Vuelta al mundo en el aerostático de la crítica

2020 se prevé como un año donde la lucha se mantendrá y las banderas de la democratización con la paralización de la política de crímenes contra los luchadores populares y con la consigna de mejores salarios, no se arriarán.

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Lo dice Edmundo Moure: “Para muchos, quinientos años de capitalismo expoliador, que tienen a la humanidad al borde de una catástrofe ecológica y colectiva inimaginable, no son suficientes para cambiar de rumbo. Continúan en la porfía suicida del aumento sostenido de la producción”, y yo agregaría, y de la recuperación a toda costa de la tasa de ganancia tan venida a menos por la eterna contradicción interna del capitalismo, mientras la Naturaleza –o la Madre Tierra– padece los terribles daños de la codicia capitalista como una colosal fiera herida, que arrastra, a la vez, a todas las especies al hueco negro de la desaparición en el planeta.

Moure agrega: “Sí, debemos ser capaces de articular otra opción. De lo contrario, nuestros descendientes heredarán los escombros y las cenizas –si es que algo queda– de un edificio social construido sobre la arena, aunque hayamos pintado sus granos con los chillones colores de la farándula feliz”.  

Introducción

Se sacuden innumerables países del Tercer Mundo sin que el poder imperialista pueda detener ese ascenso de luchas. Desde el Medio Oriente –El Líbano, Irak, Jordania– hasta la cuna del neoliberalismo –Chile– padecen de sismos políticos. Europa sin quedarse atrás, sabe de un terremoto en la península ibérica, Cataluña, y no tiende la mano para intentar ayudar a esa España que medra en el franquismo sin remordimiento alguno y sin ética política. Arde América Latina y el imperialismo mundial se desespera porque muchas de sus cabezas visibles habían alquilado palco para ver en vivo y en directo la “caída estrepitosa” de Nicolás Maduro, pero terminaron corriéndole al incendio en su trastienda, en su patio neoliberal, el cual está quemando sus disfraces de demócratas trasnochados.

En Bolivia la extrema derecha se tomó el poder con un sucio golpe de Estado, negado por los intelectuales oenegeros posmodernos, tipo Zibechi, y avalado por la OEA, ese ministerio de colonias yanqui, como la llamó Fidel. Su impresentable secretario, Luis Almagro, en el inmediato pasado empezó a vociferar, en asocio con Trump, que lo más preocupante que aparecía en la escena suramericana era Bolivia –además de Venezuela–, y que exigía, sin verificación alguna del proceso electoral, segunda vuelta, lo cual sirvió de acicate para que la diputada Jeanine Añez, la Guaidó 2.0, se alzara con el gobierno y declarara a Evo sujeto de persecución por presunto apoyo al terrorismo. Los pájaros disparándoles a las escopetas.

Tras el acceso violento al gobierno de esa coalición de derecha extrema con visos religiosos, se desató la masacre y la persecución contra esas bases populares del Movimiento al Socialismo, cosa que los oenegeros tacharon de “enfrentamiento innecesario tras el derrocamiento de Evo por el pueblo”.

Los hechos son tozudos, y la realidad no se puede estampar en el papel con vaticinios inocuos o fake news, sino con hechos reales. Es posible que en unos días estemos viendo algo nuevo, terrible o admirable, para no sentar una verdad que se está revaluando a la velocidad de la luz, porque el cambio de escenario local y mundial es un hecho innegable. Y los pueblos son los que están cambiando el escenario y la coreografía.

  1. Los bienes comunes o recursos naturales en el lenguaje bancario

Las mujeres y hombres conscientes de este planeta tenemos claro que la visión y advertencia de Fidel, en los albores de la década de los 90, sigue siendo de entera actualidad: “las especies vivas del Planeta están amenazadas por el deterioro ambiental que ocasiona y ha ocasionado el capitalismo”.

En uno de los apartes de la Declaración final del III encuentro Internacional Civilización o Barbarie –Desafíos del mundo contemporáneo, realizado en la ciudad portuguesa de Serpa en el año 2010 se afirmaba categóricamente:

“El crecimiento económico capitalista, basado en el aumento del consumo, moviliza flujos colosales de materiales y de energía, causando la degradación y el agotamiento de recursos finitos –destacadamente el Petróleo que en este momento está alcanzando el nivel máximo de producción posible- amenazando los procesos de renovación natural. Al contrario del bienestar de las poblaciones, el crecimiento económico capitalista desfigura así la relación armoniosa del Hombre con la Tierra que habita y que es patrimonio común de la humanidad, destruyendo el ambiente necesario a la vida y los recursos indispensables a la producción de bienes esenciales”.

La voracidad capitalista aupada por ese crecimiento sin par de las fuerzas productivas y la división internacional del trabajo que sigue funcionando con matemática precisión en tanto el neocolonialismo y el sometimiento de los poderes locales al dictado imperialista asociado a esa visión de mantener la tasa de ganancia a toda costa, ha hecho que La Tierra sea un objetivo a destruir, es decir, el crecimiento por cualquier medio de la extracción de minerales y de bienes que le pertenecen a la humanidad, ha disparado la amenaza sobre todos los ecosistemas a un nivel de no retorno pues la velocidad de extracción sobrepasa con creces a la capacidad de respuesta de la Naturaleza, a eso que la biología moderna llama la resiliencia de los ecosistemas.

