«Clase media»: mitos, usos y realidades

En lugar de asumir a priori la existencia de una clase media, importa ahora comprender los procesos sociopolíticos y/o discursivos por los que, en contextos específicos, se recorta una «clase media».

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La categoría «clase media» siempre fue esquiva para las ciencias sociales. ¿Es realmente una noción científica o es, más bien, un término ideológico, un mero eslogan político? No se trata tanto de desechar el concepto como de dejar de asumir a priori la existencia de una clase media y de tratar de comprender los procesos sociopolíticos y/o discursivos por los que, en contextos específicos, se recorta una «clase media».

Hace algunos años reflexioné en Nueva Sociedad sobre los malos usos académicos de la categoría «clase media» 1. ¿Es realmente una noción científica o se trata, más bien, de un término ideológico, un mero eslogan político? La expresión «clase media» tiene una carga ideológica que se activa cada vez que se la emplea. Forma parte de una formación metafórica muy antigua que se ha vuelto sentido común, por la cual la sociedad aparece comprendida según los términos del mundo físico, como si tuviera un volumen del que pudieran distinguirse un arriba, un medio y un abajo. A su vez, esa imagen mental se asocia a los presupuestos de la doctrina moral del justo medio, por la que el lugar intermedio aparece como locus de la moderación y la virtud (por oposición a los extremos de la pobreza y la riqueza exagerada, que serían sitio del vicio y del exceso que amenazan el equilibrio social). La tradición liberal sacó provecho de esa operación metafórica de diversas maneras, tanto para plantear visiones de lo social como un todo armónico como para reclamar prioridad para la burguesía y desacreditar las visiones políticas clasistas. También asoció esas nociones a la narrativa de la excepcionalidad europea, según la cual Europa es la «cuna de la civilización» precisamente por haber dado nacimiento, también, a una clase media independiente y racional, motor del progreso capitalista y, a la vez, garante de la estabilidad democrática.

Junto a ese sesgo ideológico, que lleva a dudar de su utilización científica, están también las dificultades metodológicas. La falta de rigor en el uso de la categoría «clase media» es bastante habitual. En un sinnúmero de investigaciones académicas funciona como una mera categoría residual. Su contenido queda delimitado menos por la propia unidad y consistencia del conjunto de personas que agrupa que por los bordes de otras clases sociales de las que sí existen criterios objetivos de definición más o menos acordados. ¿Quiénes serían de «clase media»? Todas aquellas categorías ocupacionales que no se consideran típicamente de clase baja (restando el puñado de las que son propias de la clase alta) o los niveles de ingreso que no son ni muy altos ni extremadamente bajos. Y cabe entonces la pregunta: ¿qué elementos permiten afirmar que toda esa numerosa zona de la sociedad conforma una clase? ¿No podría ser el caso que sus miembros se agruparan como dos o tres clases diferentes, o que no se agruparan como clase en absoluto? Pocos investigadores suelen detenerse a analizar esa cuestión. La clase media parece tener una existencia tan obvia que no requiere demostración.

Las definiciones «objetivas» y sus problemas

No han faltado, sin embargo, los intentos de establecer definiciones objetivas de la clase media apoyadas en rasgos sustantivos que, supuestamente, le darían consistencia. El principal desafío que enfrentan es el de la extrema heterogeneidad de las categorías ocupacionales a las que, de este modo, se busca conceptualizar como una clase. ¿Qué rasgos sustantivos podrían compartir grupos tan disímiles como los de los comerciantes al menudeo, los pequeños productores (urbanos y rurales), los empleados de cuello blanco, los técnicos y cuadros directivos, los profesionales independientes? Sin duda, deberían ser rasgos lo suficientemente generales como para agruparlos a todos, pero a la vez lo suficientemente específicos como para que los distinguieran tanto de la clase inferior como de la superior. La tradición sociológica ha reconocido de diversas formas el escollo y, en consecuencia, ha ensayado distintas maneras de salvarlo, proponiendo sofisticadas argumentaciones teóricas, ofreciendo diferentes variantes de desagregación (clase media «vieja»/«nueva» o «alta»/«baja») o, incluso, rótulos alternativos para agrupar como clase a algunas partes pero no a otras («clase profesional-gerencial», «clase de servicios»). Otros, finalmente, se rindieron ante la dificultad, constatando que los sectores que por lo general se agrupan dentro de la categoría de «clase media» en verdad están «disgregados» o «astillados», por lo que debe considerárselos estamentos diferentes. Todas estas discusiones son bien conocidas y no tendremos ocasión de exponerlas aquí en detalle2.

