El cortejo

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De Ossaba a Carlos Alberto Ruiz Socha El jeep avanzaba velozmente levantando una estela espesa de polvo; al doblar una curva de la carretera, sus ocupantes se encontraron con un grupo de personas que acompañaban el entierro de alguien, que había amanecido ahorcado y que durante muchas horas,  había permanecido balanceándose a la misma velocidad con la que avanzaban por los aires, las motas de algodón desprendidas del balso que había servido como rampa para llevar a cabo el castigo.

En las mejillas de las mujeres se percibían surcos de lágrimas, mezclados con el  negro-máscara cual lava de volcanes emputecidos; los hombres con miradas sin miradas, estrujaban entre sus manos el dolor del desespero y sus sombreros. Una brisa ligera atravesaba el cortejo; la tarde caía y con  ella se instalaba una noche cerrada, envolviendo a su paso con un manto de oscuridad y de tristeza toda la comarca.  Algunas casas pintadas con una cal ligera se resistían a ser devoradas por las tinieblas, dándoles el aspecto de una incertidumbre más que dudosa.

Tantos entierros en mi Colombia frenética y dislocada. Entierros sin final que atraviesan desde siempre mi memoria. Los desfiles, los mítines, protestas, todo esta prohibido; solamente se toleran las marchas organizadas por el gobierno que no se moja demasiado; sin embargo sostiene a personas o grupos manejados diestramente cual marionetas tiradas por hilos invisibles, para que lleven a cabo estas manifestaciones de apoyo al líder magnánimo y a todos aquellos que ven a Colombia como una nación democrática y soberana.

Los funerales más que rituales para enterrar a las víctimas asesinadas por los grupos de apoyo del establecimiento, son las únicas ocasiones que le quedan a la comunidad, para reagruparse y darle rienda suelta a sus pasiones.  Dichos funerales dan la posibilidad de manifestarse contra los asesinos y opresores, de almacenar fuerzas y de alimentar la esperanza de lograr el sueño de una próxima libertad. Entre coronas simples de salvajes y magníficas flores, hombres y mujeres marchan con cintas de luto enredadas al antebrazo y  vestidos con trajes miserables pero limpios. Las mujeres han perdido el color salvaje de sus ojos maliciosos y coquetos, y la luz diamantina de sus miradas, ha sido reemplazada por un rojo irritante de ira y de dolor; a la gigantesca tragedia le hace eco la hinchazón desmesurada de sus párpados. Ellas marchan abandonadas de la brújula de la seguridad, amamantando su último vástago y pensando tal vez, que este será el hijo anhelado del equilibrado futuro. Todos avanzan cargando en silencio la justicia que se hace esperar.

– ¿Qué estará pensando ella? – preguntó Tiberio en voz baja con un aire mas preocupado que satisfecho.
– ¿Por qué te las pisas con lo que ella pueda pensar? – le contestó Esperanza -.

Tiberio era el mas viejo del grupo, no debería tener mas de cuarenta y cinco años y se comportaba como si fuera el jefe; delgado y musculoso, unas manos espesas y rudas que hacían juego con su pequeña y descuidada barba; su amabilidad parecía sincera; fue él quien primero habló de libertad, agregando con inquietud: por ahora ella está fuera de peligro. Quizás no merecía que le hubiese ocurrido esto. Tal vez nos apresuramos demasiado, pero las órdenes son para cumplirlas y no debemos olvidar que mañana ella deberá discutir cosas importantes con nuestros comandantes.

El chofer, al que apodaban dos perros, terció en la conversación y murmuró: seguramente la vida le dará otras ocasiones, a pesar de que tengo la sensación de que no la liberarán fácilmente. Y lanzando una mirada furtiva por el retrovisor, alcanzó a calcular la corta distancia a la que había avanzado el cortejo y la amplitud que los separaba de la catástrofe acaecida.

El calor desmesurado que azotaba la región se hacia sentir pesado, húmedo y pegajoso; el jeep que los transportaba levantaba nubes espesas de polvo como natillas recién cocidas; los ojos se iban acostumbrando poco a poco a la naciente oscuridad y  aunque no pudieran retener el resplandor de sus colores, aún lograban distinguir las buganvillas a lo largo del sendero. Un poco más atrás un segundo vehículo con sus siete militantes fuertemente armados a su interior, escoltaba la retaguardia.

Al atravesar un pequeño poblado tuvieron la sensación de que el abandono y la desolación, se habían fijado como en una de esas fotos ancianas, amarillentas y tristes; alcanzaron solo a divisar las siluetas de tres o cuatro parroquianos sentados alrededor de una mesa en ruinas, bebiendo sus respectivas cervezas. El aire empujado por un viento suave a lo largo de la estrecha carretera, trajo consigo el olor a fritangas y sudores.