El capitalismo en su eterna crisis borra de un tajo la expresión racional de sostenibilidad como única forma de mantener una tasa de producción y consumo de bienes por debajo de la capacidad de recuperación de los ecosistemas. Olvida, convenientemente, la segunda ley de la termodinámica que nos obliga a pensar en la exergía que se prodiga tras cada actividad productiva donde haya intercambio de energía humana o mecánica. Es decir, en la imposibilidad de regresar al estado primigenio de un sistema antes de ser explotado, lo que en un lenguaje más coloquial significa el aumento de la entropía o la imposibilidad de regresar al estado ordenado inicial.

Supeditan la ciencia, con su desarrollo nunca antes visto, y el conocimiento que de ella se deriva a un renglón subalterno de sus intereses, y por ende empiezan a desaparecer de la escena no solo paisajes naturales relacionados con la vida como son los páramos, nevados, glaciares de montaña (en Colombia a principios del siglo XX existían 19, hoy solo quedan 6), además de los polos, padres del agua y del control del clima, sino la vida misma.

Se esfuman especies animales y vegetales a una velocidad enorme cada año (la Amazonía es lenta y paulatinamente destruida con fuego difuminado por los grandes capitales y Bolsonaro exige respeto a la soberanía brasilera para hacer de ella un trampolín para la agroindustria), entre ellas las abejas, lo que significa que el control natural de plagas y la misma alimentación sufrirán enormes consecuencias: el dengue será una enfermedad normal en ciudades como Bogotá.

Sumándole a todo ello el lento incremento de la temperatura promedia del mundo por el efecto invernadero acrecentado por los gases expulsados por los miles de millones de vehículos y aviones que cruzan inmarcesibles, sin dolor alguno, nuestros cielos, se desprenderán hechos dolorosos como las hambrunas que se ven venir por las sequías y la destrucción de los suelos, amén de las grandes migraciones humanas y animales que amenazarán el equilibrio del hábitat general, lo que derivará en guerras inesperadas por esos bienes naturales como el agua y el mismo aire que ahora es tóxico en las grandes ciudades, y que lentamente pierden la capacidad de renovación en sus orígenes.

Respiramos un aire enfermizo en el mundo capitalista. Las enfermedades pulmonares y el cáncer que mata millones de personas al año en el planeta, son el principal resultado de esos miles de millones de pequeñas chimeneas que son los carros particulares, las volquetas, los camiones, que son, a su vez, la mercancía por excelencia del sistema capitalista.

Como se escribió muy acertadamente en la revista CEPA número 19: “La actual crisis económica capitalista se ha prolongado más allá de lo previsto por los gurúes del pensamiento único, y su intensidad indica que el capitalismo ha ingresado a una fase de estancamiento –quizás permanente- propia de un sistema que muestra signos de agotamiento histórico. El problema se acrecienta si recordamos que la crisis económica no puede entenderse como una más en el recurrente ciclo de caída y recuperación de los negocios, porque ahora se mezcla con crisis simétricas de índole alimenticia, hídrica, energética, ambiental (yo llamaría ecosistémica) y climática. Por ello, debe hablarse de crisis civilizatoria, para indicar que, como resultado de la universalización forzada de las lógicas mercantil y de la ganancia, vivimos al límite de lo soportable en términos ambientales”

  1. El grosso modo internacional

Según Jorge Elbaum, “la concepción trumpista reclama neoliberalismo, austeridad y desregulación de los mercados emergentes (eufemismo institucionalizado con que se nomina a lo que en privado se categoriza como patio trasero), pero se reserva guerras comerciales, medidas de protección de su entramado industrial e injerencismo bélico antojadizo”.

Trump, cabeza visible de la avanzada imperialista norteamericana, es el jefe del bullying, económico, político y militar que se vive a nivel mundial, el empresario que con trampas se enriqueció en la sede del imperialismo norteamericano, se ha destacado por ponerle números a todas sus jugadas geopolíticas. Como buen jugador y empresario mueve tropas de un país a otro cuando el negocio le parece rentable. Ahora las saca parcialmente del norte de Siria, pero las deja en las zonas petroleras para salvaguardar los ingresos que le proporciona ese preciado recurso, agregando el sofisma del derecho fundamental de Israel de intervenir allí como si el sionismo lo tuviera por mandato divino.

Salió de la administración yanqui el mayordomo, Obama, y llegó el capitalista, o el representante de los dueños del capital, a decirle al mundo cómo iba a cuadrar las finanzas maltrechas de Estados Unidos, cuya deuda asciende a más de 22 billones de dólares, la mayor del orbe. Y las herramientas de la gran potencia son el garrote militar inversionista, las medidas de protección del entramado industrial nacional, la exigencia de apertura de los mercados de los países del Tercer Mundo, la amenaza nuclear cuando viera vacilación en casa del enemigo, como Corea del Norte; la violación de todos los tratados internacionales además del derecho internacional que se ha tejido con tanta delicadeza desde el final de la Segunda Guerra Mundial representado en acciones innumerables, tales como: el apoyo que ha dado a esa guerra infame que desarrolla Arabia Saudita y sus aliados contra el pueblo yemenita desde marzo de 2015 el cual está ad portas de conllevar a una catástrofe humanitaria sin par –más de 15 millones en riesgo de muerte por desnutrición y enfermedades de todo orden–.

