
En Colombia, desde hace rato, se ha querido imponer un feudalismo cultural. Para no devolvernos hasta remotos tiempos de nuestra historia, podríamos anclar, por ejemplo, en los días nefastos del laureanismo (con chulavitas, “pájaros” y otros asesinos), cuando se quiso implantar un “pensamiento único”, una sola cara del múltiple universo: la más oscura y peligrosa, la que, con base en censuras y otras mordazas, borraba la historia y solo admitía una sola cara del mundo.
Tiempos nefastos aquellos cuando, por ejemplo, se tapaba un mural al fresco que celebraba la abolición de la esclavitud. Era el pintado en Bogotá por Ignacio Gómez Jaramillo, empañetado en 1947, por órdenes de la censura oficial. En Medellín, por ejemplo, durante el régimen de Chepe Metralla (ingeniero José María Bernal, que fue alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia, además de ministro de Guerra del régimen laureanista) se mandó a velar un mural de Pedro Nel Gómez, en el Palacio Municipal.
El laureanismo de entonces (el de ahora es peor) vetó a la pintora Débora Arango, censuró periódicos, impuso su punto de vista único. Era otra forma del ejercicio unilateral y dictatorial del oscurantismo. Tiempos sombríos, de violencia física y de las otras: las que aplastaban puntos de vista distintos a los del poder.
Ahora, con el aberrante (o abelardante) apelativo de “contrarrevolución cultural”, que es como un llamamiento a los peores días de represiones, de inquisiciones y bozales, se quiere establecer un solo punto de vista de la historia, con el pretexto (ridículo incluso, y además antihistórico) de que, en los museos, como el Nacional, hay una “oda al terrorismo”. Al contrario, terrorismo es el que quiere sembrar, desde la oficialidad, el gobierno actual.
Han vuelto, según todo el aparataje de asalto desde las esferas de la denominada “patria milagro”, los días de “dietas” literarias (como las que imponían los censores religiosos), qué puede y no puede leer un ciudadano; qué caricatura se puede hacer. Y cuidado con caricaturizar el poder o a alguno de sus deplorables detentadores.
En la historia (claro, en la que no es oficial) deben concurrir todas las interpretaciones del mundo (y aún las maneras de transformarlo), todas las caras ideológicas y mentales, las miradas diversas sobre los fenómenos sociales… No se trata de imponer un solo enfoque (por lo demás, torvo y descalificador). No se trata de censurar y de dárselas de dictadorzuelo de caricatura (como las que trazaba el gran panida y picante caricaturista Ricardo Rendón, por ejemplo).
El señor feudal que funge como presidente —con bufas ambiciones de gran Burundún-Burundá— aspira a que la historia se escriba con su acomodada visión de pastor, que todos seamos ovejitas (y cuidado con negrearse alguna) y que la gente se asuste con sus patadas de mula. Cercenar un museo, que está hecho para todas las lecturas del universo, es ya un acto de barbarie. Y, volvemos con la célebre frase de Fouché, más que un atropello, una estupidez.
El censor, además de ser prepotente, es todo un canalla que se asusta con posiciones cuestionadoras de lo establecido y de su deleznable poder. Nada raro que, como en Fahrenheit 451, el presidente colombiano suprima los porches, los lugares de conversación y acercamiento de la gente, porque podrían ser, según su miope mirada de censurador, centros de conspiraciones. Ah, esperemos que no mande a quemar bibliotecas.
Pero puede pasar. La directora de la Biblioteca Nacional, que se posesionó al vulgar ritmo de “firmes por la patria” podría hacer alguna purga libresca. Purgas como las que ha emprendido el gobierno en el Museo Nacional, en especial en las salas “Memoria y nación” y “Hacer sociedad”. Se nota, desde hace un rato, que quiere imponer una sola faceta de la historia nacional: la oficial.
El “mostrico” (heredero de aquel monstruo censurador y atizador de violencias) se está tomando confianza. Y, por lo visto, parece ser una versión más oscurantista y peligrosa que la del auspiciador de la Violencia. Todo indica que hay un peligroso cultivo de terreno para el fascismo. Quizá veamos arder libros y tener listados de prohibiciones. Y, peor aún, quien no piense como el “gran inquisidor”, pasará de las brasas a las llamas.
Volverán —quién quita— las “operaciones rastrillo” de los tiempos funestos del Estatuto de Seguridad. Y habrá que ir tapando, como en tiempos idos, murales peligrosos que celebran la terminación de la esclavitud y muestran obreros, putas, desquiciados poetas y algún señor feudal que se quema en los infiernos.
Reinaldo Spitaletta, Sombrero de Mago, 20 de octubre de 2026