¿Será éste el último vestigio  de civilización  antes de enfrentarse a una dura prueba de la que todavía no había alcanzado  a mesurar las consecuencias? Y como dentro de una pesadilla causada por los golpes ácidos y contundentes lanzados por un hábil boxeador, alcanzó a decirle como si fuera un chiste a su amiga,  quien sería su compañera de cautiverio por un tiempo tan largo y que aún desconocían: ¿Qué tal ese olorcito? i Es como para comérselo con una buena arepa! Todos sonrieron pero cada cual se sumergió de nuevo en sus pensamientos.

Sacando la cabeza por la ventanilla del automotor, pudo apreciar mejor las hierbas altas y espesas, preludio de cientos, de miles, de millones de árboles apretados entre sí, hasta formar una barrera compacta y difícil de atravesar; estos eran los primeros vestigios que ocultaban las ruinas de una sociedad que había comenzado a quedarse atrás, cual restos oscuros de un mundo en vía de desaparición.

Exploradores sin mapas ni brújulas, conocedores baquianos de una región que a fuerza de recorrerla podían andarla o desandarla a ciegas; avanzaban hacia el final de su destino, rebasando kilómetros con la seguridad de un animal salvaje. Hacía ya mucho tiempo que ellos habían dejado atrás un pasado libre de cualquier culpabilidad.

A la mañana siguiente al despuntar el día, después de haber pasado una noche sin muchos sobresaltos, ella aun guardaba la esperanza de que su situación se aclararía pronto; por una pequeña ventana pudo apreciar a lo lejos una desolada colina y un sol naranja que se levantaba en el cielo como un grito de  libertad. Sin embargo un pensamiento que la acompañaría durante miles de días le vino a su espíritu. ¿Será que la misma humanidad se ha convertido en una enfermedad incurable sobre la tierra, que infecta todos los lugares por donde pasa y que merece ser destruida para siempre, como lo fueron en su tiempo, animales inmensos y casi invencibles como los dinosaurios? ¿ Será por ello que de tiempo en tiempo surge uno o un puñado de individuos, que alertados por el peligro tratan de erradicar el mal, sacrificando hasta su propia vida, tratando de demostrar que la especie entera no es toda repugnante, aplicando el postulado de que la humanidad puede y debe ser diferente?.

La jornada comenzó de una manera extraña que sería el preludio de un enredo sin final. 

Doctora acá usted va a tener la posibilidad  de escaparse de traiciones, de conclusiones obtusas, de cálculos malsanos, de malas interpretaciones,  de ataques alevosos, de las políticas y los políticos de nuestro sufrido país que engendran las peores consecuencias; de ahora en adelante usted vivirá situaciones diferentes, aquí lo que cuenta es el trabajo, la solidaridad, el respeto, el cumplimiento a las normas y reglas y sobre todo la amistad. Usted misma podrá encontrar el eco a un nuevo sueño. Estudié medicina acá en Colombia y obtuve un doctorado en Francia. Mi nombre es Esperanza y soy la persona designada para acompañarla y ocuparme de usted. Este es Saúl quien nos dará una mano en caso de necesidad.

Nosotros habitamos esta región desde hace varias generaciones – dice Saúl – cultivábamos la tierra y levantábamos algunos animales. Vivíamos con dificultades pero trabajamos duro para sobreponernos a ellas; todo se fue perdiendo por el abandono de la administración, las malas políticas y la llegada de forasteros que venían cargados de ambiciones, de odio, de ira; valiéndose de  la violencia se fueron apoderando de las mejores tierras, de nuestras cosechas, de nuestras mujeres. Cambiaron las tranquilas costumbres e instalaron el terror y el desasosiego; se amangualaron con los gamonales de la zona y estos hicieron valer sus influencias para meter en el juego la policía, los jueces, los políticos, el ejército, los paramilitares; un día lo pensé y me dije, no más. Tomé la decisión una noche estrellada del mes de diciembre, afuera los grillos y las ranas se hacían escuchar y el calor era insoportable. Y aquí me ve de resistente, de patriota revolucionario; la vida es dura en esta lucha pero sería mas dura si me hubiera resignado. Nací en el mismo año que vio la luz el frente nacional, quizás eso me marcó para toda la vida; es posible que ese hecho también haya impregnado la leche de mi madre, como un germen repugnante que se instaló  en su sangre.

Ella escuchaba en silencio. A su memoria regresan imágenes que se van desgranando a la misma velocidad, con la que una beata desmigaja sus súplicas y  las pepas de su camándula. Rememora el papel periódico que cubre la miserable cómoda de la cocina, el radio transistor desvencijado, las paredes grasosas y cubiertas con retratos de modelos femeninos recortados de revistas del corazón, el almanaque del año anterior con la publicidad de una remontadora de llantas, el fogón de leña en el que reposan algunas marmitas de aluminio abolladas, el suelo de cemento no muy generoso que digamos. La puerta de la entrada había perdido sus múltiples y diferentes colores con los que una y otra vez había sido pintada; sólo una cortina de plástico con motivos florales era toda la fantasía del rancho de dos piezas, compuesto del salón donde ahora estaban sentadas y la pequeña y grasienta cocina. Al fondo dos catres de hierro oxidado cubiertos con retazos de lo que en un tiempo lejano, habían sido las colchas compradas en un baratillo de cualquier pueblo de los alrededores. Un olor de hollín y de humo lo impregnaba todo, el techo bajo de la habitación hacia que el calor acumulado fuera insoportable. Pequeños rayos de luz apuñalaban el interior oscuro, al atravesar los orificios del techo de zinc.