Conviene sin embargo detenerse un momento en uno de los intentos más logrados de otorgar consistencia sociológica al conglomerado de los sectores de referencia. En su monumental obra Las fuentes del poder social ii (1993), el sociólogo británico Michael Mann sostiene que la «clase media» no solo existe como tal, sino que desempeña un papel central en la vida social desde el siglo xix como baluarte del capitalismo y del Estado liberal. Su carácter «segmental» está reconocido desde el comienzo. Para Mann, su posición de clase está definida por tres factores socioeconómicos diferentes: la propiedad (que recorta el segmento de la pequeña burguesía al frente de pequeños y medianos negocios), las posiciones jerárquicas que requieren las corporaciones privadas y la burocracia estatal (que delinea el mundo de los empleados de carrera) y las profesiones que el Estado licencia como tales (dominio de los profesionales universitarios). Ahora, si está claro por qué cada segmento tiene una lógica propia, menos evidente resulta por qué considerarlas parte de una y la misma clase. La demostración de Mann se apoya aquí en tres argumentos. En primer lugar, cada segmento ofrece canales de promoción que conectan a las categorías más bajas con las más altas e imbuyen así a todas de un ethos en común (precisamente, la aspiración al ascenso). En segundo lugar, los tres segmentos compartirían pautas de consumo específicas. Por último, los tres también tendrían la capacidad económica suficiente como para convertir parte de su renta en capital, mediante la realización de pequeñas inversiones. Tal «participación intermedia segmental en las jerarquías del capitalismo y del Estado-nación» configuraría el lugar específico de la clase media3.

Mirado el argumento más de cerca, sin embargo, no queda claro que las dinámicas invocadas aseguren la unidad de los tres segmentos. Tomemos el argumento del ethos del ascenso. Entre los empleados de carrera, efectivamente tiene un lugar central que da cohesión a todo el segmento, configurando prácticas y expectativas que son claramente diferentes de las que operan en el mundo popular o en el de la clase alta. En alguna medida esto podría hacerse extensivo a los profesionales, pero resulta mucho menos evidente para el mundo de la pequeña burguesía: sus aspiraciones de ascenso a través de la acumulación de capital y ampliación de sus negocios, en todo caso, no serían diferentes de las de la gran burguesía (el ethos compartido sería en ese caso el de la clase alta más que el de los empleados de carrera). Tampoco hay evidencia clara de que los canales de movilidad ascendente dentro de cada segmento tengan su correlato en la posibilidad intensa de desplazamientos horizontales (entre segmentos). Además, las posibilidades (y aspiraciones) de ascenso desde ocupaciones de trabajo manual hacia los escalones más bajos del empleo de cuello blanco e incluso del pequeño negocio independiente no son empíricamente desdeñables, de modo que el argumento de la especificidad del ethos se desdibuja. Por su parte, el segundo argumento –el de las pautas de consumo– es de alcances limitados, toda vez que el propio Mann reconoce que la clase obrera ha emulado las que alguna vez pudieron ser privativas de la clase media. Quedaría en pie solo la tercera apoyatura, la de la capacidad de inversión. Para esta, sin embargo, se aplica la prevención de nuestro apartado anterior: más que recortar nítidamente fronteras de clase, la posibilidad de reinvertir alguna parte de la renta está desigualmente distribuida según un «gradiente de clase» que no marca fronteras por sí solo. En fin, a pesar de la sofisticación conceptual, «clase media» sigue funcionando en la obra de Mann como una categoría residual sobre la que luego se proyecta una serie de atributos políticos o actitudinales (como los de ser baluarte de la democracia liberal y leal sostén del capitalismo).

