El mortífero terremoto que asoló a Colombia, y que, por supuesto, no fue por culpa de Petro, ni de Abelardo, ni de Trump, ¿o sí?, hizo pasar casi inadvertida la noticia emitida por el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth. Según él, a solicitud del presidente colombiano, que por lo demás es estadounidense, habrá “operaciones militares conjuntas” contra el narcoterrorismo.
Así que, además de ampliar la presencia militar estadounidense en Colombia, se podrán movilizar tropas de ese país. Tal vez, como ha sucedido desde casi siempre en una tierra sometida a los dictados de Washington, la soberanía es una categoría negociable y transaccional, prostituida desde tiempo atrás y que, por lo visto, en este gobierno títere será apenas una lejana memoria de los significados de independencia y de no intervención de potencias extranjeras en los asuntos internos.
Esa noticia se volatilizó frente la desgracia que nos entristece a todos. Se trata, sin embargo, de una confirmación de la ya vieja disponibilidad que ha tenido Colombia para dulcificar su servilismo frente a Estados Unidos, como se ha expresado en la historia desde los tiempos del Respice polum, del presidente-gramático Marco Fidel Suárez.
También se patentiza que estamos bajo el dominio de “los mismos con las mismas”, con una sutil puntada diferente: que, además, el presidente colombiano, “elegido por los de siempre” (qué “nuncas” ni qué carajos), tiene nacionalidad estadounidense y es un solícito paje de Trump. La política de seguridad estadounidense, adobada con el Corolario del “Pato Donald”, tiene otra ficha del ajedrez que pretende una “retoma” de América Latina en los intereses de dominación gringos.
De la Espriella es la continuación del atraso y la dependencia del país. Es un defensor de los leoninos tratados de libre comercio promovidos por los países desarrollados, que desde hace tiempos los impulsan la banca internacional (como el Banco Mundial, por ejemplo) y los peones internos del llamado neoliberalismo económico.
Que haya “operaciones conjuntas”, con énfasis por supuesto en las fuerzas estadounidenses, es el cumplimiento de una iniciativa de Washington y, valga decir, de Trump, en su concepción de dominio absoluto de diecinueve países que giran, por ahora, en la órbita del denominado “Escudo de las Américas”, de inspiración yanqui. Nada nuevo bajo el sol, como lo anuncia el Eclesiastés. Lo dicho: son los mismos con las mismas.
La estrella polar de Abelardo está en los Estados Unidos. Y su condición de servilismo está atravesada por los dictados de Washington. Lo demostró también en estos días, cuando declaró su respaldo a la ocupación y posterior anexión de Israel de los Altos del Golán, que son de Siria. Tiene que seguir, como turiferario, las órdenes de Trump. Vergonzoso adherirse a una anexión que, desde 1967, Israel hizo de esa zona siria y que no es reconocida por la mayoría de países del mundo.
Las tales “operaciones conjuntas” con Estados Unidos son una cesión de soberanía. Por estos días, al conocerse el desaguisado, el expresidente Uribe declaró, a modo de chistecito lamentable, que la “ayuda” (ojo, así llama a lo que no es más que una vulgar y flagrante intromisión) de Washington es “recuperación de soberanía, no violación”. En este punto se puede soltar la risa, porque, como es sabido, las soberanías de los países no se pierden por la presencia de delincuencia común (en este caso, narcos), sino por la dominación e intervención indebida de otros países.
Así que podemos ir persignándonos, pasando cuentas de rosarios, haciendo exorcismos y conjuros, ya que, pese a ser un país laico, estamos en los señoríos de pastores, rabinos, obispos, iglesias varias, para que la recolonización estadounidense de estos predios o solares nos “coja confesados”. Trump tiene por estos feudos un acólito que mueve con propiedad incensarios y campanitas rituales.
El colonialismo y neocolonialismo de Trump se expresó de nuevo cuando apoyó a Marruecos en su ocupación del Sahara Occidental, que pertenece al pueblo saharaui, una cultura del desierto. De inmediato, el señor elegido por “los de siempre” en Colombia se sumó a la posición de su patrón. Una muestra más de que al presidente le encanta la injerencia extranjera aquí y en otras geografías.
Colombia es un país triste por estos días. El devastador terremoto que, además, el presidente aprovechó para camuflar todo su servilismo y peonaje, ha sumido a la población en un clima de dolores y desconsuelos. A la vez, como ha sido una característica de vieja data, el pueblo se ha movilizado con su solidaridad y apoyo en las zonas de destrucción y muerte.
Las “operaciones conjuntas”, sobre las cuales no hay claridad de en qué consisten, son sin duda una cesión de soberanía y se enmarcan dentro del propósito imperial, impulsado por Trump, de someter y domesticar a América Latina, como parte de la doctrina de seguridad de los Estados Unidos. Pronto volverán a sonar los gritos de “Yankee, Go Home!”.
Reinaldo Spitaletta, Sombrero de mago, El Espectador, 18 de agosto de 2026