El aeropuerto Ben Gurión tiene todo lo que Israel ama: privilegios, racismo y una vía de escape

Más que los propios vuelos, el aeropuerto Ben Gurión se convirtió en un templo venerado. Se convirtió en el mini-Israel que lo tiene todo, solo que más pequeño. Se convirtió en el régimen del país en miniatura, con discriminación de los extranjeros, a quienes apartan, y con un trato diferenciado de los árabes israelíes, a quienes interrogan sin fin. Allí no hay absolutamente ningún palestino de los territorios. Así es como nos gustan, con la ilusión de que no hay ocupación.

Unas pocas horas de caos en el aeropuerto enfurecieron a los israelíes y desataron el frenesí de los medios. Pero la obsesión por Ben Gurión refleja algo más profundo: las jerarquías del país, su sentimiento de superioridad y, sobre todo, su necesidad de una vía de escape.

Tráfico intenso en el aeropuerto Ben Gurión debido a un conflicto laboral. Foto: Moti Milrod

De repente comprendí la locura de los Fieles del Monte del Templo*. Después de todo, tenemos a los «Fieles del Aeropuerto Ben Gurión». Ni se les ocurra tocar nuestro aeropuerto, el templo de todos los israelíes que ya ha sido construido.

Hacía mucho tiempo que todo Israel no estaba tan furioso como el jueves pasado, cuando una huelga de entre dos y tres horas paralizó el aeropuerto. A los santurrones presentadores de televisión casi se les salían los ojos de las órbitas de tanto esfuerzo por fustigar a los responsables. Estaban más enfadados que nunca por cualquier otra cosa. Muchos israelíes juraron que cambiarían el partido al que votarían en las próximas elecciones. Si hubiera durado una o dos horas más, habrían incendiado las calles.

Es realmente desagradable ver un aeropuerto estallar de ira y aún más desagradable perder un vuelo que uno llevaba mucho tiempo esperando. Pero no había proporción alguna entre las dimensiones de la tragedia y los lamentos del público al respecto.

Es cierto, estamos hablando de un Estado insular para el que viajar en avión es la única salida. Están las guerras interminables, un verano abrasador con los precios de los billetes de avión por las nubes, una sensación de asfixia y desesperación y la necesidad de esas minivacaciones sin las cuales la vida carece de sentido, tanto para ricos como para pobres. Sin embargo, todas estas explicaciones no bastan para explicar la magnitud de la locura que se apoderó del país.

El aeropuerto Ben Gurión tras la huelga, el jueves. Foto: Moti Milrod

Incluso antes del fiasco del 20 de agosto, no había noticiero que no incluyera un reportaje desde el aeropuerto. Los precios suben, los precios bajan; hay ofertas, no hay ofertas; enormes colas, terminales vacías; Hainan Airlines canceló vuelos, Air Baltic los reanudó. Se nos cuenta mucho más sobre lo que ocurre en la terminal que sobre lo que ocurre en Gaza. Es más importante e interesante. Es un índice de cómo acepta el mundo a Israel, además de un índice de felicidad absoluta.

La gente habla más del precio de los vuelos que del precio de los tomates, aunque compra más de estos últimos. Nada refleja mejor el espíritu de la época que los anuncios de productos libres de impuestos en el aeropuerto: «Tiene jet lag, hacía tanto tiempo que no respiraba duty-free», dice uno de ellos. También había aquí una sensación de asfixia en los años en que muy pocos podían permitirse un viaje al extranjero para traer de vuelta una plancha de vapor de Chipre. La apertura de los cielos provocó una estampida masiva y los vuelos pasaron de ser signos de prestigio a ser signos de vida.

Más que los propios vuelos, el aeropuerto Ben Gurión se convirtió en un templo venerado. Se convirtió en el mini-Israel que lo tiene todo, solo que más pequeño. Se convirtió en el régimen del país en miniatura, con discriminación de los extranjeros, a quienes apartan, y con un trato diferenciado de los árabes israelíes, a quienes interrogan sin fin. Allí no hay absolutamente ningún palestino de los territorios. Así es como nos gustan, con la ilusión de que no hay ocupación.

La seguridad se gestiona como les gusta a los israelíes, con una atmósfera de secreto por todas partes. ¿Hicieron ustedes mismos las maletas? Los ricos, los bien relacionados y los VIP esperan en salas privadas, los trabajadores extranjeros limpian nuestras mesas y nuestros baños después de nosotros, invisibles, igual que fuera del aeropuerto. Los controles de la entrada se basan en el acento: los judíos pasan directamente, los árabes son apartados. Mire lo que ocurre en el aeropuerto Ben Gurión y verá a Israel, con toda la agresividad, el racismo, la violencia y la vulgaridad de siempre.

El ex primer ministro Naftali Bennett en el aeropuerto Ben Gurión durante la huelga, el jueves. Foto: Moti Milrod

Así es como se ve un lugar de culto de masas. La atención exagerada a lo que allí sucede refleja la importancia desproporcionada que Israel le atribuye. El hecho de que solo exista un lugar así le confiere un aura adicional de importancia. La sensación de guerra en la retaguardia se mide por el número de misiles balísticos lanzados contra Israel, el número de sirenas estridentes y, no menos que estos, por el número de aerolíneas que suspenden sus vuelos aquí. Las pandemias también vacían la terminal, y el aeropuerto sirve como índice de salud.

Por encima de todo se alza la necesidad existencial de marcharse, cueste lo que cueste, aunque solo sea por un breve intervalo. Gemela del ansia de pasaportes extranjeros, que ha batido todos los récords, es la pasión por los vuelos, que refleja la mentalidad nacional. El mundo nos ama, el mundo nos odia, tenemos que salir de aquí. Somos los más y los mejores en todo, pero tenemos que volar lejos. El índice de felicidad en Israel se dispara, según las encuestas; solo déjennos volar lejos de vez en cuando. Un pasaporte extranjero como opción de emigración, un aeródromo abierto como opción de escape.

Entonces aparece un dirigente sindical llamado Pinhas Idan y se mete con nuestro sanctasanctórum. Se le pedirán cuentas mucho más severamente que a los verdaderos grandes criminales.

NdT

* Los Fieles del Monte del Templo (en hebreo: Ne’emanei Har HaBayit) son un grupo extremista y nacionalista judío fundado por Gershon Salomon. El movimiento aboga por arrasar los edificios islámicos de la Explanada de las Mezquitas (la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa) para reconstruir allí el Templo de Jerusalén. Exigen la afirmación plena y total de la soberanía de Israel sobre este lugar sagrado de Jerusalén. El grupúsculo organiza regularmente marchas e intentos de celebrar rituales en el lugar, lo que provoca fuertes tensiones con la comunidad musulmana. Las autoridades israelíes les prohíben con frecuencia el acceso directo a la explanada para prevenir episodios graves de violencia.

Gideon LevyHaaretz, 23 de agosto de 2026
Traducido por Tlaxcala
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