A estas dificultades, además, deberían agregarse las que añaden las dimensiones de género y de raza. El argumento sobre los canales de movilidad ascendente y el ethos que de ellos se derivaría suele ser central en los intentos de definición de la clase media como categoría objetiva. La evidencia empírica, sin embargo, ha mostrado que los sentidos asociados a la pertenencia a una categoría ocupacional considerada «de clase media» y las oportunidades de ascenso que se abren con ella no son iguales para todos. La posibilidad de escalar posiciones a partir de un empleo de cuello blanco suele ser bastante menor para las mujeres; incluso cuando estas ascienden a altos puestos de carrera o gerenciales, lo hacen en nichos de especialización que no suponen gran poder de decisión y mando sobre otras personas (a diferencia de los que ocupan los varones)4. Frente a esta evidencia, la consistencia de las definiciones «objetivas» (e implícitamente masculinas) de clase media siempre podía salvarse apelando a la noción de «clase conyugal», aunque todavía estuviéramos dejando fuera a las mujeres que no están en pareja con varones. Pero las complicaciones reaparecen con más fuerza cuando se introduce la dimensión étnica. Desde la década de 1980 los sociólogos notaron, en los países desarrollados, la presencia estadísticamente visible de no blancos en posiciones tradicionalmente consideradas de clase media. Al igual que las mujeres, cuando se trataba de empleos de carrera las perspectivas de ascenso de los de origen africano o asiático eran bastante menores que las de los blancos; además, allí donde llegaban a posiciones gerenciales –por lo general, en nichos de especialización sin mando sobre personas– su situación era más vulnerable. Por otra parte, por ejemplo, en el caso de Reino Unido, se ha documentado que los asiáticos acceden a la propiedad de un negocio o al autoempleo en proporciones incluso mayores que los blancos. Se trata de estrategias de autoafirmación social que sin duda suponen un ascenso; sin embargo, el tamaño de sus negocios solía ser menor, menores sus perspectivas de crecimiento, y el autoempleo con frecuencia ocultaba intensas formas de autoexplotación. ¿Pertenece realmente a la «clase media» esa porción de no blancos en ascenso? Su elevación no parece haber sido a una clase media unificada, sino más bien a ciertos nichos en los que continúan operando dinámicas racializadoras que limitan las posibilidades futuras. Por otra parte, los estudios demostraron la persistencia de patrones de identificación cultural que los dividían de sus supuestos «pares» blancos. En fin, así es como la definición de «clase media» la presupone implícitamente masculina y también la considera blanca por omisión5.

En vista de las limitaciones reseñadas, ¿es posible utilizar con provecho la categoría de «clase media», desde este tipo de abordajes «objetivos», para los estudios históricos? ¿Es verdaderamente útil partir de un conjunto de categorías ocupacionales definido a priori como criterio suficiente para la delimitación de una clase a la que luego se supondrá un sujeto histórico con rasgos propios?

Definiciones «objetivas» en la transposición historiográfica

La utilización historiográfica del concepto de clase media ha compartido, en buena medida, los rasgos que acabamos de describir. Antes de la profunda renovación que comenzó hace un par de décadas –de ella me ocuparé más adelante en este artículo–, los historiadores solían construir su objeto de estudio a partir de la agrupación a priori de una serie de categorías ocupacionales, que se suponía que encarnaban determinados procesos históricos, tales como la modernización y la democratización (aunque también hubo trabajos que la relacionaban con otros menos auspiciosos, como el ascenso del fascismo u otras formas de autoritarismo).

