Venezuela: Podemos jerarquizar los términos del debate

Es evidente que sin Macri y sin Bolsonaro bien distinta sería la suerte de Venezuela. Y claro que otra vida tendrían Unasur, Mercosur y Celac como organismos estratégicos por dirimir fuerzas en la región.

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Por estos días hemos visto otro capítulo de despliegue mediático internacional, sincronizado muy profesionalmente, a propósito de la crisis en Venezuela. Inician sus enunciados, en general, con la calificación de “crisis”, en tanto puerta de entrada hacia las denominaciones densas: “crisis humanitaria”, “dictadura”, “crisis migratoria”, etc. ¿Por qué marcar esto? Porque allí el salvoconducto que supone evadir lo imposible de argumentar: cómo convalidar una autoproclamación de un “presidente encargado” en una plaza pública, en lo que han llamado un “cabildo abierto”, a 13 días de la asunción del presidente Nicolás Maduro.

También se leen crónicas o ensayos de diversos intelectuales que con frecuencia andan muy incómodos con la cuestión Venezuela. Frente a ello, lo primero que uno busca es interpretar rápidamente si se condena o no el golpe, si se condena o no la injerencia; o qué vehemencia son capaces de ofrecer a la hora de analizar una nueva intervención norteamericana en Nuestra América. Uno supone, aunque no ocurre así, que golpe e intervención –tan caros a la historia de nuestra región- deberían ser los dos primeros elementos a subrayar.

Como sabemos, el problema es cuando puede más aquello que incomoda, claro, la Venezuela chavista y el propio Nicolás Maduro. Y resulta que encuentran en Venezuela piezas “inéditas” que hacen de ella una democracia “fallida”, por no decir una dictadura que apenas ofrece muy cuestionables elecciones (25 en 20 años). Como empiezan desde allí, no pueden evitar reclamar elecciones libres (a la que una parte de la oposición decide recurrentemente no presentarse, acto seguido desconociéndolas), con veedores internacionales (casi 300 en 2018, amén de los que fueron convocados y no concurrieron en un mismo ejercicio de desconocimiento), etc., intermediadas por un diálogo entre oficialismo y oposición (todavía aguardan las sillas y las biromes en República Dominicana, desde el año pasado, cuando la oposición recibió la orden del Secretario de Estado norteamericano, expresando que ese no sería el camino). Más o menos conceptualizado, el núcleo de las críticas al gobierno de Nicolás Maduro es coincidente entre este grupo de intelectuales y aquellas editoriales que hace largos años componen los principales medios internacionales.

Si parados en las profundas consecuencias del asedio político y económico al país de la principal reserva comprobada de petróleo del mundo, terminan argumentando un golpe de Estado; no sería más conveniente preguntarse por qué, aun con todas esas dificultades, el chavismo ganó ampliamente cinco elecciones entre 2017 y 2018. Quizás allí puedan encontrar algunas claves interpretativas sobre la vida política y social de Venezuela.

Y la economía, claro; el otro elemento para darle un guiño al golpe. Como si a esta altura del partido y conociendo la historia latinoamericana, podemos remarcar errores del chavismo en la administración de la misma –que abundan- pero no una situación defensiva prolongada entre aquello que empezó como bachaquéo, mercado negro y contrabando de insumos primordiales y se profundizó –luego de los decretos de Obama y Trump (2015 y 2017)- como bloqueo financiero, sanciones económicas, congelamiento de cuentas en bancos extranjeros, devolución de millones de dólares destinados a la compra, por ejemplo, de 300 mil dosis de insulina; sanciones a los intercambios de toda índole con el Estado venezolano y con PDVSA, entre otros tantos elementos que han buscado convertir a Venezuela en la tan mentada “crisis humanitaria” producto de una insoportable asfixia económica.

Sin embargo, propios y extraños no pueden evitar dar vuelta la situación, a coro con las principales editoriales de los periódicos más conservadores de la región: inéditos hechos de corrupción, una cadena de mandos tan vertical y a la vez tan caótica que componen un entramado político “auto-corrupto” y que no ofrece salidas democráticas; radicando allí el verdadero problema del país: incapacidad política y corrupción; todo, claro, muy pero muy doméstico.

