Si vos te vas, ¿quién nos seguirá cantando?
Homenaje al trovador Piero

La muerte de Piero nos recordó días menos sombríos. O, de otro modo, más relumbrantes que los de ahora, porque, en medio de las salvajadas impulsadas por el imperialismo yanqui (como golpes de estado, dictaduras, torturas, el Plan Cóndor, desaparecidos…) y sus títeres, el fermento de una revolución (que no iba a ser televisada, como lo cantaba Gil-Scott Heron), parecía habitar más en las canciones que en la conciencia de las mayorías.

El cantautor argentino de origen italiano Piero Antonio Franco De Benedictis, conocido artísticamente como Piero, falleció el 7 de octubre a los 81 años en el Hospital Italiano de la ciudad de Buenos Aires. Nacido en Gallipoli (Apulia) en abril de 1945, arribó a la Argentina a la edad de tres años, estableciéndose con su familia en la provincia de Buenos Aires y más tarde en la Patagonia. Su formación temprana en seminarios fortaleció una marcada sensibilidad social que atravesaría la totalidad de su propuesta lírica y musical. A finales de la década de 1960, el cantautor cimentó una alianza creativa determinante con el periodista y poeta José Tcherkaski. De esa colaboración nacieron verdaderos himnos intergeneracionales como Mi viejo (1969), tema que se convirtió en una pieza emblemática de la cultura hispanoamericana, además de composiciones de corte compromiso político como Para el pueblo lo que es del pueblo, Pedro Nadie y Coplas de mi país. He aquí un homenaje al cantante, por Reinaldo Spitaletta. – FG/Tlaxcala

Se van extinguiendo las voces de una generación portentosa, aquella de la utopía que hacía caminar al pueblo. Se van esfumando las presencias de un tiempo de antiimperialismo, de ganas ardorosas de cambiarlo todo, de alcanzar la justicia y las equidades sociales. Se nos van, de a poco, los días en que, como lo hubiera podido decir un poeta, ser joven era rebelarse.

Se van diluyendo aquellas jornadas en que había claridad sobre el enemigo fundamental de los pueblos, en días de recolonizaciones y de dominio de políticas espurias, impulsadas por la pandilla de Trump y sus adláteres. Por ejemplo, la muerte de un trovador de esos años de luchas juveniles, la muerte de Piero, el que, con letra y música de Alberto Cortez, vapuleó a Los americanos (que lucían todos los colores, menos el negro, al que todavía no consideran del ‘gusto americano’), es una despedida a tiempos de revueltas libertarias.

Parece que asistimos a calendas de adioses. Aquellos 70, por ejemplo, fueron de formidables manifestaciones estudiantiles, de ondear de banderas de libertad y luchas por la independencia y la soberanía nacionales; por democráticas conquistas en torno a una ‘educación nacional, científica y de masas’, como las que enarboló el estudiantado colombiano en 1971.

Eran días de juglares como Víctor Jara (asesinado en 1973 por los golpistas militares chilenos), Daniel Viglietti y cuando todavía en estas campiñas el viento transportaba la voz de Violeta Parra. Días aquellos de ‘Me gustan los estudiantes, jardín de nuestra alegría…’ y canciones, ingenuas y simples, como ‘si vos te vas, mi amor, si vos te vas’.

Da la impresión de que está cayendo el telón sobre días en que la cultura (hoy despreciada por los promotores de tinieblas) iluminaba las gestas populares, los paros cívicos, las resistencias contra infames estatutos de seguridad (que en Colombia, por ejemplo, hoy quieren ser resucitados) y las canciones eran parte de la banda sonora de las utopías.

Las canciones, como las de Piero, por ejemplo, eran un antídoto contra la barbarie. Eran la posibilidad de leer a Tomás Moro, en particular en aquel libro imprescindible, en el que los habitantes de una isla detestaban el oro, metal que, más bien, les servía para hacer orinales. Esa parte la volvieron mierda los mafiosos que mandaron a fabricar inodoros con el metal que Shakespeare denominó la ‘vil ramera de los hombres’.

La muerte de Piero nos recordó días menos sombríos. O, de otro modo, más relumbrantes que los de ahora, porque, en medio de las salvajadas impulsadas por el imperialismo yanqui (como golpes de estado, dictaduras, torturas, el Plan Cóndor, desaparecidos…) y sus títeres, el fermento de una revolución (que no iba a ser televisada, como lo cantaba Gil-Scott Heron), parecía habitar más en las canciones que en la conciencia de las mayorías.

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