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Tras haber caminado por todos los desfiladeros del insulto gratuito, de la propaganda negra (sin connotaciones racistas) y de una maratón de acusaciones mutuas; con adhesiones, declaraciones de “principio”, con una borrasca de amenazas y de visiones futuristas en bolas de cristal; después de tantos pronósticos brujeriles y de desesperados aullidos de gurús de la politiquería, es hora de volver a pensar (qué atrevimiento en estos tiempos de emoticones y emotividades irritadas) en qué consiste esa vaina compleja —y hasta folclórica— de “ser colombiano”.

Hay múltiples maneras, violentas y pacíficas, de ser colombiano. En un tiempo era sinónimo de poesía. En otro, de gentes de buen hablar. También hubo épocas de un país que podía definir sus credos políticos a machetazos, cuchillo y escopeta “ventiada”, como lo describe, por ejemplo, Gaspar Chaverra en El camino de Palonegro. O de otra manera, menos escabrosa, como lo declara un personaje de Ulrica, un cuento de Borges: “ser colombiano es un acto de fe”.
¿Qué importancia tiene definir qué es ser colombiano? La respuesta podría ensayarse, aunque siempre sea una aproximación, desde la perspectiva de un hombre que camina por una llanura envuelto en nubes de mariposas amarillas. O como en una novela de la selva, de los genocidios, de la sangre que tuvo también el color del caucho: es jugarse la existencia al azar y caer en las rapaces garras de la violencia. La parábola de Arturo Cova* es, también, una forma de ser colombiano.
En estos últimos meses y en particular cuando la campaña electoral entró en “tierra derecha”, se apeló, como en los momentos culminantes de un bazar de ebrios, a la vulgaridad y las amenazas. Tal vez se deba a la presencia de “genes” sociales, a herencias de sangre o de la historia, que se reactivan en jornadas de comicios. Por doquier se escucharon los gritos de “destripamiento”, y cualquiera pudo evocar aquellas tripas al viento que iban dejando, en una carnicería sin nombre, los liberales de Uribe Uribe frente a las tropas oficiales del gobierno conservador durante la Guerra de los Mil Días.
No sé quién ganó las elecciones (esta columna se escribe el sábado por la noche), pero la crispación que hubo hasta la víspera hacía pensar que caminábamos sobre el filo de la navaja. El mayor temor, en todo caso, era que triunfara la sinrazón fascista, el payaso de la “motosierra” (a lo Milei), que se cuidó muy bien de no mencionar ese artefacto, convertido en Colombia en símbolo de la barbarie. Hasta la víspera electoral, y según iban llegando “noticias” en redes, había disputas familiares, insultos entre primos, desbandadas alrededor de las herencias y descalificaciones de todo tipo. Hijueputazos con todas las ganas. Se dice que hubo un remake de Caín y Abel.
Pudieran ser todas estas calamidades —que de su condición trágica transitan hacia lo cómico cuando no a lo ridículo— otra particularidad de eso que llamamos “ser colombiano”. Que puede ser, por qué no, una desazón suprema. O una herencia de sangre derramada a machete, a bala, a punta de “escopeteros”, “pájaros”, “chulavitas”, “paracos” y “guerrillos”*. Ah, y también de ciertos dirigentes políticos. Puede ser —como lo es— un país de asesinos, pero, a la vez, de juglares, de pintores, de sembradores (desde maíz hasta coca), de muchachas que hace años fueron capaces de rebelarse, en medio del dominio eclesiástico y de las élites “paternalistas”, y realizar una formidable huelga de señoritas.
Parece, y la historia es maestra en esos hallazgos, que ser colombiano es pertenecer al odio (y aquí podríamos evocar una novela de Osorio Lizarazo). Si a la vista de tantos conflictos violentos se suscribe la paz, no faltan quienes desean hacerla trizas. Y si alguien, aunque no sea dirigente político ni politiquero, se atreve a decir que somos el resultado de no haber tenido nunca una reforma agraria, reaparece la costumbre de macartizar a quienes dicen que “la tierra es para el que la trabaja”. Entonces, y no solo con palabras, se proclama: “¡ojo, son comunistas!”. Y tampoco han faltado los “borradores” de gente que enarbola las banderas de la justicia, la equidad y la vida digna para todos.
