Bolsonaro, ¿Trump tropical o Mussolini colonial?

La derecha, en tiempos de la “posverdad” y del internet, utilizó las redes para construir este imaginario llegando a los jóvenes, mientras el PT una semana antes recién definió su candidato que no fue ni el ni es el mejor, como en el futbol dependió de una figura: Lula, que aceptando su realidad de reo esperó hasta el final para nombrar a su sucesor.

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Lo primero que debemos establecer es, en que momento histórico vivimos. Creemos que este es un proceso de crisis del neoliberalismo, por las enormes contradicciones generadas; pero que, sin embargo, encuentra como salida manipular su hegemonía en el pensar popular, para darle una orientación violentista a la vida política, generando un movimiento anclado en una cultura religiosa o mesiánica que manipula la pobreza y a la casi siempre oportunista clase media dirigiéndolos hacia un conflicto armado interno, como viene ocurriendo en Colombia, Argentina, Perú, etc. y también en gobiernos considerados “progresistas”. Pero en que consiste esta crisis del neoliberalismo?

En que el capital financiero y la economía criminal en nuestros países por necesidades de evitar el riesgo y de generar crisis cuando crea necesario, necesita de mas administración y gestión del Estado y desarrolla una privatización del mismo. Generalmente se inicia con el poder judicial y la constitucionalización del interés privado sobre cualquier otro, continúa con apoderarse del ejecutivo, pero no solo de él, sino también del electoral y de los Congresos, más aún si no consiguen adueñarse del primero. Ante esto desaparece la representatividad electoral y con ella los partidos, liquidan el Estado de derecho, la soberanía, la ciudadanía y todos los desarrollos prácticos y teóricos, concretos, liberales. El neoliberalismo termina siendo antiliberal en lo político e incluso, en algunos casos, en lo económico.  

La derecha supo aprovechar de este aparente caos creado por el poder económico y por ella misma,  para cuestionar al sistema y presentarse como antisistema, al tiempo que el PT se presentaba como el partido más fuerte del sistema;  en este contexto, la derecha supo crear un sujeto culpable de la crisis, de la corrupción, del desorden y la violencia construyendo un PT como el enemigo a vencer, mientras que este partido se apoyaba en el argumento de ser el partido más organizado y sus intelectuales aconsejando colocarse bajo el manto del prestigio de Lula.

La derecha, en tiempos de la “posverdad” y del internet, utilizó las redes para construir este imaginario llegando a los jóvenes, mientras el PT una semana antes recién definió su candidato que no fue ni es el mejor, como en el fútbol dependió de una figura: Lula, que aceptando su realidad de reo esperó hasta el final para nombrar a su sucesor. ¿Por qué no pusieron como candidatos a destacados políticos de izquierda y más conocidos como Ciro Gomes del PD Laborista o Guilherme Boulos, Porque eran críticos del PT? De otro lado, la derecha de Bolsonaro captó recursos privados de empresarios y pentecostalistas, mientras el PT ya no tuvo los recursos estatales (que sirvieron para que hasta partidos de derecha llegaran al poder en AL) ni de los corruptos del PT que se apropiaron de recursos públicos y que cuando se cayó la posibilidad de gobernar prudentemente se alejaron. Los precursores de la mercantilización de la política cayeron en su propia trampa.   

Es así que un grupo minúsculo hasta la primera vuelta electoral, obtuvo una bancada de 52 diputados y cuatro senadores colocándose  como la segunda mayor bancada. También consiguió un total de 79 militares electos como  diputados y senadores nacionales, o legisladores de las asambleas de los 27 estados brasileños, una participación sin precedentes [1]. Se pueden establecer similitudes con las elecciones en EUA, al respecto Bartoche sostiene acertadamente que “El voto a Bolsonaro, no nos engañamos, no fue el voto a la derecha: fue el voto antiizquierda, fue el voto antisistema, fue el voto anticorrupción. En la cabeza de mucha gente (aquí y en los EUA en las últimas elecciones), el sistema, la corrupción y la izquierda están ligados. El voto de ellos aquí fue el mismo voto que eligió a Trump allá. Y los pecados de la izquierda de allí son los pecados de la izquierda de aquí” [2]. 

El voto de Bolsonaro está claro que fue contra el progresismo neoliberal y corrupto, aunque paradójicamente muchos no identifican a la izquierda con el neoliberalismo, pero sí con la corrupción  y por tanto no saben que si algo negativo hubo con Lula y Dilma fue su proyecto neoliberal del que deriva la corrupción, y que no quiere ser reconocido como política de este tipo de gobiernos.  

