Au moment du naufrage, quelqu’un viendra te sauver…
Colombie, un pays d’inégalités éternelles et autres coups de machette

Y sí, como lo cantó María Elena Walsh, tantas veces te mataron, tantas resucitarás… Ta vez, después de todo, seamos como la cigarra.

En la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia, celebrada el 31 de mayo, dos parejas de candidatos se clasificaron para la segunda vuelta del 21 de junio: Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo se enfrentarán a Iván Cepeda y Aida Quilcué. Los primeros representan a la derecha dura oligárquica, admiradora del argentino Milei y del salvadoreño Bukele. Los segundos son los candidatos del Pacto Histórico y pretenden continuar el trabajo iniciado por el presidente Gustavo Petro para liberar a Colombia del dominio bicentenario de la oligarquía criolla. Este texto de Reinaldo Spitaletta denuncia con cierta intensidad retórica las «desigualdades eternas» de Colombia, que atribuye a una intolerancia estructural y a una ignorancia colectiva deliberadamente cultivada por las élites.

La foto en plena batalla de Palonegro, Guerra de los mil días

Nuestras polarizaciones históricas han estado fundamentadas en la intolerancia, en la resolución de las contradicciones políticas con el uso de la fuerza y en el aprovechamiento —cuando no en el cultivo deliberado— de la ignorancia colectiva. Somos proclives a lo sensorial, a lo que se siente y se resiente en la superficie (epidermis) y a una forma, quizá diseñada desde las sombras, por el poder, cualquiera que este sea, para mantener su dominación.

Así, en poco más de doscientos años de la proclamación de la independencia y de comenzar el proceso de construcción nacional republicana, hemos vivido en una sucesión casi ininterrumpida de confrontaciones.

La sangre llama. Y dan ganas de derramarla cuando nos han alimentado en mataderos. Parece una especie de comportamiento premeditado el de definir quién se mantiene en el poder por medio de la fuerza y no de las argumentaciones, las deliberaciones y la dialéctica. Y mucho menos con la “aplicación” racional, que permita tener en cuenta, para retomar conceptos de civilización, los planteamientos del contrario. Nos educaron (si es que eso es educar) en aplastar al contradictor. En destriparlo, como se vio en Palonegro, por ejemplo.

Parece ser que nuestra “educación sentimental”, que se ha transmitido desde arriba (ah, sí, claro, contra los de abajo, como en una novela mexicana), radica en adorar el statu quo. Qué importa que sea solo para el goce de unos cuantos, de una élite, de unos privilegiados. Son nuestros amos y señores. Son los que pueden llegar a las cumbres de la dicha, de las comodidades y pisotear a su antojo a cuanto desarrapado produce su sistema de miserias Esa parece ser su misión, respaldada con credos, dogmas y otros mandamientos.

En tantas historias repulsivas de opresiones sin cuento, de mantenimiento de un estado de avasallamiento contra los desharrapados, en el proceso de entibar un sistema que hay que hacer parecer como inmodificable, eterno (a veces ahí cabe la “mano de Dios” o la “mano poderosa”), se inyecta al vencido, al subordinado, que así es la historia. Que no hay forma posible de cambiarla. Que seguro en otros mundos podrá tener premios y serenatas angelicales y de otros querubines. Nos la hemos pasado así en más de doscientos años.

Los de abajo, deben seguir estando abajo. Y los de arriba, en las alturas siempre. Y listo. Y que nadie ose rebelarse contra el establecimiento, porque entonces arderá Troya.

Y si vestimos a unos de “conservadores” y a otros de “liberales”, y les alimentamos sectarismos, disputas (mejor si son a machetazos), pecados capitales, si además aprovechamos los dogmas, los credos, las oraciones santas, las promesas, y si en cualquier momento, digamos de una combinación de bala y peinilla, como la de Ceilán, en 1949, podemos cantar, mientras volamos cabezas: “Tú reinarás, oh rey bendito”, entonces los que mandan estarán en la gloria.

Así que estamos hechos (no de sueños shakesperianos) de hirsuto sectarismo, alimentados con sopas polarizadas. Nos mantuvieron desde tiempos remotos divididos por colorcitos, mientras volaban cabezas, abrían vientres, se regocijaban los victimarios con cortes de franela o de corbata, y con otros cortes y modalidades bárbaras que nada tenían que ver con sastres ni modistas.

Y si mantenemos en las tinieblas de la ignorancia a la mayoría, si la “alimentamos” de colesteroles malos y les propiciamos la división, el que mantengan el miedo frente a quienes podrían ser una luz en la oscuridad, unos abridores de otros caminos, entonces ¡cuidado!, son peligrosos. Y ahí, sin saber qué significaba (nada sobre su historia, nada sobre su origen), se macartizó la palabra comunista. ¡Gas, comunistas! Y la mayoría ni sabía (como tampoco suele saberlo hoy) qué significaba esa palabra. Ya lo habían hecho con liberales (¡ojo!, ¡ser liberal es pecado!).

