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Una utopía covidiana

La ingeniosa vacuna –ideada originalmente para luchar contra el cáncer– lograba engañar al sistema inmunitario pero no al bendito virus.

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Luis Casado nos ofrece en esta ocasión una muy enjundiosa distopía. Como sabes, una distopía es una representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana. Lo que no está claro es que sea ficticia…

Foto de Jon Sailer, en Unsplash

Cansado, decididamente hastiado, apagó el televisor, malhumorado.

El ministro de la Salud había hecho todo lo posible por recuperar algo de la credibilidad perdida hacía lustros, excepto anunciar alguna fecha previsible para comenzar a reducir las numerosas restricciones impuestas a lo largo de más de una década con el loable propósito de limitar el número de contagios. Recordó con nostalgia los tiempos benditos del virus original, –convendría hablar más bien de su primera versión–, ese que a fines del año 2019 había sido detectado en Wuhan, gatillando la mala leche de Donald Trump que no paró de llamarlo “el virus chino”.

A partir de entonces, gracias a la formidable propensión del bicho a mutar, ya no había lugar para celos ni envidias: cada rincón del planeta había parido su variante, más o menos agresiva, –más más que menos–, terminando por evadir los ingeniosos mecanismos de las numerosas vacunas que continúan haciendo la fortuna de un puñado de laboratorios.

Alguna ONG señaló la similitud del comportamiento de las vacunas con el de los productos diseñados para tener una obsolescencia programada: no bien la Food and Drug Administration (FDA) aprobaba una nueva vacuna, el US Department of Health and Human Services compraba miles de millones de dosis para vacunar a los más de 330 millones de estadounidenses, los servicios correspondientes lanzaban anonadantes campañas de vacunación en plan Blitzkrieg debidamente dramatizadas por las cadenas de televisión de todo el país, y el ministro de Salud –raramente el presidente– comparecía ante los medios para anunciar la buena nueva, aparecía una enésima variante del virus que obligaba a recomenzar todo desde cero.

En la materia no podías diferenciar las vacunas clásicas, fabricadas a partir de un virus atenuado o inactivo, de las más sofisticadas vacunas ARN-mensajero, que le transmiten al organismo un código genético para que el sistema inmunitario fabrique él mismo las proteínas necesarias: la vacuna ARN-m le ordena a las células que fabriquen la espícula del coronavirus. Inofensiva en sí misma, la espícula le da al bicho su apariencia de corona. El sistema inmunitario cree que el virus está ahí, y comienza a fabricar anticuerpos para protegerse. La ingeniosa vacuna –ideada originalmente para luchar contra el cáncer– lograba engañar al sistema inmunitario pero no al bendito virus.

Cuando un periodista algo asopado –en fin, un periodista– hizo gala de una micra de autonomía intelectual comparando las vacunas al coyote y el virus al beep-beep, su definitiva condena al más despiadado ostracismo tardó lo que la llamada del ministro de la Salud al patrón del canal de televisión. Atrás habían quedado los intentos de masificar el uso de antivirales que, desde el tristemente célebre Remdesivir habían probado no solo su inutilidad y su terrible toxicidad sino también su increíble capacidad mutágena, lo que en buen cristiano quiere decir que estimulan admirablemente la capacidad del virus para disimularse bajo perendengues cada vez más elaborados y difíciles de detectar.

La Unión Europea, que en un Beau Geste manifiestamente incomparable compró mil millones de euros de Remdesivir destinado a probarle a los EEUU su calidad de aliada indefectible, le adjudicó a un consorcio basado en paraísos fiscales la tarea de sepultar las cajas de Remdesivir bajo toneladas de residuos nucleares que nadie podría remover hasta dentro de algunos cientos de miles de años. Nueva Zelanda y Vietnam, junto a China, habían logrado domar la pandemia gracias a protocolos extremadamente estrictos que los demás países no habían juzgado oportuno copiar en razón del carácter autoritario de tales regímenes (Nueva Zelanda, una islita al pedo, no contaba en tales razonamientos).

Protegiendo al precio de la vida de millones de seres humanos la preciada democracia que les tenía a ellos –los políticos– como sus más irreductibles defensores, habían definido e impuesto reglas que permitían seguir contaminándose y muriendo de acuerdo a las reglas. Los Bancos Centrales, cuya independencia nadie había osado cuestionar desde la época luminosa del Consenso de Washington, recibieron sin chistar la instrucción de emitir los dólares y euros que fuesen necesarios para seguir comprando nuevas generaciones de vacunas cuya vida útil se contaba en semanas.

Un proyecto de Ley enviado al Parlamento Europeo buscaba facilitar el proceso eliminando engorrosos trámites y fastidiosas burocracias –amén de ahorrarle a Europa un sinfín de idas y venidas entre los países miembros, sobre todo entre Alemania y Alemania– mediante el ingenioso, perspicaz e inédito método que consiste en hacer del representante de la Association of Global Laboratories (AGL) el presidente en ejercicio del Banco Central Europeo (BCE).

Tal medida ya había sido puesta en práctica en los EEUU, con excelentes resultados según consta en informes emitidos por el propio presidente de la FED, dispuesto a sacrificarse por la salud de la Humanidad asumiendo contemporáneamente la presidencia del BCE. El único minúsculo grano de sable que había perturbado sistemáticamente la excelente gestión de la crisis sanitaria global o worldwide pandemia como decían en América del Sur, era el constante aumento de los índices de contaminación.

A pesar de que Francia, España, Italia, Australia, Chile, Argentina y otros grandes productores de vino habían transformado su agroindustria para dedicarla exclusivamente a la fabricación de gel hidroalcohólico, aun cuando en los océanos flotaban ya millones de toneladas de mascarillas desechadas en los seis continentes y el flujo no hacía sino aumentar, las cifras relativas a las contaminaciones crecían y crecían que era un gusto.

La capacidad hospitalaria –allí donde ella existía, o había existido– se había saturado hacía muchas lunas, la industria de las ambulancias Uber había crecido de manera exponencial hasta decaer y entrar en crisis visto que no había ningún sitio donde llevar a los “Corona”, la población mundial conocía un significativo decrecimiento que hacía temer por la demanda agregada y el consumo de gasolina, a tal punto que los expertos del FMI pronosticaban un débil aumento del PIB y ninguna perspectiva de volver a una saludable tasa de inflación…

Colmo de males, los primeros exoterráqueos o neomarcianos, que hacía poco habían desembarcado en el planeta rojo, descubrieron con horror que llevaban consigo una virulenta cepa de tipo SARS-CoV, que un libretista de Hollywood tuvo la ocurrente idea de bautizar como Alien…

Cansado, decididamente hastiado, apagó el televisor, malhumorado.

Luis Casado para La Pluma, 21 de marazo de 2021

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي

Traducciones disponibles: Français