Colombia en crisis

No es entonces ni despejado ni fácil el camino para los reformadores en Colombia. A su favor juega sin embargo el cansancio evidente de amplias mayorías sociales y su claro rechazo a esta situación

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A excepción de los apologistas a sueldo del gobierno que se empeñan en afirmar que todo marcha perfectamente lo cierto es que el país parece estar sumido en un caos del que no se ve la salida. La pandemia del coronavirus solo ha venido a incrementar los problemas y a mostrar toda la debilidad del sistema; pero los problemas son estructurales.

Los problemas vienen de lejos y no son muy diferentes en su naturaleza de los que afectan a los demás países del continente. El modelo neoliberal que se impuso a todos los gobiernos de la región defraudó en sus principales promesas de generar abundante riqueza mediante una vinculación suicida con el nuevo mercado mundial (la llamada globalización), modernizar la administración pública y sobre todo reducirla a términos mínimos para dejar el campo libre a la iniciativa privada. Pero un repaso somero a los efectos de estas políticas muestra cómo a la destrucción del modelo desarrollista de entonces, al cual se pueden vincular los modestos avances de estas sociedades en la modernidad, en modo alguno condujo al paraíso terrenal que prometían los neoliberales sino al estancamiento, a la crisis profunda en todos los órdenes y, aunque parezca un tanto exagerado, a convertir estas sociedades de nuevo en neo-colonias , en simple complemento de las metrópolis, prescindibles suministradoras de materias primas y mano de obra barata, instrumentos políticos en favor de los intereses del Occidente capitalista y hasta en carne de cañón en sus aventuras bélicas, tal como sucede ahora con Colombia precisamente, convertida en base militar de los Estados Unidos para el control de todo el continente y de parte de África, con tropas criollas enviadas a algunos escenarios bélicos y, sobre todo, como puntal principal en los actuales planes de Washington para invadir Venezuela. No es por azar que el país haya sido incluido como “socio” en la OTAN.

Vistas las propuestas de los reformistas en Colombia tal parece que no se enfatiza demasiado en el modelo neoliberal, que es sin duda mucho más que un conjunto de políticas económicas. Y este es un asunto fundamental porque sin superar las limitaciones estructurales no será posible salir de la pobreza, del atraso y sobre todo del lugar enormemente desventajoso que el país ocupa en el tejido económico y político del mundo. Si dada la actual correlación de fuerzas no es realista proponer un objetivos tan ambicioso como desmantelar el modelo neoliberal queda como tarea a las fuerzas reformistas formular un programa de suficiente entidad que consiga generar la fuerza necesaria para avanzar en su propósito.

Dado el primitivo sistema electoral de este país, en el que se abstiene de manera regular y desde hace al menos medio siglo hasta el 50% del censo, se podría concluir que existe poco interés político en la población y que por ende no habría esa fuerza social indispensable para el cambio. Hay sin embargo dos factores que sustentarían un punto de vista de relativo optimismo.

El primero es sin duda el enorme coraje de los sectores populares que a pesar de todos los obstáculos mantienen una resistencia heroica, sosteniendo una protesta que no consiguen eliminar ni las Colombia en crisis, ni la represión abierta, ni las campañas de terror oficial y paramilitar que si bien se han intensificado en los dos años del actual gobierno de Duque funcionan ya desde hace muchos años en una suerte de guerra no declarada entre el sistema y los sectores sociales más perjudicados: campesinos y asalariados sometidos a duras formas de explotación; grupos étnicos amenazados con la extinción y en el mejor de los casos con una integración cultural desventajosa y humillante; iniciativas ciudadanas en defensa de la condición de género o protectoras del medio ambiente; millones de jóvenes sin futuro social ni laboral y condenados a la exclusión o una emigración no deseada; y –como fruto del tipo tan particular que tiene en este país el moderno proceso de urbanización- la formación de una masa inmensa de excluidos, de marginados y del llamado pobrerío que rodea las grandes ciudades o coloniza en condiciones miserables las fronteras agrícolas del país. Todos ellos constituyen el núcleo fundamental del descontento y la protesta ciudadana.

El segundo factor a tener en cuenta es el avance de las propuestas de partidos y de organizaciones sociales que aquí se entienden como políticamente de centro y de izquierda, es decir, de la izquierda tradicional con todos sus matices y de sectores sociales de las clases medias que la crisis actual afecta en no poca medida, coincidiendo todos en el propósito de superar la enorme desigualdad existente, la violencia cotidiana (tan vinculada a esa desigualdad), los cuadros más dramáticos de la pobreza y la exclusión, hacer real la paz superando definitivamente el conflicto interno (cumplir el Acuerdo de Paz de La Habana sería un avance decisivo para lograrlo) y dar pasos importantes en el logro de la convivencia ciudadana y, por qué no, dar por terminados aquellos compromisos internacionales que hacen a Colombia una especie de “Caín del continente” o de “Israel de Los Andes”.

El programa inmediato de cara a las elecciones de 2022 tiene ya objetivos muy señalados: reforma profunda del ejército y de la policía aunque solo sea para que los cuarteles se atengan estrictamente al rol que les fija la Constitución de manera que la presencia de los uniformados no despierte miedo en la población sino la necesaria sensación de sentirse protegida; revisar a fondo la manera como se constituyen los poderes del Estado mediante le reforma del sistema electoral y del nombramiento de los jueces para que la independencia de esos poderes corresponda también a lo que dicta la Carta Magna; poner fin a la atmósfera de terror y garantizar plenas garantías democráticas y el goce efectivo de los derechos civiles (la protesta en las calles, la libertad efectiva de escribir contra los abusos del poder sin tener que terminar callando por temor); y por supuesto, una limpieza general y profunda de las instituciones para garantizar el fin de la corrupción (la pública y la privada) y el reinado de la impunidad que, cada una a su modo, tanto contribuyen a la pérdida de legitimidad del sistema. Ya se sabe, cuando ésta falta solo queda el terror para asegurar la tranquilidad de quienes se benefician de la injusticia.

Para impedir las reformas ya hay voces de la extrema derecha que están pidiendo el cierre de los pocos espacios que aún le quedan a la protesta; Ya hay quienes proponen mano dura contra la protesta social y establecer, otra vez, las antiguas formas del “estado de sitio” que por tantas décadas hacía de Colombia una dictadura de facto. No es entonces ni despejado ni fácil el camino para los reformadores en Colombia. A su favor juega sin embargo el cansancio evidente de amplias mayorías sociales y su claro rechazo a esta situación, no menos que la decisión de importantes grupos políticos que ven no solo la necesidad del cambio sino su posibilidad a pesar de los negros nubarrones que se vislumbran en el horizonte.

Juan Diego García para La Pluma, 4 de octubre de 2020

Editado por María Piedad Ossaba