Los terremotos de este verano dejaron al descubierto el vacío del nuevo Gobierno del país, instalado por Trump, y dejaron a los ciudadanos de a pie prácticamente solos ante la tarea de recuperarse de la catástrofe.

El 24 de junio, dos potentes terremotos sacudieron Venezuela con apenas unos segundos de diferencia. Aunque en la capital, Caracas, murieron unas 120 personas, los daños más graves se produjeron justo al norte. En el estado de La Guaira, a lo largo de una franja de concurridas playas caribeñas, las torres de viviendas se desplomaron una tras otra. Murieron miles de personas.
He recorrido muchas veces con amigos los treinta minutos que separan Caracas de La Guaira para ir a la playa. Pero lo que vi al llegar, ocho días después de los terremotos, recordaba las fotografías de ciudades bombardeadas. Hileras enteras de edificios —tanto condominios de lujo como bloques de viviendas construidos por el Estado— habían quedado arrasadas, reducidas a fragmentos.
Aquí, un edificio se había convertido en una maraña de acero retorcido y hormigón deformado, con las gruesas losas de los pisos aplastadas unas contra otras. Cerca, otro seguía en pie precariamente, pero había perdido una pared exterior, dejando a la vista un armario con ropa aún en sus perchas, una litera infantil, una sala de estar pintada de naranja, con la palabra inglesa HOME estarcida en la pared y la «O» en forma de casa. Subí por una colina de ruinas y, para mi sorpresa, aparecí junto a una piscina vacía, un ojo azul que miraba al cielo sin pestañear. A su lado, socorristas exhaustos descansaban en sillas de piscina. Sobre otra montaña de escombros, comprendí que estaba de pie en lo que había sido la azotea de un edificio alto, aunque me encontraba a solo cuatro metros y medio del suelo. Y, en todo momento, el Caribe se extendía ante nosotros, con sus tonalidades azules, las crestas blancas de las olas deslizándose y las sombrillas abandonadas agitadas por la brisa.
En los primeros días tras la catástrofe, las redes sociales venezolanas se llenaron de vídeos de habitantes desesperados de La Guaira que suplicaban ayuda. Muchos denunciaban que estaban solos, sin asistencia de su Gobierno, excavando a mano entre los restos en busca de supervivientes. En algunas zonas ayudaban bomberos o miembros de Protección Civil, pero a menudo sin coordinación aparente, ni siquiera equipo. (Un policía de Caracas me contó que miembros de su unidad se habían apresurado a ir a La Guaira, pero solo para buscar a los familiares de sus compañeros y luego volver a casa.) Miles de ciudadanos de a pie de Caracas y otras partes del país acudieron a llenar ese vacío, llevando comida, agua y suministros médicos y sumándose a la búsqueda de desaparecidos.
Cuando llegué, el 2 de julio, organizaciones internacionales de ayuda como World Central Kitchen y la Cruz Roja servían comidas calientes o atendían hospitales de campaña. Equipos de búsqueda y rescate de más de veinticuatro países recorrían la zona en camionetas, aunque resultó que un hombre rescatado aquella mañana sería el último en salir con vida. En medio de aquella destrucción espantosa, la señal más visible del Gobierno venezolano eran los cientos de soldados apostados en las carreteras para mantener el orden. La gente los criticaba con amargura e incluso los maldecía: los habían enviado a La Guaira con fusiles de asalto en vez de palas.
«¡Esto está totalmente abandonado por el Gobierno!», exclamó un hombre llamado Rogelio Dávila cuando me acerqué a él sobre una montaña de escombros que antes había formado parte de un conjunto de torres de viviendas de trece plantas conocido como OPPPE 26 y 27. El complejo, situado en una zona llamada Caraballeda, se construyó durante una campaña masiva de edificación de viviendas en la última campaña de reelección de Hugo Chávez, el populista de izquierdas que presidió Venezuela desde 1999 hasta su muerte en 2013, año en que se terminó el conjunto. Las siglas OPPPE corresponden a la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales, creada por Chávez para controlar determinados programas de desarrollo. Diez de las dieciséis torres del complejo se habían derrumbado, formando un paisaje lunar de metal y hormigón retorcidos que revolvía el estómago. Las torres destruidas albergaban más de 850 apartamentos, por lo que quizá fuera el lugar más densamente poblado de la zona del desastre. Es probable que aquí muriera más gente que en cualquier otro punto de La Guaira.