Bolsonaro que es plenamente neoliberal se presenta como antisistema, acompañado de los empresarios y también del voto de los jóvenes antisistema y  de parte de la clase media alta racista de la universidad privada. De los pro militares que recuerdan borrosamente la dictadura del 64 que habría sacado al país del hambre (50%) y la indigencia (25%), ahora  ofreciendo la seguridad de las balas contra la creciente delincuencia que sólo en el 2017 provocó 70 mil asesinatos (proporcionalmente similar a México) y de los miembros de una populosa iglesia evangélica conservadora anti aborto, anti feminista y homofóbica, cuya defensa fue la pobre estrategia petista. Lo mismo que Trump, a quien dice imitar, se apoyó en una campaña en las redes y en las calles. El PT, sin legitimidad y sin proyecto creíble, ahora de la clase media ambigua e inocua, no tuvo capacidad de reacción frente a la convocatoria de militantes disciplinados, organizados y fácilmente fanatizados como son los empresarios con su ejército de jóvenes, militares y evangélicos. Bolsonaro supo inscribirse en una cultura política nunca transformada por 14 años de gobierno y más bien, hasta cierto punto reforzada por ellos.   

El golpe parlamentario contra Dilma, fue el principio del fin, pues desorganizó aún más a las instituciones políticas y judiciales y a las agrupaciones políticas de las clases populares. Según Tarso Genro, líder autocrítico del PT “ Esto despertó los demonios, las vocaciones autoritarias y totalitarias, y en las capas populares más despolitizadas se generó la esperanza de una resolución inmediata de la crisis, aunque sea por la vía de la violencia y el autoritarismo. Esta es la emergencia de Bolsonaro y de ese espíritu fascista que hegemonizó a la derecha en Brasil y que, extrañamente, ha logrado atraer a algunos liberales temerosos de las consecuencias de una victoria de Haddad y encantados por la posibilidad de un poder autoritario » [3]. 

La acción del PT que movilizó a miles de personas en las redes y en las calles  con mensajes proaborto y matrimonio igualitario, subestimó que, faltando apenas una semana la pauta feminista y lgbti llevaría al electorado evangélico, en su momento simpatizante de Lula, a una disyuntiva moral obligándolos a rechazar a Haddad como opción. Un Hadad deslegitimado en un acto, se enfrentaba a un Bolsonaro que supo ocultar tres decadas de corrupción, sólo recuperando sus constantes llamados al exterminio físico de la izquierda, gays, afros y mujeres. La población acepta este pasado dejando de lado el cómo un político se corrompe y se enriquece, y apreciándolo como posible protector de su seguridad ante el incremento de la violencia. Opta por Bolsonaro.

El destacado sociólogo norteamericano James Petras afirma que el presidente Trump celebró la victoria electoral de Jair Bolsonaro, “porque coincide plenamente con sus prioridades: promete acabar con las regulaciones económicas y los impuestos a las multinacionales; es un ardiente defensor de la guerra económica de Trump contra Venezuela y Cuba; promete armar a los derechistas escuadrones de la muerte y militarizar a la policía; y garantiza secundar fielmente las políticas bélicas de EUA en el extranjero” [4].  

Petras, sin embargo advierte que Bolsonaro no puede respaldar la guerra comercial de Trump, especialmente con China, receptora de casi el 40% de la agroindustria de exportación brasileña. Esto es así, principalmente, porque la élite de la agroindustria es uno de los principales apoyos financieros y parlamentarios de Bolsonaro. Si tomamos en cuenta la escasa influencia de Washington en el resto de América Latina, el régimen neofascista de Brasil se convertiría en el principal aliado de Trump en la región. Desplazando a los corruptos y neoliberales  Mauricio Macri y Peña Nieto que están en graves crisis o de salida.  

Ante el neoliberalismo duro y puro, las políticas de saqueo y reformas estructurales, frente a la inminente violencia y terror estatal y social contra la izquierda, el PT y otras organizaciones de izquierda, contra los maestros y estudiantes de izquierda, líderes sociales, movimientos y luchadores contra el despojo y los derechos humanos sólo queda reconstruir desde abajo la resistencia y que ojalá el voto de este 28 de octubre sirva para algo.

Notas

[1] Mario Osava, http://www.ipsnoticias.net/2018/10/miedo-brasil-ante-retorno-militares-esta-vez-los-votos/
[2] Gustavo Bartoche Guimaraes, https://ecuadortoday.media/2018/10/19/un-profesor-de-filosofia-brasileno-explico-por-que-bolsonaro-gano-la-primera-vuelta/
[3] Tarso Genro, https://ecuadortoday.media/2018/10/18/tarso-genro-las-formaciones-de-izquierda-y-centroizquierda-tenemos-que-hacer-una-alianza-porque-es-la-unica-forma-de-resistencia/
[4] James Petras, La alianza de Trump con descuartizadores, escuadrones de la muerte y asesinos de niños: Arabia Saudí, Brasil e Israel

Jorge Lora Cam

Editado por María Piedad Ossaba

►Nota de Tlaxcala

Jorge Lora Cam es coautor con Waldo Lao Fuentes, de Brasil: fracaso del lulismo y emergencia de alternativas, Elaleph editores, Buenos Aires, 2017. Descargar el libro

Fuente: Tlaxcala, 24 de octubre de 2018

Traducciones disponibles: Italiano