¡Fuera yanqui, fuera yanqui!

Más allá de lanchas artilladas que se lleva el viento y aparecen en Venezuela, la soldadesca que horada el suelo colombiano puede ser el principio de una invasión y una candelada regional.

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En medio de la pandemia de coronavirus, el gobierno de Iván Duque, que ha demostrado hasta la indignidad que es un lacayo de los Estados Unidos, ni siquiera pudo anunciar a sus connacionales la llegada de 800 militares del imperio. No nos extraña, pero sí nos enoja a los colombianos, los que no estamos alineados con la nómina de los cipayos, que aquello que desde las ideas clásicas liberales se ha denominado la soberanía, sea trocada en estropajo por un presidente que, cuando el amo lo zarandeó, su mutismo de sirviente quedó como una prueba infame de su prosternación.

La noticia sobre la tropilla de conquistadores la dio, claro, la embajada de los Estados Unidos en Colombia. No podría ser de otra forma cuando ni siquiera al pelele de ocasión lo tienen en cuenta para que anuncie la intromisión. Y, cuando, además, se viola el artículo 173 de la Constitución Política de Colombia, que en su numeral 4 dice que son atribuciones del Senado “permitir el tránsito de tropas extranjeras por el territorio de la República”.

La presencia de fuerzas especiales estadounidenses en territorio colombiano tiene como pretexto la asesoría para combatir el narcotráfico, pero, en el fondo, es una táctica para tener ejército especializado en este suelo con el fin de provocar e intimidar a un país vecino. Una avanzadilla que en cualquier momento pueda sumarse a una agresión. Y en ese caso, Colombia, cuyo gobierno se ha prestado a fungir de vientre alquilado, también podría incendiarse en caso de un ataque estadounidense a una nación soberana como Venezuela.

Son soldados, no asesores. El viejo truco ya no funciona. Son parte de una política externa, imperial, que renueva aquello de que los Estados Unidos no tienen amigos sino intereses. Y en ese sentido, Washington, Trump y su corte ratifican que Colombia es su patio trasero, como se lo recordó el mandamás gringo al subordinado colombiano el año pasado. Ni un pestañeo, ni una leve repulsa, ni siquiera una tos para disimular emitió el criado.

Hay que recordar que en los tiempos de la presidencia de Uribe, las genuflexiones frente a la Casa Blanca fueron de una asqueante sumisión. No solo cuando, en los días de Bush, el cargamercados criollo apoyó la invasión a Irak, sino en los de Obama, cuando el del Ubérrimo permitió a los Estados Unidos el uso de, al menos, siete bases militares colombianas, con desproporcionadas potestades para el ejército imperialista. Se trató de una flagrante violación a la soberanía nacional. El 30 de octubre de 2009, Colombia, con el fámulo de entonces, le permitió a Estados Unidos, en una concesión prorrogable por diez años, la realización de operaciones militares en y desde el territorio colombiano.

La situación actual con la presencia desde junio de 800 troperos disfrazados de asesores calienta la región y pone en peligro al pueblo colombiano. Si más que operaciones internas contra el narcotráfico son maniobras para promover agresiones a un país como Venezuela, tal como lo indican todos los antecedentes, la cosa es de suma gravedad. Podría estallar un conflicto regional, incluso no convencional, como los que EE.UU. promovió en Libia y Siria, y nuestro país quedaría como un objetivo de las posibles respuestas, en defensa de su suelo y dignidad, de Maduro y sus aliados.

Para combatir el narcotráfico, en rigor la gringada de Trump debe, primero, controlar el inmenso mercado de consumidores que hay allá y no estar atizando conflagraciones, como lo ha hecho durante años en América Latina, en particular en Colombia. Sus objetivos, como se sabe, son los de quedarse con las riquezas del vecino (las de Colombia ya son suyas), que no solo consisten en petróleo, sino en coltán, oro, diamantes, litio, fuera de ser una región estratégica a la que hay que someter para que todo vaya a parar a las corporaciones transnacionales y al club exclusivo de los que dominan el mundo.

La troupe de marines de Gringolandia llega a acrecentar los maltratos que, otros de esa misma estirpe y calaña, han cometido en Colombia. Se han denunciado violaciones de niñas por militares estadounidenses en el Caquetá, Guainía, Guaviare, y ahora, seguro, el asunto se extenderá a las regiones donde estarán estos “salvadores”, como son el Bajo Cauca, el sur de Córdoba, Catatumbo, Arauca y el Pacífico nariñense, entre otras.

Con seguridad los “buenos muchachos” estadounidenses prepararán hostilidades y su misión, nada humanitaria, como siempre han disfrazado las injerencias en los asuntos internos de numerosos países, es una bomba de tiempo. ¿Cuándo estallará? Recordemos que Duque con Guaidó, en una opereta de bufones, dijeron en 2019 que al presidente de Venezuela (el dictador, según ellos) solo le quedaban horas para caer.

Más allá de lanchas artilladas que se lleva el viento y aparecen en Venezuela, la soldadesca que horada el suelo colombiano puede ser el principio de una invasión y una candelada regional.

Reinaldo Spitaletta para la Pluma, 3 de junio de 2020

Editado por María Piedad Ossaba