Dávila había venido desde su casa, al sur de Caracas, para ayudar a buscar a su tía, Inés María Zurita. Él y el marido de Zurita, Alejandro Salcedo, habían pasado los últimos días abriendo túneles a mano entre los escombros. Cuando se produjo el terremoto, Salcedo, que trabaja para una empresa local de autobuses, estaba fuera del edificio. Lo vio caer sabiendo que su esposa había quedado atrapada dentro. Mientras hablaba con los dos hombres, veía a decenas de personas como ellos moverse por los montículos de edificios destruidos en una carrera frenética por encontrar a sus familiares desaparecidos. Había hablado con otros que insistían en que sus seres queridos aún podían aparecer con vida. Pero Salcedo y Dávila eran menos optimistas. «Lo importante es encontrarla, en las condiciones que sea», dijo Salcedo.
Habían montado un pequeño campamento sobre las ruinas. Bajo una lona gris y una toalla de playa azul de Barbie, sujetas con palos de escoba y barras de acero de refuerzo, habían guardado un colchón, una botella grande de agua y herramientas: una pala, una palanca, una maza y cubos de plástico blanco. Dávila dormía allí por las noches para vigilar sus pertenencias, mientras Salcedo se alojaba en una escuela convertida en refugio. Gracias a una mezcla de suerte y perseverancia, habían excavado hasta los restos del apartamento n.º 1005, donde Salcedo y su esposa habían vivido trece años. Encontraron al gato de la familia, todavía vivo. Salcedo recuperó una foto de su madre y una bandera venezolana que había pertenecido a su mujer. Los hombres sujetaron la bandera a un palo entre los escombros. Colgaba inerte bajo nubes cenicientas. Habían localizado la cocina y el salón, pero no había rastro de Zurita, y ahora intentaban abrirse paso hasta el dormitorio.
Le pregunté a Salcedo, de setenta y dos años, cuántos años tenía su mujer, y me dijo que sesenta y siete. Pero Dávila insistió en que solo tenía sesenta y tres. Discutieron de forma cómica, absurda —«¡Siempre le decía de broma: “Tía, tú me llevas diez años!”». «¡Pero si tú ni siquiera tienes cincuenta!». «¡Tengo cincuenta y tres!»—, un retazo de bromas familiares normales en medio del horror. La discusión se apagó y Dávila se puso unos guantes de cuero, preparándose para subir las herramientas por la pendiente y volver a excavar. «Ya van ocho días y ni siquiera hemos visto cuadrillas de trabajo del ejército», dijo. «Hay tantos soldados en Venezuela. Deberían estar aquí ayudándonos a retirar escombros, ayudando a gente como nosotros».
Salcedo dijo que hacía falta maquinaria pesada para levantar las gruesas losas de los pisos y poder realizar una búsqueda cuidadosa. Yo había visto algunas retroexcavadoras y grúas por La Guaira, pero en OPPPE 27 no había ninguna. «La mayoría de las personas que están aquí son los vecinos, gente que vivía aquí o tenía aquí a su familia», dijo Salcedo. «Somos nosotros los que usted ve aquí, dándolo todo».
Antes de los terremotos, los venezolanos trataban de entender la nueva relación semicolonial de su país con el Gobierno de Trump. El 3 de enero, USA atacó Venezuela, secuestró al presidente de facto del país, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores, y los llevó a Nueva York para juzgarlos por narcotráfico. Maduro, que había asumido el poder tras la muerte de Chávez, era ampliamente detestado. Sus políticas destrozaron la economía; encarceló a políticos y ciudadanos de a pie que se atrevían a criticarlo en prisiones donde eran habituales la tortura y otros abusos; y en 2024 robó las elecciones presidenciales, ocultando el verdadero recuento de votos y proclamándose vencedor.
