Madrasa de acogida
Relato de un joven saharaui en Zaragoza

A lo mejor la felicidad no tiene nada que ver con el lugar en el que estamos, tiene que estar dentro de nosotros.

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Este relato de la experiencia migratoria de un estudiante del Proyecto Madrasa fue presentado al Concurso Acercando orillas organizado por la Casa de Las Culturas del Ayuntamiento de Zaragoza. Ha sido seleccionado para ser publicado junto a nueve relatos más en un libro en PDF que estará en la web municipal.

Dos dientes, esos tenía mi abuelo. No puedo olvidar su imagen con sus dos dientes, la cara muy arrugada y curtida por el siroco y el sol, el turbante negro, la daraa marrón oscura, sandalias y sus camellos, muchos camellos.

Ahora, cuando está la abuela con nosotros, entro al baño y veo un vaso con la dentadura postiza. No sabía que existían, que se quitan y ponen, no sabía tantas cosas… Los dientes, en nuestra cultura, sirven para lo que sirven, para masticar y poco más. Veo las clínicas dentales por todas partes y me acuerdo de mi abuelo, siento nostalgia.

Tengo vagos recuerdos, pero con tres y cuatro años no iba a la guardería, no me gustaba, no me sentaba bien, caminaba con dificultad y aprendía despacio. Si tienes problemas para aprender, en los campamentos estás perdido, no cuentas, nadie va a perder el tiempo contigo. Mis padres pensaban que con quien mejor estaba era con los abuelos y los camellos en El Badía, en el desierto, pastoreando, respirando aire puro en el mejor entorno natural posible. Yo también estaba bien, quería estar con ellos, me comprendían.

En los colegios de los campamentos si no eres de los primeros de la clase…; además soy zurdo, otro problema añadido. ¿Pensaba que sería imposible aprender? No sé lo que pensaba pero me sentía distinto y esa sensación en algunos lugares es una sensación dura, difícil de exteriorizar, muy íntima, pero reconocible.

Me levanto todos los días a las seis y cuarto para ir a trabajar, rezo y me siento muy unido a mi padre. Sé que él está haciendo lo mismo, solo que a unos tres mil kilómetros al sur. Me cuesta entenderlo, todos los días va al trabajo, a un trabajo por el que no le pagan, un trabajo por la causa, por una idea, por la esperanza de que en algún momento el pueblo saharaui podrá volver al territorio del que tuvo que salir huyendo. Mi padre no se queda en casa, va a trabajar, aunque, para comer, mi familia depende de la ayuda humanitaria. En los campamentos no existe el sistema productivo, no hay proyecto económico posible.

Voy todos los veranos a los campamentos para estar con mis hermanos, mis padres y la abuela, sobre todo la abuela, necesito ir y verlos, y verla. En los once años que llevo en España estudiando, ha muerto mi abuelo, la otra abuela, se han casado mi hermana y mi tío y he sido tío; mis padres se han cambiado de casa… han pasado muchas cosas en las que no he estado presente, demasiadas, me supone un alto precio no estar.

 El último viaje fue especial, fue en abril del año pasado, durante las vacaciones de Semana Santa. Era un vuelo de cooperantes, vino mi padre de acogida y varios compañeros suyos, siempre están con proyectos para ayudar a los colegios de los campamentos. Después de estudiar durante nueve años en España, tenía la oportunidad de trabajar; la empresa donde había hecho las prácticas me quería contratar. Sentía unas ganas tremendas de contárselo a mi familia, a mis padres, me querían contratar… casi no me lo podía creer.  Yo sabía lo que quería, pero tenía que hablarlo, lo necesitaba. Mi padre me dijo: «Si puedes trabajar en España, trabaja.» Suficiente, los dos somos de pocas palabras; en eso y en la importancia que doy al trabajo me parezco a mi padre.    

Ahora estoy en otra empresa y me han renovado el contrato por un año. Cuando voy con la furgoneta por el páramo de Teruel no puedo evitar, en la soledad, recordar a mi familia y mi pueblo. ¿Cómo se imaginarán que es mi vida aquí?

Ha sido duro, muy duro. Ha habido que estudiar mucho, pero sobre todo he tenido que aprender a confiar, confiar en un plan en el que tenía muchas incertidumbres, muchas dudas. Había que estudiar, para eso había venido, para eso me habían mandado mis padres. Quizás ahí está mi principal responsabilidad: lo que esperan de mí. Esperan mucho, quizás demasiado, pero esperan y confían en mí, en que prospere. En el desierto siempre se espera, se espera a que pase algo en un lugar donde no pasa casi nada, solo pasan lentamente los días.

