Medellín: La villa del desasosiego

La desasosegada villa, la ciudad que de primaveral ya no tiene nada (bueno, digamos que, como lo anunciaba hace años un cronista, Medellín sigue teniendo cara de muchacha bonita) continúa atronada por los disparos

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A nos, los de Medellín, los de la vieja Villa de la Candelaria, nos bañan muchas fuentes, como el río Aburrá o Medellín (o Nechí o Porce, como se llama más abajo) y las aguas eternas de la quebrada de Aná, nombrada cristianamente Santa Elena. Y la sangre también corre no tanto por las venas de los que en este “valle de lágrimas” habitamos, sino fuera de ellas. ¿De dónde nos viene tanta violencia en una ciudad que fue de industrias, de comerciantes y cafeteros, de algunos que se creían aristócratas y de artesanos ilustrados a punta de lecturas de Rousseau y Voltaire?

Avenida La PlayaPuente de Junín sobre la quebrada Santa Elena. Fotografía Rodríguez, 1900.

Es complejo el asunto. Pero no por ello se puede dejar de tratar, aunque sea a vuela pluma, en una columna periodística. En una aldea-ciudad-parroquia en la que abundaron las discriminaciones al lado de los laboratorios de la industria; en la que con la alborada del siglo XX nació una nueva clase social, la de los obreros; la villita con ínfulas de gran urbe que confundió desde sus élites el progreso con obras de infraestructura; la que, como diría Carrasquilla, tuvo tiempos de medirlo todo con el chic parisino (más que todo en sus élites), ¿cómo llegó a un derrumbe en el que, hoy, crece un impune irrespeto por la vida?

Qué es lo que ha pasado para arribar a una situación de abundantes violencias, de asesinatos y extorsiones, de vacunas y asaltos. No tengo la respuesta. Solo pistas. Rastros. Huellas de una ciudad que, por ejemplo, en los 50, cuando la violencia liberal-conservadora hacía su barrido mortal en los campos colombianos, continuó con una ola de discriminaciones a los más pobres, a los olvidados de la fortuna. Y con una alcaldada convirtió un barrio de trabajadores en un dantesco infierno.

Aquella medida de 1951, cuando un alcalde, que la sabiduría popular apodó como el “virgomaestre”, mandó a todas las putas, una legión innumerable (en los 40, Medellín, ultragoda y rezandera, tenía autorizadas nueve zonas de tolerancia y hay datos que indican que había más prostitutas que obreros y poetas), al barrio Antioquia, fue apenas una muestra de las tropelías que desde la oficialidad y las clases en el poder se cometían contra los despojados.

Después, en los 70, que coinciden con crisis de las industrias, nuevos desempleos, otros usos del suelo en la ciudad, la tugurización de zonas céntricas y periféricas, en fin, hay otro corte en las relaciones sociales. Y en medio de las penurias de los destechados y otros “parias sociales”, se abona el terreno para el surgimiento de las mafias de narcotraficantes.

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La ciudad de los 80 y 90 se metamorfoseará con la injerencia del narcotráfico. La violencia se extenderá en formas diversas, aterradoras, como el sicariato, los carros bomba, las masacres, a la que se sumará la expansión del paramilitarismo y otra variedad de bandas criminales, y en 1991 Medellín fue la ciudad más peligrosa del mundo, con la tasa de homicidios más alta. Tiempos de envilecimiento de la vida y de ascenso del poder del dinero, lícito e ilícito.

Medellín ha sido una de las ciudades más golpeadas por la violencia en el país.

Fueron aquellos días, que aún se prolongan, los de la trepada del lumpen. Con balas y explosivos ganó posiciones en la turbulenta “escala social”. En lo corrido de 2019, los homicidios, asaltos a mano armada, las vacunas y extorsiones han aumentado. Cada día hay una novedad trágica. Por allí matan a dos mujeres, por allá a tres muchachos, por todas partes habitan la inseguridad y el crimen.

Un grupo de pandilleros celebra la ocupación de un territorio enemigo en Medellín. | EFEUn grupo de pandilleros celebra la ocupación de un territorio enemigo en Medellín. | EFE

A un hombre que no pagó la cuota extorsiva a la banda criminal lo pasearon de noche, golpeado y sangrante, por las calles de un barrio del occidente de la ciudad y luego lo balearon. Los hampones, sin dárseles nada, lo pusieron como escarmiento para los asustados habitantes. ¿Y entonces? ¿Cómo se puede combatir la gangrena social, las inequidades, los desajustes en las comunidades más atropelladas por las miserias?

Quizá, a la par de las mejoras en infraestructura, o, mejor dicho, como prioridad de una ciudad de tantos desniveles sociales, deben estar los impulsos efectivos a la educación, el trabajo productivo, la cultura, la investigación científica, la sensibilización en artes, los saberes, las gracias de la convivencia pacífica. No se requieren tantos visajes circenses ni demagogias de los mandamases. Ni afeites ni otros barnices. Tal vez hay ya un cansancio colectivo por tantas engañifas. Y puede ser la hora de las exigencias de los que siempre han sido víctimas.

La desasosegada villa, la ciudad que de primaveral ya no tiene nada (bueno, digamos que, como lo anunciaba hace años un cronista, Medellín sigue teniendo cara de muchacha bonita) continúa atronada por los disparos. “La vida no vale nada / Si ignoro que el asesino / Cogió por otro camino / Y prepara otra celada”.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 23 de abril de 2019

Editado por María Piedad Ossaba