Muchos esperaban que la salida de Maduro devolviera al país a la senda democrática. Muchos también creían que abriría el camino para que María Corina Machado, la popular dirigente opositora que recibió el Premio Nobel de la Paz por encabezar la campaña electoral de 2024 contra Maduro, regresara del exilio y dirigiera Venezuela. Pero Trump anunció que USA iba a «dirigir» el país y tomar el control de sus reservas petroleras, las mayores del mundo. Y dejó al mando a la vicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, para gobernar a través de ella.
Rodríguez, una abogada de cincuenta y siete años formada en París y Londres, es hija de un militante de izquierdas que fue torturado y asesinado por el Gobierno venezolano hace cincuenta años. Era cercana a Maduro, pero carece de una base política propia. Desde su derrocamiento, ha cumplido dócilmente los deseos de Trump, reescribiendo las leyes sobre petróleo y minería a la medida de las empresas extranjeras, rebajándoles los impuestos y eliminando muchas restricciones a sus actividades. También ha acogido favorablemente la cooperación militar con Estados Unidos, como mostró un ataque aéreo de junio en el que, según se afirma, murió Héctor «Niño» Guerrero, uno de los jefes de la banda Tren de Aragua.
El secretario de Estado, Marco Rubio, ha hablado vagamente de una futura transición democrática. Pero la prioridad de Trump es extraer petróleo y ganar «mucho dinero». Trump elogia una y otra vez a Rodríguez, que le devuelve el favor. El 24 de julio, un mes después de los terremotos, afirmó que Rodríguez estaba haciendo «un trabajo fantástico» y añadió que Venezuela «no estaba preparada» para celebrar elecciones. Un experto del sector petrolero con contactos en el Gobierno de Trump me contó que funcionarios de los departamentos de Energía y de Estado habían defendido aplazar las elecciones al menos un par de años, argumentando que, de lo contrario, las empresas podrían posponer las inversiones que Trump desea por temor a que las reglas volvieran a cambiar bajo un Gobierno elegido en las urnas.
Pese a todo, muchos venezolanos siguen viendo a Trump como su salvador. «Ahora que los usamericanos están aquí, queremos que se queden para siempre», me dijo otro hombre que buscaba a familiares desaparecidos entre los escombros de OPPPE 27. El hombre, que me pidió que no publicara su nombre porque había desertado del ejército, se entusiasmó al saber que habían llegado marines usamericanos con ayuda para los damnificados. «Los soldados usamericanos que vinieron, queremos que se hagan cargo de todo», dijo.
No todos los venezolanos comparten esa opinión. Conocí a Yoxana Medina en el Cementerio del Sur de Caracas, adonde había ido a enterrar a su hermano, Yorman Medina. Cuando se produjeron los terremotos, Yorman, de cincuenta años, salió corriendo de su tienda en el barrio caraqueño de 23 de Enero y lo golpeó un fragmento de mampostería que se desprendió. Murió aproximadamente una semana después. Medina rechazó indignada la afirmación de Trump de que los venezolanos estaban felices y bailaban en las calles tras su intervención de enero. «Yo creo que para él todo fue una tapadera para llevarse nuestras riquezas», dijo, protegiéndose del sol tropical con una pequeña sombrilla. Medina vive en un barrio de Caracas cercano a la base militar donde capturaron a Maduro, y la batalla debió de oírse aterradoramente cerca. Al menos setenta y nueve soldados y cuatro civiles murieron en la incursión usamericana. «Mataron a gente inocente», dijo. «No se puede estar feliz cuando hay gente muriendo».
Un trabajador del cementerio, con una camiseta roja y un emblema chavista, alisaba con una paleta la tierra de la tumba de Yorman. Decenas de personas iban y venían, unas asistiendo a un entierro y otras a otro. Las tumbas se apiñaban, con sepulturas de cemento que apenas sobresalían unos centímetros del suelo. Pequeños grupos estaban de pie o sentados sobre ellas. Un vendedor caminaba entre la gente ofreciendo polos de hielo: «¡Chupi chupi! ¡Chupi chupi!».