Un buen ejemplo es el trabajo del historiador alemán Jürgen Kocka, quien fuera considerado el máximo especialista en la cuestión. Como fruto de una larga carrera de investigaciones empíricas, en 1995 ofreció una síntesis general sobre la formación de la clase media, un proceso que localizaba en la Europa de los siglos xviii y xix. En la definición de Kocka, esa clase quedaba compuesta inicialmente por todos los habitantes del mundo urbano que no pertenecían ni a la nobleza ni al pueblo: mercaderes, fabricantes, banqueros, capitalistas, empresarios, gerentes y rentistas; también los intelectuales, profesionales, sacerdotes, científicos, profesores, académicos y gente de letras, incluyendo todos aquellos que se desempeñaran como cuadros administrativos de las burocracias estatales y privadas. Ese sería el núcleo básico de la clase media «propiamente dicha», bajo el cual el historiador reconocía la existencia de una «clase media-baja» formada por empleados de cuello blanco de poca monta y por la pequeña burguesía, ya en los márgenes difusos con el mundo del bajo pueblo. La consistencia de este grupo tan heterogéneo quedaba demostrada, según Kocka, de dos maneras. Para empezar, por un análisis relacional: esta clase se recortó como tal en el enfrentamiento que habría mantenido con otras dos clases, primeramente, contra los privilegios de la nobleza y más tarde contra la posición antagónica que representaba la clase trabajadora. En segundo lugar, la cohesión vino dada por el desarrollo de una verdadera cultura de clase distintiva, que compartían todas las familias de la clase media independientemente de su ocupación y rango. Esta cultura quedaba definida por rasgos tales como el «respeto por los logros individuales» como fuente de las recompensas a las que uno se creyera con derecho; una «actitud positiva hacia el trabajo regular»; la «propensión a la racionalidad y el control de las emociones»; un «poderoso deseo de independencia»; la fuerte valoración de la educación; un «ideal de vida familiar» basado en lazos emocionales, la división estricta de los roles de género y la autoridad del paterfamilias, entre otros elementos.

Tanto por sus enfrentamientos políticos como por esa cultura específica, la clase media estuvo llamada a desempeñar un papel fundamental en la historia: fue ella la que forjó la visión de esa «sociedad civil» ilustrada, poscorporativa, autorregulada, secularizada, en fin, «moderna», que reemplazó a las sociedades del Antiguo Régimen. Para Kocka, hay una «afinidad básica» entre esta cultura generada por la clase media y el liberalismo como proyecto político. Ambos son a la vez producto y motor de la excepcionalidad europea: solo en el Viejo Continente se dio la especialísima «constelación histórica» que permitió el florecimiento de un grupo social que, a su vez, garantizó el progreso único de esa región. El siglo xx, de hecho, significó la victoria final de la clase media: la cultura que ella había forjado cuando representaba apenas 5% de la población se terminó difundiendo más allá de sus fronteras geográficas y de clase iniciales, imbuyendo de sus valores y estilos la sociedad toda. En el mundo posclasista en el que, según Kocka, hoy vivimos, de hecho la clase media ha perdido su sentido de identidad específico porque sus adversarios ya no existen; la sociedad entera pasó a ser de clase media (culturalmente hablando)6. En esta conclusión, la visión de Kocka coincide con la de Mann.

Vista de cerca, la argumentación de Kocka no carece de problemas. El primero es el de la periodización. ¿Por qué la formación de la «clase media» recién comenzaría avanzado el siglo xviii? Después de todo, desde mucho tiempo antes existían en las ciudades europeas cantidades apreciables de mercaderes, rentistas, profesionales, sacerdotes, etc., junto con una tradición de luchas por la autonomía urbana contra los poderes de la nobleza. La elección del punto de partida en verdad deriva de una premisa implícita: que existe una relación intrínseca entre «clase media» y «modernidad», por lo que la primera es impensable sin la segunda. Sin embargo, la evidencia empírica no apoya esa premisa. Del estudio de las pautas culturales de los empresarios, rentistas, banqueros o fabricantes en la Francia del siglo xix, por caso, no se desprende que la «secularización» u otros talantes «voltairianos» estuvieran entre ellas. Por el contrario, como demostró Carol Harrison, la educación religiosa de los hijos y la religiosidad activa de las mujeres continuaron siendo fuertes mandatos familiares en esos círculos7. Igualmente mitológica resulta la oposición social y política de esos grupos respecto de la nobleza. Por el contrario, como reconoce el propio Kocka, la evidencia empírica muestra fuertes tendencias a la «feudalización» (por adquisición de títulos y tierras y por emulación de pautas de conducta y criterios de prestigio). En el escenario europeo, antes que el conflicto de intereses, más bien tendió a ser la regla la imbricación entre la clase nobiliaria y la elite de los negocios8. Por último, otros rasgos culturales atribuidos por Kocka a la clase media en verdad no son específicos de ese medio social, sino parte de procesos más generales que también involucraron a las demás clases. Por caso, Norbert Elias ha mostrado en su clásico estudio que el «control de las emociones» formó parte de un proceso de «civilización» que se originó en la sociedad cortesana y desde allí fue penetrando hacia abajo, extendiendo sus dominios incluso entre los trabajadores9. Finalmente otros rasgos, como el «deseo de independencia», difícilmente puedan probarse ausentes en las clases altas o las bajas.

