Sin miedo a la paz traicionada

¿Cuánto se prolongará? Todo dependerá de cómo la lucha social asuma la traición al Acuerdo de Paz no para lamentos y autoengaños, sino para actuar de manera más aguda y renovada.

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Alexander Escobar

“Los libros que el mundo llama inmorales
son los que muestran su propia vergüenza”.
Oscar Wilde

El miedo opera como una dictadura del silencio “persuasivo” que trae consigo reacciones insensatas, análisis apresurados o acomodados, exilio y, en el peor de los casos, permisividad, ocultamiento, traición y complicidad. Las dictaduras militares conocen bien su efectividad: imponiendo ríos de sangre despejaron el camino para la llegada de la plaga neoliberal y la continuidad de sus verdugos en el poder bajo fachadas que hoy llaman “gobiernos democráticos”.

En Colombia, al igual que sucede en otras partes del mundo, el miedo continúa cumpliendo su función “persuasiva”. Pero lo hace de manera más compleja. Porque nos encontramos sobreviviendo no solo al terrorismo de Estado, además la sobrevivencia hoy se enfrenta a discursos de paz de algunos sectores de la academia y la izquierda que, luego de convertir el Acuerdo de Paz en una agenda para la “buena imagen”, actúan bajo libretos de posturas ligeras y temerosas de ser asociadas con discursos que “justifiquen” un “volver a las armas” o, con toda razón, porque persiste el miedo a ser víctimas de un montaje judicial que termine vinculándoles con las nuevas disidencias de las FARC.

Hablamos de “agenda para la buena imagen” en mención al Acuerdo de Paz no para desacreditarlo o desconocer su importancia, lo hacemos refiriéndonos a la forma en que éste se menciona, a pesar del incumplimiento por parte del Gobierno, de tal modo que pareciera que no fue traicionado, trayendo consigo la elaboración de discursos únicamente preocupados por mantener una imagen pacifista estereotipada, derivados también del miedo a perder votos, o del temor a ser señalado como un pesimista malintencionado “enemigo de la paz” que añora la “lucha armada” y el “terrorismo”.

Tampoco lo hacemos desconociendo la entrega y cumplimiento de los exguerrilleros y exguerrilleras que, en medio de la adversidad y el terrorismo de Estado, están dando todo de sí, con logros importantes para construir una nueva sociedad en paz y con justicia social. Sin embargo, no puede negarse que lo que nombramos como “incumplimiento”, por la magnitud y reincidencia política de no cumplir lo pactado, implica que estamos ante un Acuerdo de Paz traicionado por el Gobierno.

Resulta necesario entonces diferenciar entre voluntad de paz, la lucha para que ésta se materialice con justicia social, y un Acuerdo de Paz traicionado que deja cerca de 150 excombatientes asesinados, y cientos de prisioneras y prisioneros políticos de la FARC que, después de casi tres años de firmado el Acuerdo, aún permanecen en las cárceles.

Es claro que se lucha para que se cumpla lo pactado, pero esto no implica que el Gobierno no tenga trazada una política, un proyecto de ultraderecha, que traicionó la voluntad de paz de quienes dejaron sus armas, al igual que se burló de los sectores de la sociedad que le apostaron y apuestan a este proceso.

La situación que genera este escenario, paradójicamente, provoca un efecto similar, con todas sus diferencias, al vivido durante los dos períodos presidenciales de Álvaro Uribe Vélez. Recordemos que ser estigmatizado, señalado de ser “proclive al terrorismo” y “simpatizante de la guerrilla”, fue el discurso posicionado por el Gobierno de Uribe contra organizaciones sociales y de Derechos Humanos que luchan por la paz –y el fin de la guerra– a través de la salida dialogada al conflicto interno colombiano.

El miedo a hablar y analizar sin clichés las implicaciones que deja un Acuerdo de Paz traicionado hoy provoca solo lejanía, distanciamiento de las voces que en otros momentos habrían tenido un discurso muy distinto al que están posicionando.

Las nuevas disidencias

Tras el anuncio de ‘Iván Márquez’ y otros mandos de las FARC de retomar las armas, las reacciones inmediatas de algunos sectores que han vivido o estudiado el conflicto colombiano parecían más una respuesta teatralizada, basada en un guion preestablecido producto del miedo, que una postura consecuente con la historia y la memoria, en tanto que no era sorpresa que un grupo guerrillero, o parte de éste, vuelva a las armas cuando un Acuerdo de Paz es incumplido o se traiciona.

Si bien es de humanistas rechazar la guerra, y todo aquello que la incremente, desemboque o perpetúe, esto no puede ser excusa para esbozar opiniones apresuradas que responsabilizaron a la nueva disidencia de darle vida y un “respiro” al discurso de sangre de la ultraderecha. Contrario a estas opiniones, lo que puede comprobarse es que otros sectores del común volvieron sus ojos al tema de la paz, dándole relevancia porque percibieron que la guerra “había vuelto” por la traición, incumplimiento o ineptitud del Gobierno. Las justificaciones para el discurso de sangre y odio ya estaban operando, puesto que las disidencias han existido antes y después del Acuerdo.

