«Mi tío Alfredo»: Historia de una vida

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Al final de los años 1960 y en compañía de un amigo fuí al teatro Mariscal de Belén,  donde por algunos dias presentaban películas subidas de color y autorizadas sólo para mayores de 18 años.  Eran filmes osados en una ciudad  pacata y gris como era el Medellín de entonces. Finalizada la película tomamos un bus que nos transportó hasta Belén Rincón. Recuerdo hoy después de tantos años que el automotor se desplazaba por una vía sin asfaltar y en pésimas condiciones. A mi memoria vuelve la imagen de un tramo de dicha vía que estaba atravesado por una pequeña quebrada. Fue este mi primer contacto con un barrio que acicateó mi curiosidad y que muchos años después aún me entusiasma y me llena de sentires.

Ese día descubrí el tejar de doña Enriqueta donde los  hombres trabajaban con sus mulas  sacando barro para las ladrilleras, fue allí donde en años anteriores se había encontrado el esqueleto de un gran paquidermo.

Años más tarde en una exposición de pinturas en el centro de Medellín  me encontré de nuevo  con el dibujante y vitralista Alfredo Villa, antiguo estudiante de artes plásticas de la Universidad de Antioquia. Fue en esa oportunidad que me invitó a visitar su casa- taller ubicada en la calle principal de Belén Rincón. Cita que se concretó al final de la tarde de un día sábado en el que me mostró sus obras y hablamos de nuestros proyectos artísticos. Me presentó a sus padres quienes vivían en el el piso inferior, también a una parte del clan familiar, tan numeroso que podría afirmar que eran la mitad de los habitantes del barrio. El padre a quién llamaban «Tocayo «, trabajaba como cadenero en el Municipio de Medellín y en sus ratos libres se dedicaba al oficio de peluquero, era un hombre amable y gran conversador ( cualidades que heredó Alfredo).  Tardó poco en proponerme cortar mi cabello, a mí que soy alérgico a las tijeras, y cual peluquero experimentado me recitó su lema mayor, asegurando que cortaría «las punticas no más». Ese día perdí como Sansón parte de mi fuerza y de  mis crespos.

La madre de Alfredo a quien le decían «La Negra» me ofreció una porción de morcilla casera y unas arepas deliciosas elaboradas por ella y que constituían la mayor parte de sus ingresos. Arepas que asaba mucho antes que despuntara el alba,  y que con la puntualidad de un reloj suizo, llevaba cada mañana sobre su cabeza en un gran canasto hasta la plaza de mercado de Guayaquil, donde sus incondicionales clientes las esperaban y saboreaban con deleite o las compraban al por mayor para la reventa.

La casa de los Villas se llenaba de muchachos que entraban y salían atropelladamente dando la sensación de  que el número era difícil de contar. Entre hermanos, sobrinos, primos, cuñados… se podría llenar el local de un batallón.

Pasaron los años y aunque yo ya no vivía en Colombia, llamaba asiduamente al muchacho de la novela y cada vez que regresaba al país lo  visitaba  con cotidianidad para que me informara de los últimos aconteceres familiares y artísticos.

Estando en París me enteré de la muerte de sus progenitores y de otros acontecimientos de su familia. Siempre visitaba aquel que con el tiempo comenzamos a llamar «Mi tío Alfredo», el buen dibujante de obras minimalistas y de colores turbios y gran vitralista de angelicales y traslúcidos vidrios. «Mi tío Alfredo» supo abrirse un camino importante en la recreación de dioses y santidades, los que ahora ocupan lugares destacados en iglesias de Colombia y de otros países.  «Mi tío Alfredo» avanza por la vida con una onza de ingenuidad y toneladas de rectitud y honestidad.

Recuerdo los domingos cuando con orgullo atiborraba de sobrinos un viejo y mas bien destartalado Chevrolet de los años 50 y los paseaba religiosamente por los alrededores del estadio Atanacio Girardot, donde a cada uno de ellos le compraba un helado que saboreaban mientras miraban algún picadito en una de las canchas auxiliares. «Mi tío Alfredo» cree fervientemente en su Dios y en cada una de sus divinidades. «Mi tío Alfredo» es guía y gurú del clan que ha heredado de sus padres. La vida de «Mi tío Alfredo» rueda por senderos ya recorridos y de los que recuerda y recuenta historias épicas o heroicas de las cuales él es el héroe.

Alfredo Villa

Ossaba, Paris  3 de febrero de 2021

Editado por María Piedad Ossaba

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