La dignidad de un pueblo contra la ignominia imperial

Mantener y arreciar el bloqueo en circunstancias como las que atraviesa el mundo actualmente sólo habla del instinto criminal que los guía.

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Cada Presidente de USA en ejercicio parece romper siempre los límites de nuestro asombro y cada vez terminamos asegurando que ya no se puede ir más lejos, hasta que una nueva elección pone a otro monstruo en lugar del actual; cuando no lo reafirma por un nuevo período en el cual él mismo se superará.

En el momento presente, puede decirse que el Presidente Donald Trump, intenta superar su propia marca en cuanto a la perversidad con la que ha arremetido contra el Presidente Nicolás Maduro y gran parte del alto gobierno revolucionario en Venezuela. Y esta perversidad se pone escandalosamente de manifiesto no tanto por el nivel de truculencia de la absurda y falaz acusación de “dictador narco terrorista y Jefe del Cartel de los Soles” contra el Presidente Nicolás Maduro, como por el momento escogido para hacerlo: cuando el planeta entero se encuentra enfrentando la peor de las pandemias de los últimos 100 años.

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Bien sabemos que todo imperio necesita, como justificación de su mantenimiento como tal, postular un enemigo contra el cual “debe actuar por el bien de toda la humanidad”, implacablemente y valiéndose de cualquier medio de aniquilación, sin que para ello medie ningún límite ético ni ningún principio de respeto a la vida de inocentes. No es el caso enumerar los cientos de enemigos inventados a lo largo de sus más de dos siglos de existencia; el caso es que en este momento la República Bolivariana de Venezuela ha sido “identificada” como EL ENEMIGO, que no sólo “amenaza la seguridad nacional de Estados Unidos” sino que, por la magnitud de su empeño es destruirla, parece estar amenazando al planeta entero e incluso a toda la galaxia. 

En los 20 años de existencia de la Revolución Bolivariana puede decirse que Estados Unidos  lo ha intentado casi todo: Golpe de Estado en 2002 (dicho sea de paso, el primer golpe que le falla en su ya larga tradición golpista); golpe petrolero; financiamiento y estímulo a la derecha más extrema y fascista, que se mantuvo, primero esporádicamente, y luego durante 3 años continuos (2014-2017) provocando la muerte de personas inocentes mediante “guarimbas”, las que incluyeron quema de gente viva, degollamientos de motorizados mediante alambres tensados en las esquinas, incendios de universidades, estaciones de metro, instituciones y vehículos públicos, lanzamientos de granadas desde helicópteros sobre el Tribunal Supremo de Justicia o sobre Jardines de Infantes; magnicidio frustrado mediante drones, que estuvo a punto de provocar la muerte no sólo del Presidente Maduro sino también de todo el alto gobierno, hasta llegar a su penúltima invención: la autoproclamación de un joven político de la derecha a quien en ese momento, por acuerdo de los partidos de oposición, le tocaba presidir la Asamblea Nacional, como “Presidente Encargado” de Venezuela. Esta especie de “virrey” recibió a los pocos minutos el “reconocimiento oficial” de Estados Unidos y en un lapso de pocas horas el de esos 50 países que giran cual satélites de los propios Estados Unidos.

Este “Presidente Encargado”, Juan Guaidó, tenía la misión de derrocar a Maduro en el plazo de un mes; cosa que sobrepasó sus propias capacidades, sus alegadas “conexiones” con el mundo militar venezolano y su “casi total apoyo” de la población venezolana, de la que tanto se ha jactado la oposición venezolana desde que perdió el poder en las elecciones de 1998 y sin que haya podido demostrarlo, salvo en las elecciones legislativas del 2015. De nada le sirvió alardear del apoyo de la sumisa “comunidad internacional” que gira en torno a Washington ni las mediáticas puestas en escena de su condición de “Presidente legítimo”, cuya máxima expresión fue su deplorable discurso en Davos. El balance de ese contrato actoral que duró un año y tres meses ha sido el más rotundo de los fracasos, no sólo por lo que a él respecta sino peor aún para los propios Estados Unidos que ha puesto en juego todo su poder gansteril amenazando a Venezuela con el uso inminente de la fuerza militar directa por parte del Comando Sur, bloqueos navales y aéreos, ocupación de su territorio por fuerzas paramilitares desde territorio colombiano y brasileño, aislamiento internacional, reactivación del TIAR, apoyado por la oligarquía colombiana, en las personas de Uribe y Duque, del indefinible Bolsonaro, en Brasil y del más deleznable de los traidores a la causa de Nuestra América: Luis Almagro, quien desde la OEA ha ejercido no sólo el más despreciable chantaje sobre los países que la conforman sino que se ha prestado incluso para organizar golpes de Estado, como el llevado a cabo en el Estado Plurinacional de Bolivia.  

¿Qué le queda entonces a Estados Unidos como recurso frente a una Venezuela que tiene la mayor reserva de petróleo del mundo y casi que la mayor en gas, en agua dulce, en oro, en hierro y en cientos de otros preciados metales? Pues recurrir a lo que quizás representa su verdadera naturaleza imperial: el uso descarado, violatorio de todas las normas de convivencia internacional y de los más elementales principios de la decencia: el chantaje mafioso, que ellos mismos han glorificado en sus películas hollywoodenses. En el día de ayer: 31 de marzo de 2020, se dio la prueba máxima de sus métodos gansteriles; la que vino a completar y a explicar el paso previo tomado hace una semana de acusar al Presidente Nicolás Maduro y a varios de sus colaboradores más cercanos de conformar una banda de terroristas y narcotraficantes, a la que identifica como el Cartel de los Soles.  

