Es el mayor fracaso de su vida, mucho más grave que el del 7 de octubre. El fracaso anterior de Benjamín Netanyahu tuvo muchos padres; él solo asume la responsabilidad de este. Si el proyecto de la vida de Netanyahu fue —y lo fue— la lucha contra Irán, la obsesión de un solo hombre, esta guerra es el fiasco de su vida. Israel emerge de esta guerra más marcado de lo que parece, más débil y más marginado que cuando entró en ella. Irán emerge golpeado pero fortalecido y recompensado siete veces.
Esto es exactamente lo que parece una misión de vida fallida. Netanyahu, que llevó a Israel a esta guerra, el primer ministro que se vio obligado el martes a terminarla sin ser consultado, el hombre que pensó que esta guerra lo convertiría en un salvador para los libros de historia, asume la responsabilidad total y exclusiva de su fracaso.
Fue un fracaso terrible, cuyo precio aún no se ha pagado por completo. Comenzó con la idea megalómana de que Israel puede derrocar regímenes, continuó con el engaño de que la guerra es la solución para todos los problemas —siempre la primera adoptada, la única intentada— y terminó con la incapacidad de alcanzar siquiera uno de los objetivos de la guerra, ni uno solo. Y ni siquiera hemos hablado de los costos. Mes y medio de terror para la población israelí de 10 millones de habitantes, de destrucción y dificultades financieras, la pérdida de otro año escolar y los vestigios de cordura, y la intensificación del aislamiento internacional de Israel.

El 7 de octubre era imposible cargar toda la culpa sobre los hombros de Netanyahu. Junto a él y subordinados a él había un ejército fracasado y servicios de inteligencia inexistentes, una política de obstrucción de cualquier proceso diplomático —una política apoyada por la mayoría, incluida la oposición— y un asedio brutal que Netanyahu no impuso. Del mismo modo, Netanyahu no es el único responsable de la insensata guerra de venganza que Israel libró tras el 7 de octubre.
El genocidio también tiene muchos padres. Netanyahu fue el primero, pero no el único. La historia, y quizás el mundo, ajustarán cuentas con todos ellos, los comandantes militares, los pilotos de la fuerza aérea, los soldados, los agentes del Shin Bet, los destructores de Gaza, los asesinos de niños, los masacradores de médicos y periodistas, los medios israelíes cómplices y todos los demás cómplices de los crímenes de Gaza, que no pueden ni podrán ser perdonados jamás.
Netanyahu emprendió esta guerra haciendo creer que el mundo la apoyaba. The New York Times describió el miércoles cómo sedujo al presidente Trump, engañándolo, como es su costumbre, profiriendo falsas promesas que el secretario de Estado Marco Rubio calificó de «pendejadas» [bullshit].
Vendedor particularmente inescrupuloso, Netanyahu logró nuevamente seducir a la administración Trump con esas patrañas. Pero esta vez perdió. La administración le pedirá cuentas, quizás pronto.

Por otro lado, la oposición israelí no tiene derecho a criticarlo. Cualquiera que haya vitoreado la guerra desde el principio, todos los Yair Lapid y Yair Golan que no se atrevieron a decir una sola palabra negativa sobre la entrada en la guerra, que se alinearon en su justificación, perdieron el derecho a criticarla. ¿La apoyaron? Callen ahora. Todos los que saludaron la guerra, algunos por cobardía, otros por falta de visión, la mayoría por ambas, que propusieron bombardear y destruir mientras establecían grotescas «salas de guerra de hasbará», no pueden ahora atacar a Netanyahu por la guerra.
Tenemos suerte de tener un amo del mundo. Sin Trump, Netanyahu habría persistido en Irán hacia un fracaso aún más devastador. Igual que intentó hacer en Gaza hasta que Trump lo detuvo, igual que ahora está ansioso por hacer en el Líbano, camino de otro fiasco. Pero mientras la guerra termina, hay una cosa que podemos asegurar: Israel no ha aprendido nada. Los «bibistas» seguirán apoyando a sus ídolos, los «cualquiera-menos-Bibi» seguirán atacando a su Satanás (mientras adoran al ejército que ejecuta sus planes) e Israel seguirá corriendo hacia la próxima guerra con la misma ceguera y entusiasmo con que se precipitó en esta.
El sábado bajé al refugio público que nos había acogido tan amablemente durante casi seis semanas, para apagar las luces. Al hacerlo, supe que no permanecerían apagadas.
Gideon Levy, Haaretz, 8 de abril de 2026
Traducido por Tlaxcala