Nuevo gobierno en España: un puzle socialdemócrata

La nueva administración en Madrid tiene uno de sus puntos más débiles en el panorama político local. El tradicional bipartidismo (socialistas y herederos del franquismo) ha dado paso a un escenario de varios partidos haciendo muy compleja cualquier negociación y sobre todo emprender cambios de impacto más estructural.

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Nada fáciles de resolver son los obstáculos que enfrenta Pedro Sánchez en el nuevo gobierno español. Es toda una incógnita cómo se va a desempeñar el primer gobierno de coalición en el período postfranquista, con un panorama nacional nada claro y otro exterior plagado de incertidumbres. Seguramente que su mayor desafío será encontrar una fórmula de gobierno que consiga disminuir al menos los impactos más duros e impopulares de las políticas neoliberales de las décadas pasadas, agudizados en extremo por la crisis de 2008, apenas superada y con un horizonte de nubarrones que según parece pronostica una nueva crisis mundial de incalculables repercusiones.

 

Su primer problema no es otro que intentar algunas medidas sociales en la esfera laboral y en los derechos ciudadanos muy afectados y que colocan a España entre los países menos prósperos y más desiguales del Viejo Continente. Se trata de imponer medidas de corte keynesiano, de corregir los mayores excesos del neoliberalismo, si es que ello es posible. ¿El  del actual gobierno en Portugal sería el ejemplo a seguir para no tener que repetir el vergonzoso retroceso de Syriza/Tsipras en Grecia? En tal propósito Sánchez debe hacer frente no solo a la oposición interna (derecha política, neonazis de Vox, la Iglesia Católica y, por supuesto, el gremio empresarial) sino en particular a los centros de poder de la Unión Europea (gran empresariado sobre todo de Alemania) que, para comenzar, le condicionan de manera muy efectiva el mismo presupuesto nacional; sin su visto bueno Sánchez y su gobierno no pueden aprobarlo. El desafío no es entonces nada desdeñable porque de ensayar políticas económicas diferentes a las que hoy predominan en la Unión Europea (de corte neoliberal muy evidente) se estaría poniendo en tela de juicio la actual idea neoliberal del proyecto comunitario. ¿Es posible, desde esta perspectiva, retornar al ideario inicial que inspiró la Unión en sus primeros años y que tenía como fundamento principal el pacto capital-trabajo, el compromiso político y social entre socialdemócratas, comunistas y democristianos que produjo el Estado del Bienestar?.

Sánchez y la alianza PSOE-Unidas Podemos tienen que enfrentarse igualmente con el incierto panorama económico que tantas voces autorizadas (empezando por el mismo FMI) están pronosticando para la economía mundial, un inestable escenario agravado sin duda por la guerra comercial entre China y Estados Unidos que está lejos de haberse resuelto. La subida de aranceles del gobierno estadounidense ya afecta exportaciones importantes de los agricultores españoles sin que España tenga realmente márgenes considerables de defensa de sus intereses, como no sea mediante una política conjunta de la Unión Europea, igualmente afectada por esas políticas de Washington. Todo un sarcasmo si se piensa que España, al apoyar las sanciones a Rusia decretadas por el gobierno de Trump, deja de exportar productos agrícolas que tenían a Rusia como destino preferente. Ya se sabe, Estados Unidos no tiene amigos sino intereses.

Los éxitos del nuevo gobierno español tienen que llegar pronto pues el descontento de amplios sectores de la población no es pequeño. El aumento de las desigualdades y el crecimiento de la pobreza de sectores nada desdeñables y sobre todo que tras más de una década de sacrificios (la crisis) se constata que han sido los sectores populares los más afectados mientras el capital ha visto aumentar sus beneficios a costa del sufrimiento de las mayorías. En realidad, Sánchez tiene en ese descontento social y en la movilización popular la mayor fuerza para imponer sus políticas, so pena de tener que negociar con el gran capital (nacional y extranjero) en clara desventaja. Tiene, a su favor, que el descontento de gran parte de la población no es solo un asunto de España, que se produce en buena parte de Europa, lo que obligaría a medidas correctivas del modelo neoliberal a otros gobiernos. El caso de Francia no es excepcional.

La nueva administración en Madrid tiene uno de sus puntos más débiles en el panorama político local. El tradicional bipartidismo (socialistas y herederos del franquismo) ha dado paso a un escenario de varios partidos haciendo muy compleja cualquier negociación y sobre todo emprender cambios de impacto más estructural. Algunos de esos cambios ni siquiera están en el debate. Así ocurre con el modelo de la economía española, que tiene en el turismo y la construcción dos de sus pilares fundamentales, determinando una desventaja importante si se la compara con la economía de sus socios más importantes en la Unión Europea. El turismo ocupa casi el 10% de la población activa y aporta más o menos el mismo porcentaje al PIB nacional; es un sector muy vulnerable y en el cual buena parte del beneficio queda en manos extranjeras. La construcción, a su vez, tiene en su crecimiento canceroso un papel clave en la generación de las crisis además de ser uno de los campos de cultivo más dados a la corrupción pública y privada. El papel de España en los sectores industriales y sobre todo en las áreas de nuevas tecnologías podría ser uno muy otro si hubiese políticas destinadas a la investigación y a la inversión con perspectivas de futuro. Ni Sánchez ni menos aún la oposición (tan emparentada en todos los sentidos con la España del mantón y la pandereta del franquismo más tradicional) se proponen siquiera una estrategia económica que desarrolle un modelo económico esencialmente diferente. Se juega entonces con cartas de poco valor.

No de menor importancia es la misma debilidad del PSOE, dividido en tres o más tendencias que ya desde los primeros días de la nueva administración manifiestan su distanciamiento con Madrid. Seguramente la cuestión del separatismo catalán tiene su importancia, pero en muchos aspectos solo sirve de pretexto para no hacer más evidentes otras diferencias tan o más importantes. Sánchez reunirá al partido en los próximos meses, seguramente con la finalidad de fortalecer su control sobre los líderes regional díscolos (pero con suficiente poder) e impedir que la oposición interna a sus medidas venga a fortalecer a las fuerzas externas al partido que ahora llevan a cabo una oposición nada acorde con lo que se supone normal en un estado de democracia consolidada.

Su aliado, Unidas Podemos, un frente de socialdemócratas moderados y de comunistas –también bastante moderados- no ofrecen por el momento ningún motivo de preocupación para Sánchez. Otra cosa diferente es el separatismo catalán (y el vasco) con el cual el nuevo gobierno parece haber alcanzado acuerdos más o menos tranquilizantes (al menos temporalmente) aunque por lo que hace a los catalanes su propia división interna (entre separatistas de izquierda y de derecha) no augura sino dificultades (Ya se están presentando) que harán muy complicado el manejo del problema. La idea de un federalismo mayor podría ser una salida pactada y con perspectivas, pero apenas se menciona. No pasa por el momento de ser una idea  beneficiosa, tanto como la propuesta del escritor José Saramago de resolver estas disputas regionales creando un “Estado Ibérico”, compuesto por las repúblicas de Portugal, Galicia, Euskadi, Cataluña y el Reino de España.

Juan Diego García para La Pluma, 30 de enero de 2020

Editado por Fausto Giudice Фаусто Джудиче فاوستو جيوديشي