En fin, como en el estudio de Mann, la comprobación de la existencia histórica de una «clase media» descansa en el agrupamiento apriorístico de una serie de categorías ocupacionales de las que no se demuestran elementos compartidos que, a la vez, marquen una frontera de distinción respecto de otros sectores sociales. La aparente consistencia de la clase procede de la atribución de rasgos culturales o misiones históricas que o bien no posee en absoluto, o bien están solo presentes en alguna de las categorías ocupacionales agrupadas pero no en las demás, o bien, por último, son compartidos por grupos de las clases alta o baja.

La asunción de la existencia de una «clase media» con suficiente homogeneidad como para actuar como un verdadero sujeto político de manera similar en diversas naciones también ha formado parte de enunciados referidos a la historia del siglo xx. Inicialmente desde el campo de la política y luego desde el de la sociología, a partir de la década de 1930 ganó terreno la noción de que la «clase media» habría sido la base de apoyo fundamental de los movimientos fascistas europeos o de la derecha radical en otras regiones. El argumento apareció primeramente entre los socialdemócratas alemanes y entre algunos republicanos en Italia: el fascismo sería una reacción defensiva de los sectores medios, que abrazan el autoritarismo por temor al avance político del proletariado, en un contexto en el que también su bienestar se halla en peligro por la presión del gran capital. La Internacional Comunista, en cambio, consideró a ese movimiento una expresión del gran capital, pero de cualquier manera varios de sus principales teóricos argumentaron que la pequeña burguesía fungía como su base social. La sociología –en especial la norteamericana– retomó y refinó el argumento a partir de los años 30 y con más visibilidad en la segunda posguerra. Seymour Martin Lipset, por ejemplo, desarrolló la idea del fascismo y otras formas de extremismo reaccionario como efecto de un «pánico de estatus» que experimentarían los sectores medios (en especial los más bajos), al ver que sus ingresos se van acercando a los de los trabajadores y que el movimiento obrero crece a expensas de su ascendente político. En ese tipo de situaciones, los sectores medios abrazarían ideologías antiliberales de derecha, con la ilusión de restaurar así una jerarquía social que se percibe amenazada. Algunos historiadores, como David Saposs, desarrollaron argumentaciones similares10.