Pero también lo son el soporte militar y económico al ánimo expansionista y fascista israelí contra el pueblo palestino; la expansión de medidas extraterritoriales tales como la prohibición de relaciones comerciales –violando todos los tratados comerciales avalados por la ONU– a todos sus países aliados, con países que Estados Unidos considera sus enemigos o nuevos ejes del mal; la retención pirata de embarcaciones como recientemente le sucedió a un petrolero iraní en Gibraltar; la ampliación del bloqueo económico, comercial y financiero infame contra Cuba –condenado por casi todos los países del mundo en la última votación, con la deshonrosa abstención de Colombia– ahora ampliado aplicando el título III de la ley Helms Burton, a lo que se suma la prohibición de vuelos directos, reducción de giros en dólares y muchas medidas más, con la estúpida excusa del apoyo a la “tiranía de Maduro” en Venezuela; la ampliación al bloqueo, similar al de Cuba, contra la Venezuela bolivariana, comenzando a hacerlo efectivo contra Nicaragua y el bloqueo terrible contra Irán, Corea del Norte y cualquier país que ose levantarse contra la imposición salvaje del diktat imperialista y en general contra la lógica capitalista.  

Estos países devenidos en sus enemigos preferidos para descabezar, por obra y gracia de la geopolítica de nuevo cuño, que busca recomponer la hegemonía norteamericana al verse amenazada por el multilateralismo que exige el mundo actual, e intentar horadar la crisis capitalista que no cede, la cual está representada en la baja tendencial de la tasa de ganancia del capital, ha sido la impronta de la administración Trump, que pareciera que no tiene una detente al frente. El insultar al Estado chino llamándolo ladrón porque parte del hecho de que “la tecnología de punta norteamericana ha sido robada por él” y porque la balanza comercial es profundamente negativa en el intercambio entre estas dos naciones, es de un atrevimiento casi lumpezco en las relaciones diplomáticas internacionales.

La guerra comercial directa que emprendió no solo contra China, sino también contra sus socios europeos –ahora los amenaza con sanciones si siguen adelante con el proyecto ruso-europeo llamado gasoducto Nordstream 2– los mismos que mantiene contra las cuerdas y quienes se someten a los dictados de la centralidad imperialista, lo cual ha sido muy bien documentado con la blandengue posición europea sobre el tratado de no proliferación nuclear que se había firmado en 2015 con Irán y que el gobierno Trump rompió en mayo de 2018, ha dado frutos podridos pues ha coadyuvado a agilizar la entrada a una gran recesión mundial avisada para 2020, de donde no saldrá el capitalismo bien librado.

La nueva arma de destrucción masiva, el bloqueo económico, comercial y financiero, está siendo usada con gran entusiasmo por el imperialismo norteamericano con resultados palpables en Venezuela y Cuba. El gobierno trumpiano ha sacado esta carta bajo la manga y ha golpeado terriblemente también a Irán y a todos los gobiernos que se le han opuesto en el camino de la hegemonía. Pero las naciones resisten, se unen en un nuevo polo, lanzan la consigna del multilateralismo y se la están jugando con otras monedas y otros estilos de comercio internacional, hasta con el trueque, v.g., petróleo por alimentos de Venezuela, mientras se ve a lo lejos la pendiente decreciente del dominio del petrodólar.

La guerra como acicate para paliar la crisis que no cesa de aumentar, se ha plantado por todo el Medio Oriente y las trompetas ya suenan en Asia y África donde también aparecen los famosos ejércitos yihadistas haciendo de las suyas, con una infinita y sospechosa capacidad logística. La destrucción y construcción implícitas tras las guerras, son una forma de darle oxígeno a ese capital desesperado con la baja tendencial de la tasa de ganancia que le es implícita para responder a esas competencias corporativas que, como una hidra, salen a la palestra en el mercado mundial. Todos tenemos claro que después de la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall liderado por Estados Unidos le dio a este país la hegemonía en la reconstrucción europea, lo que llevó al dólar a hacerse del mercado mundial para posteriormente dar el salto del patrón oro, establecido en 1944, al patrón petrodólar como divisa internacional.

Y esta sigue siendo la divisa dominante pero China y Rusia, competidoras en ese inmenso mercado mundial, le están empezando a poner el cascabel al gato, y es así que han trabado relación comercial con Irán, Turquía y muchos países euroasiáticos con las monedas locales, dejando a un lado el pago con dólares en el intercambio, lo cual afecta a esa divisa profundamente pues en la medida que se paralice ese movimiento dinerario y de capital en dólares, el dólar sufrirá de un gran debilitamiento en su base económica y acentuará, a su vez, la crisis del capitalismo. El yuan o renminbi, como se le conoce en la China, salió hace rato a la palestra geoeconómica mundial asustando a ese gigante con pies de barro, como llamó Mao al imperialismo norteamericano.

III. Europa, Europa…….

Leemos todos los días que en ese continente renacen paulatinamente las viejas prácticas e ideologías nazis, de la mano de las burguesías que las tienen como alternativa a la crisis: Austria, Letonia, Estonia, Lituania, Croacia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Polonia, Ucrania, Italia, son países en donde la cruz gamada vuelve a ponerse en el brazo de las aún pequeñas legiones neonazis.