Después de que Maduro llegara a la presidencia, Venezuela perdió el 75 % de su producción económica. Ocho millones de personas huyeron del país, más de una cuarta parte de la población. La mayoría se fue a Colombia y otros países sudamericanos, aunque cientos de miles llegaron a Estados Unidos. Durante la mayor parte del mandato de Maduro, Venezuela tuvo la inflación más alta del mundo; se prevé que este año los precios aumenten casi un 400 %. La oleada de esperanza que siguió a su captura se disipó cuando el resto de su Gobierno permaneció en el poder y el coste de los alimentos y otros productos básicos siguió subiendo. Bajo la tutela de Estados Unidos, la producción petrolera ha aumentado, pero la gente de a pie sigue pasando dificultades. Según Trump, USA se ha apropiado de al menos 13.000 millones de dólares en ingresos petroleros. No está claro cuánto se ha transferido al Gobierno venezolano.
«Estamos peor ahora que cuando antes estábamos peor», me dijo Medina. «Cuando estaba Maduro, las cosas estaban mal. Pero después de que se lo llevaran, me parece que están peor que nunca». Y entonces llegaron los terremotos. Medina tiene dos hijos, y le pregunté qué futuro imaginaba para ellos. «Lamentablemente», dijo, «creo que para los jóvenes de hoy no hay futuro».
En una rueda de prensa el 2 de julio, Rodríguez defendió su respuesta a los terremotos, asegurando que había actuado con rapidez para desplegar a las fuerzas armadas y a Protección Civil y solicitar ayuda internacional a Estados Unidos, Naciones Unidas e incluso El Salvador e Israel, países encabezados por dirigentes de derechas con los que Venezuela mantenía relaciones hostiles antes de quedar bajo el control de Estados Unidos. «Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance y seguiremos haciendo todo lo que esté a nuestro alcance y más», dijo. Los venezolanos, insistió, estaban agradecidos por todo lo que había hecho.
Para desviar las culpas, invocó a un enemigo en la sombra: unos «laboratorios mediáticos» que, según dijo, habían utilizado las redes sociales para incitar a la gente a acudir en masa a La Guaira, supuestamente para ayudar, pero en realidad para aumentar el tráfico e impedir el paso de los equipos de emergencia. Era imposible no oír en su acusación un eco de las elecciones robadas de 2024, cuando el Gobierno de Maduro culpó a unos piratas informáticos no identificados de Macedonia del Norte de un supuesto ciberataque que habría alterado el recuento. Como vicepresidenta, Rodríguez había aplaudido la falsa victoria de Maduro y había salido en televisión a promover la ficción del ciberataque.
Al apuntalar a Rodríguez, Trump ha hecho cada vez más difícil la situación de Machado, la principal dirigente opositora. Cuando Machado anunció su intención de regresar a Venezuela después de los terremotos, un funcionario del Departamento de Estado tachó el plan de «maniobra política». La Casa Blanca le impidió volar de Virginia a Curazao como primera etapa de su regreso, obligando al avión en el que viajaba a dar media vuelta.
En cambio, el Gobierno usamericano ha respaldado a una dirigente opositora más moderada, una exdiputada llamada Dinorah Figuera, que vive exiliada en España desde 2018. El Departamento de Estado ha avalado conversaciones entre Figuera y el Gobierno de Rodríguez para establecer las condiciones básicas de unas futuras elecciones. Puede ser otro intento de marginar a Machado, al tiempo que se otorga cierta legitimidad a Rodríguez, que busca atraer inversión extranjera y renegociar la deuda nacional, que, según se informa, podría alcanzar los 240.000 millones de dólares, una cifra que convertiría una eventual reestructuración en una de las mayores de la historia.
Me reuní con Marcos Linares, párroco, en su iglesia del barrio de Montalbán, en Caracas. La iglesia, Nuestra Señora de la Paz, gestiona un comedor social y una clínica. Cuando Linares fue en coche a La Guaira tres días después de los terremotos, una de las cosas que le llamó la atención fue el contraste entre los equipos internacionales de rescate, bien equipados, y sus homólogos venezolanos. Varios socorristas venezolanos le suplicaron que los ayudara a conseguir material como cascos, botas y herramientas corrientes, me contó Linares. «Ni siquiera tenían un baño para hacer sus necesidades básicas, ni buenas linternas». Mientras hablábamos, nos interrumpieron voluntarios que querían tratar la distribución de comida a las víctimas por parte de la iglesia: cien comidas para un lugar, trescientas para otro. Le pregunté cómo había reaccionado al ver La Guaira arrasada. «Me dije: Dios mío, tenemos que pedirle perdón a Dios», recordó, «porque hemos tenido los mejores recursos, los mayores recursos, e incluso me atrevería a decir que este es el país más rico del mundo. Por algo será que ciertos países nos tienen puestos los ojos encima… Pero lo primero que pensé fue: aquí tenemos un pecado de omisión. No hemos pensado lo bastante en grande, no hemos pensado en el futuro».
