solana, que dirigió aquella agresión, se ganó a pulso el apodo de Carnicero de Belgrado, aunque las acusaciones de crímenes de guerra no cayeron sobre él, ni sobre la Secretaria de Estado o el presidente de EE.UU, sino sobre el presidente de Yugoslavia, Slobodan Milosevic, al que se apodó el “Carnicero de los Balcanes” (Bosnia y Herzegovina). Condenado por el Tribunal de la Haya a cadena perpetua, once años después de su muerte en prisión este mismo tribunal exoneró a Milosevic de culpa en los crímenes de que se le acusó.

Cierto que en el conflicto interno yugoslavo se cometieron atrocidades, como la matanza de Srebrenica (Bosnia). Sin embargo, no hemos visto juzgados los crímenes de guerra en Afganistán, ni a George W. Bush, Collin Powell, Tony Blair, J. M. Aznar, responsables de la ocupación y guerra de Irak, iniciada en 2003, que dejó cientos de miles de muertos, un país destrozado bajo pretextos que se demostraron completamente falsos, y probados crímenes de guerra por parte de los ejércitos y servicios de inteligencia de EE.UU y Reino Unido.

Tampoco parece preocupar a la «comunidad internacional» que Kosovo sea hoy un narco-estado, sede de la mayor base militar de la OTAN en Europa, cuyo presidente, Hashim Thaçi, ha sido señalado como uno de los mayores crimiales del continente.

El régimen de EE.UU puede violar los derechos humanos y saltarse la legalidad internacional porque, en palabras de Madelaine Albright:

Si tenemos que usar la fuerza, es porque somos América; somos la nación indispensable. Nos situamos más alto y vemos más allá en el futuro que otros países, y vemos los peligros aquí para todos nosotros”.

Ese “todos nosotros”, claro, es la burguesía estadounidense. Y los “peligros”, todo atisbo de amenaza a su hegemonía económica-militar e ideológica, a sus ganancias (ya sean plusvalías extraídas del trabajo, de la especulación financiera o el robo descarado de recursos ajenos) y a sus privilegios.

Tras su cargo como Secretaria de Estado, Albright pasó a segundo plano de la política estadounidense, pero siguió siendo una figura clave como asesora política y en la esfera inseparable de los negocios. En 2001 fundaba el Albright Group, que en 2009 se fusionó con Stonbridge International para formar el Albright Stonebridge Group, del que ella es presidenta, y sirve de lobby para las empresas armamentistas y de Defensa.

Uno de los clientes del Albright Stonebridge Group es Paul Singer, director del mega-fondo buitre de inversión Elliott Management. Cuando este y otros influyentes financieros se unieron para succionar la economía de Argentina durante su última crisis de deuda, la entonces presidenta de este país, Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015) acusó a Madeleine Albright de haberla amenazado con financiar a su oposición política si no cedía a sus demandas.

Las artes coactivas de Albright se vieron también -gracias al filtrado de los e-mails de Hillary Clinton, en 2012, cuando envió un mensaje al entonces presidente del gobierno de España, Mariano Rajoy, en el que le expresaba su intención de:

Reorientar la política exterior española de modo que pueda trabajar con EE.UU en América Latina, especialmente en Venezuela y Cuba (…) Dado que se divisa en el horizonte una transición en Cuba y algo significativo en Venezuela (y posiblemente en los Andes), sería de mucha ayuda que se reforzaran las relaciones entre EE.UU y España”.

Por supuesto, en este caso no hubo resistencia a las órdenes de la ex-Secretaria de Estado, ya que el Reino de España siempre ha estado en las filas preferentes de los lacayos del régimen estadounidense.

Una de las últimas veces en que Madeleine Albright hizo titulares fue durante las elecciones de 2016 en EE.UU, en las que Hillary Clinton y Donald Trump se disputaron la presidencia. La ex-Secretaria de Estado apareció en público en apoyo a su colega de guerras Hillary Clinton. Fue entonces cuando dijo aquello de que «hay un lugar especial en el infierno para las mujeres que no votan a otras mujeres”.

Aunque Albright nunca fue de feminista -cosa que es de agradecer-, recurrió a este argumento falaz, propio del feminismo liberal, que tiene resonancias en todo el mundo. Como he dicho en otras ocasiones, aunque las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a ocupar cargos de responsabilidad, la política no es cosa de gónadas sino de los intereses de clase que uno o una defienda.

Que hay en la actualidad buen número de mujeres que sostienen el sistema de explotación y opresión en que nos hallamos, incluidas las agresiones bélicas, la guerra económica, el imperialismo y su propaganda, solo lo discuten quienes no ven o no quieren ver. Que no sean primeras figuras (presidentes de gobierno) y, por tanto, no estén todos los días en los medios, no significa que no existan ni tengan poder e influencia.

Les daré solo tres ejemplos recientes del ámbito estadounidense, aunque hay muchos más:

Para el equipo de transición presidencial, Joe Biden, actual presidente de EE.UU, nombró a:

1- Lisa Sawyer, en el equipo del Departamento de Defensa. Sawyer estuvo en el Consejo de Seguridad Nacional dirigiendo los asuntos estratégicos para la OTAN y Europa; trabajó en JP Morgan Chanse, de Wall Street, como consejera de política exterior, así como en un think tank (Task Force on the Future of US Coercive Economic Statecraft) que básicamente se dedica a métodos de guerra económica para desestabilizar los países que a EE.UU le interese.

Sawyer es de las que, ya en 2017, abogaban por desplegar más tropas en Europa y enviar más cargamentos de armas a Ucrania. En una comisión del Senado, declaró:

Cuando Rusia decida cumplir con el próximo acuerdo, en vez de levantar las sanciones, las aumentaremos hasta que lo cumpla de verdad. En vez de doblegarnos a las supuestas líneas de influencia de Rusia, dotemos a Ucrania de la ayuda letal que necesita desesperadamente y aumentemos el apoyo de EE.UU a las naciones vulnerables de la zona gris”.

2- Linda Thomas-Greenfield, ex-ayudante de la Secretaría de Estado para asuntos africanos y miembro del Albright Stonebridge Group, también fue nombrada para el equipo del Departamento de Defensa.

Greenfield fue una estrecha colaboradora de Susan Rice, ex-consejera de Seguridad Nacional, que presionó para que se invadiera Libia, apoyó la invasión de Irak y estuvo involucrada en la decisión de retirar a los cascos azules de la ONU de Ruanda, lo que permitió el genocidio que allí se llevó a cabo (algo en lo que Albright también tuvo mano).

3- Dana Stroul, en el equipo del Departamento de Estado. Stroul estuvo en el neoconservador Instituto Washington para la Política de Oriente Próximo (WINEP por sus siglas en inglés), originalmente fundado por el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC).

En 2019, Stroul formó parte del Grupo de Estudio de Siria, de la bancada demócrata del Senado, para diseñar la siguiente fase de la guerra en Siria. Entre las recomendaciones que hizo estaba mantener la ocupación militar de un tercio del país, “la parte de Siria rica en recursos” -léase petróleo robado-, además de reforzar las sanciones económicas contra Damasco.

Saquemos, si queremos, a colación esa frase atribuida a Simone de Beauvoir, que dice algo así como “El opresor no tendría éxito si no tuviera cómplices entre los oprimidos”. Yo digo que estas señoras de oprimidas no tienen nada. Y, como Madeleine Albright, si de verdad existiera el Infierno, irían a él de cabeza.

Tita Barahona

Editado por María Piedad Ossaba

Fuente: Canarias Semanal, 28 de marzo de 2022