La extrema derecha llegó a Grecia para quedarse; en España la derecha franquista del Partido Popular se alía con el partido Vox, agrupación extremista que amenaza con incendiar la convivencia con los inmigrantes y limpiar el país de sudacas y africanos. Se queman centros de refugiados en Alemania y en Grecia. En Hungría estos son perseguidos y encarcelados. Los inmigrantes arribados de África y Asia no son bienvenidos en el otrora continente donde el asilado y refugiado, en tiempos del estado de bienestar, tenían por lo menos más esperanzas de ser admitidos. Al caer el muro de Berlín en 1989 y al destruirse el proyecto socialista en la Unión Soviética, ese estado de bienestar europeo, que fue creado más como respuesta económica e ideológica al mal ejemplo socialista que empezaba a ganarse las mentes del pueblo europeo después de la gran guerra, fue recogido y llevado al cuarto de los trastes viejos para dar paso al neoliberalismo que tiene en calzas prietas a este mundo.

El Mediterráneo se pobló de cadáveres como si este fuera el único destino posible que les señalan a esos pobres que huyen de guerras iniciadas por el capitalismo e imperialismo mundiales, pero que también escapan del cambio climático que llevó a que por años en ciertas geografías del continente africano no se viera una gota de agua –caso Somalia–, amén del hambre y demás plagas que sus pobres cuerpos reciben sin compasión por el eterno saqueo que el capital hace de sus riquezas naturales. Los expolian, los emboscan con las sequías y enfermedades, como el ébola, producto del desenfrenado consumismo capitalista; los asesinan en las interminables guerras, los desaparecen de la geopolítica mundial y posteriormente les impiden la entrada a sus territorios porque no agregan riqueza alguna a la Europa blanca. Pero seguirán llegando por borbotones hasta que se logre el verdadero equilibrio de estar en su país y no morir en el intento.

La recepción de inmigrantes, hace cerca de 4 años, se hizo con éxito en Alemania, pero sin que esa acción significara solidaridad o acogida fraternal, esto es, nada humanística fue la acogida. El capitalismo no tiene corazón. Fue una decisión del gobierno social-cristiano de Ángela Mérkel pensando en los réditos, o mejor, en la tasa de plusvalía que agregaría una mano de obra de cerca de 1,5 millones de sirios y de otras nacionalidades que venían con preparación académica y que fueron colocados en puestos con un salario inferior al del alemán promedio. El superávit alemán, y, por tanto, el motor del desarrollo europeo, ha crecido a punta de la enorme extracción de plusvalía al obrero nativo que por muchos años permaneció sin incremento de salario y al extranjero que llegó pidiendo asilo y clemencia. Después, aun habiendo sucedido esto, tan preclaro para la economía, fue detenida la política de los “brazos abiertos” en Alemania cuando los partidos de la extrema derecha llegaron al parlamento y movieron grandes masas de alemanes con consignas nacionalistas y racistas que pedían el fin de la inmigración.

Lo cierto del caso es que Europa que ha representado lo mejor y lo peor de la humanidad ha recibido menos de 1% de refugiados respecto de su población total. Y esto tan pequeño ha generado la histeria en un continente donde no se reconoce el pasado de las conquistas y saqueos en otras latitudes. La historia y el reconocimiento de la presencia de ella en todas las tragedias exportadas a los pueblos de la periferia mundial, no se aceptan como parte integral de la recuperación de la convivencia mundial.

Sin embargo, los pobres de Europa se movilizan exigiendo mejoras en el bienestar, exigiendo terminaciones de gobiernos plutocráticos como el de Macrón en Francia. Allí los chalecos amarillos recuerdan cada viernes desde el 16 de noviembre de 2018, que el espíritu de rebeldía caldea cada día más, y que es el pueblo el que tiene que salvar al pueblo. Y en la España franquista, la misma que se quedó dormida en los laureles de la dictadura con la terrible amnistía y olvido de 1978 que ha impedido condenar los crímenes de Franco y sacar de miles de cunetas los restos de los republicanos españoles producto de la guerra civil ocasionada por el alzamiento militar fascista-franquista, se mueven aires renovadores en Cataluña; allí los jóvenes protestan por las últimas iniquidades del Tribunal Supremo de Justicia, franquista para más señas, cuando condenó por sedición a penas de hasta 13 años de cárcel a los anteriores funcionarios de la Generalitat por cuanto el 1 de octubre de 2017 tuvieron la valentía de citar a un referendo de independencia para convertir a ese ente autónomo en una república por fuera de la monarquía reaccionaria española. Claro que, en esa lucha casi insurreccional, la visión contraria al neoliberalismo también se encuentra en las calles y en los enfrentamientos con la policía.

  1. Latinoamérica no es un títere

1.El otoño del Cartel de Lima

Cada día, cuando despunta el sol, nos encontramos con noticias que traumatizan a la derecha continental y mundial: Latinoamérica es un potro indómito; el Frente de la infamia se vuelve añicos: el Cartel de Lima se pudre por dentro: Piñera al borde de la expulsión o el derrocamiento por ese movimiento popular al cual llamó bandas criminales, que en verdad son millones que exigen nueva constitución y nueva economía; el cobarde de Moreno en Ecuador no sabe qué hacer, está desesperado porque el patrón FMI lo fuerza a tomar medidas y su pueblo se opone; en Argentina se vino abajo el gobierno mafioso de Macri y en Uruguay se dio paso al relevo político con el arribo de la derecha antibolivariana, la misma que perdió hace poco un referendo en donde pedía la salida del ejército a la calle con la consabida política de allanamientos y violación de derechos humanos.