Aprendí a leer en español en el verano. Fue un verano raro porque tenía que aprender a leer y escribir y, a la vez, quería disfrutar, pasármelo bien.  Dos acontecimientos marcaron mi primer verano, mi familia decidió ir de vacaciones a Asturias y se celebró en Zaragoza la Expo. Para alguien como yo que venía a Zaragoza a estudiar, la realidad desbordó toda mi imaginación. Disfruté cada minuto de ese verano y fue una vida familiar que me dejó un mensaje claro, con esta familia podía ser, aquí podía estar mi futuro. Se empezaban a cumplir aquellas palabras que siempre oía a mi madre, “mi hijo está con una buena familia en España”, ese deseo podía empezar a ser realidad. 

Leer español me resultó difícil. Todos los días, al punto de la mañana, me cogía Luis, mi padre de acogida. Es maestro de Primaria y tiene paciencia, pero yo agotaba a todos.  Mi problema eran las vocales, confundía tonel con túnel. Cuando llevábamos un buen rato, tomaba el relevo Ana, mi madre de acogida, también maestra; tiene mucha más paciencia y manejaba la cartilla de maravilla; íbamos hacia adelante y volvíamos atrás. Avanzábamos mucho, repasábamos, yo me sentía contento. Después, venía Adrián, el nuevo hermano español que me había tocado. Es deportista, simpático y acaba de venir de un Erasmus, es ingeniero. Es con el que mejor me entiendo, aunque para enseñarme consulta a sus padres. Los tres tienen prisa, quieren que en septiembre maneje las palabras, que escriba frases, creo que quieren un imposible. Al mediodía estoy agotado, no pensaba que iba a ser tan duro. Nunca me habían hecho un plan de trabajo tan constante.  Así fue mi último verano de Vacaciones en Paz.

Comprendí la realidad el primer día de clase en Secundaria. Iba a tercero pero, daba igual, no sabía, no entendía, estaba lejos, muy lejos… ¿qué hacía yo allí?,,, Me hubiera vuelto corriendo a los campamentos si hubiera podido. Pero tenía dónde agarrarme, la constancia y el esfuerzo, que dependía de mí y la organización, el apoyo y la fe en lo que hacían, que dependía de mi familia de acogida. Mi padre me daba clase de lengua, historia y geografía. Veíamos juntos películas que elegía para que entendiera mejor la historia, lo que había sucedido en el mundo. Recuerdo que me impresionó mucho la Segunda Guerra Mundial, el Gran Dictador me enseñó que las injusticias se han repetido a lo largo de la historia. Leía lo que me seleccionaban, no paraba. Mi madre se encargaba de las matemáticas y las ciencias. Para alguien que no sabía bien dividir con catorce años, entender las ecuaciones en meses era un trabajo imposible. 

Pero todo fue posible; muchas horas de estudio todos los días incluidos fines de semana. Al recordarlo me vienen a la cabeza la cantidad de personas que han apostado por mí, que me han ayudado en este caminar. En el lote están mis tutores y tutoras de Secundaria en el Colegio Buen Pastor del barrio de Torrero. También está Ramiro, mi entrenador de atletismo. Mi familia pensaba que practicar algún deporte sería bueno para mi formación y, entre las posibilidades que había, lo de apuntarme a correr no me disgustaba. Un día vino mi padre de trabajar y comentó que un compañero suyo entrenaba a jóvenes en un complejo deportivo en el barrio y que podía ir a probar a ver si me gustaba. Fuimos esa misma tarde. Me impresionó, como todo lo que iba apareciendo ante mi vista. Era de noche  y estaba todo iluminado, el verde del césped, las calles de correr rojas, muchos chicos y chicas de todas las edades entrenando, la posibilidad de probar, repetí al día siguiente y he seguido corriendo hasta que empecé a trabajar y no pude cuadrar los horarios. Entrenar era mi escapatoria, iba todos los días por las tardes un par de horas, era el descanso en medio del estudio. Luego llegaron las competiciones, los cros, las carreras los domingos por la mañana. El atletismo me ha ayudado y mucho; la vida la construimos a piezas, empalmando retazos como si fuera un puzzle.

