El poder occidental y la persistencia de las estructuras coloniales.
Hay momentos en la política mundial en los que se cae la máscara, no porque el poder descubra de repente la moralidad, sino porque mantener la actuación se vuelve demasiado caro.
Recientemente, en Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, hizo algo inusual. Admitió, casi de pasada, que el llamado orden internacional basado en reglas nunca ha sido lo que pretendía ser. Que las reglas se aplicaban de forma desigual. Que los más fuertes se eximían habitualmente de ellas. Que la integración, que en su día se vendió como beneficiosa para todos, se ha convertido cada vez más en una herramienta de coacción.

Por un breve instante, casi se podía sentir alivio. No porque la verdad fuera nueva, sino porque por fin se había dicho en voz alta. Hemos vivido bajo este sistema durante generaciones. Nacimos en él. Fuimos disciplinados por él. Nos dijeron que era neutral, benevolente, inevitable. Se nos enseñó a respetar “reglas” escritas en otros lugares, interpretadas en otros lugares, aplicadas en otros lugares, normalmente en nuestra contra. El resultado nunca fue el orden, sino la obediencia; nunca la justicia, sino la gestión.
Y, sin embargo, el sistema perduró, no porque fuera cierto, sino porque todos aceptaron comportarse como si lo fuera. Esta es la verdadera fuente de su poder. Y también su debilidad fatal. Cuando incluso un solo actor deja de actuar, cuando se retira el letrero del escaparate, la ilusión comienza a resquebrajarse.
Es en este contexto en el que debe leerse el sermón del mandatario francés Emmanuel Macron en Davos. Su denuncia de la “ley del más fuerte” en la escena internacional sonó casi… progresista. Un presidente francés hablando el lenguaje de la moderación anticolonial. Uno podría incluso sentirse tentado de aplaudir.

Pero casi. Porque es difícil tomarse en serio las lecciones sobre el poder cuando provienen de países que nunca lo han abandonado realmente, sino que solo le han cambiado el nombre.
Francia, después de todo, insiste en que ha superado el colonialismo. Lo que queda no son colonias, sino territorios. No dominación, sino administración. No ocupación, sino colectividades de ultramar. El vocabulario es elegante; la estructura, no. Desde el Caribe hasta el Pacífico, el patrón se repite.
En Martinica, las protestas contra el insoportable costo de la vida no se responden con reformas estructurales, sino con porras policiales y detenciones. En Nueva Caledonia, las décadas de reivindicaciones de autodeterminación chocan con la ingeniería electoral y la conocida coreografía de “restablecer el orden”.

En el océano Índico, la contradicción es aún más marcada. Mayotte sigue bajo control francés a pesar de las repetidas resoluciones de la ONU que la reconocen como parte de las Comoras. El derecho internacional, al parecer, es vinculante, excepto cuando no lo es.
Curiosamente, cuando la ONU propuso establecer un día internacional contra el colonialismo en todas sus formas, Francia, gran parte de Europa occidental y los Estados Unidos se negaron a apoyarlo. Aparentemente, el colonialismo es inaceptable, siempre y cuando la definición no llegue a su propio país.
Pero el colonialismo moderno ya rara vez se anuncia con banderas y gobernadores. Prefiere los balances financieros.
En el océano Índico, la contradicción es aún más marcada. Mayotte sigue bajo control francés a pesar de las repetidas resoluciones de la ONU que la reconocen como parte de las Comoras. El derecho internacional, al parecer, es vinculante, excepto cuando no lo es.
Curiosamente, cuando la ONU propuso establecer un día internacional contra el colonialismo en todas sus formas, Francia, gran parte de Europa occidental y los Estados Unidos se negaron a apoyarlo. Aparentemente, el colonialismo es inaceptable, siempre y cuando la definición no llegue a su propio país.
Pero el colonialismo moderno ya rara vez se anuncia con banderas y gobernadores. Prefiere los balances financieros.
El franco CFA sigue siendo uno de los instrumentos más duraderos de la influencia europea en África. Catorce países siguen utilizando una moneda cuyo valor se fija en París, cuyas reservas se mantienen parcialmente en el extranjero y sobre la que las poblaciones locales no ejercen ningún control significativo. Se concedió la independencia política, pero no la soberanía monetaria.
Los Países Bajos ofrecen su propia versión de esta silenciosa continuidad. Desde las islas del Caribe que siguen atadas a La Haya, hasta la larga vida económica posterior a la extracción de Indonesia, pasando por las estructuras corporativas que canalizan la riqueza a través de asimetrías poscoloniales, el colonialismo holandés no desapareció, sino que se profesionalizó. Externalizó la violencia a los contratos y la dominación a la contabilidad.
En toda Europa, el patrón es reconocible. El poder colonial no murió. Se diversificó. Y cuando la influencia financiera es insuficiente, surgen otras herramientas.

En el Sahel, los grupos armados aterrorizan a la población civil en medio de una niebla de interferencias externas. Las antiguas potencias coloniales se presentan como garantes de la seguridad, incluso cuando se multiplican las preguntas sobre el flujo de armas, las redes de entrenamiento y las estrategias de desestabilización. Cuando los gobiernos africanos señalan con el dedo, los medios de comunicación occidentales responden con incredulidad o silencio.
Lo que nos lleva a otro instrumento de control perdurable: la “narrativa”.
Las empresas de medios de comunicación francesas u occidentales siguen dominando gran parte del espacio informativo africano, configurando las percepciones de legitimidad, resistencia y “terrorismo”. Los grupos armados se convierten en “rebeldes” cuando conviene. Los gobiernos que afirman su soberanía se convierten en “juntas”. Cuando los países suspenden o expulsan a los medios extranjeros acusados de manipulación, la indignación en Europa es inmediata. Cuando se silencian las voces africanas, la indignación es opcional.

En el ámbito militar, el mensaje de África se ha vuelto inequívoco. Malí. Níger. Burkina Faso. Senegal. Chad. Se ha pedido a las fuerzas francesas que se retiren.
Y en toda el África francófona, las protestas contra las aspiraciones coloniales francesas siguen creciendo, no por moda, sino por memoria.
Memoria del trabajo forzoso en África Central. Memoria de las pruebas nucleares en Argelia, que envenenaron la tierra y los cuerpos durante generaciones. Memoria de los tiradores senegaleses, enviados a morir por Francia y luego fusilados cuando exigieron su paga. Las cifras siguen siendo “poco claras”. La violencia no lo es.

A Europa le gusta creer que ha pasado página. Pero sigue releyendo el mismo capítulo, solo que con mejor iluminación. Por eso son importantes las recientes admisiones occidentales sobre el colapso del orden basado en reglas, pero solo si se toman en serio. Porque este sistema nunca se sustentó en la equidad, sino en el ritual. En la participación. En el silencio.
Ese pacto se está rompiendo ahora. La integración se ha convertido en una vulnerabilidad. El comercio se ha convertido en una palanca. Las finanzas se han convertido en un arma. Las instituciones que antes se presentaban como neutrales – la OMC, los marcos de la ONU, los foros multilaterales – se exponen cada vez más como escenarios de aplicación selectiva.

Cuando las reglas dejan de protegerlos, no las reforman educadamente. Se protegen a sí mismos.
Así que sí, hay que reconocer lo que hay que reconocer. Cuando los líderes occidentales admiten la ficción, es un paso adelante. Pero es necesario estar alerta. Porque la historia nos enseña una lección sencilla: nada realmente bueno ha salido nunca de que los imperios descubran la humildad ante el micrófono. Especialmente cuando siguen negándose a practicarla en casa.