Linares dijo que, después de los terremotos, dos ingenieros de su parroquia le habían contado en confesión que años atrás habían trabajado en obras de construcción en La Guaira, uno en un proyecto del Gobierno y el otro para un promotor privado. Ambos habían renunciado al darse cuenta de que las obras no cumplían las normas de construcción, pero se habían marchado sin dar la voz de alarma.
Mucho antes de los terremotos, La Guaira fue escenario de otra tragedia que dejó una huella duradera en el país. En diciembre de 1999, unas lluvias torrenciales provocaron deslizamientos de tierra que arrasaron comunidades enteras. Nunca se estableció el número de muertos, pero se calcula que pudieron perecer hasta 30.000 personas. Chávez había asumido la presidencia a principios de aquel año, y los deslizamientos se produjeron el día de un referéndum nacional sobre una nueva Constitución, pieza central de su proyecto político. El desastre de La Guaira, entonces conocida como estado Vargas, se convirtió en una de sus primeras pruebas. Llegó ayuda de numerosos países, incluido Estados Unidos, aunque Chávez rechazó una propuesta del ejército usamericano para desembarcar en la costa venezolana y despejar una carretera crucial bloqueada por los aludes. Durante la investigación para mi libro de 2022 sobre Venezuela, supe que Fidel Castro había persuadido a Chávez para que rechazara la oferta, diciéndole que, una vez en suelo venezolano, las tropas usamericanas nunca se marcharían.
Se ha subrayado mucho el contraste entre aquel célebre rechazo de Chávez y las efusivas muestras de gratitud de Rodríguez a Trump por la ayuda usamericana. Pero ¿qué otra opción tenía ella? Había heredado de Maduro una nación vaciada por la corrupción y la devastación económica. Los servicios públicos habían sufrido recortes drásticos. Los hospitales apenas funcionan. Los apagones son frecuentes. Y ahora el país ha quedado bajo la tutela de la Casa Blanca de Trump.
Las secuelas de la tragedia de 1999 se prolongaron durante mucho tiempo. Los planes de reconstrucción solo se cumplieron parcialmente. Miles de personas pasaron años en refugios a la espera de ser realojadas en viviendas nuevas. El Gobierno creó un sistema de canales de hormigón para desviar la escorrentía y evitar nuevos deslizamientos, pero no se mantuvieron; al recorrer en coche la zona del terremoto, levantaba la vista hacia la montaña y veía los canales, ahora inútiles, invadidos por la maleza.
«Trabajamos con una metodología de reacción, no de prevención», dijo Linares, lamentando que Venezuela no hubiera aprendido del desastre de 1999. «No nos damos cuenta de que hoy tenemos suficiente y mañana estaremos necesitados».
Las dos tragedias de La Guaira enmarcan dolorosamente veintisiete años de Gobierno chavista. La nueva Constitución aprobada por los votantes en el referéndum de 1999 amplió el poder presidencial, que Chávez aprovechó para socavar los contrapesos institucionales y encaminar al país hacia el autoritarismo de Maduro. Los aludes también marcaron una primera escalada de la retórica antiimperialista de Chávez, que utilizaba a Washington como antagonista para movilizar a sus bases y reforzar su proyección como líder de la izquierda mundial. Hoy, con Rodríguez como custodia, el chavismo es una parodia de sí mismo. Quienes más gritaban contra el imperialismo gringo alzan ahora la voz para elogiar a sus amos de Washington.
