Soy un perdido, soy un marihuano…

Después, se escucharon múltiples voces a favor de la legalización y consumo de marihuana. Y en esas estamos todavía. Carolo, tal vez el jipi más famoso que hubo en Medellín, promotor del célebre Festival de Ancón en 1971, pudo ser uno de los marihuaneros más expertos del país, tanto que estuvo en Holanda como catador de “la mona”. Y Roberto, que pudo ser el marihuanero más viejo del mundo, vivió muchos años en Bello, donde se distinguió por ser buen zapatero y por su extravagante “tumbao” al caminar.

Hubo un tiempo, más bien lejano, en que el consumidor de marihuana era una especie de descastado, por sí mismo peligroso, con el cual no se debía tener ninguna relación. Había que aislarlo y estigmatizarlo. Era, en esa atmósfera de pulcritudes aparentes, de moralismos y discursos de buena conducta, un enemigo de la estabilidad social, al menos de la del barrio o la cuadra. El adicto a la “yerba maldita” (término muy común en los periódicos de los 50 y 60) debía consumir su pucho en la clandestinidad.

Bueno, ni tanto, porque por ejemplo en la penumbra de las salas de cine el “marihuano” aprovechaba para darse unos toques. El penetrante olor se esparcía al tiempo que en la pantalla había disparos o besos o persecuciones, o incluso cuando ya se había proyectado, instantes después de apagarse las luces, el prohibitivo aviso de “no fume”.

Un marihuanero, digamos en los sesenta, era alguien que podía ser capturado y llevado a la cárcel. En Medellín, por ejemplo, era común aplicarle un “treintazo”, término acuñado por varios inspectores de policía para señalar que el detenido (casi siempre “por sospecha”) permanecería treinta días encerrado en una celda o calabozo. También en Medellín, donde abundaron los camajanes de barrio, muchachos proletarios que se vestían con arrebato, excéntricos, buenos bailarines de música antillana, escuchadores de tango en bares y cantinas, y aspiradores de “marimba”, se bautizó al cantante puertorriqueño Daniel Santos,  legendario marihuanero, como El jefe.

En el turbulento bar El perro negro, sector de Guayaquil, el Inquieto Anacobero (como también se le conoció a Santos) recibió su renombrada jefatura. Y la marihuana que consumía en la “ciudad industrial” la conseguía en un barrio de Envigado, Bandera Roja, de gaitanistas, guapos, putas y matones, proporcionada por el loco Alfredo. Era, según dicen, la mejor marihuana del continente porque el secreto del loco, que la sembraba en las vegas del río, era regarla con aguapanela y alcohol. El “jibarito” Santos quedó fascinado con ella (y muy bien “trabado”).

En los sesentas, la marihuana, muy consumida por ejemplo por los soldados estadounidenses que habían invadido a Vietnam, se erigió en determinados sectores juveniles como una irreverencia frente a las normas, una protesta más contra la opresión y los desafueros oficiales. Aquí y allá. La “mona”, otra designación de época, les daba cierto cartel a poetas, como el legendario Barba Jacob, cuya Balada de la loca alegría la recitaban algunos marihuaneros muchos años después de compuesta por el santarrosano: “soy un perdido, soy un marihuano”.

El nadaísta Darío Lemos llamaba “legumbre” a la “maracachafa”, matica que desde mucho tiempo atrás en Colombia era perseguida y proscrita. Por ejemplo, en 1946 la llamada Ley Consuegra endureció las penas por consumo y venta de marihuana, por considerar que atentaba contra la salud pública, y tres años después, el gobierno de Mariano Ospina Pérez prohibió el consumo y comercio de la marihuana en el territorio nacional. Sin embargo, la medida restrictiva provocó más ganas de fumarla.

Así por lo menos lo señala el investigador Eduardo Sáenz en “La ‘prehistoria’ de la marihuana en Colombia: consumo y cultivos entre los años 30 y 60″, al advertir que además del consumo de vieja data en la parte doméstica, el país “empezó a ser fuente de exportación desde los años 50″, y pone en Santa Marta el lugar de irradiación de la yerba hacia Estados Unidos. “En 1957, se reportó que marineros colombianos habían llevado marihuana a Nueva Orleáns a bordo del buque “Ciudad de Bogotá” de la Flota Mercante Grancolombiana. Incluso había sospechas de que se estaba exportando marihuana colombiana a otros países, además de Estados Unidos”, dice Sáenz en su texto.

Así como a principios de los sesenta se señaló a los Cuerpos de Paz, del gobierno de John Kennedy, como auspiciadores del consumo y cultivo de marihuana en Colombia, para la década del setenta se daría la “bonanza marimbera”, auspiciada por tenebrosas bandas de narcotraficantes. Se volvió célebre la “Santa Marta Gold”, que “trabó” a millares de consumidores de bareta en los Estados Unidos. En el gobierno de López Michelsen se estableció la “ventanilla siniestra”, que permitió el libre cambio de dólares en el Banco de la República, sin que se averiguara su procedencia. A su vez, Washington impulsó una guerra contra las drogas, con la anuencia del gobierno de Turbay Ayala, y promovió la fumigación con glifosato en la Sierra Nevada de Santa Marta.