Lo anterior además se constata si analizamos los continuos abucheos que está sufriendo en distintos lugares el expresidente Uribe, el rostro más representativo del proyecto de la ultraderecha; hechos que indicarían que las nuevas disidencias no generaron tal “respiro” como se presume. No obstante, ello no significa que la fuerza de este proyecto de corte fascista esté debilitada; es importante entender que las dinámicas han cambiado para una sociedad en crisis, viviendo al límite, que está priorizando resolver su día a día y no el salir a las calles a brindar respaldos a una figura que está pasando de moda.

Estos acontecimientos tampoco deben generar falsas expectativas. Que la imagen de rostros representativos de la ultraderecha, como Álvaro Uribe Vélez, se estén desgastando un poco, generando un pequeño descontento en la sociedad, en el contexto inmediato ello no indica que no habrá respaldo en las urnas.

Recordemos que las dictaduras evolucionaron hacia escenarios electorales donde, además del paramilitarismo, ahora cuentan con estructuras mafiosas, clientelistas y con dinero, que hicieron de este escenario una mercancía en disputa que se subasta entre sectores de la clase dominante que oscila entre la derecha y ultraderecha. Quizá en las elecciones presidenciales la balanza pueda cambiar, pero en lo regional y local su poder se mantendrá en un amplio porcentaje. Aunque es claro que habrán fisuras en su hegemonía territorial; pequeñas, pero habrán.

¿Rearme justificado de las nuevas disidencias?

Una de las situaciones más cómodas para algunos analistas y sectores de la intelectualidad siempre será responsabilizar tanto al Gobierno como a las nuevas disidencias por su rearme; situación cómoda y extraña, pues al referirse a ‘Márquez’ y demás comandantes que volvieron a las armas, muchos afirman que “traicionaron la paz”, pero cuando hablan del Gobierno solo emplean términos como “demoras en la implementación del Acuerdo de Paz”, y en el mejor de los casos, cuando un tinte de severidad les invade, se escuchan frases como “falta de voluntad” o “incumplimiento”, calificativos construidos en medio de un discurso que favorece al Gobierno, en gran medida, al presentarlo solo como un hijo que se desvió del camino, pero que se puede corregir.

Esta mirada que privilegia el efecto (rearme) por encima de la causa (traición del Gobierno) es la que realmente genera un “respiro” a la ultraderecha, puesto que sitúa la mayor responsabilidad en las nuevas disidencias y no en el Gobierno, verdadero responsable de mantener la guerra por su política de iniquidad y traición a la paz.

Sin embargo, en la Colombia profunda, que padece la guerra y pone las víctimas directas, esa no es la mirada que funciona en sus territorios. Y de modo igual está sucediendo en pequeños espacios, aunque reducidos, de la vida urbana. La mirada no es la misma, en tanto que el rechazo por el rearme ya no es una situación tan generalizada como antes. Los asesinatos sistemáticos contra líderes y lideresas sociales y excombatientes han generado a través del rumor cotidiano, que empieza ganar espacio en el imaginario de la sociedad, la justificación de la autoprotección. Situación que no se manifiesta abiertamente, pero que está preocupando al statu quo, y que pasa desapercibida para muchos análisis que no habitan las calles, la cotidianidad del barrio, y los territorios de la guerra prolongada.

Y la prensa, sin pensarlo ni calcularlo, también generó un ambiente de rumor sobre las circunstancias que provocaron un rearme de las nuevas disidencias. En varios reportajes registraron a comandantes como ‘El Paisa’ y ‘Romaña’ cumpliendo el Acuerdo de Paz, dándole titulares donde se reconocía su capacidad gerencial para adelantar proyectos productivos en las zonas de reincorporación. Esto ha provocado, en contraste con la traición de lo pactado por parte del Gobierno, una serie de preguntas en pequeños espacios de la vida urbana que tienden no siempre a inclinar la balanza en contra del rearme.

Por fuera de las dimensiones emocionales del rechazo a la guerra, los análisis sobre el conflicto interno colombiano deben superar las líneas de pensamiento, análisis o de opinión que están realizando, consciente o inconscientemente, el trabajo sucio a la ultraderecha, generando miedo y estigmatización contra otros análisis y opiniones que nuevamente vuelven sus miradas, de manera aguda, sobre las causas sociales y políticas que originaron y mantienen el conflicto interno colombiano y, que con todas sus diferencias y contextos más complejos de estudio, provocaron el rearme de las nuevas disidencias.

El deseo y la lucha humanista por la paz debe recobrar su visión sensata y aterrizada de la guerra, entendiendo que la lucha por la consecución de un nuevo acuerdo de paz, sin olvidar la lucha por el actual, nos espera. Esta tarea puede demandarnos años o décadas.

Nuestra guerra ha sido prolongada, y las expectativas puestas en los alcances que traería el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las FARC requieren repensarse bajo la base que fue un Acuerdo más, de gran importancia y notable en su especie, y por el cual se seguirá luchando, pero que no será el único en la historia de Colombia. Hoy cuando el paramilitarismo se ha fortalecido y los grupos guerrilleros permanecen en los territorios, la guerra no dejará de prolongarse. ¿Cuánto se prolongará? Todo dependerá de cómo la lucha social asuma la traición al Acuerdo de Paz no para lamentos y autoengaños, sino para actuar de manera más aguda y renovada.

Alexander Escobar para La Pluma, 25 de julio de 2019

Editado por María Piedad Ossaba

Publicado por REMAP

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