Hablaba con mi familia, con mis padres, mi abuela y mis hermanas todas las semanas, Enseguida descubrí que la distancia cambia la percepción de las cosas y de la realidad. Por más que me esforzara era difícil que entendieran cómo es la vida aquí. Lo más difícil de entender y de explicar es el ritmo de trabajo, el ritmo al hacer las cosas. No entendían que estuviese tan ocupado ni que tuviese tan poco tiempo. Desde los campamentos la visión de occidente es muy distinta a la real. Desde allí se piensa que aquí todo es fácil, agradable, rápido y bonito. Es como si por todas las partes hubiera caras ocultas de realidades que no se cuentan. En la emigración suele suceder que el que emigra, cuando regresa con los suyos, cuenta una realidad fantástica, en muchos casos irreal, de cómo es su vida y su trabajo. Tiene su lógica, hay que ser un triunfador, no se emigra para contar penas. Además, siempre hay historias que se han oído de personas que han triunfado en la emigración y, claro…  ¿por qué no vas a ser tú uno de ellos? Me he preguntado muchas veces ¿qué es triunfar? ¿qué quiero hacer con mi vida? No tengo respuestas claras. En ese puzzle que es la vida unas veces tomas decisiones que con el tiempo puedes rectificar y, otras que no tienen marcha atrás.

Llegó el verano, se acabó el curso y con él la vuelta a mi casa, a la jaima, a los campamentos. Mi familia sabía muchas cosas de lo que hacía, de mis estudios, de mi vida en España. Mi familia de acogida viajó  a los campamentos en abril. Eran vacaciones escolares, las llaman de Semana Santa y los cooperantes organizan vuelos solidarios a los campamentos. Era la oportunidad para que conocieran a mis padres. No es un viaje sencillo y, además, la primera vez siempre hay miedo a lo desconocido. Me recordó mi primer viaje a España. ¡Qué distinto! Quieren tener todo atado, o casi todo, y eso, viajando a los campamentos, es imposible. Había ilusión y nervios en casa. Yo sabía cómo los iban a tratar mis padres, todo lo que iban a hacer, cómo los iban a acoger. También sabía lo que les iba a impresionar, las dudas que iban a tener. Poco a poco los fui preparando, explicando que no hay muebles, que la vida se hace en el suelo, que a ellos les pondrán colchones.

– ¿Colchones? ¿De dónde salen?
– Mi madre los buscará. Algún vecino los prestará.

Hace calor y mucho viento,  hay que cubrirse la boca, la cara, los ojos. Hay que explicar lo importante: cómo se usa el baño o cómo se come en un plato único. Llevaron muchos bultos y todos los kilos permitidos. Aprendieron a llevar el equipaje en bolsas de chinos, no pesan y son resistentes. Allí aprendieron a lavarse casi sin agua, a vivir con lo justo y vinieron sorprendidos de la alegría de mi familia. Después del primer viaje han venido otros muchos con proyectos de cooperación, con proyectos con colegios y, sobre todo, con el Proyecto Madrasa. Mi vida ha cambiado con este Proyecto, con la Asociación Estudios en Paz, con la familia. Muchas sensaciones y emociones experimentaron mis padres de acogida en el viaje, pero una les caló por encima de todas. Mi tío Ahmed, unos pocos años mayor que yo, no paraba de repetirles que hicieran todo lo necesario, lo que fuese, pero que aprovechara la oportunidad, que estudiara, que no me dejaran hacer tonterías. Él quería tener una oportunidad en la vida y estaba atrapado en la arena, quería hacer realidad sus sueños, sus ilusiones, quería tener un futuro y no tenía más que arena y desierto.

¿La he aprovechado? ¿La estoy aprovechando? Qué difícil es contestar. Aquí estoy en medio de la nada vigilando un generador para que no le falte la energía eléctrica al pueblo de aquí al lado. Pasaré tres o cuatro días en este lugar. ¡Cuánto me recuerda al Badía, cuánto me recuerda a mis abuelos!

La felicidad es algo complicado, es una suma de estados de ánimo. Tengo muchos frentes abiertos, el mío, íntimo y personal; el de mi familia saharaui, mis padres, mis hermanas, sobrinos, la familia de allí; la familia de aquí, mis padres de acogida, mi hermano de acogida, sus hijas, su familia, mis amigos de aquí porque los de allí, los de allí, ¿dónde quedan, dónde están? unos en la diáspora como yo; otros, en Argelia; otros, en los territorios liberados y  en el ejército.

