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Todos (o por lo menos, la mayoría) deberíamos ser palestinos, no para que nos arrasen con bombas y cañonazos, ni nos expulsen de nuestro territorio, o nos hagan perecer de hambre, sino para que el mundo, o parte de él, sienta que la tragedia de un pueblo nos debe conmover a todos, bueno, o a casi todos, excepto a desalmados opresores como Donald Trump o Benjamín Netanyahu. Todos deberíamos ser niños y niñas palestinos, ajá, pero, insisto, no para que nos saquen los ojos, o nos dejen paralíticos, o nos depreden y pisoteen y quemen, sino para que algún día haya una canción de cuna que nos haga despertar en otra dimensión de la dignidad, la independencia y la libertad.
Si fuéramos palestinos podríamos enterarnos de cómo en 1948, y desde antes, de aquellos lugares que habitábamos con la historia nos desalojaron en un proceso violento que se ha llamado la Nakba, la Catástrofe. Por supuesto, se dirá, no hay que ser palestino para saber de aquellas humillaciones, desalojos y de un largo exilio. Podríamos ser, con cierta simpleza, exploradores de historias que casi siempre nos camuflan, ocultan, disfrazan o dejan, por disímiles motivos, de interesarnos. Se extravían en periódicos y revistas de una sola visión. O se borran. Asuntos de censura y de otros intereses tenebrosos.
Vamos a mirar desde estas geografías lejanas (por ejemplo, desde Colombia), donde no escuchamos los bombardeos, ni sentimos el desesperado llanto de infantes desahuciados por los invasores, las secuelas de la devastación. Hospitales destruidos, casas demolidas, el llanto de las madres frente a sus hijos atravesados por todas las muertes y todas las calamidades. Claro, también, en medio de la debacle producida por las arrasadoras llamas israelíes, se podrán ver, no sin estupor, cadáveres de reporteros, cuya única misión era la de hablar de los infantes muertos, de los infantes asesinados.
Pudiéramos, por ejemplo, cerrar los ojos y escuchar la íntima voz de algún poeta muerto: “Cadáveres anónimos. / Ningún olvido los reúne, / Ningún recuerdo los separa…/ Olvidados en la hierba invernal / Sobre la vía pública, / Entre dos largos relatos de bravura / Y sufrimiento”. Son palabras de Mahmud Darwish. O estos versos, de Fadwa Tuqan, de su poema La llamada de la tierra: “¿Me han usurpado mi tierra? / ¿Me han privado de mis derechos,
y me voy a quedar aquí, uncido al exilio, / humillado y desnudo?”.
Claro que cualquiera podría, asimismo, preguntarse para qué diablos quiere ser uno palestino, para vivir sin vivir, para estar siempre caminando sobre el filo de la navaja; no se justifica estar en una tierra que ha sido cercenada, ultrajada, en la que se practica de parte de un ocupante, la “limpieza étnica”, una especie de feroz apartheid, de operaciones rastrillo, de persecuciones sin pausa. O para solo ver y sentir el llanto luctuoso de los olivos.
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Vamos a declarar, como si fuera una primera vez, que ser palestino no solo es triste y trágico, sino, de un modo que puede superar cualquier modalidad del espanto, muy horrible. ¡Horrible! En estado de sumisión obligatoria, de aplastamiento por las botas militares enemigas, de víctima de los que antes fueron víctimas, como lo dijo alguna vez Edward Said. Es estar despojado del territorio, de la cultura, del hábitat, por poner una fecha referencial, desde 1948, cuando advino el arrasamiento, la desaparición forzada de aldeas, cuando llegó la violación. Qué tal será no poder representarse a sí mismo, vivir solo mediante la negación israelí con la criminal complicidad y dirección de Estados Unidos. “Nos quieren muertos o exiliados”, declaró alguna vez Said, autor, entre otros libros, de La cuestión palestina.
El 15 de mayo de 1948, que puede referenciarse como el inicio del infierno, el prólogo de todas las pestes, incluida la del olvido, una comunidad, un pueblo entero fue arrojado “a la intemperie del exilio de la historia”. Lo cercenaron. Lo escindieron. Le apagaron la voz, pese a que los palestinos continuaron gritando y luchando por la memoria, por el derecho inalienable al territorio, a la vivienda, a la lengua, a tener un lugar en el mundo.