El imperialismo norteamericano, con su cabeza visible, todavía tiene capacidad de maniobra antes del garrote militar. Es así que el domingo 3 de noviembre –en medio de la problemática permanente de los humildes migrantes centroamericanos que viajan por fuerza mayor a Estados Unidos y que son humillados repetidamente por esa potencia con el ingreso de miles de ellos a campos de concentración nazis en donde separan hijos de padres– Nayib Bukele, joven mandatario salvadoreño de ascendencia palestina –¡oh adefesio!– elegido presidente por obra y gracia de las redes sociales más que por sus obras o su legado, expulsó a los diplomáticos venezolanos en abierta colusión con Trump, para así agregarle leña a esa brasita en que devino la intervención norteamericana, que tiende a apagarse sin pena ni gloria. Es un oportunista que medró en el FMLN salvadoreño cuando era gobierno y ahora, como Joaquín Villalobos, anterior comandante de ese frente guerrillero en la década de los 80, es un ardiente defensor del neoliberalismo.

Pero en este maremágnum político y económico latinoamericano brillan gobiernos que le hacen el quite al intervencionismo tal como lo hace el de López Obrador, que cada vez que tiene oportunidad le dice al imperialismo y a sus lacayos que dejen en paz a Venezuela, que permita a los mismos venezolanos arreglar su casa, a quien se sumará el gobierno de Fernández en la Argentina; con ello nos damos cuenta que ese Cartel de Lima, armado en una oscura noche imperialista no va para ningún lado y, por el contrario, se vendrá abajo más temprano que tarde. Lo que vaticinaban como un largo invierno nuclear de la derecha se convirtió en una ligera tormenta eléctrica.

  1. El octubre latinoamericano

Interesadísimos en incendiar a Venezuela, y habiendo gastado el mejor de los esfuerzos para que el gobierno de Nicolás Maduro cayera en horas, no se habían dado cuenta que el horno estaba en casa y que el incendio se alimentaba lenta y paulatinamente con las medidas económicas y políticas tomadas en cada uno de los países del Cartel de Lima. Y cuando sus gobiernos ya tenían quemaduras de tercer grado la única medida que se les ocurrió fue apagar el incendio con combustible y en su desespero, de nuevo, acusar a Venezuela y Cuba del alzamiento de sus pueblos.

Como afirma Andrés Figueroa en la revista Polítika refiriéndose a Chile: “las relaciones sociales, vueltas mercancía; los bienes comunes privatizados; una oligarquía conservadora culturalmente y rabiosamente liberal en el plano económico. Un orden sintetizado desde la dictadura militar como Estado policial y antipopular; fiesta de la concentración capitalista, y dominio de los grandes grupos económicos que brutalmente destruyen competencia, imponen los precios y subordinan a las pymes en la cadena de valorización, de acuerdo a la proyección de su tasa de ganancia”, agrego yo, fueron las bases que se sembraron en todo el planeta para que los ricos fueran más ricos y los pobres más pobres; para que el 1% de la población mundial se apropiara de más del 30% de la riqueza de todo el planeta y para que 26 multimillonarios posean la riqueza de 3.800 millones de personas de acuerdo al informe de la OXFAM de enero de 2019.

Arde América Latina y parece que la primavera antineoliberal hubiera llegado, pero no propiamente enviada por esos gobiernos progresistas que tanto han sido difamados por el imperialismo norteamericano. La mano de la derecha neoliberal extrema es la que ha tenido su cuarto de hora: obediente, se inclina ante la mano del amo imperialista, y lleva a sus pueblos a la debacle. Y peor: el incendio lo quieren apagar a punta de sombrerazos.

En Haití -país con el 70% de la población en estado de pobreza-, se levantó el pueblo desde principios de año y con redobles, en septiembre, exigiendo el fin de la corrupción, el fin del gobierno y de las tarifas de combustible afectadas por la prohibición de comprar petróleo venezolano de parte de la administración Trump, sin que ningún medio occidental haya cubierto este importante hecho político. El corrupto empresario Jovenel Moïse, presidente de Haití tiene que marcharse so pena de que el país se congele en la protesta. En lo que va corrido del año, de acuerdo al comité directivo de CLACSO, van más de 80 asesinados; la represión es enorme, la misma que tampoco ha sido condenada por la OEA ni por Bachelet.

En Ecuador, a principios de octubre, Lenín Moreno llamó zánganos a quienes salieron a las calles a protestar contra el decreto 883 y contra el paquetazo neoliberal de rebaja de salarios, expulsión de miles de trabajadores de sus puestos de trabajo, privatización de empresas públicas, extractivismo como la gran meta económica, aumento de la edad para pensionarse y la flexibilización laboral como ahora se piensa imponer en Colombia. Al final, después de varios muertos y miles de heridos y presos, tuvo que arriar su bandera, librándose, por titubeos de la dirección indígena, de pasar al cuarto de los trastos viejos de la historia como otro presidente sacado de Carondelet.

