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El Paro Nacional y sus perspectivas

El Paro Nacional y sus perspectivas

Para soñar siempre habrá tiempo. No es entonces pequeño el reto de quienes desde el Comité del Paro y desde la Primera Línea encabezan la lucha.

Iván Duque, el presidente colombiano, no ha hecho otra cosa que hacer frente al actual movimiento de protesta con los mismos métodos de anteriores gobernantes de este país andino, si bien con menos inteligencia y cosechando, hasta ahora, más derrotas que victorias. En efecto, es tradicional en este país que para hacer frente a movimientos de oposición social y política las autoridades ofrezcan diálogos por lo general estériles e interminables (nunca se cumple con lo pactado) y al mismo tiempo utilicen una dura represión por parte de policías y militares así como del paramilitarismo que asesinan obedeciendo a un sistemático plan de exterminio.

El gobierno no parece tener otra fórmula que la tradicional, cosechando un desgaste impresionante a juzgar por las diversas encuestan que miden la opinión ciudadana; Duque se ha visto obligado a aceptar la renuncia de varios altos cargos (incluidos dos ministros) y ha sido impotente para ocultar las escenas dramáticas de la represión oficial quedando en evidencia ante la opinión nacional e internacional. De la llamada democracia colombiana tan solo queda el recuerdo y a pesar de la versión oficial que insiste en presentar a este país como “la democracia más antigua del continente” la dura realidad asemeja a Colombia más con los regímenes dictatoriales y, para no pocos, con formas criollas de fascismo.

Duque y su gobierno parecen confiar en el desgaste natural de la protesta y en el cansancio normal de la ciudadanía y presentarse entonces como un gobierno responsable que escucha los clamores populares. Toda la propaganda oficial (que repiten los medios masivos de comunicación) busca convencer a quienes protestan de la inutilidad de su proceder contestatario; desde el gobierno, sistemáticamente, se deslegitiman las manifestaciones multitudinarias aunque sean pacíficas, se criminalizan los bloqueos y otras formas de protesta y se condena como delictiva la respuesta de quienes son reprimidos sin medida. La estrategia gubernamental entonces se reduce a diálogos que no ofrecen perspectiva alguna y una violencia sin proporción que deja un saldo dramático de muertos, desaparecidos, heridos y detenidos en una medida que no se registraba en décadas.

Luego de más de un mes de duración el Comité de Paro anuncia cambios en sus tácticas de lucha y propone mayores y más contundentes acciones en el futuro inmediato. Pero algunos colectivos diferentes del Comité anuncian que mantendrán sus acciones a pesar del riesgo enorme que ello supone para sus vidas en un escenario de una militarización parcial del país que el gobierno amenaza con extender a todo el territorio nacional. Se trata, de hecho, de un golpe militar “a la colombiana”, pues se mantienen las formalidades legales pero sin abandonar la represión desmedida y sin renunciar al exterminio sistemático de quienes persistan en la protesta; como en las peores dictaduras militares del Cono Sur, y en muchos aspectos, peor.

En tales circunstancias ¿Cuáles serían las tareas inmediatas para mantener la movilización, hacer balance de lo ganado, corregir los fallos y proyectar las batallas del futuro? Para comenzar, es obvia la necesidad de alcanzar una forma efectiva de coordinación entre las diferentes expresiones ciudadanas que forman parte de la protesta. Se trata de conseguir mecanismos de acción conjunta entre los diversos colectivos y organizaciones que forman parte del Comité del Paro con las múltiples expresiones de protesta popular en barrios urbanos, veredas campesinas y comunas vecinales (la llamada Primera Línea, por ejemplo) que si bien no funcionan según las formas tradicionales de poder delegado, de la indispensable burocracia y administración continuada y de la administración formal de los procesos (los sindicatos, por ejemplo) dan plena legitimidad a sus exigencias mediante diversas formas asamblearias en las cuales se ejerce la democracia directa y se expresa su carácter espontáneo.

En realidad, esta doble vertiente de la movilización social no es un fenómeno particular de Colombia ni es nuevo en absoluto pues aparece prácticamente en todos los movimiento de protesta que alcanzan una cierta dimensión, sobre todo cuando son fruto de condiciones de vida insoportables para la mayoría de la población, cuando se trata de sociedades caracterizadas por la pobreza material, la discriminación social y formas muy limitadas de participación política eliminando por completo la legitimidad del orden establecido tal como se acaba de registrar en Chile, modelo muy ponderado del sistema neoliberal, que ha colapsado y se apronta para reemplazar la aún vigente constitución heredada de la dictadura militar de Pinochet. El ejemplo chileno bien vale como referente a considerar pues se trata de un país del entorno, similar a Colombia, y porque allí coinciden en la movilización sociopolítica las formas tradicionales de organización (sindicatos y partidos) con una fuerza fresca y vigorosa de formas espontáneas comprometidas en la lucha común.

Además de la construcción de mecanismos de coordinación es fundamental para el movimiento colombiano avanzar en la formulación de un programa común; un programa que recoja las diversas reivindicaciones y les de las debidas prioridades, distinguiendo qué se puede conseguir de forma inmediata y qué reformas solo son viables a mediano y largo plazo, siempre a juzgar por la correlación de fuerzas existentes y aquellas que se pueden generar. Es igualmente pertinente considerar que en tantos casos esas reformas que se buscan dependen de su misma naturaleza; algunas se pueden realizar de inmediato pero otras a veces exigen varias generaciones con un propósito social muy firme y un empeño casi heroico.

Industrializar en país, por ejemplo, para superar su actual condición de economía prescindible, simple proveedora de materias primas y mano de obra barata a las economías metropolitanas no es algo que se pueda alcanzar sin grandes sacrificios; cambiar radicalmente el modelo económico impone una relación adecuada entre gasto e inversión y tiene siempre como corolario reducir ciertos consumos al máximo o inclusive renunciar a ellos para generar los recursos necesarios. Superar la actual cultura neoliberal, ese darwinismo social que pondera por encima de todo un individualismo feroz e insolidario es otra de las tareas que una real transformación impone como necesaria y que solo se alcanza mediante una nueva educación y nuevas prácticas sociales que se solo se afianzan lentamente. Estos dos ejemplos muestran cómo es indispensable avanzar en la formulación de un programa de reformas que recojan los anhelos mayoritarios de la población pero que al mismo tiempo tengan una elevada dosis de realismo, que se correspondan en su aplicación a la real correlación de fuerzas sociales y políticas.

Que este proceso permita convertir la marea humana del momento en una fuerza decisiva en las urnas el año entrante (parlamentarias y presidenciales) debe ser una decisión lo más consensuada posible, superando sectarismos y debilidades varias. Pero esa marea humana que se ve a diario desafiando la muerte en calles y plazas puede decidir otros caminos que no sean los electorales (por ejemplo una huelga nacional indefinida), pero siempre y cuando sean realistas y practicables y no aventuras sin horizonte. Para soñar siempre habrá tiempo. No es entonces pequeño el reto de quienes desde el Comité del Paro y desde la Primera Línea encabezan la lucha.

Juan Diego García para La Pluma, 18 de junio de 2021

Editado por María Piedad Ossaba

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