“La guerra de 1948, que condujo a la implantación del Estado de Israel, tuvo como consecuencia, también la devastación de Palestina”, se dice en el libro Nakba, Palestina, 1948, y los reclamos de la memoria, editado por los intelectuales palestinos Ahmad H. Saadi y Lila Abu-Lughod, que incluye ensayos sobre La violación de Qula, una aldea palestina destruida (y sobre la violación de parte del ejército israelí de mujeres palestinas), recuerdos de aldeas palestinas de antes de 1948, Las mujeres y las historias de la Nakba, entre otros temas. En todas esas voces se corea, no sin dolor, la búsqueda de un lugar en “el banco mundial de la memoria”, del cual el pueblo palestino ha sido excluido por el imperialismo estadounidense y sus secuaces, en particular de la OTAN, de una significativa parte de Europa.
Para Israel, Palestina es “un pueblo descartable”, sobre el cual hay que practicar, como lo han hecho desde 1948, limpieza étnica, represión permanente, ocupación humillante, masacres de refugiados, aniquilación de la memoria… Como lo dijo, en 2002, José Saramago: “Israel es rentista del holocausto”. Los que fueron víctimas propiciatorias del nazismo, hoy, y desde hace rato, se erigieron en verdugos y perseguidores desalmados del pueblo palestino, o de lo que queda de él, sometido a infinitos improperios y aniquilaciones.

Sobre Palestina, y contra Palestina, como ha sido palpable, también se ha abatido un colonialismo intelectual, en razón del cual solo se aprecia la perspectiva dominante de los colonizadores, la mirada soslayada de los que antes fueron víctimas y ahora son victimarios, de crueldad y desbocada capacidad destructiva, como en los tiempos aciagos de la Segunda Guerra Mundial lo fueron los nazis. Puede ser, como se podría decir en aras de no incurrir en suavizaciones, muy fuerte (o tal vez desproporcionada) la comparación. La realidad, pese a todas las censuras y cortapisas informativas por el dominio monopólico de los medios de comunicación occidentales, nos indica que se trata de un genocidio de Israel contra los palestinos.
Solo por recordar, evidenciemos que más del ochenta por ciento de los palestinos que habitaban en la parte más grande de Palestina sobre la cual se estableció Israel a partir de 1948 (más del 77% del territorio palestino) pasaron a tener la desgraciada condición de refugiados, con todas las desventuras y tristezas que eso implica. En la novela Judas, del israelí Amos Oz, se lee en una consigna pintada en un muro del barrio Mekor Baruch, en Jerusalén: “Los sionistas continúan las acciones de Hitler, desaparezca su nombre de la faz de la tierra”. En esa misma obra se advierte que árabes y judíos han sido víctimas de la Europa cristiana, “¿acaso no existe una profunda base histórica para que haya una relación de empatía y de entendimiento entre ellos?”, se pregunta el personaje Shaltiel Abravanel.
Claro que eso del “entendimiento” y la “empatía” se quedó en el deseo. El poder inconmensurable de Washington ha sido uno de los factores distanciadores y de saboteo sistemático de un presunto “entendimiento”. Israel es una avanzada, una prolongación de los intereses económicos y políticos yanquis en el Medio Oriente. La historia contemporánea de los palestinos se fracturó en 1948, cuando desaparecieron de los mapas, de los diccionarios, de las referencias geográficas, cuando se les despojó de una trayectoria vital. Se comenzó a insistir con malevolencia y táctica de vencedores que “el pueblo palestino no existe”, como lo declaró hace tiempos Golda Meir.
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En un extenso tramo del siglo XX, la región de Palestina estuvo sometida por el colonialismo occidental, en particular por el inglés. Después de la Segunda Guerra, la ONU, en un rapaz despojo a los palestinos, dividió en dos partes el territorio a partir de 1947. A los palestinos ni siquiera se les consultó. La franja quedó escindida y a lo que sería Israel se le concedió una significativa porción territorial. Desde entonces, como en una especie de apocalíptica situación, los palestinos han estado sometidos a la diáspora, a la persecución implacable, a buscar refugio en otros países árabes, a ser considerados terroristas, y a soportar la ocupación y una suerte de violenta discriminación de parte de Israel.