En Argentina, Macri, el líder corrupto del gobierno lumpen y mafioso como lo denominó el fallecido marxista argentino Jorge Beinstein, llamó irresponsables a quienes votaron la fórmula F&F, pues, según él, la bolsa de valores y el desempleo le pasará cuenta a todos los hombres y mujeres de esa nación. También allí, como en Ecuador, la mano negra del FMI está detrás, como un telón de fondo, de la hecatombe social que ha llevado la pobreza, según Claudio Katz, a tasas terribles cercanas al 40% de la población. Ya es historia, salió sin pena ni gloria ampliamente derrotado en las elecciones del 27 de octubre. El año entrante lo veremos corriendo base ante las acusaciones de corrupción por el robo continuado del erario público que hizo en estos cuatro años. Se le acusa de miles de millones de dólares apropiados para él, su familia y sus amigos. Ojalá veamos a ese delincuente con un pijama de rayas en una cárcel de alta seguridad, pues sería un buen acicate para la lucha latinoamericana. Queda por verse el desarrollo de los acontecimientos ante la monumental deuda social y económica que hereda el gobierno peronista el cual va a solicitar renegociación con el FMI para el pago, no propiamente para la quita.

Honduras, país convertido en una narcodemocracia por obra y gracia del narcotráfico que cruza el país para llegar a Estados Unidos, tiene a su presidente, Juan Orlando Hernández, en calzas prietas acusado desde el primer momento de fraude electoral en las pasadas elecciones, y ahora el pueblo exige dimisión y cárcel tras ser acusado en el país del norte de ser uno de los abanderados de la droga en el país y haber disparado la represión contra el pueblo. Con la llegada al gobierno de este abogado villano, la violencia contra los luchadores sociales y ambientales aumentó terriblemente. Ahora el pueblo está movilizado y decidido a alcanzar los derechos conculcados por el poder.

Brasil, pobre país. Las iglesias pentecostales, la extrema derecha, los grandes capitales y los medios de comunicación pusieron a un fascista ordinario en el gobierno: Jair Bolsonaro. Excapitán y pésimo legislador, participó en el parlamento brasilero desde 1990 y nunca se le conoció un proyecto presentado que hubiera tenido algún valor social o político y ahora se muestra ante el mundo como un pequeño Hitler sin siquiera poseer un discurso nazi coherente. Incendiario, no solo del Amazonas, sino de todo el ámbito político y económico latinoamericano, odia profundamente el socialismo y dice que es la peor amenaza a la libertad. Vaya usted a saber si ha leído siquiera una página sobre este sistema. No felicitó a Fernández cuando supo que había sido electo en Argentina y por el contrario afirmó que el pueblo había votado mal. Amenaza con sacar a la Argentina del Mercosur –no le interesa Mercosur- y ataca cada que puede al gobierno del presidente Maduro, como si fuera un déjà vu que lo atormenta; su vulgar verborrea hace que cada rato quienes le rodean se tengan que voltear para no salir en la foto junto a él. Las pensiones, la flexibilización laboral, la privatización de bienes públicos, los derechos de los pueblos originarios son objetivos de primera mano. Viene con una receta ultra para empobrecer al país y enriquecer a las grandes corporaciones capitalistas. Es toda una vedette que le puso en bandeja de plata la soberanía al imperialismo norteamericano, y hasta claudicó en lo que respecta al desarrollo espacial. Su última medida impresentable: amnistiar a policías y militares de cualquier graduación acusados de graves violaciones a los derechos humanos, como por ejemplo haber asesinado a alguien en servicio activo o fuera de él, por el mero hecho de sospechar que iba a ser atacado. Toda una perla para la infamia universal.

Quiere retrotraer la economía a un escenario parecido al argentino, donde la desindustrialización hiede y la agroindustria y la ganadería lo es todo. El extractivismo es lo único que le suena a este gobierno de los grandes ricos del Brasil. Ahora puso en venta los principales yacimientos petrolíferos como para que no quede dudas de que Brasil perderá, con su gobierno, hasta la soberanía energética. Su participación en la ONU emulando a su nuevo ídolo, Trump, fue un triste espectáculo que dio pena ajena, y que mostró que están llegando a los gobiernos ineptos con hilos invisibles. Ídem Colombia.

Chile, país de latencia revolucionaria de más de 30 años, cuyo presidente es una de las personas más ricas, y quien, a punta de extraer riqueza de los fondos de pensiones se posicionó en una seguidilla de gobiernos en donde se intercambian políticos de derecha que aparentan ser de izquierda (la Concertación), con políticos de extrema derecha que aparentan ser de derecha. Todo un proceso envenenado tanto por la socialdemocracia como por los intereses más oscuros del capitalismo.

Allí la educación y los servicios públicos se han privatizado de una manera azarosa, los mismos que sacan una buena tajada del salario el cual es un mínimo de hambre -301 mil pesos, cerca de 406 dólares- para ese costo de vida; los impuestos a los pobres suben como la espuma y bajan en contravía los de los ricos; los peajes suben sin control, el transporte tiene un costo elevado al punto que el alza del pasaje del Metro fue el florero de Llorente del alzamiento casi insurreccional del estudiantado el 18 de octubre, a lo que se le suma la centenaria lucha del pueblo mapuche, pueblo originario reprimido hasta la saciedad por esa casta oligárquica criminal aupada por todos los gobiernos después de Pinochet, donde la actual directora de derechos humanos de la ONU, Michelle Bachelet, que estuvo al frente de dos gobiernos, mostró las garras racistas y represivas, y se asoció con la oligarquía argentina para perseguir, asesinar y encarcelar a sus líderes. En Chile, Pinochet todavía vive en los gobiernos burgueses posteriores a su muerte.