Ser colombiano es pertenecer más a la guerra que a la convivencia pacífica. Y podemos tener más presentes las sangres bandoleras, estar más emparentados con Sangrenegra, Desquite y Efraín González (el Sietecolores), que con Gaitán, García Márquez, Jorge Isaacs, Porfirio Barba Jacob o don Tomás Carrasquilla*.
¿Alguna aberración histórica? Nos parecemos más a un matadero que a una huerta. ¿Acaso ser colombiano significa sentir más apego por los “destripaderos” y “casas de pique”* que por los centros del saber?
La víspera de elecciones (no había noche serena ni nada parecido) había una tensión infinita. Más que el péndulo de Foucault se sentía la tortura kafkiana de estampar con agujas una sentencia en la espalda del condenado.
Notas del editor para lectores ignorantes de la historia colombiana
* Las “mariposas amarillas” son el símbolo más famoso del realismo mágico, inmortalizadas por el escritor colombiano Gabriel García Márquez en su novela Cien años de soledad. En la obra, estas mariposas anunciaban el amor prohibido y la presencia del personaje Mauricio Babilonia, pero también terminaron representando una especie de destino trágico.
*Arturo Cova y su amante Alicia son personajes de la novela La vorágine, de José Esutasio Rivera (1924) que se fugan a la selva amazónica. A través de ellos, Rivera expone la situación de colonos e indígenas, maltratados y sometidos a un trato deshumano por sus patrones durante la fiebre del caucho, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Descargar libro
* Escopeteros : Grupo armado campesino formado en 1977 en Puerto Triunfo (Antioquia) para resistir las extorsiones de las FARC. Dirigidos por Ramón Isaza, son considerados uno de los precursores del paramilitarismo en Colombia. Financiados por ganaderos y terratenientes, contaron con la complacencia de las fuerzas del orden y dieron origen a las Autodefensas del Magdalena Medio.
Pájaros : Grupo paramilitar conservador activo durante La Violencia (décadas de 1940-1950), especialmente en los departamentos de Valle del Cauca y Cauca. Organizados por terratenientes para proteger sus bienes y atacar a las poblaciones liberales, constituyen una de las primeras formas de paramilitarismo en Colombia.
Chulavitas : Grupo paramilitar conservador al servicio del gobierno colombiano durante La Violencia (aproximadamente 1948-1958). Actuando como policía secreta y agentes del terror para el Partido Conservador, fueron financiados y apoyados por el gobierno. Su nombre proviene de la vereda Chulavita, en el municipio de Boavita (Boyacá), de donde era originaria la mayoría de sus miembros. Combatieron a los insurgentes liberales (”cachiporros”) y a los comunistas.
Paracos : Término coloquial para designar a los miembros de los grupos paramilitares, en particular los de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), activas entre 1997 y 2006. Derivado de “paramilitares” o “paras”, estos grupos de extrema derecha, algunos surgidos de los escopeteros y financiados por el narcotráfico, lucharon contra las guerrillas de izquierda (FARC, ELN) mientras cometían numerosas atrocidades contra civiles. Hoy en día, el término puede designar a los herederos de estos grupos criminales, como el Clan del Golfo.
Guerrillos : Diminutivo o variante familiar de “guerrilleros”. Designa a los combatientes de las guerrillas de izquierda, principalmente las FARC y el ELN. El término subraya su oposición histórica a los grupos paramilitares de extrema derecha en el marco del conflicto armado colombiano.
* Sangrenegra, Desquite y Efraín González —alias el Sietecolores— son nombres ligados al bandolerismo rural de La Violencia, ese período de guerra partidista, venganzas locales y descomposición social que atravesó Colombia entre mediados de los años cuarenta y los sesenta.
Sangrenegra era el alias de Jacinto Cruz Usma, nacido en Santa Isabel, Tolima. Fue un guerrillero liberal que derivó en bandolero, célebre por su extrema crueldad y por actuar sobre todo en zonas del Tolima, Quindío y Valle del Cauca. Su figura condensó el paso de la violencia partidista —liberales contra conservadores— a una violencia más autónoma, vengativa y criminalizada. Murió en 1964 en una operación de la fuerza pública.