Podría decirse, sin cerrar un debate que reclama menos premura –a destiempo de una coyuntura que apremia, claro- que la ausencia del factor externo en muchos análisis, no es nada casual. Colocar en un primer plano al mismo, podría negar una condición política (o académica) que no quiere ver venir lo que finalmente –y de forma grave- siempre llega, a contramano de una decisión intelectual de evitar generalmente hablar de imperialismo: Estados Unidos ordenó 16 rondas de sanciones políticas y económicas, avisó que desconocería las elecciones por todos los medios posibles y “convocó” a la oposición a no participar de las mismas. Buena parte de esta acató y, a partir de la creación del Grupo de Lima: 1) las desconoció; 2) decidió jugar en el plano externo al compás de las sanciones, el calentamiento de calles y la guerra económica.

Se profundizó así la dimensión internacional de la disputa y Venezuela reclamó más que nunca ser analizada desde la perspectiva de la geopolítica mundial. Inclusive ya no solo como último eslabón de contención al intento de recolonización norteamericana en la región, sino –por la carencia de apoyos regionales institucionales de peso (Unasur, Celac) en ciclo de desmonte tras 2015-por el necesario rol que allí pasaron a ocupar tanto China como Rusia. Por eso decimos que desconocer el escenario electoral fue más que ello: supuso desplegar toda su acción política al plano internacional organizado por el Grupo de Lima, bajo la órbita norteamericana.

La salvaguarda de Venezuela pasó a estar de lleno –Chávez siempre buscó jugar en ese terreno, pero de la mano de Unasur y Celac- en una disputa que tiene a América Latina en el centro de la batalla política y económica entre Estados Unidos y los países que aún conforman los BRICS, claro, sin Brasil.

Memoria corta: recordar el nuevo ciclo político-electoral venezolano, para salir de la violencia (2017-2018)

En el medio de un contexto de dificultades económicas y asedios múltiples, Venezuela se dio una nueva mega-contienda electoral, en la que sobresalió la presidencial en mayo de 2018. Elecciones que han sido ampliamente reclamadas desde dentro y fuera del país sudamericano. El adentro y el afuera, la clave que debe ordenar la lectura de la actualidad, pero también del largo proceso bolivariano: siempre hacer hincapié en ambas dimensiones ha sido la condición para poder caracterizar la revolución bolivariana.

Nicolás Maduro se ha impuesto con más del 67% de los votos de un padrón electoral que se presentó en un 47%. Una primera lectura diría que fue baja la participación, aunque, si consideramos la decisión de los principales partidos de oposición de no participar de las mismas, entonces los números adquieren otra relevancia. Pero de nuevo, inclusive la contienda electoral debe ser ubicada en el escenario real en que supervive la ciudadanía venezolana: desabastecimiento de productos de primera necesidad y una economía que hace imposible la menor previsibilidad cotidiana en cuanto a precios y capacidad de compra del salario. Ello hacía impensable, apenas un año y medio atrás, que el chavismo convoque y se imponga en cinco procesos electorales por amplio margen; cuando se llamaba a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), buscando –fundamentalmente- cerrar un ciclo de intensa violencia de calles que duró cuatro meses y que costó la vida de más de 120 venezolanos.

Recordemos el calibre del cerco internacional sobre el cual se montó la oposición abstencionista: en continuidad con el Decreto sancionatorio de Obama de 2015 (Venezuela “Amenaza” a la seguridad norteamericana), se puso en marcha la Orden Ejecutiva propuesta por Donald Trump, que ya hemos comentado cuáles fueron sus consecuencias.

Si decíamos que estas elecciones se jugaban en un tablero que tiene su pata fundamental fuera del país, debemos recordar, por ejemplo: se ha montado un “Tribunal Supremo Legítimo en el Exilio”, más precisamente en Miami, el cual se encargó de emitir “sentencias condenatorias”; al mismo tiempo que una parodia de parlamento internacional compuesto por los cancilleres de 12 países del continente más el propio norteamericano (como hemos comentado, el Grupo de Lima). En el escenario electoral, una serie de declaraciones intimidatorias, del Almirante Kurt Tidd y Mike Pence –por entonces jefe del Comando Sur y vicepresidente del país del norte), junto a las del flamante titular del Departamento de Estado, Mike Pompeo (ala dura de los republicanos), adquirieron el máximo tono bélico que Venezuela había conocido a la fecha, en relación a la intervención militar.

Un 23 de enero más caricaturesco

Cabe preguntarse si la del pasado 23 de enero fue una amenaza más, el comienzo de un nuevo ciclo de asedio y calentamiento de calles en Venezuela. Vale analizar si de acá en adelante se abrirá una profundización de las sanciones económicas y del bloqueo financiero, junto a nuevos modos de imposibilitar el acceso a distintos productos de primera necesidad. También, sobre todo, si se decidirá Estados Unidos a ir hacia las sanciones o embargos petroleros.