En ese país empezó el 18 de octubre un alzamiento popular, no insurreccional, pero con todos los visos de máxima exigencia política, en donde los partidos tradicionales de izquierda o derecha brillan por su ausencia en el liderazgo. Son las masas con nuevas formas de gobierno popular, como los cabildos y las asambleas ciudadanas, que empiezan a gestar un nuevo Estado.

A principios de octubre, Sebastián Piñera intentaba vender al mundo una imagen: “Chile es un oasis con una democracia estable en medio de esta América Latina tan convulsionada”. ¿Oasis de qué? Por supuesto “de paz y desarrollo”, pero no había puesto el oído en la tierra de Allende y por ello no sabía que el volcán de la rebeldía le movería el piso y le cerraría la boca un minuto más tarde con la erupción del alzamiento, la protesta, la resistencia y la desobediencia civil. Y desde su oasis oligárquico pasó a llamar delincuentes a los que saltaban los controles del metro; y al día siguiente hablaba del enemigo poderoso, del estado de guerra, toque de queda, estado de emergencia; su mujer llamaba, en un trino, a esos hombres y mujeres que salían persistentemente a las calles a protestar y a defenderse de los gases lacrimógenos, balas de goma, chorros de agua y de los porrazos y torturas y hasta de desapariciones, alienígenas, y también los llamó “enemigo grande, terrible”. Al 1 de noviembre, ya el pueblo chileno tenía claro que el cuerpo represivo de Pinochet estaba intacto; que la doctrina militar de la dictadura estaba todavía rondando el país, pues su práctica desaforada ha generado miles de heridos, de presos y decenas de muertos. Al 4 de noviembre la Cruz Roja ya hablaba de más de 2.500 heridos y 160 personas con heridas oculares; y el instituto de derechos humanos de 4.634 detenidos a lo que se agrega 142 querellas por torturas. A hoy, 24 de diciembre, estas cifras se han duplicado.

En las grandes marchas, en los bulevares, en las tomas de aeropuertos y centros comerciales en el extranjero, se oyen las canciones “Te recuerdo Amanda”, “El derecho de vivir en paz”, “El pueblo unido” y muchas más del inventario de Víctor Jara, quien ha resucitado y ha vuelto a cantar esas hermosas letras libertarias de los años 70 en las alamedas que hablaba Allende en sus últimos minutos de vida, cuando decía: “Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición, pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”.

Los cacerolazos, otrora empleados por la derecha contra Salvador Allende, ahora suenan en todo el país y es el pueblo el que los hace repicar contra el gobierno de los ricos. El 25 de octubre, tras la congregación de más de un millón de chilenos, las consignas principales fueron: «Retiro de las Fuerzas Armadas a sus cuarteles, retiro de todas las leyes que vayan en contra del pueblo en el Congreso y una nueva Constitución a través de una Asamblea Constituyente». Dos meses después apareció en televisión el aprendiz de tirano, Sebastián Piñera, hablando del referendo del próximo abril de 2020 para dar paso a la nueva constitución, y por supuesto, maniobrando para cambiar todo y dejar todo igual.

A punta de demagogia de futuras leyes más democráticas, de reformas a las pensiones, mejoras del salario mínimo, pero también de toques de queda, estados de emergencia y una entrega parcial del poder a los militares, el gobierno oligárquico de Piñera pretende poner en cintura el movimiento. No lo logrará. El pueblo ya no medra en el adormecimiento y el miedo, el pueblo despertó y hace tambalear airadamente los cimientos que el dictador dejó sembrados y que ningún gobierno anterior intentó remover. Ya se hacen en parques ensayos de Asamblea Constituyente con modificaciones constitucionales que consagren los derechos a la salud, al medioambiente, a la educación y se cuenta una Mesa de Unidad Social que agrupa a más de cien organizaciones y movimientos sociales y sindicales, organizando marchas, encuentros y construyendo un ideario en caliente que tiene que ver con una nueva Constitución, un nuevo salario mínimo de $500 mil pesos, una pensión mínima de acuerdo al monto del salario mínimo, tarifa social justa de transporte público, canasta de servicios básicos protegida; salud, educación y vivienda como derechos sociales. No es la toma del poder, es la exigencia de la derogación del modelo económico neoliberal. La correlación de fuerzas lo dirá.

Y recordando de nuevo a Víctor Jara en sus letras: “hoy es el tiempo que puede ser mañana”, la constitución pinochetista agoniza, y resucita también el nuevo sujeto político chileno, crítico y libre. Lo cierto es que un nuevo liderazgo social sale a la palestra, por encima y por fuera de los partidos tradicionales. Casi que una nueva Comuna de París sin armas. La historia nos contará el resto.

