Dos bárbaros que nos pueden matar

Ojalá el balneario que Trump y sus voraces socios y conmilitones desean construir en Gaza, se les convierta en una pesadilla continuada, que todos los niños muertos, los ancianos muertos, los periodistas muertos, los médicos muertos en aquella franja-cementerio sigan vivos en la memoria de los pueblos. Esperamos, nosotros los mortales, que toda esa sangre, que “todas las voces todas”, como diría Tejada Gómez, se vuelvan canción en los vientos contaminados por las bombas.

Pintura de artistas gazatíes en una casa destruida por Israel en Deir Al-Balah, el 13 de junio de 2023/Peinture d'artistes gazaouis dans une maison détruite par Israël à Deir Al-Balah, le 13 juin 2023. Mohammed Salem/Reuters

Somos, los simples mortales sin poder y sin gloria, como “leves briznas al viento y al azar” [citación de “Canción de la vida profunda” de Porfirio Barba Jacob, NdlE], y estamos expuestos a que nos lluevan misiles o que volemos en pedazos como niños palestinos en Gaza. Todo depende de si en algún momento, cuando lo decidan los mandamases del orbe, hay que bombardear para, además de sembrar muerte y terror, haya que promover reconstrucciones o chantajear para robar petróleo, horadar tierras con soldadesca invasora, o desaparecer alguna memoria de la humanidad.

O, por si acaso, hay que arrasar a los muchachitos en sus casas, en los hospitales, en algún refugio endeble, porque, lo han dicho los déspotas, son semilla del terrorismo y hay que fulminarlos en la cuna. El mundo, o parte de él, parece estar en manos criminales de dos o tres sátrapas que van decidiendo cuándo hay que violar la soberanía de un pueblo, arrojar bombas, quién puede tener o no tener tranquilidad, a qué horas sembramos el pánico.

Israel ataca a Irán y este se defiende y contrataca. Estados Unidos, la máxima potencia imperialista, a cargo de un fanfarrón, bombardea al país del Ayatola y cree que ha acabado con sus plantas nucleares. Lo hace, además, en una flagrante violación al derecho internacional y las tesis sobre soberanía, un país que, hasta ahora, ha sido el único en atacar a otro con bombas nucleares, como lo hicieron contra los japoneses en la Segunda Guerra Mundial.

Plan de toma de Gaza, por Emad Hajjaj.

Y mientras tanto, prosigue la masacre en Gaza, en un genocidio que, para algunos, no se puede denominar así, porque quien lo haga entonces estará incurriendo en “antisemitismo”. Es el novísimo y errado planteamiento de ciertos enajenados con arbitrarias argucias de que quien está “defendiéndose” es el “pueblo elegido”, que debe mantener la absurda decisión de una deidad que los señaló como los salvadores del mundo.

Y a nosotros, los mortales, nos corresponde, mientras esperamos que las bombas estallen por estos lados y por todas partes, callar de impotencia porque el mundo es solo de algunos “elegidos”. Tiene dueños a la fuerza. Lo maneja a capricho un grupúsculo de potentados, que ponen y mueven a su antojo las marionetas correspondientes. Trump, a su vez, manipulado por magnates, algunos disfrazados de “humanistas”, de seres caritativos, de donantes misericordiosos, cree que puede hacer lo que se le venga en gana. “¡Yo bombardeo y qué!”, parece indicar el copetón.

El mundo, ayer como hoy, pero más hoy que ayer, está caminando por la cuerda floja de las angustias, y la mayoría, sometida y aterrorizada, es presa fácil del miedo colectivo, y hasta puede llegar a perder las palabras. Está, o, mejor dicho, estamos clavados a la cruz de la dominación de unos cuantos patanes con poder, respaldados por armamento apocalíptico. Que la guerra (y hasta sus simulacros) sea la continuación de la política por otros medios, como los de misiles y cañones y bombas, no es otra cosa que la ofensa a cualquier clase de derecho de los pueblos a defenderse y, sobre todo, a vivir en paz.

Las explosiones de las bombas, el fuego destructor que cae del mismo cielo universal a otros territorios, nos afecta a los que creemos estar muy lejos del teatro de los acontecimientos. Nos calcina y nos inserta en todos los círculos del infierno. A nosotros, los mortales de este lado del mundo también nos asesinan cuando matan a un niño, a centenares de niños en Gaza. Y aunque algunos digan “a mí qué me importa”, esos mismos, cuando sientan cómo arden sus entrañas, se darán cuenta de aquello que un poeta inglés dijo hace años, y que no pierde vigencia: “la muerte de cualquier hombre (o de cualquier niño) me disminuye”.

¿Qué significa estar en las manos criminales de Trump o de Netanyahu? ¿Qué nos espera a los de este otro lado del convulsionado mundo cuando el eco de las bombas que producen conflagraciones mortales en Oriente Medio llegue hasta nosotros? Así que nosotros, los mortales, las víctimas pasivas en este caso, no podemos permanecer indiferentes, porque es probable que, en cualquier momento, como pasa con el aleteo de una mariposa en Pekín, nos afecte la respiración, lo que queda de los sueños y el estómago.

Ojalá el balneario que Trump y sus voraces socios y conmilitones desean construir en Gaza, se les convierta en una pesadilla continuada, que todos los niños muertos, los ancianos muertos, los periodistas muertos, los médicos muertos en aquella franja-cementerio sigan vivos en la memoria de los pueblos. Esperamos, nosotros los mortales, que toda esa sangre, que “todas las voces todas”, como diría Tejada Gómez, se vuelvan canción en los vientos contaminados por las bombas.

Trump, Netanyahu y otros bárbaros semejantes deben quemarse en las llamas de la historia y, sobre todo, del infierno. Que sus nombres sean parte de la infamia.

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Reinaldo Spitaletta

Traducción disponible: Français

Fuente: El Espectador, 1 de julio de 2025 

Editado por María Piedad Ossaba