La colonia sentó las bases originarias sobre las que surgieron repúblicas oligárquicas. En el siglo XX la polarización ricos/pobres se refleja en varios índices. Pero la inequidad puede superarse. ¿Cómo entender esta historia contemporánea?
América Latina es reconocida como la región más desigual del mundo, aunque no la más pobre. Y el tema ha tenido largo interés, porque ese reparto injusto de la riqueza impide el desarrollo. La historia de la región contribuye a darnos luces sobre este problema al que nos hemos referido en anteriores artículos. Sin embargo, vale reforzar el tema tomando en cuenta la forma en que suele tratarse la inequidad en la región.
La marca de origen está en la época colonial, cuando se edificaron sociedades basadas en “castas” o clases sociales, en las cuales los “blancos” ejercieron el dominio político exclusivo y se enriquecieron con la imposición de distintas formas de explotación de la fuerza de trabajo y la apropiación de tierras y recursos, garantizada por el criterio de propiedad privada.

Si bien las independencias movilizaron conceptos e ideales igualitarios, los Estados nacionales del siglo XIX, por sobre las formas republicanas, constitucionales y democráticas, consolidaron, al mismo tiempo, regímenes oligárquicos, en los cuales los propietarios de tierras (latifundios, haciendas, fazendas, estancias, plantaciones), explotadores de fuerza de trabajo servil (yanaconaje, concertaje, peonaje, mediatería) y esclava (hasta mediados del siglo), se ubicaron en el vértice de la pirámide social, en la cual coparticiparon grandes comerciantes, empresarios mineros y luego los primeros banqueros.
Aunque los liberales de la época impusieron sus principios, entre los que tuvo enorme significación la igualdad jurídica ante la ley, no comprendieron los criterios de igualdad económica y social, pues la pobreza y la marginación humana fueron concebidas como rémoras de un pasado digno de superar y una especie de realidad “natural” a consecuencia de las propias carencias educativas o “morales” de las poblaciones subordinadas.
Los indígenas, por ejemplo, solo saldrían de su condición miserable si la “culturización” lograba que abandonen sus pasadas “costumbres”. Las rebeliones populares contra la explotación fueron reprimidas en forma sangrienta.

Esas formas de comprender la sociedad se prolongaron hasta bien entrado el siglo XX. Los partidos de izquierda (socialistas y comunistas), que en su mayoría surgieron durante las décadas de 1920 y 1930, resultaron pioneros en denunciar las condiciones humanas que creaba el “capitalismo” latinoamericano. Surgieron nuevas formas de propiedad y concentración del capital en industrias, comercios, bancos y otras empresas. De modo que las izquierdas advirtieron que las desigualdades se debían a la estructura de clases, con “burguesías” dominantes explotadoras y cuestionaron, por primera vez, la propiedad privada.
También los primeros estudios técnicos empezaron a contribuir a la comprensión de las desigualdades y utilizaron el criterio de la “canasta básica”, que medía la capacidad de un trabajador o peón para adquirir ciertos alimentos, lo cual servía para trazar las “líneas de pobreza primarias”, concentradas en la desnutrición al interior de una familia. Los censos de población y vivienda, que despegaron en las décadas de 1930 y 1940, dieron un paso adelante al permitir medir los “niveles de vida” entre la población nacional.
En todo caso, solo después de la Segunda Guerra Mundial, con el nacimiento de la CEPAL (1948) y el impulso de los estudios sociológicos y políticos latinoamericanos en torno a las “estructuras” económicas o la “dependencia” (décadas de 1960 y 1970), América Latina se colocó a la vanguardia de los estudios sobre la desigual distribución de la riqueza.

Los archivos históricos de la CEPAL (a los cuales se puede acceder en su página web) permiten apreciar la construcción de los “cuadros del subdesarrollo” de cada país latinoamericano, en los que quedaron muy claras las carencias de servicios de amplios sectores de la población, la pobreza y miseria extendidas y la concentración de la riqueza.
El “Coeficiente de Gini”, inventado en 1912 por el italiano Corrado Gini (Variabilità e mutabilità) y utilizado más en estudios europeos, no tuvo relevancia en nuestra región; pero adquirió importancia con el auge neoliberal en las décadas finales del siglo XX y las metodologías adoptadas por el FMI y el Banco Mundial, basadas en la encuesta de hogares y los registros fiscales. Pero Gini (0 es igualdad total y 1 -o 100- es desigualdad total) solo mide distribución y no riqueza ni bienestar social.
En América Latina su medición presenta dos grandes problemas: de una parte, la población “informal” es alta (entre 50 y 70 %) y es difícil establecer sus ingresos; de otra parte, los ricos ocultan su riqueza y evaden impuestos. De modo que es un coeficiente engañoso: con datos de 2024/2025, Europa tiene la menor desigualdad en el mundo (Gini de 29,6), mientras en América Latina es 46,0; así como Estados Unidos, con multimillonarios y extrema desigualdad y un Gini (41-46) luce igual a Ecuador (45), menor que Colombia (53-54) y mayor que Perú (40). Este “espejismo” oculta la “democratización de la pobreza” en Perú, así como la carencia y deterioro de servicios públicos o la violencia en Colombia y sobre todo en Ecuador, donde se han frenado las posibilidades del desarrollo con bienestar social desde 2017, a pesar de la propaganda oficial sobre disminución de la pobreza, que oculta la “equidad de la miseria”.

Las insuficiencias metodológicas y econométricas obligan a examinar el contexto social e histórico de las desigualdades en cada país de América Latina, lo que ha ampliado el interés de profesores e instituciones y las publicaciones académicas sobre el tema. Enfatizan en la necesidad de utilizar otros índices complementarios: Índice de Palma, Necesidades Básicas Insatisfechas, PIB per Cápita, Pobreza Multidimensional. Además, va quedando en claro que en la inequidad cuentan la composición de las clases sociales, las relaciones de dependencia y, sobre todo, las bases estructurales de la propiedad de los medios de producción.
Desde las décadas finales del siglo XX la desigualdad creció en América Latina. La agravaron gobiernos orientados por la ideología neoliberal, identificados con las derechas políticas o directamente empresariales. En países como Argentina, Bolivia, Brasil y Ecuador, con gobiernos “progresistas” a inicios del siglo XXI, esa vía fue revertida y se logró mejorar las condiciones de vida, trabajo, servicios públicos e inversiones estatales, que también favorecieron la disminución de la pobreza. Igual progreso se logra actualmente en México, colocado a la vanguardia del progresismo en la región.

Se ha demostrado que la brecha de las diferencias sociales puede disminuir con políticas de Estado, un asunto que Europa, primera región del mundo en lograr mayor equidad, impulsó a partir de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo a través de altos impuestos redistributivos. En América Latina, “democracias” que se convierten en oligarquías (en el sentido de Platón), como ha ocurrido en Ecuador, impiden el bienestar social.
Como puede advertirse, el problema de la desigualdad es complejo. Superar siglos o décadas en las que se afianzaron las élites del poder económico y que actualmente controlan la propiedad del capital dependerá de las capacidades para orientar a los Estados latinoamericanos con políticas sociales, radical redistribución de la riqueza, reinstitucionalización del Estado y real democratización.
Juan J. Paz y Miño Cepeda para La Pluma. Ecuador 9 de febrero de 2026
Editado por María Piedad Ossaba
Publicado por Blog Historia y presente/Cronicón
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