Perú, otro país de altísima concentración de la riqueza, que ha recurrido permanentemente al extractivismo minero aplastando a las comunidades como génesis de ello para mejorar su PIB y la confianza inversionista, sufre de un problema patológico en las alturas del poder: el fujirismo, expresión de la extrema derecha, se pelea con la socialdemocracia de Vizcarra, que a estas alturas no representa a nadie y que además nadie lo eligió. El parlamento y el ejecutivo no solo andan distanciados, sino que legalmente andan disueltos. Desde el parlamento nombran a una mujer de presidente, la misma que renunció al día siguiente, y desde el palacio de gobierno desmienten que este poder pueda hacer ello después de haber sido disuelto. Pero eso sí, el modelo extractivista minero está intacto y las comunidades campesinas no aminoran la resistencia contra los abusos del poder central. Todo un berenjenal que lleva a concluir que el Grupo de Lima, armado por Estados Unidos, no tanto para el impulso del desarrollo económico de Suramérica como para derribar el gobierno de Maduro, antes de cumplir con la misión encomendada, se está corroyendo y se va a convertir en papilla.

En Colombia, las cosas no están mejor, no solo por la presencia en la Casa de Nariño del presidente más inepto, estúpido y extremista después de Turbay Ayala: el títere de Álvaro Uribe, el tal Iván Duque. El crecimiento económico del país anda por el suelo; las perspectivas futuras no son atractivas. La balanza comercial es deficitaria –se importa demasiado (alimentos: más de 12 millones de toneladas), se exportan materias primas con bajísimo valor agregado–; el déficit fiscal anda por las nubes; la deuda externa pública y privada se aproxima al 50% del PIB; el servicio de la deuda absorbe cerca de la sexta parte del presupuesto de la nación. La inversión social en educación y salud es cada vez menor y mientras tanto la burocracia oficial y la inversión en el aparato corrupto militar crecen como la espuma, además de la corrupción generalizada que arrebata más de 50 billones de pesos al año –la quinta parte del presupuesto–, unos US$ 16.000 millones. Si a lo anterior le agregamos que el extractivismo va a recibir su mayor empuje en este gobierno, sobre todo al fracking, las cosas no pueden ir peor.

Pasadas las elecciones de medio período, el gobierno enfiló las baterías contra los derechos de los trabajadores con la última reforma tributaria aprobada en este diciembre, en el marco del paro nacional, llamada patibulariamente “Ley de crecimiento económico”, en procura de que la riqueza se concentre aún más. Además de esta reforma que les quita enormes impuestos a los grandes capitales nacionales y extranjeros, los grandes conglomerados financieros (Sarmiento Angulo y el Grupo Empresarial Antioqueño) esperan con impaciencia la reforma pensional, la cual parece que quedará en remojo, pues ese paquete de más de 280 billones de pesos que la rodea hace que las garras de estos estén lo suficientemente afiladas para dar el zarpazo y destrozar lo poco que queda de derechos.

A lo anterior se suman muchos factores desestabilizadores de la convivencia como son la falta de realizaciones en el marco del proceso de paz, el mismo que se convirtió en solo un desarme de las Farc; el asesinato continuo, gota a gota, de los luchadores sociales y de los indígenas en todo el país, principalmente en el Cauca; la permanencia del paramilitarismo en el campo y la ciudad y la doctrina militar del enemigo interno que cada vez resucita las ejecuciones extrajudiciales y la gran violación de derechos humanos y del derecho internacional humanitario.

En Colombia se implementó la política anticomunista y contrainsurgente desde principios del siglo veinte de la mano del imperialismo norteamericano, maestro y tutor de la permanente fachada reaccionaria y por veces, fascista, del Estado colombiano. Como resultado de ello hemos visto desaparecer, morir y pasar mucho pueblo por las mazmorras del régimen oligárquico colombiano al cual se le agrega el ser depositario del desarraigo de grandes masas de hombres del campo y la ciudad y de causar una de las desigualdades más altas del planeta.

El paro nacional indefinido, como se le conoce a la permanente movilización y protesta de la base popular y de la clase media, que se inició el 21 de noviembre y se extiende por todo el país como el gran suceso político de los últimos 50 años, será el camino que evitará esa aventura oligárquica de empobrecer y reprimir a vastos sectores del pueblo y de aumentar la desigualdad social marca OCDE, siempre y cuando el proceso dé los saltos dialécticos cantidad-calidad-cantidad, los objetivos se clarifiquen y se vean reflejados en las consignas, y la unidad se extienda al punto de vincular a amplias capas de la clase trabajadora, hasta ahora muy reacias, al movimiento, pues aún el liderazgo de este paro nacional son los jóvenes, especialmente los estudiantes.

2020 se prevé como un año donde la lucha se mantendrá y las banderas de la democratización con la paralización de la política de crímenes contra los luchadores populares y con la consigna de mejores salarios, no se arriarán.

El teatro latinoamericano de la lucha de clases sin respiro es una especie de colofón de la crisis capitalista que cada vez más señala el fin de un sistema histórico que si bien revolucionó en sus orígenes las relaciones sociales y la sociedad misma, hoy en día se ha convertido en la mayor amenaza para la humanidad y el planeta que habita. Es un deber de todos los pueblos del mundo coadyuvar a agilizar el desenlace de esa crisis dando sepultura a ese sistema que volvió inviable la vida misma.

Álvaro Lopera especial para La Pluma y Tlaxcala, 25 de diciembre de 2019

Editado por María Piedad Ossaba

Publicado por La Pluma y Tlaxcala