(Crónica con miedos a montón, un rumor terrorífico y un sismo mañanero)

A las siete y treinta y cuatro de la mañana (la hora la supe después, cuando me percaté de que la casa no se nos vino encima) comenzó el horizonte de la pieza a moverse. El pocillo de café, de oreja dorada, tembló; el techo danzaba como si fuera una danza macabra; las paredes se encogían y estiraban; los perros (Ash y Lucas) ladraban, aunque desde hacía rato, mucho antes del sismo, lo hacían. “¡Temblor de tierra!”, gritó la Mona.
—¡Está temblando!
Tuve tiempo de poner sobre el nochero el pocillo, los ladridos continuaban, había un rumor inescrutable, como un zumbido, quizá era la voz honda de la tierra. Ya estaba de pie, en el patio de la mitad, las tejas subían y bajaban. Había cielo azul, según pude apreciar por el enrejado.
Después, sin saberse cómo, estaba en la cocina, junto a la nevera alta, entre esta y el poyo metálico, porque recordé que había que acurrucarse en esos espacios por si todo se venía abajo. La Mona, según escuché su voz de imploraciones, decía: “Todo está bien en mi vida y en mi mundo”, pero, qué va. Todo no estaba bien. O puede que sí, porque, al fin del temblor, la casa seguía en pie (recordé su construcción de adobe macizo acostado).
Me asomé por un ventanal hacia la carrera San Martín, por entre el follaje, y alcancé a ver una cuadrilla de obreros de camiseta azul, de una maquiladora de cachuchas. En dos balcones, del edificio en diagonal, había gente. Más arriba, la señora de la tienda, una venezolana, mona (catira) y pelilarga, estaba en media calle, con otras personas. No sé quién dijo, a la distancia, “¡ojo con la réplica!”. La sirena de un edificio en mitad de cuadra continuaba su ulular de lamentos y advertencias.

No sé cuánto tiempo había pasado desde el inicio del movimiento sísmico, tal vez dos o tres minutos, tal vez más. La sensación era que había sido un largo temblor, casi inacabable, duraba y duraba, el piso ondulaba, había un extraño sonido distinto a todo: a los ladridos perrunos, a las voces humanas desesperadas, al rumor del viento entre las hojas del guayacán y el falso laurel…
Después del susto, una revisión por “encimita” de la casa, de las paredes, de los cuartos, de los patios, y todo como si nada hubiera pasado. Como si el piso no se hubiera movido. Unos treinta minutos después, llegó el paseador de perros, que, además, tiene en su casa dos o tres gatas. Dijo que no se enteró del sismo, sino cuando ya iba a dos o tres cuadras y vio gente en las calles y un carro estacionada que parecía bailar. Se devolvió y comprobó que sus felinos estaban gozando de buena salud.
De pronto, no se supo de dónde, surgió una versión sobre una réplica. Que se presentaría a las nueve y quince de la mañana. Ya la gente estaba otra vez en sus lugares de trabajo, en sus residencias, tensas y todo, pero la “especie” en circulación erizó cabelleras y aceleró corazones. Los trabajadores de la maquila salieron de nuevo a la acera, a esperar; en los balcones, otra vez habitantes asomados mirando al cielo, al asfalto, a los árboles.
Fue cuando empezó a circular una alerta de la Oficina de Gestión de Riesgo que anunciaba que “los sismos son impredecibles, evite reenviar cadenas o falsa información”. A la hora de la presunta réplica, yo estaba bajo la ducha y me demoré como si se tratara de un baño de tranquilidad. No hubo réplica. Menos mal.

Después, cuando la tranquilidad, tan esquiva, retornó, recordé que a eso de las seis y treinta de la mañana, los bichofués, que suelen llegar todas las madrugadas al patio, porque se les deja cuido de perros, que picotean y tragan con placer, aumentaron el volumen de sus cantos. Eran más parecidos a chillidos, como sonaban, según recuerdo, en el filme tremendo de Los pájaros, de Hitchcock. No entendimos el cifrado mensaje de preocupación y aviso.
Un poco antes, los perros (Lucash), inquietos, mostraron una extraña actitud, pero tampoco entendimos la alerta. Cuando comenzó el movimiento sísmico, estábamos degustando un café del Quindío. Más de la mitad se quedó en el pocillo. Y ahí fue cuando, en medio de la tembladera, escuché un rumor, una especie de sonido que parecía venir del fondo de la tierra, y no sé por qué sentí que era la repetición de un rumor que salía de un cuento breve de Ray Bradbury, creo que se llama Ínterin.
Puede ser que uno creía estar curado contra casi todos los miedos, pero ese rumor subterráneo, como un parto imposible desde lo más hondo de la tierra, era lo que más me hacía pensar que, en pocos segundos, todo se vendría abajo. Ni siquiera ver el techo que subía y bajaba, ni gritos lejanos que no identificaba, ni las voces de desespero de Lucas y Ash. El rumor era lo que parecía anunciar el fin del mundo.
Hubo, de súbito, sin saberse cómo, un silencio. Un instante de silencio. Y era que todo había terminado. La casa seguía en pie, como si nada. Los perros dejaron de aullar, la Mona paró su cantilena de invocaciones a la búsqueda de serenidades. “Mínimo se debe haber caído algún edificio”, pensé. Por acá, no. En otros lados, como en Pereira, Cali y Manizales, como en el Chocó, sí.
Después, vinieron los chistes, los abrazos, las recomendaciones, los informes del Instituto de Sismología, las lecturas de nuevo sobre el Batolito Antioqueño, que es como roca ígnea. El tema ineludible era ese: el temblor. Cómo te fue en el sismo, espero que te haya ido bien en ese suceso, tan calamitoso en otros lugares.
Se aplazaron partidos de fútbol, se suspendieron clases, se evacuaron viviendas y otros edificios… Después, recordé el susurro. Y me fui a buscar con obsesión el cuento de Bradbury en el que hay sicomoros, robles, chopos y arbustos varios. Y una banda sonora de suspenso, que produce un miedo dosificado que te puede hacer caer en las profundidades de una tumba abandonada.
(Escrito en Medellín el 10 de agosto de 2026, el día del temblor)
