Chile: la siesta terminó

La cúpula de cristal se ha desmenuzado y ha caído, y del otro lado de la cordillera el pueblo chileno, es decir, nosotros mismos, ha dejado constancia de su nueva y clara mirada

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Pedro Cazes Camarero

Al comenzar el último cuarto del siglo XX, el sistema mundial capitalista comenzó a resoplar. El indicador más evidente era la caída tendencial de la tasa de ganancia, pero esta no constituía más que el síntoma de un fenómeno generalizado con causas más profundas: ramas enteras de la producción, tanto en los países centrales como en las naciones periféricas, comenzaban a sufrir la evaporación del valor de cambio en las mercancías producidas.

Eneko

En otras palabras, la creciente riqueza que el capitalismo generaba, continuaba siendo riqueza, pero cada vez más, riqueza sin valor. Mantenía intacto su valor de uso, pero la cantidad de trabajo humano acumulado en cada unidad producida se reducía a creciente velocidad. Este fenómeno, previsto a mediados del siglo XIX por el propio Marx, no lograba ser interpretado en toda su magnitud en la década del 1970, ni por los teóricos capitalistas ni por los marxistas. Por ello empleábamos para interpretar las grandes movilizaciones desencadenadas a partir de 1968, tanto en Europa como en América del Norte, tanto en México como en la Argentina, las herramientas teóricas del clasismo convencional, que ya se hallaba obsoleto por entonces sin que lográramos percibirlo. En el campo enemigo se verificaba el mismo desconcierto. Uno de los cuadros más importantes del capitalismo imperial, Henry Kissinger, reflexionaba en sus memorias, a comienzos de los 70, que no entendía por qué las luchas se desencadenaban, país por país, «en los momentos en que todo parecía comenzar a mejorar».

Pero aun sin contar herramientas científicas, el capitalismo contaba con ideólogos pragmáticos, feroces y prestos a reemplazar a los estrategas desarrollistas «keynesianos» que habían dominado la cúpula imperial durante las tres décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, lapso que denominaban «glorioso».

Tanto en los países centrales como en los periféricos, la extracción de ganancias se había basado en una combinación de dos tipos de plusvalía, la «absoluta» (esto es, algunas maneras de reducir sin más los salarios para arrebatar esa riqueza con destino a los bolsillos patronales) como la «relativa» (o sea mantener los valores de uso consumidos por los trabajadores, e incluso aumentarlos, pero aumentar al mismo tiempo la productividad del trabajo por vía de la técnica, bajando así los costos del «trabajo necesario» y aumentando de ese modo la plusvalía total). Para el final de la Segunda Guerra mundial, la plusvalía relativa consistía en la fuente principal de enriquecimiento de los monopolios. Esto se fue dificultando a lo largo de los años 60 y comienzos de los 70, porque los frutos de la segunda revolución industrial se estaban agotando.

Agazapada en las aulas de la Universidad de Chicago, toda una corriente de ideólogos del capitalismo tardío estaba lista para irrumpir con una propuesta nada original: retroceder a los buenos viejos tiempos de la juventud, cuando el capitalismo se observaba a sí mismo sin vergüenzas innecesarias como un ejemplo de la guerra de todos contra todos preconizada desde el siglo XVII por el filósofo británico Thomas Hobbes. El primer ciclo liberal, que floreció durante el siglo XIX, encontraba muy natural la reducción de los salarios al mínimo, la precariedad laboral, la ignorancia generalizada de los trabajadores, la prohibición de los sindicatos, la privatización o eliminación en lo posible de los servicios públicos y, por supuesto, la limitación de los derechos democráticos.

En una palabra, la plusvalía relativa estaba muy bien, pero volver a la plusvalía absoluta estaba aún mejor. Estas opiniones barbáricas dejaron a comienzos de los años 60 de ser las de una secta académica de nostálgicos ultraconservadores para comenzar a debatirse seriamente en la época de Richard Nixon; pero todavía por entonces, la ominosa presencia del Segundo Mundo, encabezado por la Unión Soviética, generaba cierta cautela en la conducción del capitalismo mundial. Las clases trabajadoras de los países centrales se encontraban domesticadas y hasta se habían convertido en macartistas, al costo de concesiones sociales y económicas que fastidiaban a las patronales; pero tales concesiones constituían el precio que debían abonar para que los asalariados de los países centrales no comenzaran nuevamente a contemplar con simpatía al «este comunista» del que los habían alejado el Plan Marshall, la propaganda proyanki y los impresentables regímenes autocráticos del estalinismo.

Sin embargo, ahí estaba el universo latinoamericano y en especial el cono sur, con el peligrosísimo ejemplo del flamante socialismo revolucionario y democrático del Chile de Salvador Allende ante el escaparate de los pueblos, y las llamas guerrilleras del guevarismo ardiendo a fuego lento desde la Argentina y el Uruguay hasta las montañas de Colombia, Venezuela, Nicaragua y México. ¿Qué sitio mejor para ensayar el atroz programa de los neoliberales?

El Roto

Pero por estos lares no había manera de persuadir buenamente a las mayorías. Sólo la barbarie fascista de Pinochet en Chile, y después de Videla en la Argentina, podía imponer a sangre y fuego la precarización laboral, el arancelamiento de la educación, la privatización de los servicios públicos, la destrucción de gran parte de la industria y el disciplinamiento de una clase trabajadora poco habituada a la sumisión. Chile es el sitio donde ese monstruoso experimento fue más lejos y duró más tiempo.

