Civilización contra Barbarie, ¿otra vez?

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En su impugnado, y también reverenciado libro, Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo Quiroga (1845), Domingo Faustino Sarmiento expone su  llevada y traída tesis encaminada a asimilar las pautas civilizatorias de la ilustrada Europa, y de Estados Unidos. Lo raigal americano, reducido a la condición de bárbaro, no alcanza muchos favores en esas páginas. No obstante, como magro aceite en su semilla, de aquella propuesta aún podemos extraer, hoy, razonamientos para discutir sobre el dilema de los comportamientos humanos frente a dinámicas político-culturales.

En su impugnado y reverenciado libro, Sarmiento expone su  tesis encaminada a asimilar
las pautas civilizatorias de Europa y Estados Unidos. Fotos: Internet
 

Es común atribuirle a la propuesta de Sarmiento un enfoque europeizante a ultranza, sin embargo, Guillermo Guerra, uno de sus biógrafos, advierte que: “Su excursión a través de la gran república norteamericana […] cambió casi por completo el rumbo de las ideas de Sarmiento, que desde entonces no buscó ya su norte en las tumultuarias libertades de Francia, sino en los pacíficos y seguros progresos de EE.UU.” Afirma también Guerra que, tras abandonar los Estados Unidos en 1847, en viaje hacia La Habana, “según su propia expresión, dejaba a sus espaldas la luz de la civilización norteamericana para entrar de nuevo en las tinieblas de la barbarie española.”[1]

Por supuesto que, como sucede siempre que etiquetamos el devenir con marcas antropológicas tan estrictas, las etiquetas conducen a extremos donde se dirime, con fervor maniqueo, la suerte de expresiones que, a la luz de los procesos híbridos, analizados mucho después por la comunidad interpretativa, portan marcas permutables de una antípoda a la otra. Lo otrora bárbaro, devenido popular, siempre ha acechado, se diría que con éxito, los muros de la alta cultura. Y las definiciones se desdibujan y recomponen por la conciliación de los contrarios en la jugosa alteridad.

Por superado que parezca el conflicto, incluso después de la riposta martiana y del barraje de la modernidad y estudios posteriores, pareciera que se recicla, retorna con rostros nuevos y alterna sus condicionantes de manera que lo entendido como civilización ­—remitido espuriamente a lo urbano— deviene barbarie mientras esta, aunque sea en las arcadias nostálgicas de una cultura rural cada día más escasa, recupera su glamour, al extremo de sumarse a repertorios de salón bajo el nuevo concepto de cultura popular.

Las más recientes reivindicaciones y asunción de lo popular en nuestros predios derivaron, en buena medida, de los procesos emancipadores gestados en el siglo xx, al amparo de la praxis marxista-leninista, el triunfo de la revolución cubana, las gestas guerrilleras latinoamericanas y los gobiernos progresistas derivados del ejercicio de la llamada democracia representativa. La mayoría de ellos enrumbaron sus programas de gobierno ratificándole a las masas no ilustradas, junto a una plataforma ilustradora, el protagonismo para materializar el progreso y las ideas de justicia social.

A la luz de los avances científico-tecnológicos, parecerían los nuestros tiempos de civilización sin barbarie, pero lo cierto es que, con sentidos bien diferentes al que caracterizó el conflicto en los albores del siglo xix, este continúa operando, por lo general, con los papeles protagónicos cambiados. Lo más frecuente es la convivencia de ambas condiciones en los extremos que a Sarmiento se le presentaban tan claramente delineados, y excluyentes, sin que olvidemos que también otros como Esteban Echeverría, Rómulo Gallegos o el mismísimo Jorge Luis Borges, en su narrativa, les dieron cordel al diferendo clásico.

A los ojos de aquellos intelectuales operaba con relativa, pero visible claridad, la estrategia semántica también advertida por el Dr. Luis de la Barra A., de la Universidad de la Frontera, Temuco, Chile, cuando definió su estructura de la siguiente forma:

…grandes familias de palabras antagónicas que se aplicaron sin más para calificar gentes y situaciones según se las quisiera exaltar o estigmatizar. […] ‘civilización’ fue el concepto líder que sirvió para englobar en torno a él toda una familia de vocablos, [donde] invariablemente, se hallaban términos consabidamente considerados positivos tales como Europa, ciudad, espíritu, luz, racionalidad, sabiduría, amor, día, belleza, cristianismo, blanco, bueno, sano, limpio, progreso, etc. […] ‘barbarie’ fue el otro concepto líder que a su vez englobó a otra familia de términos, esta vez consabidamente considerados negativos […]. Los más conocidos fueron: América, campo, cuerpo, oscuridad, instinto, ignorancia, odio, noche, tinieblas, fealdad, paganismo, negro, malo, enfermo, sucio, atraso, etc.[2]

II

Con el triunfo de la Revolución, se estableció como una de las líneas de la política cultural del Estado cubano, la dignificación de manifestaciones preteridas, en general, sin distinción de origen o sujeto, de ahí que muchas de ellas, otrora consideradas menores (¿pudiéramos decir “bárbaras”?), ingresaran en los cotos selectivos de los grandes escenarios. Las expresiones centradas en las raíces afro; por poner solo un ejemplo, se incorporaron en igualdad de condiciones las canonizadas por la Paideia.

De los razonamientos que sobre la plebeyización de la cultura hiciera Álvaro Cuadra, pese a que los construye a partir del estudio de las sociedades de consumo latinoamericanas, y con observaciones muy posteriores al contexto en que nació la tesis de Sarmiento, me interesa tomar algunas ideas para enfocarme sobre fenómenos que hoy se manifiestan, de manera fáctica, en nuestro entorno sociocultural. Afirma Cuadra que:

La “plebeyización de la cultura” es inclusiva, esto es: más que exaltar un aspecto de la cultura, tiende más bien a borrar los límites y jerarquías entre todas las formas culturales.

