La serpiente del huevo. Efervescencia supremacista, y crisis de legitimidad

La serpiente podrá volver a regenerarse. Pero sin sus sucesores podría convertirse en una especie superada por la evolución del proceso social humano.

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La apelación al odio se ha puesto de moda. Y el trumpismo, que irrumpió en la segunda década el siglo XXI, le brindó cobertura política y legitimidad mediática. El magnate neoyorkino, sin embargo, no fue el primero que lanzó sus consignas de desprecio brutal para defender su programa de exclusión global. Tuvo socios en los fundamentalistas del Brexit, en los jeques de la península arábiga, en Bibi Netanyahu, en Viktor Orbán, en la derecha polaca, en Bolsonaro y otra decena de referentes políticos de la reacción global. La fobia social sembrada por los activistas que asaltaron el Capitolio señala a los grupos minoritarios estadounidenses como los responsables últimos de un fraude inexistente.

La serpiente puso su huevo en el Capitolio. Foto tomada de RTVE

La gramática del odio esparcido dispara al bulto para eludir lo obvio: la frontera entre los privilegiados y el inmenso territorio de los excluidos. El negocio del desprecio, instituido por la derecha, busca deteriorar cualquier atisbo de rebeldía organizada. Y para eso –como ya ha sucedido en repetidos momentos de la historia– agitan la culpabilización de colectivos diversos con el claro objeto de fragmentar las resistencias múltiples que se observan, sobre todo en América Latina. El odio no señala la causa primigenia de su tirria porque enunciaría la consabida lucha de clases. Y esa confrontación debe ser –siempre– silenciada.

La estigmatización azuzada por los grupos concentrados, beneficiarios de las reglas impuestas por el neoliberalismo, se operativiza mediante un sinnúmero de dispositivos y eufemismos. Ocultan y/o disfrazan sus verdaderas intenciones porque buscan dividir y distraer. Las usinas del capital monopólico concentrado están abocadas a producir enemigos y monstruos con el único designio de impedir las potenciales articulaciones populares capaces de desafiar el orden financiarista.

Esa es la causa primigenia por la que los marginados de las ciudades, los colectivos LGTBI, los musulmanes, migrantes, sudacas, latinos o afrodescendientes suelen ser etiquetados por las derechas rampantes y discriminatorias. Lo relevante, desde una perspectiva estructural, es que todo esos grupos, en términos demográficos, están atravesados –en forma mayoritaria– por la carencia, la pobreza, la indigencia y –sobre todo– por su condición de asalariados.

Su ecuación, luego de medio siglo de hegemonía, provoca rebeldías sociales y resistencias políticas de diferente tenor que son receptadas por los grupos concentrados como una acción perturbadora. Como una amenaza. Ante estas desobediencias e insubordinaciones, la derecha global opta por instituir teorías conspirativas, imponer miedos colectivos y convocar a la guerra simbólica contra los potenciales sublevados.

La radicalización discursiva de los operadores de las trasnacionales financiarizadas se hace evidente ante el riesgo que provocan los colectivos despojados que no se resisten a la implosión y la desintegración de los colectivos populares. Frente a este peligro irrumpe la reacción supremacista, estigmatizadora, homofóbica, fundamentalista de índole neo-pentecostal con su carga amenazante de violencia genocida. La embestida está motivada por la indudable crisis que sufre el discurso neoliberal y su incapacidad para sortear las contradicciones flagrantes que provoca.

El reciente encuentro de Davos, donde se congregan los máximos referentes del poder global exhibió la flagrante incapacidad para gestionar la gobernanza global. Esa es la razón por la que sus portavoces empiezan a buscar alternativas de legitimación y al mismo favorecen la fabricación de enemigos. Un ejemplo de eso se observó al final del mandato de Trump, cuando se patrocinó dicha fragmentación social. En el caso particular de Estados Unidos, al promover el enfrentamiento de los grupos empobrecidos de los trabajadores blancos –específicamente del medio oeste y del sur- con sus pares latinos, afrodescendientes y cosmopolitas.

La fase neoliberal del capitalismo dispone su lógica despiadada de forma viscosa. La extracción de valor que se ejecuta sobre los trabajadores se procesa a través de trasnacionales industriales que operan sin regulaciones maximizando sus beneficios en la espiral especulativa. Muchos consideran, en forma errada, que el mundo de la producción es autónomo de la lógica financiera. Ese error los lleva a confundir a los verdaderos manipuladores de la discursividad hegemónica: corporaciones monopólicas, bancos y fondos de inversión son parte del mismo engranaje que exige Estados débiles y obedientes, capaces de otorgar condiciones propicias para el saqueo de la fuerza laboral y los recursos naturales.

Trasnacionales, sistema político estadounidense y Wall Street son partes indisolubles del mismo entramado expoliador. Pero para que su sinergia continúe su concentración exponencial se requiere la garantía de una desregulación global. El modelo neoliberal, hijo dilecto del denominado Consenso de Washington, es una plataforma que postula precarización laboral (para pagar sueldos más miserables), desterritorialización (orientada a buscar mercados con salarios más reducidos y colectivos de trabajadores no sindicalizados), guaridas fiscales (para evadir impuestos y fugar capitales) y cargas impositivas mínimas para los grupos más opulentos (que extorsionan a los países con sustraer recursos y derivarlos a otras latitudes donde la fuerza de trabajo es menos protegida).

Entender el proceso en su conjunto y sortear la lógica impuesta desde el poder será una de las consignas de la etapa. La serpiente podrá volver a regenerarse. Pero sin sus sucesores podría convertirse en una especie superada por la evolución del proceso social humano.

Jorge Elbaum para La Pluma, 12 de febrero de 2021

Editado por María Piedad Ossaba

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