Cuando acabé el colegio y Secundaria, los estudios de Formación Profesional me asustaban. No me sentía con fuerzas y los veía como un mundo inalcanzable. Tampoco podía elegir mucho, las plazas y elegir lo que quieres estudiar no es tan fácil. No hay plazas suficientes y la selección se hace por nota. Con un aprobado justo puedes elegir lo que queda, así que, al final, tuve hasta suerte y entré en el Centro de Formación Profesional Condes de Aragón para estudiar el Grado Medio de electricidad. Aprendí mucho, han tenido mucha paciencia conmigo porque el Grado de dos años a mí me ha costado tres. No me ha importado, voy poco a poco y, la verdad es que ahora lo miro con distancia y pienso que han sido los años en los que he dado el salto de pequeño a mayor; pero todavía me sentía como si me faltara algo, esa experiencia, esa soltura que no tenía, necesito todavía el cobijo de mi familia. Había que seguir estudiando.

He conseguido plaza en el grado de Mantenimiento electromecánico en el IES Virgen del Pilar. Desde el primer momento comprendí que era la oportunidad para aprender un oficio. El taller me impresionó, las máquinas, el ambiente, el olor a hierro, a soldadura, a taller. Estaba contento, disfrutaba. Desmontaba y montaba máquinas ayudado por unos profesores que explicaban de maravilla. Por fin me enteraba perfectamente de lo que me explicaban. Por fin no necesitaba la ayuda de Luis y Ana. Jamás pensé que podría disfrutar aprendiendo, descubrirlo ha sido una sensación maravillosa. De aquí al mundo laboral, ¿será posible?

Comenzar la vida laboral en Zaragoza, en España, viniendo del desierto, viniendo de los campamentos de refugiados, era un sueño pero, sobre todo, era una responsabilidad; por mis padres, por mi familia, por mi pueblo saharaui.

Cuando voy a Grancasa pienso en el mercado de Smara. Mi madre me mandaba a comprar, nos conocían, saben de qué familia eres y quién eres. Un gesto, una mirada, ya sabes que saben quién eres. En este gran centro comercial, cerca de casa, la cercanía es lejanía, eres cliente, persona que va a gastar y poco más.  Necesitaba unas zapatillas para ir a trabajar y estaba probándome unas en una de las tiendas, cuando noté una mirada de complicidad, familiar, que rápidamente devuelvo. La niña que estaba probándose unas preciosas sandalias blancas a mi lado, le dice suavemente a su papá:

– Papá, ese chico es saharaui, ha venido a mi cole y nos ha contado cómo es la vida en su país.

Me gusta colaborar con la Asociación, lo necesito para no olvidar, para tener presente de dónde vengo, recordar un pasado que es demasiado presente. Aquí lo llamamos hacer sensibilización, visibilizar una situación social injusta como es la del pueblo saharaui, explicar la vida de  miles de personas en los campamentos de refugiados, contar cómo era mi vida de niño, mi vida en el colegio, en la calle, en la jaima, cómo es la vida actual de mi abuela, mis hermanas y mis padres. Les impresiona mucho y ponen cara de incredulidad. Nos apoyamos en fotos, muchas fotos que demuestran la cruda realidad.

Es abril, estamos en medio de esta extraña pandemia y me mandan a Jarque de Moncayo; hay una reparación y tengo que ir con el generador, voy a estar por lo menos una semana. Aquí, en la soledad, cerca del Moncayo, tengo tiempo para pensar en lo que está pasando, en lo que ha pasado. Me ha asombrado ver colas en los supermercados, ver cómo la gente acaparaba los rollos de papel higiénico, saber que se ha muerto mi vecino, una persona cercana, amable, que siempre me preguntaba cómo iban las cosas. Ahora salimos a aplaudir y vemos a su mujer que está confinada como nosotros. No podía pensar que me iba a tocar pasar por una situación como esta. A mi madre la tranquilizo, pero tampoco le explico mucho, no sé si lo entendería. Pienso en mi abuela, en todo por lo que ha pasado ella, el éxodo, la guerra, la vida en la Hamada argelina, el calor, el siroco, la escasez y, sin embargo, siempre me ha parecido una persona feliz. Irradia felicidad. A lo mejor la felicidad no tiene nada que ver con el lugar en el que estamos, tiene que estar dentro de nosotros.

El autor con el alcalde de Zaragoza, Pedro Santisteve, en 2019

Mohamed Lamine Mekhaitir محمد الامين مخيطير

Traducciones disponibles: Français

Fuente: Tlaxcala, 30 de diciembre de 2020

Publicado por Estudios en Paz