Cuando el poeta aquel curó su angustia existencial a punta de lecturas del Manifiesto Comunista y quizá también con poemas de Rimbaud y de Barba, puso en evidencia que nos han querido estacionar en miradas individualistas. O en maneras gregarias de ser rebaño. En la negación del otro, de la solidaridad y del ejercicio de la crítica a los poderes. Mientras menos se piense, más fácil se puede pastorear la manada.

Creo que nos ahogaron en sangre. La misma de nuestros parientes, de nuestros hermanos. Y así, abonados por tantos miedos, los que siempre han sido los verdugos, los victimarios, los dueños de los destinos de los que están bajo sus botas enfangadas, ensangrentadas, se han paseado incólumes por la historia. Uno que otro paro, una que otra resistencia civil, una que otra huelga general, pero siempre han seguido —los mismos con las mismas— en la gimnasia de su opresión. Y de pronto, cuando han aparecido guías (¿nuevos pastores acaso?) o gente con antorchas y con capacidad de abrir otros caminos, entonces se apela de nuevo al macartismo y a todos los medios posibles para borrar a quien pretenda interponerse entre el dominio de los poderosos y el sometimiento del peonaje.

En últimas, no hemos logrado hacer la revolución, que no es solo con votos. Es con educación, con lecturas, con la expansión de la cultura, con el abrir horizontes a la ciencia, a las artes y crear posibilidades de cambio a los que toda la vida (incluidas las de sus antepasados) han sido carne de cañón. Carne de yugo, como escribió Miguel Hernández.

No hemos desbrozado los senderos de la libertad. Y hemos estado azogados por la demagogia de los falsos profetas y los populistas desvergonzados. Y así, se han cultivado formas de hacer que la víctima ame su opresión y que el esclavo adore sus cadenas.

En un país de inequidades eternas, dominado por grandes terratenientes y por asesinos que a veces ascienden al cielo y desde allí siguen operando la motosierra cortacabezas, la cultura ha permanecido al margen. No pelechan lecturas, aperturas mentales, nuevas propuestas de ser libres y de bienestar colectivo. No hemos derrotado a las oligarquías, ni realizado en esencia ningún cambio de fondo. Reformismo. Gatopardismo. Ah, sí, que todo cambie para que todo siga igual. O peor.

Y entonces, para los enemigos del pueblo —qué palabra esta tan manoseada y desvirtuada— los caminos de su dominio y explotación siguen expeditos. Y en especial, cuando una muy surtida cantidad de subyugados que creen que son libres, se obnubilan con la gritería, la vulgaridad y la mentecatez de un filipichín que representa culturas e intereses mafiosos. Desde inmemoriales tiempos parecen gustar en Colombia consignas de violencia y de ramplonería: “Bala es lo que hay, bala lo que viene”. La galería degusta con entusiasmo toda esa bazofia con violencia de fondo.

Y a su vez, cuando los que están pregonando que son los voceros y representantes del pueblo, pero caen en acciones propias de los sectores que deberían ser combatidos, se diluye el horizonte de la liberación. Cuando, en principio, no hay una diferenciación de fondo con el accionar de los verdugos del pueblo, entonces pasa que, ante la debilidad teórica, ante lo que un derechista de hace años llamó la “masa ignara”, se cae la estantería.

Fuera yanquis de Colombia. Foto Reinaldo Spitaletta

Es como quedarse, a veces, en buenas intenciones de las cuales, según el viejo dicho, está empedrado el camino del infierno. Hay que hacer claridad frente a quiénes son los enemigos del pueblo; quiénes son los que hay que combatir en lo ideológico, con la promoción de saberes y preparación educativa de los olvidados. No avergonzarse, como les pasa a algunos, de hablar del imperialismo (en este caso el yanqui) como principal enemigo del pueblo colombiano y deslindar con claridad los terrenos en disputa.

Todavía queda la posibilidad de una alianza más amplia, de ajustar y preparar un programa democrático y revolucionario para la siguiente contienda electoral, con la participación de otras fuerzas que también podrían y deberían estar del lado de las causas populares, por la independencia, la prosperidad para todos y la construcción de un país equitativo, dispuesto a sacudirse del perpetuo dominio de una minoría de déspotas y de explotadores.

Y sí, como lo cantó María Elena Walsh, tantas veces te mataron, tantas resucitarás… Ta vez, después de todo, seamos como la cigarra.

Reinaldo Spitaletta, Medellín, 1 de junio de 2026

Editado por María Piedad Ossaba

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