Regresé a los edificios destrozados de OPPPE alrededor de una semana después de mi primera visita. Dávila estaba sentado en el mismo sitio donde lo había visto por última vez, bajo la lona y la toalla de Barbie. Me dijo que por fin habían encontrado el cuerpo de su tía y describió con detalle lo que le ocurre a un cadáver después de tantos días de calor tropical. Pero seguía durmiendo allí para custodiar las herramientas. Dijo que se quedaba para ayudar a quienes aún buscaban a sus familiares.
«Aquí aprendimos mucho», dijo Dávila, con la mirada perdida más allá de mí. «Aprendimos a excavar entre los escombros. Aprendimos a sacar un cuerpo en avanzado estado de descomposición». Parecía insensibilizado por la acumulación de muertos, incapaz de marcharse y volver a una vida normal.
Venezuela lleva años atascada, sin poder salir de los escombros que dejó el chavismo. Es demasiado pronto para saber si los terremotos la sacudirán lo suficiente para liberarla. Hasta ahora, la rabia sobre las montañas de escombros de La Guaira no se ha traducido en manifestaciones contra el Gobierno. Rodríguez ha hecho causa común con Trump contra su rival más fuerte, Machado, y la principal preocupación de Trump es que el petróleo siga fluyendo. Las fuerzas armadas, cuyo peso es decisivo, han permanecido leales a Rodríguez. Tras incumplir su función básica de cuidar a su propia población, el Gobierno de Rodríguez ha intentado controlar el relato mediante cifras. Se negó a estimar cuántas personas estaban desaparecidas, un número que probablemente resultaría incómodamente elevado. Pero sí afirmó que se había rescatado a 6.462 personas, una estadística endeble, ya que la mayoría de los rescates se produjo en el caos de los primeros días, cuando nadie llevaba la cuenta. El Gobierno también insistió durante semanas en que solo 856 edificios habían sufrido daños en todo el país, de los cuales 190 se habían derrumbado. Sin embargo, un análisis de imágenes de satélite realizado por la NASA calculó que 69.431 edificios «probablemente habían sufrido daños o habían sido destruidos».
La cifra que más importaba a todos era la de los muertos, y aumentaba día tras día. Luego, sin explicación, al cabo de un mes el Gobierno dejó de publicar datos, para reanudarlos diez días después con una actualización semanal. El 24 de agosto, el recuento ascendía a 6.509. La interrupción y la falta de transparencia no podían sino alimentar el escepticismo, recordando que Rodríguez tiene un problema de credibilidad del que no puede escapar: si no se puede confiar en alguien para contar votos, tampoco se puede confiar en esa persona para contar cadáveres. Cuando las tareas pasaron a centrarse en retirar escombros, los familiares montaron guardia junto a los edificios en ruinas por temor a que el Gobierno no tomara las precauciones necesarias para extraer los cuerpos atrapados dentro.
Me reuní con Michael Penfold, politólogo, en la terraza de un café de Caracas. Aunque ha sido crítico con los sucesivos gobiernos chavistas, Penfold aceptó formar parte de un comité creado por Rodríguez después del 3 de enero para promover «la paz y la convivencia democrática». Los sectores más duros de la oposición lo denunciaron entonces por el pecado de estar dispuesto a hablar con quienes discrepaban políticamente de él.
Penfold es muy consciente de los retos que plantea tanto reconstruir el país como recuperar su democracia. «La realidad es que no puedes hacer esto sin Estados Unidos, pero USA no puede hacerlo sin el chavismo y las fuerzas armadas», dijo, refiriéndose al Gobierno de Rodríguez y a su componente militar, todavía poderoso. «Y las fuerzas armadas y el chavismo, por sí solos, no pueden hacerlo sin alguna forma de legitimidad procedente de la oposición democrática venezolana», afirmó. «Es un rompecabezas político realmente difícil».
«Va a llevar tiempo», añadió. «Va a hacer falta habilidad y liderazgo». Le pregunté si los terremotos hacían más o menos probable el cambio. «Creo que el terremoto ha dejado al país con la conciencia de que no hay paso atrás», dijo. «Pero tampoco hay un paso adelante claro».
William Neuman, The New York Review, 24 de septiembre de 2026
El reportaje para este artículo contó con el apoyo del Pulitzer Center.
Traducido por Tlaxcala
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