Después, se escucharon múltiples voces a favor de la legalización y consumo de marihuana. Y en esas estamos todavía. Carolo, tal vez el jipi más famoso que hubo en Medellín, promotor del célebre Festival de Ancón en 1971, pudo ser uno de los marihuaneros más expertos del país, tanto que estuvo en Holanda como catador de “la mona”. Y Roberto, que pudo ser el marihuanero más viejo del mundo, vivió muchos años en Bello, donde se distinguió por ser buen zapatero y por su extravagante “tumbao” al caminar.

Roberto, el zapatero de Bello

NdE

*Anacobero en lengua ñáñiga —hablada por los afrodescendientes de la sociedad secreta cubana Abakuá— significa diablillo y por extensión bohemio.  (Fuente) La Asociación de Academias de la Lengua Española, en su diccionario de americanismos, da esta « definición »: « Persona de raza negra cuya forma de hablar resulta incomprensible. » Sin comentarios

Mi vaso lleno –el vino del Anáhuac–
mi esfuerzo vano –estéril mi pasión–
soy un perdido –soy un marihuano–
a beber y a danzar al son de mi canción…
Ciñe el tirso oloroso, tañe el jocundo címbalo.
Una bacante loca y un sátiro afrentoso
conjuntan en mi sangre su frenesí amoroso.
Atenas brilla, piensa y esculpe Praxiteles,
y la gracia encadena con rosas la pasión.
¡Ah de la vida parva, que no nos da sus mieles
sino con cierto ritmo y en cierta proporción!
¡Reíd, danzad al soplo de Dionisos que embriaga el corazón…!
La Muerte viene. Todo será polvo
bajo su imperio: ¡polvo de Pericles,
polvo de Codro, polvo de Cimón!
Mi vaso lleno –el vino del Anáhuac.
Mi esfuerzo vano –estéril mi pasión.
Soy un perdido –soy un marihuano.
A beber– a danzar al son de mi canción…
De Hispania fructuosa, de Galia deleitable,
de Numidia ardorosa y de toda la rosa
de los vientos que beben las águilas romanas,
venid, puras doncellas y ávidas cortesanas.
Danzad en voluptuosos, lúbricos episodios,
con los esclavos nubios, con los marinos rodios.
Flaminio, de cabellos de amaranto,
busca para Heliogábalo en las termas
varones de placer… Alzad el canto,
reíd, danzad en báquica alegría,
y haced brotar la sangre que embriaga el corazón.
Danzad en voluptuosos, lúbricos episodios,
con los esclavos nubios, con los marinos rodios.
Flaminio, de cabellos de amaranto,
busca para Heliogábalo en las termas
varones de placer… Alzad el canto,
reíd, danzad en báquica alegría,
y haced brotar la sangre que embriaga el corazón.
La muerte viene. Todo será polvo:
¡Polvo de Augusto, polvo de Lucrecio,
polvo de Ovidio, polvo de Nerón!
Mi vaso lleno –el vino del Anáhuac.
Mi esfuerzo vano –estéril mi pasión.
Soy un perdido –soy un marihuano.
A beber –a danzar al son de mi canción…
Aldeanas del Cauca con olor de azucena,
montañesas de Antioquia con dulzor de colmena,
infantinas de Lima –unciosas y augurales–
y princesas de México, que es como la alacena
familiar que resguarda los más dulces panales;
y mozuelos de Cuba, lánguidos, sensuales,
ardorosos, baldíos,
cual fantasmas que cruzan por unos sueños míos;
mozuelos de la grata Cuscatlán –¡Oh ambrosía!–
y mozuelos de Honduras,
donde hay alondras ciegas por las selvas oscuras,
entrad en la danza, en el feliz torbellino,
reíd, jugad al son de mi canción.
¡La piña y la guanábana aroman el camino,
y un vino de palmeras aduerme el corazón!
La muerte viene. Todo será polvo:
¡polvo de Hidalgo, polvo de Bolívar,
polvo en la urna, y rota ya la urna,
polvo en la ceguedad del aquilón!
Mi vaso lleno –el vino del Anáhuac.
Mi esfuerzo vano –estéril mi pasión.
Soy un perdido –soy un marihuano.
A beber –a danzar al son de mi canción…
La noche es bella en su embriaguez de mieles,
la tierra es grata en su cendal de brumas;
vivir es dulce, con dulzor de trinos,
canta el amor, espigan los donceles,
se puebla el mundo, se urden los destinos…
¡Que el jugo de las viñas me alivie el corazón!
¡A beber! ¡A danzar en raudos torbellinos,
vano el esfuerzo, inútil la ilusión…!

 

Reinaldo Spitaletta, para La Pluma,18 de octubre de 2022

Editado por Fausto Giudice y María Piedad Ossaba

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