Desde Ámsterdam hasta Detroit, los ataques a sinagogas muestran cómo las guerras y la retórica de Israel se extienden a las comunidades de la diáspora.
Israel es peligroso para los judíos, precisamente porque se presenta a sí mismo como el representante del pueblo judío a lo largo de las generaciones. Cuando, junto con USA, bombardea Irán y aplasta el Líbano, obligando a cientos de miles de personas a huir de sus hogares, Israel lo hace en nombre del pueblo judío, no solo en nombre de sus ciudadanos judíos.
Mientras continúa una guerra de aniquilación y venganza —ahora en su etapa de baja intensidad— contra la población palestina, confinada al 48 por ciento de la Franja de Gaza, y después de presentar a los palestinos como un eslabón en una cadena histórica de archienemigos, actúa como embajador de los judíos en todas partes.
Cuando da rienda suelta a sus colonos y a sus mista’arvim (unidades encubiertas cuyos miembros se disfrazan de palestinos) para asesinar palestinos, imagina a judíos de la diáspora que se asentarán o, al menos, invertirán su riqueza en su territorio. Cuando Israel acelera la expulsión de los palestinos de la mayor parte de Cisjordania hacia enclaves que ha planeado durante mucho tiempo, lo hace pensando en los millones de judíos que aún podrían verse obligados a huir e inmigrar a él, be’ezrat Hashem (si Dios quiere), cuando aumente el antisemitismo.
Del 3 al 14 de marzo se reportaron al menos siete incidentes de violencia contra sinagogas y una escuela judía ultraortodoxa en Canadá, Europa y USA; estos no resultaron en víctimas mortales. La elección de instituciones religiosas como objetivo de explosivos, incluso con un artefacto casero, huele a antisemitismo. Estas instituciones se identifican con un grupo distinto y, por lo tanto, sirven como objetivos claros y convenientes para actos de violencia. Lo más probable es que, si hubiera habido víctimas, habrían sido judíos y claramente no involucrados.
Un ataque contra una sinagoga, incluso si inicialmente se pretendía que fuera simbólico, indica un deseo de infundir miedo y dañar a los judíos en otros lugares. Un ataque contra una sinagoga en la diáspora, en particular, es la imagen especular de la afirmación de Israel de representar a cada judío y, por lo tanto, es extremadamente insensato. Podría alentar a las personas a inmigrar a la tierra entre el mar y el río, todo lo contrario a lo que sirve al interés palestino.
Pero los ataques reportados también son una expresión de un deseo de venganza. Por una familia aniquilada, por un barrio residencial que desapareció, por niños sacados temblando de los escombros. ¿Quién mejor que Israel y sus ciudadanos judíos puede entender el deseo de venganza? Desde el 7 de octubre de 2023, la venganza sádica ha sido el principio rector para demasiados guardias de prisiones, soldados, colonos, informantes que revisan publicaciones de Facebook y agentes de policía.
No es lo mismo en absoluto, dirán nuestros políticos y diplomáticos. Y tendrían razón. Porque la venganza israelí sirve a un antiguo propósito geopolítico de limpiar la tierra de todos sus árabes. La venganza contra nosotros es una venganza por sí misma, que carece de planificación estratégica o lógica.
Entre el viernes y el sábado, 13 y 14 de marzo, se detonó un artefacto explosivo cerca de un muro exterior de una escuela judía en Ámsterdam; la fotografía muestra marcas de hollín en una tubería y algunos ladrillos. Aproximadamente 24 horas antes, el 12 de marzo, se detonó un artefacto similar cerca de una sinagoga en Róterdam; la puerta de entrada resultó dañada. Otro artefacto explosivo fue detonado al amanecer del 9 de marzo en el umbral de una sinagoga en Lieja, Bélgica; sus ventanas y las de un edificio cercano se rompieron. Anteriormente, el 6 de marzo, se dispararon tiros contra una sinagoga en North York, Canadá. Se encontraron casquillos de bala y agujeros de bala en las ventanas.
Y el pasado jueves 12 de marzo, un hombre armado estrelló su vehículo contra el Templo Israel, una gran sinagoga reformista en un suburbio de Detroit. Los agentes de policía mataron al conductor, que fue identificado como un libanés [Ayman Mohamed Ghazali], cuya familia había muerto en bombardeos israelíes [en Machghara, en el valle de la Bekaa]. En todos los casos, la policía respondió rápidamente. En algunos casos, una organización chiita se atribuyó la responsabilidad.
En X, el ministro de Asuntos Exteriores, Gideon Sa’ar, publicó: “En Róterdam, una sinagoga fue atacada ayer. Pero los Países Bajos encontraron más importante intervenir en el caso inventado de Sudáfrica contra el Estado de Israel. [en la CPI] ¡Vergonzoso!”.
Su adjunta, Sharren Haskel, también recurrió a X para dar una lección a los Países Bajos, aunque de manera más indulgente: “Los líderes europeos se enfrentan a un momento histórico de decisión: entre el islamismo radical y los valores de la civilización democrática occidental […] Los líderes de Europa deben decidir de qué lado se sitúan en este capítulo de la historia humana. Nunca me disculparé por defender al pueblo judío, en Israel y en la diáspora. Para mí, es un deber moral”
Por su parte el presidente israelí Isaac Herzog, expresó la solidaridad de Israel con los judíos en los Países Bajos en una conversación con líderes de la comunidad judía en Ámsterdam y Róterdam.
¿Alguno de ellos ha pedido alguna vez a la policía de Israel que actúe contra el “judaísmo radical” que enciende pogromos diarios y para nada simbólicos en Cisjordania? Por supuesto que no. Ellos y otros representantes israelíes que se apresuran a reprender a los europeos y a gritar “antisemitismo” por cada grafiti en un cementerio baten récords de hipocresía y doble rasero. Al igual que las dirigencias judías oficiales en la diáspora, que continúan apoyando a Israel pase lo que pase y ni siquiera se desvinculan públicamente de la violencia mortal de los colonos, que se desata en nombre de su Dios y su historia.
Esto hace que sea fácil atribuir a cada judío de la diáspora complicidad y apoyo a cada atrocidad cometida por Israel y los soldados y colonos que recluta para este fin.
Amira Hass, Haaretz, 17-3-2026
Traducido por Tlaxcala
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