¿Por qué medios, fuera de la violencia, nuestro cristiano país, el del sagrado corazón de Jesús, mantiene su ley y su orden? – pregunta Esperanza – quien sin dejar lugar a respuestas agrega: El resumen de nuestra  historia «civilizada» no es más que un catálogo de violencia. A pesar de que soy una menuda persona, alguien sin mucha importancia, no soporto que los más fuertes o aquellos que así se lo creen, decidan sin consultarme lo que debo hacer con mi vida. Busco respuestas a tantos interrogantes y deseo clarificar sobre la base de mis estudios y análisis, las cuestiones capitales que no se pueden dejar para mañana. No es suficiente ver la realidad y comentarla, eso es solo el comienzo, lo que cuenta verdaderamente es hacer cambiar las cosas y pienso que para mí ese momento ha llegado!  Me siento preparada.

Cierto día ella realiza que los tiempos de los grandes propósitos habían encallado en playas abandonadas de letargos profundos; la alfabetización, la colaboración en múltiples empresas, las discusiones que se eternizaban hasta las madrugadas, los días pasados cuidando los heridos, sanando pequeñas enfermedades o malestares más o menos importantes, los consejos aventurados, los pensamientos aplicados… Otras sensaciones la habitaron, se alimentaba con las visiones de los incomparables amaneceres y atardeceres de nuestras  montañas,  la contemplación de los torrentes y las cascadas salvajes le hacían desprender mil lágrimas, cató alcoholes nativos que le supieron a gloria; conoció y amó unos ojos oscuros, grandes y profundos; el amor fue nutrido por discretas conversaciones, cómplices sonrisas, besos furtivos o robados, todo ello bañado en una salsa espesa de romanticismo primario.

El tiempo se alargó y la rutina y el tedio se instalaron, su situación no avanzaba y las negociaciones con el gobierno para lograr un intercambio humanitario seguían en un punto muerto. Durante la espera, una gran alegría llegó trayendo consigo los llantos del niño de su compañera de infortunio, que les hizo olvidar por algún tiempo sus  angustiosas dificultades. El hijo salvador había llegado y tanto su madre como ella, se desvivieron por sus vivires. Afortunadamente en su desventura, también su compañera había conocido el amor y el cariño de un hombre, que pasaba la mayor parte de su tiempo arreglando la mala situación del país a través de la guerra.

Por aquel entonces ella todavía no lograba imaginar que correría tanta agua bajo los puentes tendidos sobre los ríos: nostalgias, pérdidas del apetito, malarias, desengaños y un tiempo que se alargaba y que a fuerza de eternizarse  se había vuelto infinito, debilitándola y arrancándola de sus cimientos.

A veces le llegaban noticias y análisis sobre su situación: las asociaciones de sostén que se habían creado por todos los países, su reconocimiento como ciudadana de honor de varias ciudades del mundo, los desfiles y manifestaciones de apoyo organizados en los cuatro puntos cardinales del planeta, los mensajes que recibía de su familia, de sus amigos y de tantos otros que no la conocían pero que eran solidarios con su sufrimiento. Las negociaciones, las acusaciones, los apresurados ires y venires, por los sorpresivos ataques de la armada regular o de los paramilitares; la perdida de muchos de sus privilegios, los graves enfrentamientos con sus captores, los sueños de justicia y paz que estaban terminando en pesadillas.

La liberación de sus compañeros de infortunio más próximos, le hicieron sentir más intenso el peso del abandono; el asesinato del líder mas moderado de la FARC en un campamento apostado en un país vecino, mientras trataba de negociar su cautiverio; las instigaciones gringas que atizaban la hoguera, las amenazas de guerra disparadas a gritos por el mandatario nacional contra los países limítrofes, la proyección mediática y la manipulación de la información, la intervención de la OEA, de la ONU, de la comunidad europea,  la alejaban cada día mas de su liberación.

Ahora el peso del edificio se asentaba inclemente sobre sus espaldas. En su desespero no alcanzaba a medir el incierto desenlace. En brazos de lo desconocido el camino que ella había comenzado a andar era del todo imprevisible.

¿Sería que había perdido su brújula o el norte se le  había extraviado?

Ossaba, París, 22 de abril de 2008

Editado por María Piedad Ossaba

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