Se nos va Serrat

Serrat se despide y nos sigue recordando que aquel tiempo de alegría “era jugar con el viento / Era una sonrisa a tiempo”.

Ese man es como de la casa. Lo escuchamos desde nuestra ya remota juventud con sus vagabundeos y sus preguntas al mundo, con su guitarra y su vino, con sus “Quelle piccole cose”, como también canta en italiano la electrizante pieza que habla de pequeñas cosas que “uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia”. Hay canciones suyas que nos recrearon memorias de “barquitos de papel, sin nombre, sin timón y sin bandera”, que naufragaban en la esquina, y de palabras de amor, “sueños de poetas / a los 15 años no se saben más”.

« Cuando el catalán (que hay que acordarse cómo tuvo problemas con Franco por cantar en su lengua) anunció su despedida de los escenarios, algo se quebró en la historia de los que, como está dicho, lo hemos considerado tan de la casa » – Reinaldo Spitaletta.

La infancia es la única patria. Eso han declarado poetas, como Rilke, por ejemplo. Y este señor, ya mayor, que ahora, tras más de medio siglo de recitales, grabaciones, presentaciones, composiciones, ha dicho que en 2022 hará la “gira de su adiós”, se nos volvió familiar. Como un tío (¿puede ser el tío Alberto?), como un jubilado con esplendores que nunca se ha ido del barrio.

Tal vez algunos pelados de estas Américas fogosas y arrasadas supieron por primera vez de poetas como Miguel Hernández, León Felipe, Antonio Machado, y de más cercanos como Benedetti, por las interpretaciones de Serrat. Quizá algunos de nosotros nos involucramos en el Mediterráneo, el “Marenostrum”, por esa canción necesaria que va de Algeciras a Estambul y nos conecta con la niñez y con la muerte.

El Mediterráneo, que es como “una mujer perfumadita de brea” y que ha sido la tumba de miles de emigrantes, se prolonga en su eternidad en la voz de Serrat. En efecto, este señor ha sido como de la familia. Se escuchaba en aquellas deslumbrantes radiolas y servía para hacer pequeñas serenatas a la vecina, que también tenía atractivos: “Ese con quien sueña su hija, / Ese ladrón que os desvalija / De su amor, soy yo, señora”.

En aquellos días de juventud, las canciones de Serrat servían para tantas cosas del alma y de otros ámbitos. Para dolerse por el golpe militar a Allende, por los desaparecidos argentinos y por aquel “niño silvestre, lustrabotas y ratero”. “Qué sería de mí sin América Latina”, dijo Serrat en reciente entrevista en S, de España. Como también se pudiera decir qué sería de nosotros sin su Fiesta, sin la soledad de Lucía, sin la nostalgia por los cines idos —sobre un cuento de Juan Marsé—, de los cuales ya ni fantasmas quedan.

Cuando el catalán (que hay que acordarse cómo tuvo problemas con Franco por cantar en su lengua) anunció su despedida de los escenarios, algo se quebró en la historia de los que, como está dicho, lo hemos considerado “tan de la casa”. El cantautor se va, pero se queda. “Me despediré, y ya no volveré a tocar. Volveré a los sitios, saludaré, comeré, pero ya no volveré a los escenarios”.

Representante de la denominada mesomúsica (entre lo clásico y lo popular), Serrat ha cultivado palabras y melodías que siguen cosechando adeptos. Pertenece a varias generaciones. Su arte se ha prolongado en una transmisión cultural de abuelos a nietos. Nos dio una visión de los sicarios del mal, de esos que “Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz / Y juegan con cosas que no tienen repuesto”.

Un periodista hispano-alemán, Ricardo Bada, dice con guasa que Serrat es “el Julio Iglesias de la izquierda”. En cualquier caso, el catalán, el de los pueblos blancos y el de la ciudad final en el periplo de don Quijote y Sancho, es un artista. Es, como lo dijo alguien evocando un personaje de Rudyard Kipling, “el amigo de todos”. Y su herencia es una bella combinación de música y literatura.

“Acaso no hacemos otra cosa que soñar con la niñez, que debe ser el único tiempo feliz de nuestra vida”, ha dicho el cantor, que en su repertorio también ha incluido a los derrotados. Serrat se despide y nos sigue recordando que aquel tiempo de alegría “era jugar con el viento / Era una sonrisa a tiempo”.

Desde aquellos días de batallas estudiantiles, de París 68, de las tumultuosas declaraciones juveniles contra la invasión estadounidense a Vietnam, de la invasión soviética a Chescoslovaquia para aplastar la “primavera de Praga”, desde la matanza de Tlatelolco y el hombre en la luna, hasta ahora, en que sigue escuchándose esa voz sin potencia, pero convincente, de Joan Manuel Serrat, el mundo ha cambiado mucho, pero, en esencia, quizá poco.

Se cayó el muro de Berlín, se terminó la Unión Soviética, apareció el desastroso neoliberalismo, se desplomaron las Torres Gemelas, llegaron pestes y epidemias, sida y hambrunas, más guerras y despojos, pero la voz del juglar catalán, el mismo que se enfrentó a la dictadura franquista, continúa escuchándose por aquí y por allá. Tiene que haber no solo un enorme talento, sino una interpretación de los tiempos, de las desazones humanas, de las soledades y otros desasosiegos, para continuar vigente.

Reinaldo Spitaletta para La Pluma, 7 de diciembre de 2021

Editado por María Piedad Ossaba

Joan Manuel Serrat

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