Este último país, Estado al que se denomina judío, se erigió en más del 78 por ciento del territorio histórico palestino, incluso en una flagrante violación de la ya de por sí injusta resolución 181 de las Naciones Unidas relativa a la división de aquella región. Y desde 1947, los palestinos, en una inacabable condición de sometimiento, han sido vapuleados por toda clase de ignominias, masacres, desafueros y desgracias de parte del aliado clave de los Estados Unidos en el Medio Oriente.
En 2002, el escritor y crítico literario Edward Said, decía en una columna titulada Lo que ha hecho Israel, en la que denunciaba innumerables atropellos contra los palestinos, que a estos últimos un formidable aparato de “propaganda negra”, manipulada, los señaló solo como terroristas y no como defensores de un territorio al que tienen derecho. Y ese aparato de desinformación —agregaba Said— “ha permitido al ejército de Israel y a su flota de escritores y defensores eliminar una historia terrible de sufrimientos y malos tratos para destruir con impunidad la existencia civil del pueblo palestino”. La propaganda israelí-estadounidense ha desaparecido de la memoria la destrucción de la sociedad palestina y la configuración de un pueblo al que despojaron de su territorio.
Después del atentado de Hamás (organización terrorista estimulada por Israel en otros tiempos para sabotear el influjo de la OLP, de Yasser Arafat) del 7 de octubre de 2023, y con las nuevas perspectivas del gobierno estadounidense presidido por Trump, en la Franja de Gaza, ahora arrasada por las tropas sanguinarias de Netanyahu, se ha configurado toda una radiografía del genocidio. Hoy, y desde aquellos días de 2023, el foco israelí-estadounidense es la población civil de Gaza, o, como se ha dicho, lo poco que queda de ella.
Lo que se aprecia en informes internacionales, y lo que la censura permite ver, o lo que se cuela por medios alternativos e independientes, es toda una muestra deshumanizada de un genocidio perpetrado por Estados Unidos e Israel en esa martirizada zona, que, según Trump, se convertirá en un balneario para los magnates internacionales, para que allí, bajo un enorme cementerio, o lo que se erigió como nuevo campo de concentración, disfruten de sus plusvalías infinitas. Lo que ha practicado Israel en Gaza ya no corresponde, como se decía, al “derecho a la legítima defensa”. Al contrario, es la violación de todos los derechos del pueblo palestino y se trata de una sistemática destrucción hasta borrar del panorama a la población gazatí.

Ya no hay duda acerca de lo que Israel está ocasionando en Gaza: es un genocidio. Así lo han visto, por ejemplo, miembros del Instituto de Judaísmo Contemporáneo de la Universidad Hebrea, como Amos Goldberg y Daniel Blatam: “No hay un Auschwitz ni Treblinka, pero es un crimen de la misma familia: un crimen de genocidio”. En este conflicto, de profunda asimetría, de premeditación infame de una superpotencia y su aliado en Medio Oriente, se ha configurado un crimen de lesa humanidad, un exterminio de una cultura, de un pueblo, de miles de víctimas.
El director de orquesta y pianista argentino-israelí Daniel Barenboim dijo el año pasado que “los despreciables terroristas de Hamás no representan en conjunto al pueblo palestino” y que “Israel no tiene derecho a erradicar, matar de hambre y desplazar a un pueblo entero en el proceso”. A su vez, Michael Barenboim, violinista e hijo del célebre director, declaró que Israel, frente a Gaza, “está cometiendo uno de los crímenes más terribles de nuestro tiempo”. Y, en efecto, lo demuestran los miles de víctimas de las incursiones israelíes en Gaza sobre la que continúan lloviendo las bombas y sobre la que existe un “estado de sitio” que mata, ya no de bala, que también, ni de cañonazos, que continúan con sus estallidos de muerte, a los habitantes de esta zona, sino de hambre. El hambre consume a los niños de Gaza, los tortura, los degrada, les cercena la infancia para siempre, la misma que no han podido ejercer por los ataques sin pausa y sin piedad. Es un genocidio. Pese a todo, o precisamente por ello, hay que seguir hablando de Palestina, y cantando a los muertos y heridos y desvalidos. Quién lo creyera, después de tantas ignominias: ¡Palestina vive!