Sin embargo, tampoco para esta tesis existe apoyatura empírica. Como mostró Val Burris, no hay evidencia de que los sentimientos de inseguridad emocional, la confusión ideológica o la personalidad autoritaria –factores asociados al apoyo al fascismo– se concentren en los sectores medios más que en otras clases. Por otra parte, el acercamiento entre los niveles de ingreso de los trabajadores manuales y no manuales suele ser un rasgo que acompaña los periodos de expansión económica; los de recesión y crisis –como los que enmarcaron el ascenso del fascismo–, por el contrario, están caracterizados por la tendencia opuesta, hacia el distanciamiento de los niveles salariales. De hecho, en Alemania el peor deterioro relativo de los ingresos de los empleados sucedió durante la Primera Guerra Mundial y la inmediata posguerra, momento en que los trabajadores de cuello blanco mostraban mayoritariamente simpatías hacia la socialdemocracia. En contra de lo que indicaría la tesis del «pánico de estatus», en el momento de mayor poderío y radicalidad del movimiento obrero alemán no se produjo ninguna estampida de los trabajadores de cuello blanco al territorio de la derecha (al revés, se trató del momento de mayor influjo del socialismo entre ellos). El abandono de la socialdemocracia se produce luego de 1923, cuando fracasa la revolución alemana y esa fuerza se vuelve más moderada. Pero aún entonces, no existe evidencia de ningún apoyo en bloque de los sectores medios al nazismo. Los datos sobre la composición del partido nazi tanto como la de su base votante no indican que esos sectores estén sobrerrepresentados. Los únicos grupos que sí parecieron estarlo –además de las clases altas– fueron algunas categorías de pequeños propietarios (especialmente los de origen rural y protestante) y el alto funcionariado estatal. Del resto de los sectores medios, no puede decirse que hayan tenido más simpatía por el nazismo que el resto de los sectores sociales11. Nuevamente en este caso, tras los esquemas abstractos de comportamiento social y los agrupamientos a priori, está la realidad de la heterogeneidad de los sectores medios.

Nuevos enfoques

Para salir de estos atolladeros, desde hace algunos años los estudios históricos sobre la clase media vienen experimentando una profunda renovación (que se acompaña también en la antropología y, en menor medida, en la sociología)12. En lugar de asumir a priori la existencia de una clase media, importa ahora comprender los procesos sociopolíticos y/o discursivos por los que, en contextos específicos, se recorta una «clase media». En otras palabras, se busca entender las condiciones en las cuales (y los procedimientos por los que) determinados grupos de personas se agrupan con otras como una «clase media», en lugar de aglomerarse con otros sectores, o de conceptualizar su nucleamiento de otra manera. Fijar el momento de inicio de un cambio de paradigma es siempre una tarea azarosa, pero aún con prevenciones podríamos proponer como punto de partida mediados de la década de 1990, años de la aparición de dos textos pioneros, de autoría de Dror Wahrman y de Geoffrey Crossick, sobre el espacio europeo13. En el ámbito latinoamericano, el giro comienza poco después, con la investigación de David Parker de 1998 sobre los trabajadores de comercio peruanos14.

Desde el comienzo de esta renovación, las líneas de investigación han tomado dos caminos, con puntos de contacto y zonas grises. Atentos a los argumentos más textualistas del giro lingüístico, algunos investigadores han sostenido que la «clase media» no es otra cosa que una invención discursiva (un argumento que con frecuencia se hace extensivo a todas las «clases»).

Desde este punto de vista, el foco de interés pasó a estar puesto casi exclusivamente en los discursos políticos de los que esta realidad discursiva habría emanado, con poco o ningún espacio para la exploración de la historia social de los sectores luego englobados en esa categoría. En líneas generales, se trata de la aproximación elegida por Wahrman. Otro grupo de investigadores, en cambio, ha buscado un punto intermedio entre el objetivismo de la tradición sociológica y las posturas textualistas extremas. Para este grupo –en el que podríamos situar a Crossick y Parker–, se trata de analizar precisamente el punto de encuentro entre, por un lado, los determinantes estructurales y la experiencia de grupos sociales concretos en situaciones históricas delimitadas y, por el otro, las construcciones discursivas que los convocan a la unidad como una «clase media». Después de todo, no cualquier apelación se hace carne en la sociedad de manera duradera: los procesos de construcción de identidades son incomprensibles sin tener en cuenta la dimensión discursiva, pero también lo son sin el análisis de las condiciones de receptividad de los discursos. Desde este punto de vista, no va de suyo que exista en cualquier contexto y lugar una clase media por la mera presencia de las categorías ocupacionales que supuestamente la conforman. Quien se interese por investigarla, deberá demostrar empíricamente que, en un lugar y un momento determinados, una porción de la población imagina que habita una posición intermedia entre un arriba y un abajo. La pregunta relevante no será tanto cuál es la consistencia material de esa creencia –aunque ese sea un elemento indispensable de la indagación–, sino cuáles fueron las causas de su emergencia, cuáles son sus contenidos específicos y qué efectos políticos, sociales y culturales produce.