Que la derecha haya hecho suyo el mismísimo día 23 de enero tampoco es producto del azar, fecha sensible en relación al fin de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en 1958, apenas un tiempo antes del inicio de aquel pacto excluyente entre adecos y copeyanos, que fuera el “modelo” de democracia latinoamericana para los Estados Unidos, y que se extendió hasta la irrupción de Hugo Chávez Frías, algo menos de 40 años después. Claro, la fecha, no sería un dato menor en relación al clima de calles que se fue a buscar. El propio Guaidó en reciente entrevista con la CNN repuso el año ‘58, como “un tiempo de transición hacia el futuro”.

Habrá que esperar el devenir de los próximos días, será conveniente no pasar por alto que la bravuconada del vicepresidente norteamericano convocando al pueblo venezolano a desconocer a su presidente, e iniciando un nuevo capítulo injerencista; hoy levanta el tono y muestra que están dispuestos a ir más lejos: el Departamento del Tesoro de Estados Unidos anunció recientemente que las transacciones comerciales que involucran al gobierno de Venezuela, fundamentalmente, las que involucran a empresas estatales como PDVSA, serán “entregadas” al “Gobierno” de Juan Guaidó. Como sabemos, es PDVSA la principal fuente de recursos que recibe el país. Basta recordar las resonadas declaraciones del senador republicano Marco Rubio, sobre aquello de que “casi el 75 % del efectivo, que recibe Pdvsa (…) viene a través del crudo que le mandan a refinerías de los Estados Unidos (…) Lo que es lógico es que se siga comprando pero que el dinero que se debe se ponga a disposición del Gobierno legítimo de Guaidó”; a tono con las formulaciones del Secretario de Estado Mike Pompeo, al afirmar que se llevan a cabo las gestiones para “garantizar que el gobierno interino de Juan Guaidó tenga los recursos necesarios para liderar al país y sacarlo adelante”.

Quizás, por primera vez la estrategia de “poder dual” tiene una representación internacional –por lo menos “más sólida” que aquel “Tribunal Supremo de Justicia en el exilio”- y una convocatoria abierta a la violencia. El problema es que esta fórmula de “doble poder”, no conocerá otra forma, para su éxito, que la violencia, seguida de más violencia y la expectativa de intervención. Penetrar finalmente las Fuerzas Armadas, y los barrios humildes del país –desplazando focos de violencias de las urbanizaciones de sectores medios a los barrios populares.

Quizás la única razón por la que no se desarrolla una guerra civil con operaciones militares concretas es porque la fracción de venezolanos que busca terminar con el proceso chavista no es lo suficientemente fuerte. Porque tiene un problema no menor: a pesar de la crisis prolongada, Maduro conserva un no desdeñable apoyo de masas; el cual en parte radica en la capacidad de representar la idea de que un triunfo de la oposición significará tirar por la borda las esperanzas de una sociedad relativamente justa y un país libre. Además, otro elemento: el chavismo ha logrado que las diversas instituciones armadas permanezcan fieles al gobierno, lo que las convierte en una significativa amenaza ante cualquier intervención armada de respaldo a la derecha liberal.

No es casual, que allí, al interior de las FFAA, se desarrolle el espacio de mayor “propaganda”, llamamientos y conspiraciones. En consonancia con lo anterior, si efectivamente la derecha lograra fracturar a las fuerzas militares del Estado, la guerra civil se desataría, y entonces sí la intervención extranjera podría desplegarse con seguridad. Ese es el carácter que al menos hoy exhibe la intervención, el momento de disputa actual: asonadas y calentamientos de calles que no llegan a encontrar bases locales para pasar al plano militar.

Una vez más, una de las lecciones que arroja este escenario, es la premura por recuperar los apoyos latinoamericanos en pos de la unidad política, de la cual, Venezuela ha sido el motor fundamental. Aun cuando la diplomacia venezolana ha logrado que ni la OEA ni el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas logren emitir un documento que reconozca al gobierno autoproclamado, las próximas elecciones en países como Argentina, Uruguay o Bolivia, son significativas para la suerte de Venezuela. Es evidente que sin Macri y sin Bolsonaro bien distinta sería la suerte de Venezuela. Y claro que otra vida tendrían Unasur, Mercosur y Celac como organismos estratégicos por dirimir fuerzas en la región.

Luis Wainer

Fuente: Negra Mala Testa-Relampagos– ensayos cronicos en un instante de peligro, 29 de enero de 2019