(…)

La irrupción de lo plebeyo alude también a la restitución de un “sujeto programado”, esto es: la construcción de un sujeto como destinatario (narratario) de los flujos televisivos. Mediante artificios técnicos y retóricos, la noción de sujeto se desplaza desde el plano histórico–ontológico hacia el plano mediático discursivo.[3]

Las tensiones que en el terreno simbólico se derivan de la convivencia de principios de mercado e invasión tecnológica con la operatividad de políticas económicas y culturales diseñadas y articuladas desde instituciones regidas por el Estado con criterio socialista, hacen posible que algunas de las características enumeradas por Cuadra adquieran cuerpo en nuestro entorno. Más aún si les sumamos una permisividad culposa, democrática por exceso, donde lo legal no alcanza a detener expresiones desvirtuadoras del ambiente cultural, que terminan anarquizando el espacio con sus propuestas y procederes.

Con preocupación hemos visto crecer el individualismo ciego, el pragmatismo y la desmovilización social.

Tanto la discreta liberalización del mercado del arte como las pautas comerciales (de naturaleza light muchas) con que operan ya los medios más influyentes, nos conducen en ocasiones a relacionar la referida plebeyización con el diferendo civilización-barbarie, aunque esto último a algunos les pudiera parecer traído por los pelos. El lenguaje de expresiones musicales reductoras de la fórmula rítmica, asociado además a un discurso basto, agresivo, sexista, y con apoyo de una gesticulación también desparpajada, erráticamente llamadas “urbanas” tienen su equivalente en actitudes cotidianas de la ciudadanía, que trasladó sus normas de convivencia hacia un repertorio bárbaro donde además de la agresión auditiva, vale todo, incluso orinar en público con total impudicia, arrojar basura y escombros sobre cualquier sitio, o vandalizar la propiedad pública.

En medio de los fenómenos descritos, escasos en el ámbito rural (antítesis de la caracterización sarmientina) se aprecian, sin que el Estado halle fórmula adecuada para frenarlos: corrupción; falta de vigilancia —o de sus prioridades—; desmontaje moral, aunque el discurso mediático insista, con mensajes poco efectivos, en su vigencia y necesidad de preservación. También se podría hablar de una pérdida del altruismo, ansiosas las personas por la ponderación individual a que obliga la desleal competencia entre el Estado y la economía privada. Hasta ahora, el primero ha llevado las de perder, quizás por no mover con la celeridad algunos resortes importantes, como el de la retribución salarial, por citar solo un ejemplo[4].

En medio de los fenómenos descritos, se aprecian, sin que el Estado halle fórmula adecuada
para frenarlos: corrupción, falta de vigilancia y desmontaje moral.

Todo es producto de un mismo fenómeno. Con legislaciones como el Decreto 349, que tanta polémica ha originado, el Estado busca frenar las peligrosas ejecutorias del intrusismo y las pautas agresivas con que se difunde, de manera casi incontrolable, la obra supuestamente artística en nuestro entorno. Los ataques a dicha regulación se enfocaron como si se tratara de coartar la libertad de expresión. Lo cierto es que en las facetas en que este podría afectar a la creación, solo se entrarían aquellas de corte violento y lesivo de la integridad de algunos sectores.

Pero todo se dejó llegar muy lejos, y no solo en el sentido de esas performances, sino también en la desarticulación de herramientas de control de las que el Estado disponía, y en consecuencia cualquier regulación, a los ojos de hoy, en manos de los manipuladores, gana la categoría de censura y le da armas a quienes persiguen o añoran el desmontaje de la lógica revolucionaria. La barbarie se expande en la cultura cívica y en la difusión, y en la magra economía, que no puede tolerar, pero tampoco prescindir, de los especuladores y prestadores de servicios, que cada día alejan más la vida del ciudadano común de la sobrevivencia digna y honrada.

¿Es válido entender desde el conflicto civilización-barbarie los dilemas por los que atraviesa nuestro país en la actualidad? Mi punto de vista es que esa matriz dicotómica nunca ha dejado de acompañarnos, no en los términos en que se manejó en el siglo xix sino como caldo donde se cuecen la posverdad y el imperio de lo mediático. En ese menú se validan modelos de conducta que proponen la inequidad y diseñan dudosas figuras de éxito.

Con preocupación hemos visto acentuarse la desventaja estatal frente al aún emergente sector privado mientras crecen el individualismo ciego, el pragmatismo y la desmovilización social. Ojalá podamos revertirlo, civilizada y revolucionariamente.

Notas:
[1] Ambas citas son extraídas de: “La pareja conceptual civilización-barbarie: norte y sudamérica. la novela indigenista de Lautaro Yankas”, del Dr. Luis de la Barra A.,  disponible en: https://web.uchile.cl/publicaciones/cyber/14/tx6ldelabarra.html, fecha de consulta 17 de noviembre de 2018.
[2] Dr. Luis de la Barra A. Op. Cit.
[3] Álvaro Cuadra: “La plebeyización de la cultura popular. La industria cultura y los nuevos imaginarios en las sociedades de consumo latinoamericanas”, en Acheronta, Revista de Psicoanálisis y Cultura, Nº15, julio de 2002, ISSN 0329-9147, disponible en http://www.acheronta.org/acheronta15/plebeyizacion.htm, fecha de consulta 18 de noviembre de 2018.
[4] Al parecer, según declaraciones del secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) reflejadas por el Noticiero Nacional de Televisión en el día de ayer, una reforma general de salarios resulta inminente.
Ricardo Riverón Rojas
Fuente: La Jiribilla 6 de diciembre de 2018