Aprovechando el naufragio e implosión del «segundo mundo» estalinista (1989), cuya modernización tardía mantuvo en lo esencial el sistema capitalista, el valor trabajo y la plusvalía, la conducción imperial ya no vaciló, a través de los gobiernos de Margaret Tatcher, Ronald Reagan y Cía., en introducir en los países centrales la llamada globalización neoliberal. Siguiendo el ejemplo de Chile, así como el de España, una constitución redactada por los militares dio lugar a supuestos regímenes democráticos que en lo esencial continuaban la política explotadora del fascismo. En la Unión Europea, el tratado de Maastricht cumplió un rol análogo, y machacaron una y otra vez hasta que la Constitución Neoliberal fue impuesta al pueblo de entidades reticentes, como Francia, Grecia, Irlanda y España, donde resabios monárquico- feudales se trenzan aún hoy en un combate a largo plazo contra los embates emancipadores de naciones secularmente oprimidas, como los vascos y catalanes.

Coincidimos con Bifo y sus coautores de la Vitrina Distópica en que neoliberalismo y fascismo tienen en común la imposición de la ley del más fuerte en el ámbito social y convierten al colectivo humano en una verdadera jungla. Destruyen irreversiblemente al planeta y acometen sin piedad contra cualquier resistencia organizada. Sin embargo, debemos advertir que, aunque ante el peligro de las masas movilizadas, los más «democráticos» neoliberales no vacilan en recurrir a una represión despiadada, como se ve hoy en Chile, aun las menos democráticas de las democracias resultan preferibles al menos fascista de los fascismos. Cualquiera que haya saboreado la experiencia de las cárceles y ergástulas de Pinochet y de Videla me concederá la razón en esto y sin dudar.

De todas maneras no es de lo que se trata ahora. No cabe duda que las grandes mayorías de los hermanos chilenos acaban de atravesar varias décadas de una extraña situación alucinatoria. Una y otra vez, la última hace dos años, mayorías perfectamente democráticas escogieron en Chile a gobiernos de derecha que mantuvieron incólumes las condiciones de explotación y dominio de unas minorías insignificantes sobre masas incontables. Durante décadas, sólo lúcidas minorías cuestionaron valientemente la vigencia de una constitución plagada de ardides y trampas destinadas a impedir elecciones verdaderamente democráticas.

¿Cómo es posible que una mayoría abrumadora vote reiteradamente gobiernos de diminutos núcleos de financistas y aristócratas cuyas ideas y cuyas prácticas resultarían anacrónicas en el siglo XIX? Para explicarlo, Gilles Deleuze propuso hace más de veinte años el dispositivo teórico del agenciamiento. El agenciamiento va más allá del concepto de hegemonía introducido por Antonio Gramsci; las personas y los colectivos viven en un mundo fantasmático generado por el capitalismo, que es el único modo de existencia que se puede concebir. El agenciamiento es un hechizo que no puede ser quebrado por una simple crítica, por más razonable y sensata que parezca. Pasan las décadas y hasta las generaciones, y las mayorías continúan tomando con naturalidad las supuestas verdades mendaces que suministra la derecha.

Pero así como es un ejemplo de resiliencia, el agenciamiento también constituye un techo de cristal, que una pequeña grieta puede hacer estallar. Así ocurrió una semana atrás, cuando un aumento de cinco centavos de dólar en el boleto del subte resquebrajó la cúpula y los chilenos, restregándose los ojos, se miraron entre sí y se preguntaron «¿cómo esto ha sido posible?». A eso se refieren cuando dicen «no fueron los treinta pesos, fueron los treinta años».

Ahora las calles que intenta vaciar el toque de queda que nadie acata, se llenan de nuevo de jóvenes, nacidos después de Pinochet, pero que recuperan una historia maravillosa interrumpida en septiembre de 1973. La sensación de ensueño, de maravilla de cuento de hadas, empieza a cambiar en odio, en ira apasionada no sólo por el recuerdo de las decenas de miles de presos, torturados y asesinados en estas décadas, sino porque los hermanos siguen cayendo a nuestro lado, nuevos presos están siendo atrapados, nuevos cuerpos están siendo violados y torturados para persuadirnos de que retrocedamos a la oscuridad. No lo haremos.

La cúpula de cristal se ha desmenuzado y ha caído, y del otro lado de la cordillera el pueblo chileno, es decir, nosotros mismos, ha dejado constancia de su nueva y clara mirada. Es falso que el capitalismo sea el único destino; pero es cierto lo que nos advirtió Cornelius Castoriadis: si dejamos que venzan, la noche de la barbarie descenderá sobre la humanidad.

También en Europa sigue existiendo una humanidad, transitoriamente aplastada por esa pesada cúpula vítrea. En otras latitudes, en Asia, en el norte de América, miran hacia aquí desconcertados. Si, mírennos mientras por aquí acabamos con los fantasmas del fascismo y del neoliberalismo, y acompañamos al pueblo chileno en sus exigencias: nada de ridículas concesiones que no cambian nada tampoco. Asambleas y cabildos de base, asamblea general constituyente, huelga general política. El rugir de ese sur emancipatorio hoy puede quebrar muchas cúpulas que ya están crujiendo.

Pedro Cazes Camarero

Fuente: Tlaxcala, 31 de octubre de 2019

Publicado por De Igual a Igual