¡Viejos de Colombia, desapareced!

Señores del poder, no disimulen más, sean frenteros y digan que lo mejor es diseñar campos de concentración y así nos vamos desembarazando

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No más eufemismos. Sean francos y abiertos, además de despiadados. Ya se sabe que, en Colombia, ser viejo y pobre sale muy caro. Y, como todo parece indicar, un viejo se vuelve un estorbo, en particular para la producción, para el consumo, para los que están convencidos de que es como una mina a la que se le acabó el oro, agotada, que es más barato cerrarla. Señores del gobierno, no más refinamientos con los “abuelitos”. Están acabados, desangrados. Ya dieron lo que iban a dar y no sirven para la plusvalía. El neoliberalismo los declara muertos e inútiles.

No os pongáis con pendejadas. Qué cuento de cuarta edad, ni siquiera tercera. Esos “adultos mayores” ya son gentes que perdieron la cuenta de lo vivido. Para qué insistir. Sepan los venerables vejetes con propiedad que pueden ser expropiados a punta de hipotecas. De pronto en otros lados, por allá en el remoto Oriente, es posible que sean importantes y representen experiencias y alguna sabiduría, cositas así que no son rentables. Por acá, no. Ya no funcionan. Así que lo justo, debido a su desgaste, sería que nadie se pensionara. A cierta edad, digamos a los cincuenta, ya pudieran enviarse los que de esa edad madura gozan (¿gozan?), a un campo de trabajos forzados, a producir algunas ganancias para banqueros, terratenientes, agiotistas, todos estos muy jóvenes, claro está.

Señores del gobierno, financistas y especuladores inmobiliarios, no suavicen más su persecución contra las “vejentudes”. No le crean a Cicerón cuando decía que “el viejo no puede hacer lo que hace un joven; pero lo que hace lo hace mejor”, ni a un presunto alemán cuando advirtió, no se sabe si en tono de burla: “Los árboles más viejos dan frutos más dulces”. Qué va. Mientras menos derechos tengan los viejos, mejor para ustedes, los dueños de fábricas y de entidades financieras, sobre todo. Ah, y mientras menos vivan, mejor.

No se pongan con filosofías, que eso no da plata. Vayan al grano y, si les provoca, hagan como en una novela de Bioy Casares y contraten muchachos que vayan a acuchillar viejitos. No sale tan costoso. Porque ya ni proponer, como el inteligente autor de Los viajes de Gulliver, en su Modesta proposición sobre los niños de Irlanda, que acá, en este país cuyos dueños en rigor son los gringos, y para solucionar asuntos de extendidas hambrunas de la población, y más que todo en tiempos de pandemia, se podrían hacer sancochos con los viejos, pero quedarían sin mucha sustancia, aunque, quizá, pudieran calmar algún hambre. Quién quita.

No más demagogia, señores de la burocracia, de las esferas elevadas. Armas a discreción, preparen, apunten, ¡Fuego! Ah, no, no gasten munición en gallinazo, es decir, en vejestorios. Más bien, cuando puedan, sigan expidiendo medidas para que muchos jóvenes no lleguen jamás a jubilarse, y, por si acaso, no alcancen edades tan avanzadas, que a los 65 ya para qué diablos se va uno a pensionar si esa platica debe ir más bien a los fondos privados que sí saben qué hacer con ella y cómo multiplicarla, carajo.

Acuérdense de lo que dijo el muy práctico Sancho: “El que larga vida vive mucho mal ha de pasar”. Entonces, para que tal situación no ocurra, lo mejor es salirle al paso y remediar a tiempo. No dejen que los viejos que todavía no son tan viejos, vivan tantos años. Inclusive el FMI ya lo había propuesto. Pueden darles tiros de gracia, como la hipoteca a la inversa y a la visconversa y así los van poniendo en estado de sitio permanente, a ver si se esfuman.

Nada de romanticismo. Eso tan manido (y hasta mañé) de que “el arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza” no puede ser válido en Colombia. Así que, señoritos del gobierno, vamos contra esa manada de inservibles. Ya no dan ganancias. Y es poco lo que compran. Y a los que no tienen pensión, pero sí una casita propia, vamos a despojarlos con inteligencia. Que no les duela. Que no sientan el asalto y, al contrario, lo vean como un favorecimiento.

Un viejo es parco, moderado, gasta poco, poco invierte en movimientos bursátiles y en pirámides, compra de vez en cuando lotería y hace algún “chance”, la mayoría de los viejos colombianos (excepto, claro, los de la élite) son pobretones. No hay que pararles bolas. Si no los mata el coronavirus, que sigan encerrados de todos modos. No tienen a qué salir. Y el cuentico de que son ricos en sabiduría, no hay que creerlo mucho. Señores del poder, no disimulen más, sean frenteros y digan que lo mejor es diseñar campos de concentración y así nos vamos desembarazando. Ah, y como no podía faltar el dandy Wilde, pues recordémoslo: “Envejecer no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose joven”.

Reinaldo Spitaletta para LaPluma, 16 de junio de 2020

Editado por María Piedad Ossaba

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