Nota: este texto retoma ideas ya presentadas en E. Adamovsky, Sergio Visacovsky y Patricia Vargas (eds.): Clases medias. Nuevos enfoques desde la sociología, la historia y la antropología, Ariel, Buenos Aires, 2014.

Notas:

1. E. Adamovsky: «‘Clase media’: reflexiones sobre los (malos) usos académicos de una categoría» en Nueva Sociedad No 247, 9-10/2013.

2. Ver Arthur Vidich (ed.): The New Middle Classes: Life-Styles, Status Claims and Political Orientations, New York UP, Nueva York, 1995; Tim Butler y Mike Savage (eds.): Social Change and the Middle Classes, UCL Press, Londres, 1995; Nicholas Abercrombie y John Urry: Capital, Labour and the Middle Classes, George Allen & Unwin, Londres, 1983; Catherine Bidou-Zachariasen: «Les classes moyennes: définitions, travaux et controversies» en Education et Sociétés vol. 2 No 14, 2004; Erik Olin Wright: «¿Qué hay de ‘medio’ en la clase media?» en Zona Abierta No 84/85, 1985.

3. M. Mann: Las fuentes del poder social II. El desarrollo de las clases y los Estados nacionales, 1760-1914, Alianza, Madrid, 1997, p. 742 y ss.

4. Rosemary Crompton: Clase y estratificación. Una introducción a los debates actuales, Tecnos, Madrid, 1994, p. 114.

5. Deborah Phillips y Philip Sarre: «Black Middle-Class Formation in Contemporary Britain» en T. Butler y M. Savage: ob. cit.; Kesha S. Moore: «Class Formations: Competing Forms of Black Middle-Class Identity» en Ethnicities No 8, 2008; Benjamin Browser: The Black Middle Class: Social Mobility and Vulnerability, Lynne Rienner, Boulder, 2007.

6. J. Kocka: «The Middle Classes in Europe» en Journal of Modern History vol. 67 No 4, 1995.

7. C. E. Harrison: «Putting Faith in the Middle Class: The Bourgeoisie, Catholicism and Postrevolutionary France» en A. Ricardo López y Barbara Weinstein (eds.): The Making of the Middle Class: Towards a Transnational History, Duke UP, Durham, 2012, pp. 315-334. V. tb. en el mismo volumen el ensayo de Simon Gunn sobre la clase media británica.

8. V. Pamela Pilbeam: The Middle Classes in Europe 1789-1914, France, Germany, Italy and Russia, Macmillan, Londres.

9. N. Elias: El proceso de la civilización, FCE, Buenos Aires, 1993.

10. V. una buena síntesis de estos debates en V. Burris: «The Discovery of the New Middle Class» en A. Vidich (ed.): ob. cit.

11. Ibíd.

12. Sobre esta renovación, v. S. Visacovsky y Enrique Garguin (eds.): Moralidades, economías e identidades de clase media. Estudios históricos y etnográficos, Antropofagia, Buenos Aires, 2009 y A. R. López y B. Weinstein (eds.): ob. cit.

13. D. Wahrman: Imagining the Middle Class: The Political Representation of Class in Britain, c. 1780-1840, Cambridge UP, Cambridge, 1995; G. Crossick: «Formation ou invention des ‘classes moyennes’? Une analyse comparée: Belgique-France-Grande-Bretagne (1880-1914)» en Belgisch Tijdschrift voor Nieuwste Geschiedenis vol. XXVI No 3-4, 1996.

14. D. Parker: The Idea of the Middle Class: White-Collar Workers and Peruvian Society, 1900-1950, Pennsylvania State up, University Park, 1998.

Ezequiel Adamovsky

Fuente: Nueva sociedad NUSO Nº 285 / Enero – Febrero 2020

Editado por María Piedad Ossaba

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