El 8 de marzo es el Día Internacional de los Derechos de las Mujeres de aquí, de allá y de acullá
¡Cómo han frivolizado el Día Internacional de las Mujeres! ¡El Día Internacional de los Derechos de las Mujeres! Se tornó en una caricatura, sin historia y sin memoria. Se ha dicho que el capitalismo es experto en convertir en mercancía lo que en otro tiempo fue una amenaza a su estabilidad y a sus imposiciones. Aquello que emergió como reivindicación social, con protestas populares, con alzamientos, con muertes y muchas heridas, con sangre, hay que volverlo trivialidad, porque así se puede vender y despojarlo de contextos.
Ha sido larga la gesta de las mujeres por la conquista de sus derechos, con presencias no muy visibles, pero sí históricas, en la Revolución Francesa, y un extenso catálogo de demostraciones de protesta en los siglos XIX y XX. El capitalismo que, al decir de Marx, nació “chorreando sangre por todos sus poros”, implantó jornadas de trabajo inhumanas, que originaron en Europa y Estados Unidos colosales movimientos de reclamo, como el de los “Tres Ochos” (ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho para la educación).
A las luchas por reivindicaciones económicas de las obreras, se sumaron las de los derechos políticos, como el del sufragio y por la eliminación de todas las formas de discriminación contra las mujeres. Al fragor de las contiendas en Estados Unidos hubo muestras heroicas de huelgas y movimientos sociales, como los muy célebres de los Mártires de Chicago, que originaron la creación —y celebración— mundial del Primero de Mayo. Los inmigrantes, a montones, se convertían en mano de obra barata de fábricas, como las textileras, con mayoría de trabajadoras.
En La otra historia de los Estados Unidos, Howard Zinn muestra descarnados paisajes de obreros explotados hasta la médula y da cuenta de las numerosas luchas de mujeres y hombres por la dignidad y una vida mejor. Un poeta popular, Edwin Markham, escribió en la revista Cosmopolitan sobre las miserables condiciones laborales: “en habitaciones sin ventilación, las madres y los padres cosen día y noche… y a los niños que están jugando, los patronos los llaman para trabajar junto a sus padres”.
En distintas fábricas de textiles habían ocurrido, en particular en Estados Unidos, graves accidentes con muertes a montón, por las infrahumanas condiciones de explotación e inseguridad industrial. Las mujeres, hacinadas en las fábricas, laboraban dieciséis horas al día. En Nueva York, a principios del siglo XX, había quinientas fábricas de ropa. “En esos agujeros malsanos, todos nosotros, hombres, mujeres y jóvenes ¡trabajábamos entre setenta y ochenta horas semanales, incluidos los sábados y domingos! El sábado a la tarde, colgaban un cartel que decía: ‘Si no venís el domingo, no hace falta que vengáis el lunes”, testimonió una mujer, citada por Zinn.

En 1909, las trabajadoras de ropa, en Estados Unidos, promovieron una huelga general, con la muy significativa participación de mujeres negras. Sin embargo, las penosas condiciones laborales no cambiaron y, al contrario, se agudizaron en todas las fábricas. En 1911, en la Compañía Triangle, que cerraba sus puertas con pestillo a fin de vigilar y controlar a sus empleados, un incendio causó la muerte de 146 trabajadores, en su mayoría obreras. En Broadway marcharon cien mil personas en honor a los sacrificados por las bárbaras condiciones del capitalismo.


Tantos atropellos contra las obreras, en especial en las fábricas estadounidenses, motivaron a que, en la celebración de la Segunda Conferencia de Mujeres Socialistas, en Copenhague, se declarara el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, gracias a una moción propuesta por la dirigente Clara Zetkin. Esta fecha, atravesada por inmensos sacrificios de las obreras, por su sangre y su sudor y sus lágrimas, se oficializó en el mundo por las Naciones Unidas, en 1975, con el nombre de Día Internacional de la Mujer.

La conmemoración del 8 de marzo es un ejercicio de historia del maltrato, de la persecución, discriminación y otras explotaciones a las mujeres, en especial a las trabajadoras de aquí y de allá. En Colombia, las obreras abrieron un camino de reivindicaciones en febrero y marzo de 1920, cuando cuatrocientas señoritas de la Fábrica de Tejidos de Bello realizaron la primera huelga (estrenaron el derecho de huelga, aprobado en 1919) en el país. Betsabé Espinal se erigió como el faro de aquel glorioso movimiento de “virgencitas rebeldes”, de Juanas de Arco a la colombiana, como las calificaron reporteros de la época.


El Día Internacional de la Mujer es la memoria de numerosas lides de trabajadoras en el mundo que, con su heroísmo y capacidad de lucha, portando el fardo de las discriminaciones, se levantaron contra las imposiciones y atropellos de los dueños de las fábricas. No es una fecha baladí ni un día comercial, como se ha querido imponer desde hace tiempos, con un intento, tanto oficial como de otros sectores, de descontextualizar y borrar las intrépidas faenas de las mujeres por su dignidad y la conquista de derechos dentro y fuera de las factorías.
Todo lo que al capitalismo le huela a disturbios, a revoluciones sociales, a transformaciones del sistema de producción, lo oculta, lo censura, lo combate, lo ridiculiza. Y, además, lo vuelve una mercancía más del mercado, le borra la historia y deja solo excrecencias que pueden venderse, que producen plusvalías. Así se ha banalizado el Día Internacional de los Derechos de la Mujer. Se volvió un bazar, una recocha sin contextos históricos ni políticos.
El 8 de marzo es una jornada universal para saber un poco más sobre Rosa Luxemburgo, María Cano, Nadia Krupskaya, Betsabé Espinal y sobre las obreras incineradas en fábricas de ropas y tejidos; sobre las sufragistas, sobre las Madres de Soacha, sobre las Madres de Mayo… No es una celebración de pétalos y bombones, sino una conmemoración para caminar de la mano de la historia y de las utopías.

Reinaldo Spitaletta, 6 de marzo de 2026
Editado por Tlaxcala