Desquite era José William Aranguren, también conocido como Capitán Desquite o Capitán Venganza. Nacido en Rovira, Tolima, fue otro bandolero de La Violencia, activo en Tolima, Caldas y Cundinamarca. Su apodo ya dice mucho: encarnaba la lógica de la revancha, del ajuste de cuentas, del “desquite” frente a agravios reales o imaginados. Se le atribuyeron emboscadas, secuestros, asesinatos y masacres, entre ellas la de La Italia, en Caldas. Murió en 1964 en Venadillo, Tolima.
Efraín González, alias el Sietecolores, fue un bandolero conservador, a diferencia de Sangrenegra y Desquite, más asociados al campo liberal. Nacido en Santander, pero muy vinculado al Quindío y a la región cafetera, se convirtió en una figura casi mítica: para unos, asesino feroz; para otros, rebelde campesino perseguido; para muchos, una mezcla perturbadora de ambos. Murió en Bogotá en 1965, en un operativo militar de gran escala. Su caso ha sido estudiado como ejemplo de cómo el bandolero podía convertirse, en la memoria popular, en monstruo, mártir o héroe ambiguo.
Jorge Isaacs, Porfirio Barba Jacob y Tomás Carrasquilla son tres figuras centrales de la literatura colombiana, asociadas a una Colombia culta, letrada y canónica, muy distinta de la Colombia rural y violenta evocada por Sangrenegra, Desquite o el Sietecolores.
Jorge Isaacs fue un escritor y político colombiano del siglo XIX, nacido en Cali en 1837. Es recordado sobre todo por María, publicada en 1867, una de las grandes novelas románticas de América Latina. La obra transcurre en el Valle del Cauca y construye una imagen sentimental, aristocrática y nostálgica del mundo rural colombiano. Isaacs también participó en la vida política y militar de su tiempo, pero su nombre quedó ligado principalmente a esa novela, que durante décadas fue casi un emblema escolar de la literatura nacional.
Porfirio Barba Jacob fue el seudónimo de Miguel Ángel Osorio Benítez, poeta colombiano nacido en Santa Rosa de Osos, Antioquia, en 1883. Fue una figura errante, bohemia, polémica y modernista, que vivió en varios países de América Latina. Su poesía tiene un tono intenso, musical, melancólico y a menudo desgarrado, marcado por el exilio, el deseo, la muerte y la marginalidad. Entre sus poemas más conocidos están “Canción de la vida profunda” y “Futuro”. Es una figura muy distinta a Isaacs: menos patriarcal y más maldita, más nocturna, más cosmopolita.
Tomás Carrasquilla fue un narrador antioqueño nacido en Santo Domingo, Antioquia, en 1858. Se le considera uno de los grandes prosistas colombianos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Su obra retrata con ironía, detalle y gran oído popular la vida antioqueña: sus pueblos, familias, hablas, jerarquías sociales, beaterías, ambiciones y contradicciones. Entre sus libros más conocidos están Frutos de mi tierra, La marquesa de Yolombó y Hace tiempos. El “don” subraya justamente esa imagen de escritor clásico, respetado, casi patriarcal dentro de la tradición literaria colombiana.
Isaacs, Barba Jacob y Carrasquilla representan distintas zonas de la Colombia literaria: el romanticismo del Valle del Cauca, la poesía modernista y errante, y el realismo regional antioqueño. Por eso contrastan tan fuertemente con los nombres de los bandoleros de La Violencia: unos pertenecen al canon cultural; los otros, al imaginario sangriento y popular de la guerra rural.
* Casas de pique : La expresión designa en Colombia lugares utilizados por grupos criminales para torturar, asesinar y desmembrar a personas, con el fin de hacer desaparecer sus cuerpos más fácilmente. El término “pique” hace referencia a la acción de “picar” o “trocear”, como si se tratara de carne. Estas “casas del horror” han sido documentadas especialmente en Buenaventura y Tumaco, en el Pacífico colombiano, a partir de 2014, así como en Medellín y Bogotá. Más allá del asesinato, esta práctica responde a una lógica de terror colectivo : los grupos criminales (paramilitares, bandas narcotraficantes) envían así un mensaje a la comunidad y a sus rivales, asegurándose de que los ruidos de la tortura sean escuchados por todo el vecindario. El desmembramiento es también una manera de borrar la identidad de la víctima y de reducir las pruebas. Esta macabra práctica ha sido exportada por pandillas colombianas a Chile en los últimos años.