Esta tarea le fue encargada al Fiscal General de Estados Unidos, el que se supone es el más alto representante del pueblo estadounidense en sus reclamos de justicia. Aparte de estar basada en meras suposiciones, esta “acusación” viola además las más elementales reglas de la lógica y de la evidencia fáctica. Decir que durante 20 años Maduro y la Farc “desplegaron muy deliberadamente cocaína como arma” y “tenían la intención expresa de inundar los Estados Unidos con cocaína para socavar la salud y el bienestar de nuestra nación”, hace suponer que antes de esos 20 años en Estados Unidos no se conoció pero ni un gramo de cocaína; que Pablo Escobar, los carteles de México y otros grandes traficantes nunca existieron, ni existen, y si lo hicieron, dedicaron su dinero a obras de caridad; y que, por supuesto, ningún banco de Estados Unidos había lavado ni un dólar proveniente de esas actividades.

Esta peligrosa acusación pone además precio a la cabeza de Maduro, Cabello y el resto de los acusados; acusación que hacen no sólo impulsados por la tradición de su “lejano Oeste”, sino con la aviesa intención de recordarnos otras “recompensas” similares, como las que ofrecieron por las vidas de Sadam Husein y Gadafi. Sin duda, todo esto forma parte de una estrategia global en la que debemos ubicar el reciente despacho de 20 mil soldados yanquis hacia Europa, 3 mil hacia el Golfo Pérsico, maniobras militares con Colombia en la frontera con Venezuela, y con otros ejércitos en Latinoamérica, y un largo etcétera que incluye, por supuesto, la expansión del nuevo coronavirus como telón de fondo. Tomemos en cuenta el reclamo de China al insistir en que se esclarezca el verdadero origen de la nueva cepa de coronavirus o las posibles mutaciones del mismo. Nada de lo que sucede o pueda suceder en los próximos días ha de verse fuera de este contexto global.

No es casualidad que la Fiscalía General haya lanzado el tal dictamen en momentos en que la ONU, conjuntamente con China, Irán, Rusia, Cuba, Venezuela, Siria, Nicaragua y la República de Corea han solicitado que se levante el criminal bloqueo contra Cuba, Venezuela e Irán, ante esta situación de grave crisis humanitaria que afecta al mundo entero. Bloqueo que no sólo obedece a los irracionales caprichos imperiales de EEUU sino que son una muestra más de su torcida concepción de que sólo deben sobrevivir los países que se someten a sus designios. Mantener y arreciar el bloqueo en circunstancias como las que atraviesa el mundo actualmente sólo habla del instinto criminal que los guía.

Y en el día de ayer quedó develada la última pieza de su plan “magistral”: Estados Unidos dejará sin efecto las acusaciones (sin prueba alguna, repetimos) de terrorista, narcotraficante, dictador totalitario, etc, etc., contra el Presidente Nicolás Maduro, así como levantará todas las “sanciones” impuestas contra él y otros miembros del gobierno bolivariano, así como las “sanciones” contra PDVSA, la Banca nacional, Ministerios, y otras organizaciones vitales para la atención alimentaria y de salud de la población, si y solo si Nicolás Maduro se separa inmediatamente del poder y se instala un “Consejo de Estado”, del cual además determina hasta sus más mínimos detalles, compuesto por  miembros de la oposición y del ala bolivariana, que ejercería todos los poderes hasta que se elija un nuevo Presidente en 12 meses. Esto es lo mismo que sitiar a una persona en su casa, cortarle el agua, la electricidad, la comida y la atención médica, y después ofrecerle un vaso de agua y un plato de comida a cambio de que le firme y entregue los documentos de propiedad de la casa.

Este nuevo y grosero acto de agresión e irrespeto a las soberanías de los pueblos evidencia el desespero y el intento de desviar la atención del mundo político y mediático por el peor y más irresponsable manejo de la pandemia causada por el Covid19, por parte de quien se ha autoproclamado sheriff del planeta y único modelo a imitar. Su negligencia criminal les ha estallado en la cara colocándolos en un lapso de muy pocos días en el país con el mayor y más veloz aumento de casos de contagio en el mundo; evidenciándose al mismo tiempo el fracaso total de su sistema de salud para salvar vidas humanas.

Vale señalar que es también una prueba contundente de su increíble debilidad para atender un desastre generado en su propio territorio. Por primera vez en toda su historia, salvo la honrosa excepción que significó la hazaña de Pancho Villa, los Estados Unidos pasa de ser el agresor por antonomasia de todos los pueblos que se le medio opongan en el planeta, a vivir en carne propia una agresión que aunque provenga de un agente no humano, ha ocupado la totalidad de su territorio y le ha quitado la máscara de superhéroe, mostrándolo como el alfeñique que es.

¿Será el Covid19 el agente liberador que la humanidad requería para darle lecciones de humildad y de solidaridad a las naciones que se creen superiores e iniciar así un camino real hacia la paz, la convivencia y el respeto absoluto al derecho de todos los pueblos a decidir su propio destino?

Carmen Bohorquez para La Pluma

Editado por María Piedad Ossaba

Fuente: Solidaria.info, 1 de abril de 2020