Mientras se distancia de sus aliados tradicionales, Israel profundiza sus vínculos con una nueva ola de dirigentes populistas de derecha dispuestos a protegerlo de la rendición de cuentas.

El 10 de agosto, apenas tres días después de asumir el cargo, el nuevo gobierno colombiano del presidente Abelardo de la Espriella reconoció formalmente la soberanía israelí sobre los Altos del Golán ocupados. El anuncio resultó aún más llamativo porque se produjo el mismo día en que Colombia afrontaba uno de los mayores terremotos de su historia reciente, que causó más de 300 muertos y graves daños en todo el país.
Incluso antes de asumir, la futura administración de la Espriella había acordado con Israel restablecer plenamente las relaciones diplomáticas, trasladar la embajada colombiana a Jerusalén, reanudar las exportaciones de carbón y retirarse tanto de la causa presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), que acusa a Israel de genocidio, como del Grupo de La Haya. De la Espriella también anunció que Colombia abandonaría sus planes de abrir una embajada en Palestina y prometió «no dejar nunca de defendera Israel porque esel pueblo de Dios».
Estas medidas han señalado un notable vuelco diplomático. Hasta hace poco, Colombia era uno de los ejemplos más claros de una tendencia muy diferente en América Latina.
Durante el genocidio israelí en Gaza, varios gobiernos de izquierda y socialdemócratas criticaron duramente las políticas israelíes, retiraron a sus embajadores de Tel Aviv, se sumaron a la causa sudafricana ante la CIJ y presionaron a la Corte Penal Internacional (CPI) para que acelerara las investigaciones sobre presuntos crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en Palestina. Algunos también participaron en reuniones del Grupo de La Haya, que pidió medidas coordinadas de rendición de cuentas ante las violaciones sistemáticas del derecho internacional por Israel.
Pero elecciones recientes han llevado al poder a dirigentes de derecha, extrema derecha y populistas en un número creciente de países, entre ellos Argentina, Paraguay, Bolivia, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Honduras. Una tradición diplomática latinoamericana durante mucho tiempo basada, al menos formalmente, en el derecho internacional está virando hacia una política más transaccional: mayor alineamiento con Israel y respaldo de sus narrativas políticas a cambio de una cooperación militar y de seguridad más profunda, así como de la posibilidad de unas relaciones más estrechas con Washington.
Dirigentes como Javier Milei en Argentina, de la Espriella en Colombia y Santiago Peña en Paraguay han abrazado abiertamente una estrecha alineación política con el presidente usamericano Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. Paraguay, Honduras y Guatemala trasladaron sus embajadas a Jerusalén, mientras Argentina y Colombia anunciaron planes para hacer lo mismo, desafiando el consenso internacional reflejado en la Resolución 478 del Consejo de Seguridad de la ONU.