Domingo Cavallo: auge y caída del padre de la crisis argentina

En diciembre de 2021, a 20 años de su fatídico anuncio, aconsejó al Gobierno de Alberto Fernández apostar por un « dólar libre » para salir de la crisis económica.

El ‘superministro’ del Gobierno de Carlos Menem fue el ideólogo del ‘plan de convertibilidad’ que igualó el peso argentino al dólar durante la década de 1990 y que estalló en diciembre de 2001, cuando la deuda externa, el déficit y el desempleo provocaron una crisis que lo obligó a renunciar en su segunda etapa como cabeza de la economía argentina.
 
Domingo Cavallo | Cedoc
 
La crisis económica y social argentina que terminó de explotar en el mes de diciembre de 2001 tuvo múltiples episodios pero un rostro inolvidable: el de Juan Domingo Cavallo. El economista había ganado popularidad con su ‘Plan de Convertibilidad’ durante el Gobierno del peronista Carlos Menem (1989-1999) y regresó en 2001 cuando el presidente radical Fernando de la Rúa lo convocó de urgencia para intentar aliviar la inevitable crisis económica.
 
Nacido el 21 de julio de 1946, Cavallo se recibió de contador público con 21 años y de economista con 22. Dos años después, ya contaba con un doctorado en Economía. En 1970, cuando tenía 24 años, ya había ingresado como director del Banco de Córdoba y, poco tiempo después, ya era vicepresidente de la institución. En su provincia natal también fue subsecretario de Desarrollo.
 
Cavallo adquirió relevancia como un joven economista al punto en que, en 1982, la dictadura argentina —comandada en ese momento por el militar Roberto Eduardo Viola— lo designó como presidente del Banco Central. Si bien negó su participación, muchos lo responsabilizan por una medida que transfirió al Estado gran parte de la deuda del sector privado con bancos internacionales, disparando la deuda externa. Acabó renunciando en agosto de 1982, a menos de dos meses de haber asumido.
 
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Tras un pasaje como diputado de la nación entre 1987 y 1989, Cavallo tendría su regreso triunfal al Poder Ejecutivo. El ascenso al poder de Carlos Saúl Menem lo tuvo como su primer canciller, cargo que desempeñó entre 1989 y 1991. Es recordado por acercar a Argentina al ‘Consenso de Washington‘, las recetas económicas que EEUU promovía para los países en desarrollo, como los recortes estatales y la privatización de servicios públicos.

Cavallo, el ‘superministro’ de los 90

Sin embargo, los coletazos de la hiperinflación que había interrumpido antes de tiempo el Gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) también afectaron al de Menem. Con la intención de detener la disparada de precios y la suba del dólar, el presidente puso en el cargo a Cavallo. A dos meses de haber asumido, Cavallo sorprendió al anunciar la Ley de Convertibilidad del Austral, que establecía un tipo de cambio fijo en el cual 1 dólar estadounidense equivaldría, por ley, a 10.000 australes, la moneda en circulación en el país hasta 1991.
 
A finales de ese año, el ministro de Economía adelantó que, a partir de 1992, el austral sería sustituido por el peso, que tendría el mismo valor que el dólar. « El peso, que a partir del 1 de enero valdrá igual que el dólar, es una moneda destinada a perdurar con ese valor por muchos años; me atrevo a decir, por décadas », dijo en conferencia de prensa a finales de 1991.
 
El plan de Cavallo sería complementado por una exhaustiva política de privatizaciones, a través de la cual Argentina se desprendió de empresas públicas de energía eléctrica, telefonía, transporte y combustible, entre otras, todo supervisado por Cavallo, cuyo cargo no era solo el de ministro de Economía sino también el titular de Obras y Servicios Públicos.
 
La amplitud de funciones del economista y el éxito que sus políticas tuvieron en un primer momento para frenar la inflación consolidaron su fama local e internacional y le dieron el mote de ‘superministro’ de Menem. El reconocimiento lo llevó, poco a poco, a que su figura fuera tan importante como la del propio presidente y motivó que, ya en el segundo mandato menemista, comenzaran las disputas. Finalmente, Menem lo destituyó por sorpresa el 26 de julio de 1996, en un contexto en el cual la convertibilidad había provocado el cierre de industrias nacionales y el incremento del desempleo.
 
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A pesar de haber salido del Gobierno, Cavallo era una estrella. Su presencia en foros internacionales era habitual. En 1998 fue convocado por el presidente de Rusia, Boris Yeltsin (1991-1999), como un ‘gurú’ que llegaba para poner fin a los problemas de inflación que enfrentaba Moscú. Al regresar, el economista comparó la situación de Rusia de ese momento con la Argentina de 1989.
 
La notoriedad pública convenció a Cavallo de apostar por todo: en 1997 creó su propio partido político, Acción por la República, y se presentó a las elecciones legislativas de ese año, obteniendo el tercer lugar detrás del peronismo y la Alianza, coalición liderada por Fernando de la Rúa. Cavallo fue candidato a presidente en los comicios de 1999 pero también quedó tercero detrás de De la Rúa —quien fue electo presidente— y de Eduardo Duhalde, el candidato peronista. Un año más tarde, el exministro haría su último gran intento electoral como candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, pero también fue derrotado.

El salvador del Gobierno de De la Rúa

El Gobierno de De la Rúa no tuvo el éxito esperado. Los efectos de la convertibilidad acrecentaron la deuda externa y el déficit fiscal y el nerviosismo de los argentinos por la inestabilidad económica comenzaba a aumentar el temor por una corrida bancaria. El mes de marzo de 2001 se llevó dos ministros, primero Luis Machinea, que había iniciado el período y luego Ricardo López Murphy, que duró solo dos semanas en el cargo.
 
A pesar de que habían sido adversarios políticos, De la Rúa convocó a Cavallo y, si bien llegó a analizar colocarlo como jefe de Gabinete, lo designó como ministro de Economía. El ‘padre de la convertibilidad‘, como era conocido en el país, llegó con perfil de salvador y con demandas de atribuciones que otros ministros de Economía no habían tenido. En Argentina, la sensación era que solo el inventor del ‘uno a uno’ podría hacer frente a los problemas que había generado.